Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

martes, 21 de abril de 2015

Travesía por las Villuercas. Etapa 2: Castañar de Ibor - Gudalupe (Sábado 29 de Marzo).


A las 7:30, Ángel comienza a llamar a las puertas para que comenzáramos a ponernos en marcha, así que a las ocho de la mañana ya estábamos todos fuera del hostal con el macuto en los coches y dispuestos a encontrar un bar en el pueblo donde poder desayunar. Encontrar lo encontramos, pero el precio del desayuno fue más bien caro, así que un poco cabreados por el “atraco” que nos habían metido, nos dispusimos a tomar el camino por el que nos sacaría el pueblo sin tener que seguir todo este primer tramo por carretera hasta la piscifactoría.

Fue Javier quien la tarde anterior estuvo averiguando por donde teníamos que salir, aunque yo no tenía muy claro que hubiera un camino paralelo a la carretera que nos pudiera llevar desde el pueblo a la piscifactoría, pero según Javier, debería haberlo por los mapas que había consultado, pero la realidad fue que de los casi cuatro kilómetros de este trayecto, la mitad inicial fue por camino frondoso, hasta llegar al río, pero al final acabamos saliendo a la carretera, andando por asfalto el resto, hasta llegar a la altura de la antigua y abandonada piscifactoría, momento en el cual giramos a la izquierda, para bajar hasta ella, y en sus traseras, cruzamos el río Viejas, aunque a diferencia de ayer, no tuvimos que descalzarnos, si bien es cierto que también llevaba caudal, pero usamos algunas piedras y troncos y pudimos cruzar a la otra orilla.

 [Una selección de fotos de esta ruta, con más resolución, pueden verse AQUÍ]

 Imágenes del camino frondoso que tomamos al abandonar Castañar de Ibor.
Tras la curva que hace la carretera, y dejando atrás y a la derecha el farallón rocoso junto a ella, se abre el valle del río Viejas, a la izquierda, en la dirección que indica la flecha amarilla.
A partir de aquí, siempre con el río Viejas a nuestra derecha, y por camino en perfecto estado, vamos remontando el valle, en tramos llanos o con ligera subida, disfrutando en un principio del entorno, de las sierras que estrechan el valle, coronadas por farallones rocosos que le dan cierta enjundia al valle que vamos recorriendo, y que en su parte baja, en las riberas del río, se encuentra salpicado de huertas con pequeñas plantaciones de árboles frutales que en esta época se encuentran en flor, exceptuando los cerezos, que andaban más bien retrasados en su período de floración, porque o bien no están todavía florecidos, o si lo estaban lo que tenían era una floración incipiente, en contraposición con el valle del Jerte donde según decían la floración del cerezo para este fin de semana se preveía en un 70%.

Remontando el valle del río Viejas, con pequeños campos de árboles frutales en sus riberas.


No había pérdida, el valle es una larga línea recta en ligera subida que en la parte final, en los últimos cuatro o cinco kilómetros se hace más pronunciada.

A media mañana había que parar a comer, así que cuando viéramos un sitio que nos gustara ahí nos apalancaríamos para el almuerzo, aunque hoy, después de la lección de ayer, éste sería mucho más ligerito, porque aún nos quedaba más de la mitad del recorrido previsto.

El sitio donde paramos a comer, fue muy acertado, al igual que ayer; a la sombra de un enorme eucalipto, junto a una pequeña casa de campo, a la vera del camino, en una curva que hace éste, por donde cruza perpendicularmente un arroyo que baja una cuesta pronunciada y cuyas aguas van a morir al río Viejas, algo más abajo. Del cauce de este arroyo sale una goma que cuelga de unas parras y deja caer un chorro de agua fresca en una panera. Los alrededores del arroyo y las trasera de la pequeña casa están rodeados de cerezos con una floración tardía este año, y apenas unas pocas flores pequeñas se dejan ver, y es una lástima, por el paisaje podía ser de postal, aunque la verdad, a nosotros nos hace falta bien poquito para formar un tinglao, así que rápidamente cogemos un carrillo de mano que tenían allí, y lo convertimos en una mesa, y con unos troncos cortados y unas piedras, improvisamos los asientos, a la sombra y con el ronroneo del agua fresca del arroyo que se precipita hacia el río. Sin duda uno de los mejores momentos del día, y si lo regamos con unos caldos, o sea, con unos vinitos, pues mejor aún, pero llega un momento en que aquello más que una comida parece una cata de vinos... aunque en esta ocasión no podíamos entretenernos tanto, aún quedaba mucho y estábamos viendo que nos iba a tocar seguir caminando en las peores horas del día para estos menesteres, sobre todo por las altas temperaturas en esta época del año, algo que no era muy normal.

La parada para el almuerzo...

Poco después después de iniciar de nuevo la marcha, tocó cruzar el río, antes de lo que me esperaba, para seguir por el otro margen, y algunos aprovechan para refrescar los pies metiéndolos en remojo. Es a partir de aquí donde comienza el tramo más insulso, puesto que dejamos el camino y continuamos por pista asfaltada en subida, dejando el río a nuestra izquierda y abajo, mientras nosotros seguimos subiendo 1,5 km aproximadamente, hasta que abandonamos la carretera al girar a la izquierda, y después de unos metros en bajada enlazamos con un camino-pista amplio, con poca sombra, que no tiene “ni chicha ni limoná”, que a estas alturas del día y con los kilómetros que llevamos en las piernas se nos hacen bastante pesados a todos, y aunque Javier y Antonio buscaron una alternativa junto al río, no tardaron tampoco mucho tiempo en acabar saliendo al mismo sitio, ya que los caminos se cortaban entre una y otra finca y había que andar pequeños tramos campo a través para enlazar unos con otros, puesto que el acceso principal a ellas era por el carril por el que íbamos, desde donde salían a la izquierda los diferentes accesos.

En la segunda, de las tres veces que cruzamos el río Viejas, algunos aprovechan para meter los pies en remojo...

Este tramo aburrido e insípido, de andar por andar, con el extra del calor, y a un ahora que nos es la mejor para caminar, termina en la zona donde enlazamos con la Ruta de Alfonso Onceno, en la senda que viene desde Navezuelas, donde por fin abandonamos este tramo que se nos ha hecho muy pesado, para dirigirnos por senda hacia el río Viejas, pcruzándolo y continuando por zona de robledales hasta la casa-refugio, donde hicimos una pequeña parada a la sombra, para esperar a Javier y Antonio, al tiempo que rellenamos nuestros botes con el agua fresca y transparente que corre río abajo en un paisaje que siempre me ha parecido bucólico, de cuento de hadas, aunque tengo que confesar que después de haber estado en varias ocasiones en invierno por aquí, en comparación con ésta época más seca, pierde un poco de magia; estaba acostumbrado a ver agua por doquier, humedad por todos lados, con un musgo mucho más verde y frondoso, con hongos como la “tremela mesentérica”, y una explosión de colores que ahora aparecen algo desdibujados, con sendas y caminos empedrados convertidos en improvisados arroyos frente a la sequedad y hasta polvo que nos encontraríamos hoy, pero sin embargo, este tramo ya de sobra conocido por nosotros hasta llegar a Guadalupe (unos 9 kilómetros, dos de subida por sendero y otros siete de bajada hasta el pueblo, desde la carretera que sube al pico Villuercas) resultan un alivio, al menos mentalmente; es mucho más entretenido, distintos tipos de tramos y diferentes vistas panorámicas, frente al tramo recto, insulso y monotemático, donde tan sólo teníamos puesta la vista al fondo, deseando llegar al bosque de robles donde sabíamos que enlazaríamos con la otra ruta, aunque en ésta época, los robles aún no están vestidos con su manto verde, algo que haría que camináramos por ese bosque bajo la sombra de sus copas que en días como hoy se agradecería y mucho.

Granada en el tramo de sendero entre el último paso del río Viejas y la antigua carretera que sube al pico Villuercas.

Mientas hicimos la pequeña parada en la casa-refugio, Ángel y algunos más del grupo tiraron para delante. La razón de ello es que María Eugenia se había dejado las llaves de su coche en el de Ángel, con lo que los planes de llegar a Guadalupe y coger su coche junto con los otros dos compañeros, para que estos trajeran sus respectivos carros desde Castañar de Ibor y nos recogieran, se habían truncado, ahora había dos opciones, o ponerse a hacer autostop a la altura de la ermita del Humilladero, en lugar de bajar hasta Guadalupe (para no perder más tiempo), o bajar y pagar un taxi entre todos para que fueran a recoger los coches.

Cuando apenas nos quedaban un par de kilómetros para llegar a la ermita del Humilladero, Ángel nos llama por teléfono, y hay un cambio de planes, y es que es un fenómeno para el tema de la logística. Nos llama para decirnos que nos demos prisa, sobre todo el que tenía que aligerar era el compañero Antonio, porque lo estaba esperando, porque no sé que royo se había inventado, qué película le había contado a su compañía de seguros, pero lo cierto es que sta le había puesto un taxi, y había quedado en que lo recogieran a él y a Antonio a la altura de la ermita, que está en la carretera que va hacia Navalmoral.

Llegamos con un poco de prisa hasta la zona de la ermita, junto a la carretera donde nos estaba esperando Ángel, deseosos de que nos contara la película que le había contado al seguro, aunque el decía que lo único que les había dicho era la verdad... daba igual, el caso es que a los pocos minutos apareció el taxi para llevarlos a Castañar de Ibor para que recogieran los coches, mientras nosotros los esperaríamos en Guadalupe tomando unas cervezas, aunque no tuvimos mucho que esperar, todo fue más rápido de lo previsto, y por suerte, se acabaron arreglando las cosas sin trastocar mucho los planes previstos, sobre todo en cuanto al tiempo de espera.

Al final creo que realizamos poco más de 32 kilómetros, en una jornada laaaaargaaaaaaaaaaaaa... 

Vistas de Guadalupe, difuminada por una especie de calima, en el tramo de sendero que baja hasta la ermita del Humilladero.

Ahora todos juntos, en el patio del bar-restaurante que solemos frecuentar cuando venimos a Guadalupe, nos dimos un buen festín, en un ambiente relajado, distendido, entre amigos y compañeros, planificando nuevas rutas.... ¿el Caminito del Rey, en el Desfiladero de los Gaitanes y después una vueltecita por el Torcal de Antequera?, estaría bien poder realizarlo entero ahora que está restaurado y recién abierto, después de haber realizado un pequeño tramo la primera vez que estuve por allí ya hace casi 20 años, con la compañía de mi amigo Nando... ¡aaahhhh, que tiempos aquellos!....


 Foto de grupo con la fachada principal del Monasterio de Guadalupe de fondo.

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