Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

Aquí mis batallitas sobre cicloturismo, senderismo, montaña, viajes, naturaleza, música, teatro, ...

"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

viernes, 30 de agosto de 2013

La Ruta del Danubio en Bici, de Budapest al Mar Negro: Diario de un cicloturista ( IV y FIN ).


CUARTA PARTE: ETAPAS DE LA 16 A LA 18
(Rumania)

ETAPA 16: Dorobantu - Baneasa.
ETAPA 17: Baneasa - Constanza.
ETAPA 18: Constanza - Camping Gura Portitei 
(Grandul Cosa Nature Preserve).
EL ROBO DE NUESTRAS BICICLETAS. DE TURISMO POR
BUCAREST Y EL FIN DEL VIAJE.

[Haz clic en "Más información" para leerlas]
[Para ver las fotos de toda la ruta cicloturista, Pincha AQUÍ
 [Para ver algunas fotos de Budapest, Bucarest y del Festival de Guca (Serbia), Pincha AQUÍ
  [Para ver todas las entradas en este blog relacionadas con este tramo de La Ruta del Danubio, Pincha AQUÍ
  [Para ver todas las entradas en este blog relacionadas con  La Ruta del Danubio (Nacimiento-Viena), Pincha AQUÍ
  [Para ver el "rutómetro" de referencia utilizado y las etapas en La Ruta del Danubio, Pincha AQUÍ]



ETAPA 16 (Rumania): DOROBANTU – BANEASA
Distancia = 89,32 km - Tiempo = 4:43:56 - Media = 18,94 km/h
Martes, 21 de Agosto de 2013

  Me levanté cansado, supongo que en parte debido a que me acosté tarde escribiendo unas notas en el diario, en parte debido al concierto nocturno de ladridos que tuvimos que aguantar, a cargo de un grupo de caninos rumanos, y en parte porque durante la noche me desvelé en varias ocasiones: unas veces porque tenía calor y otras veces porque al abrir un poco la tienda para que entrara algo de aire, sentía frío, así que por unas cosas o por otras, no descansé bien y lo notaba al comenzar con la rutina del día a día.

  Al menos en el desayuno hemos estado entretenidos, porque junto a nosotros comenzamos a ver un desfile de vacas en primer lugar, seguido de un gran rebaño de cabras y ovejas con sus pastores y caninos respectivos, y aquello supuso una bonita estampa matutina, con nosotros tomando el café para despejarnos mientras veíamos pasar en perfecta armonía, como si supieran el camino de memoria, aquella profesión de vacas, cabras, ovejas y perros, entre los árboles, en medio de un luz difuminada producto de los rayos de sol que se colaban a esta primera hora de la mañana, entre las ramas de los árboles, y del ligero polvo que levantaban a su paso, mientras nosotros observábamos impertérritos, y es que a falta de tele o radio para ver o escuchar las noticias, era el único entretenimiento que teníamos mientras desayunábamos.

Tomando café mientras veíamos pasar a nuestro lada un largo rebaño de cabras y ovejas...

  Terminado el desayuno, nos ponemos en marcha, deshaciendo los 300 o 400 metros de camino arbolado hasta llegar de nuevo a la carretera que traíamos ayer, para inmediatamente atravesar la localidad de Dorobantu.

  Nuestro primer objetivo en esta mañana era llegar a Calarasi, una ciudad grande, donde tendríamos que coger en su puerto el ferry que nos llevara a la otra orilla, donde está la frontera con Bulgaria, en Silistra. En función del recorrido haríamos una pequeña parada de descanso o lo haríamos del tirón, aunque finalmente fue esto último lo que ocurrió, ya que con una carretera cuyo firme estaba bien, en comparación con lo que habíamos sufrido otros días, con perfil totalmente llano y con un paisaje más de lo mismo que en días anteriores, monótono y aburrido, decidimos avanzar rápido, devorando kilómetros con la intención de quitarnos este primer tramo de la jornada cuanto antes y sobre todo previendo que hoy íbamos a sufrir un sol de justicia, similar al de las primeras jornadas.

  Llegamos a Calarasi con 35 km en las piernas, y las primeras impresiones al entrar en ella y que confirmaría más tarde, no fueron buenas. Una ciudad que me pareció fea, bueno, realmente en la línea de otras que habíamos visitado, con poco interés y con mucho tráfico de coches y gentes para lo que estábamos acostumbrados.

  Paramos en un gran supermercado en una de las avenidas a la entrada de la ciudad, y no sé si es que era hora punta o que toda la ciudad estaba allí congregada, pero al pobre Iñaqui le tocó sufrir las colas en el supermercado mientras que a mí me tocó la resignación de esperar lo que parecía una eternidad, a que saliera de allí con las provisiones, vigilando nuestras bicis mientras veía a los chiquillos llevando y recogiendo los carros del super a la gente que entraba o salía de allí, con el fin de ganarse alguna propina.

  Por fin sale Iñaqui, nos repartimos las provisiones para meterlas en las alforjas y salimos rápido de aquel avispero, buscando algún banco a la sombra en la amplia acera por la que íbamos, pero no era misión fácil, ya que el sol daba prácticamente de lleno en esta avenida y como he dicho al principio, el señor Lorenzo hoy prometía hacer de las suyas, y es que a las once de la mañana, cuando por fin encontramos un banco donde poder descansar un rato, entre sol y sombra, el calor ya era bastante considerable, así que el cuerpo sólo pedía líquido, pero nos llevábamos una desagradable sorpresa, y es que aparte del agua que habíamos comprado, cuando fuimos a meternos entre pecho y espalda lo que creíamos que era una botella de zumo de dos litros, como tantas de las que hemos comprado durante nuestro recorrido, resultó que Iñaqui se confundió, y lo que compró fue una especie de refresco con gas, y después de los primeros tragos que entraron en el cuerpo por aquello de estar fresquito, lo cierto es que más de media botella dejamos junto a una papelera porque aquello no había quien lo tragara, además de el “efecto globo” que podríamos sufrir al llenar el estómago con tanto gas...

  Nos ponemos en marcha de nuevo, la consigna estaba clara, había que avanzar todo lo que pudiéramos antes del descanso para comer y la siesta, porque como he dicho, hoy iba a ser un día de altas temperaturas, como ya estábamos notando, y si a esto le unimos que hoy me encontraba particularmente cansado y que ahora nos tocaría callejear por esta ciudad, buscando la salida en dirección al puerto, pues la verdad, no tenía ni puñeteras ganas de ponerme a dar pedales.

  Siguiendo el croquis de esta ciudad, dibujado en la guía, nos hacemos un pequeño lío y acabamos haciendo algunos kilómetros extras por sus calles, sin contar el bonito tiempo que perdemos. Finalmente, después de preguntar varias veces, enfilamos la carretera que en diez kilómetros nos conduce al puerto donde cogeríamos el ferry. Este tramo de carretera es el mejor de lo que hemos visto hasta ahora en Rumania: una carreta perfectamente asfaltada, con dos carriles en cada dirección, y con un arcén por donde podemos rodar cómodamente, sobre todo a partir de la segunda mitad de este pequeño tramo, donde la carretea discurre en medio de una arboleda cuya sombra agradecemos.

  Un par de kilómetros antes de llegar al puerto, nos encontramos con una cola de la larga fila de coches y camiones, parados, que esperaban turno para poder cruzar el río en el ferry. Algo bueno tienen que tener las bicis, y es que la cola a nosotros no nos afecta, y así, por el arcén, avanzábamos rápidamente, mientras atraemos las miradas de los que resignadamente esperan en sus vehículos.

  Llegamos a la zona de embarque, Iñaqui saca los billetes y le comentan que no tenemos problemas, que podemos entrar en el próximo ferry, que las bicis se pueden meter en cualquier sitio, y así fue, no tuvimos que esperar mucho, tan sólo el rato que tardó el ferry procedente de la otra orilla, en vaciarse de coches y camiones y en volverse a cargar, aunque este ferry no es muy grande para la cantidad de vehículos que esperan cogerlo, así que por eso es por lo que hay hasta cuatro ferrys de este tipo que van y vienen de una orilla a otra, siendo el lapsus de espera de un cuarto de hora aproximadamente.

  Este ferry-bote es una especie de plataforma flotante, y ni que decir tiene que no tiene una puñetera sombra, así que bajo un sol que caía a plomo, y a través de las gafas de sol, comenzamos a vislumbrar los edificios de Silistra (Bulgaria), difuminados por la calima, pero conforme nos íbamos acercando más, la visión de estos edificios se nos antojaba tétrica, deprimente. Bloques cúbicos, cortados por el mismo patrón, totalmente grises y hasta depresivos diría yo, donde las palabras y conceptos de estética y decoración deben haber desaparecido del diccionario; edificios propios de otros tiempos, de los acostumbrados a ver en películas y documentales relacionados con la antigua Europa del este, con la Europa del bloque soviético...

  Desembarcamos y como no podía ser de otro modo, nos encontramos con los primeros puestos-casetas de lo que sería el antiguo puesto fronterizo del lado rumano, donde hoy en día lo que hay son algunos puestos de flores, pequeños comercios donde venden frutas, y los vendedores ambulantes, que a falta de local, ponen sus cuatro cajas con fruta en la calle. Avanzamos un poco más y a la derecha nos encontramos con lo sería el puesto fronterizo de entrada en Bulgaria, por donde accederíamos a Silistra, cuyos primeros edificios tenemos a tiro de piedra, y aunque no existe ya la frontera como tal, la verdad es que con la imagen que hemos visto de esta ciudad desde el ferry, ya teníamos una idea de lo que podíamos esperar, a parte de que en la guía tampoco había ninguna mención a nada especialmente relevante, así que seguimos hacia delante, dejando Silistra a nuestra derecha y más tarde, a nuestra espalda, mientras comenzamos un tramo de subida donde desaparece el asfalto para dejar paso al territorio de los adoquines, rodeados ahora de viñedos, con el Danubio a nuestra izquierda y en la otra orilla del río, la más alejada de nosotros, una gran mancha verde, una zona boscosa cubierta de árboles, pero a esta hora del día, con don Lorenzo afanándose sobre nuestras chepas, sin una sombra, y con subida adoquinada, no era el mejor momento para disfrutar del recorrido.

  Al menos hemos notado un cambio en cuanto a paisaje y en cuanto al tipo de cultivo. Por un lado el recorrido cambia considerablemente, de la planicie y el llano absoluto, a un recorrido de subidas y bajadas, por carreteras locales estrechas, con un perfil totalmente rompe-piernas y tramos donde se van alternando los adoquines y el asfalto, siendo lo más habitual encontrarnos con los tramos de adoquines en las subidas, y de asfalto en las bajadas o en el resto del recorrido por esta zona. Por otro lado, los monocultivos del maíz y girasol del otro lado del río, dan paso ahora a los viñedos, en un paisaje de pequeñas colinas.

  La espera y el traslado en el ferry había supuesto por un lado un descanso en el pedaleo, pero por otro lado, habíamos perdido un tiempo donde podríamos haber avanzado antes de que el mediodía se nos echara encima. En el traslado estuvimos viendo que por la hora que era, lo mejor sería llegar hasta la siguiente localidad, Ostrov, a unos ocho o diez kilómetros de la orilla donde desembarcaríamos. Allí podríamos parar para comer y echar la siesta, descansando en las dos o tres horas de más calor, y además, y siempre en la teoría, porque según la guía podría haber una zona de baños allí, algo que nos vendría genial en un día como el de hoy, de calor y de pocas ganas de pedalear en bici, y en cuanto a mi particularmente, en uno de esos días raros, en los que sin saber muy bien por qué, me encuentro algo desmotivado, aunque igual es por el cansancio que arrastro desde que me levanté esta mañana.

  A un par de kilómetros antes de llegar a Ostrov, vemos a nuestra izquierda un camino que baja al río, en una zona que parece estar preparada y que puede ser una zona de baños, pero ambos estábamos pensando en llegar al pueblo para comprar unas cervezas, bajar al río que estaba justo por debajo de esta localidad, y allí dar buena cuenta de ellas mientras preparábamos la comida de hoy, y por supuesto, antes de la siesta tocaría el ansiado baño, pero no todo es perfecto, ni todo sale como a uno le gustaría.

  Llegamos al pueblo, la carretera sigue ahora en ligera subida, pero la abandonamos para introducirnos en esta localidad que nos queda a la izquierda, en bajada. Pronto damos con una pequeña tienda-bar, donde compramos una botella fría de dos litros de zumo y unas latas de cerveza y directos en bajada hacia el río, en las traseras de las últimas casas, pero nos llevamos un buen chasco, porque aquello estaba bastante sucio, mucha maleza y zona donde la gente tiraba basura, con botellas de plástico por todos lados, y eso sin hablar de la orilla del río, un lodazal, además del agua turbia, marrón chocolate que pasaba por esta zona, en definitiva, que con este panorama quedaron truncadas drásticamente las ganas y el deseo de pegarme un baño. Por lo menos pudimos encontrar un sitio regular, donde descansar, a la sombra de unos árboles, y utilizando el tronco cortado de uno de estos a modo de mesa, pero en los alrededores seguía habiendo mucha suciedad, todo muy descuidado, nada comparable con aquellas memorables zonas de baño en nuestro recorrido por Hungría, o igual es que deberíamos haber sacrificado la cerveza y meternos en el camino que vimos en dirección al río, un poco antes de llegar a Ostrov, donde quizás hubiera una zona de baño más acondicionada.

  No había más que hacer, no íbamos a darnos la vuelta a estas alturas, y mientras yo me disponía a comer, Iñaqui y a pesar de lo ya comentado, no se resistió a darse un baño, aunque no se muy bien que era peor. Comimos a la sombra pero con una temperatura elevada que hacía que se deslizaran por nuestras espaldas los goterones de sudor, después extendimos las esterillas y usando los sacos de dormir como almohada intentamos descansar algo, porque lo de dormir con este calor y con la cantidad de moscas “cojoneras” que había por allí, era otro cantar....

  Poco antes de las cinco nos ponemos en marcha de nuevo, porque si bien no había ni puñeteras ganas de empezar a dar pedales con esta calor, tampoco es que estuviéramos cómodos donde estábamos.

  Lo primero era cruzar de nuevo el pueblo en línea recta hasta dar con la carretera que traíamos desde Silistra, y si antes tocó bajada, ahora toca subida, y sobre todo el último repecho, hasta alcanzar la carretera, supuso una auténtica puñalada a la musculatura, relajada ésta después de casi dos horas y media de relajación y que ahora veía que nada más ponerse en funcionamiento le tocaba hacer un duro esfuerzo.

  Alcanzada la carretera, seguimos por ella en subida más suave, y como estaba siendo costumbre en estas subidas, de nuevo toca pedalear por carretera estrecha y con firme de adoquines. Al finalizar esta miniascensión, de nuevo aparece el asfalto, siguiendo transitando por esta carretera local y estrecha, aunque con un firme aceptable, alternándose tramos de falso llano con bajadas donde podemos relajarnos con los que nos rodea, porque a diferencia de la monotonía de otros días, ahora nos encontramos en zonas donde podemos ver el río a nuestra izquierda, bajo nosotros, recorriendo zonas de huertos en unas ocasiones y en otras, pedaleando bajo la sombra de las hileras de árboles, nogales, dispuestos a ambos lados de esta estrecha carretera que atraviesa suaves colinas.

  Al final de una larga bajada, nos encontramos con otra buena subida, aunque no tan larga, que comienza en su tramo inicial con otro tramo de adoquines, justo a la altura del Monasterio de Dervent, que nos queda a nuestra izquierda, junto a la carretera; un bonito edificio aunque quizás a esta hora de la tarde, con el sol azotando en este pequeño tramo de subida sin sombra, no era la mejor hora de visita, además de estar con las puertas cerradas.

  Según nuestra guía, este monasterio tiene tres altares y en su interior tiene una rica decoración, siendo la puerta de entrada, que sirve también como campanario, una obra maestra de la arquitectura. “Dervent” puede significar algo así como “más allá del arroyo” y fue construido cerca de una antigua fortaleza gracias al empeño de un monje que se dedicó a recolectar fondos entre 1929 y 1936 entre los pueblos de los alrededores, aunque en 1959, imperando en el país el régimen comunista, los monjes que vivían allí fueron desalojados y la propiedad fue entregada a una cooperativa agrícola local, hasta que de nuevo, en 1990, la propiedad volvió a sus propietarios originales, a los monjes, que retornaron para vivir y a trabajar allí otra vez.

  El monasterio sirve como iglesia para el pueblo que está en sus cercanías, y es frecuentemente visitado por personas enfermas buscando curación, sobre todo el 14 de Septiembre, “día de la santa cruz”. Según leímos en la guía que teníamos, las personas que viajan solas pueden pasar la noche allí, aunque nosotros no nos quedamos a comprobarlo, porque teníamos pensando avanzar un poco más en lo que nos quedaba aún de tarde...

  Al terminar lo que creía que era el final de repecho, hago una parada en una especie de mirador, contemplado ahora el monasterio desde arriba, teniendo de fondo al río, pero a esta hora, con un sol de justicia, y una especie de calima que difumina las vistas del horizonte, no son precisamente las mejores ni para hacer fotos ni para estar allí mucho tiempo tostándose mientras se contempla el paisaje.

Monasterio de Dervent, desde la colina que hay detrás de él, con río al fondo.

  El tramo duro de repecho lo habíamos finalizado, pero ahora comenzaba un recorrido de suaves cambios de rasantes que acabaron por poner a punto las piernas. Pedaleamos rodeados de viñedos a ambos lados de la carretera, cuidados con mucho mimo y muy vigilados, aunque en algunos tramos los viñedos dejan paso a los árboles frutales, y es que esta es una zona más rica en cuanto al cultivo se refiere, además de disponer de más agua.

  Con el sol comenzado ya a perder fuerzas, entre viñedos y árboles frutales, así como otros árboles que aportan sombra a la carretera, pedaleamos por este tramo retomando después de muchos días, las sensaciones del verdadero cicloturismo, disfrutando de nuestro recorrido, sin necesidad de avanzar por avanzar o de meramente dedicarnos a hacer kilómetros para llegar al final.

  Dejado atrás uno de los muchos repechos de este tramo, comienza una larga y vertiginosa bajada desde donde disponemos de unas vastas vistas de todo el horizonte que tenemos frente a nosotros. Podemos ver el gran lago que aparece en la guía, a la izquierda, pero un poco alejado de nuestro itinerario, aunque nuestra idea era intentar hacer acampada libre en los alrededores de otro pequeño lago más próximo a la carretera que transitábamos, y dentro de un bosque, una masa verde que veíamos al fondo, al finalizar la bajada, una reserva natural, la “Rezervare Canaraua Fetei. En un principio parecía que esta tarde-noche íbamos a poder culminar un buen día en lo que ha recorrido se refiere, sobre todo después de dejar atrás Calarasi, dándonos un baño en ese pequeño lago después de las altas temperaturas soportadas y pasando la noche rodeado de naturaleza, en medio de un bosque...

  Nuestro primer objetivo era parar en el pueblo de Lipnita, para rellenar nuestros botes de agua para beber, además de la botella extra para la cena y el desayuno, puesto que en principio no íbamos a disponer de agua donde nos quedáramos. Según el croquis de nuestra guía, la carreta pasaba por este pequeño pueblo, bordeándolo, pero la realidad no es esa. Es cierto que el pueblo puede quedar a un par de kilómetros a la izquierda de la carretera, pero al recorrer los primeros metros hacia él vimos que había un fuerte desnivel en bajada, el cual tendríamos después que subir, pero Iñaqui no estaba muy por la labor de hacer ningún desgaste extra después del día que llevábamos, sobre todo si era posible evitarlo, y es que frente a nosotros apareció una alternativa a modo de pequeño monasterio ortodoxo del que la guía no decía nada, a unos doscientos metros de la carretera que bajaba al pueblo. En la entrada del edifico del monasterio veíamos a un monje haciendo labores de albañilería, enfundado en una especie de sotana negra, remangado y con un sombrero usado por estos monjes y que no se como se llama; también había una monja, muy joven, que estaba regando un pequeño jardín que había a la entrada.

  Dejamos la carretera, nos introducimos en el recinto vallado dejando las bicis apoyadas sobre las vallas y nos vamos con todos los botes que disponíamos, derechos a la entrada del monasterio donde estaba la monja regando con una manguera las flores del pequeño jardín.

El monasterio de Sf. Ioan Botezatorul (en las cercanías de Lipnita) donde dieron de comer a los sedientos y ofrecieron de comer a los NO tan hambrientos...

  No fue necesario que nos entendiéramos con el idioma, simplemente hicimos el gesto señalando los botes de agua y la manguera para indicarle si podía llenárnoslo, y rápidamente accedió a ello, rellenándolos por dos veces, porque la primera nos los bebimos de un trago allí mismo. Saciada nuestra sed, y con la provisión de agua hasta mañana, al menos en teoría, nos despedimos dándoles las gracias, pero cuando estábamos a punto de montar en nuestras bicis, comienzan tanto el monje como la monja a llamarnos la atención. Al principio pensaba que era algo que nos habíamos dejado allí, pero al mirar y remirar y ver que no nos faltaba nada y que ellos no paraban de llamarnos la atención, decidimos volver sobre nuestros pasos para ver si nos podíamos entender. Finalmente el monje hizo el típico gesto que ya habíamos visto en otras ocasiones durante nuestro viaje, y que no era otro que con la palma de la mano extendida hacia arriba, hacer un gesto a la altura de la cintura, como si lo cortaron por la mitad, o lo que es lo mismo, nos estaban preguntando que si además de sed, teníamos también hambre, porque nos invitaban a comer lo que ellos buenamente tuvieran. Aquello nos cogió en fuera de juego, no nos lo esperábamos, pero nuestros planes eran otros y no podíamos perder mucho más tiempo, porque deberíamos buscar un sitio donde pasar la noche, así que les dimos de nuevo las gracias de corazón ante su insistencia y montamos de nuevo sobre nuestras burras para continuar el recorrido, totalmente “alagados” por el ofrecimiento a unos viajeros que pasaban por allí y que sólo pedían agua, pero ya se ve que ellos fueron fieles a eso de intentar dar de beber al sediento y dar de comer al hambriento, o al menos intentarlo.

  Proseguimos con la fuerte bajada, donde veíamos la pequeña laguna rodeada de vegetación y arboleda, pero aquello, viéndolo ahora más de cerca, parecía tener pocos visos de zona de baño, y un pequeño “bajón psicológico” se fue apoderando de mí al pensar que quizás hoy, que íbamos a hacer acampada libre, no pudiéramos pegarnos un baño para relajarnos y quitarnos el sudor después de un día de altas temperaturas y con un recorrido con un perfil que nos ha obligado a hacer más esfuerzo que en días anteriores donde todo era llano.

  Al finalizar la bajada nos encontramos prácticamente al comienzo de la zona de bosque, con un pequeño descampado a la derecha donde se encuentra un pozo con un gran cigüeñal, y a su lado, dos cubiertas de camiones o de tractores, partidas a la mitad, utilizadas como improvisados abrevaderos; del lado izquierdo de la carretera salía un camino que conducía hasta un pequeño montículo y se perdía más allá...

  Mientras Iñaqui mira y remira el mapa-croquis de la guía, yo me voy dando un paseo, sin bici, por el camino de la izquierda, para llegar hasta el montículo y ver si desde allí arriba se podía ver el lago pequeño con alguna zona donde pudiéramos pasar la noche, pero tal y como pensábamos cuando bajábamos e íbamos viendo más de cerca la zona, aquello no era el mejor lugar, porque era una zona empantanada, como de marisma, con una casa al fondo que no sé si estaría abandonada, justo en la orilla opuesta. Al regresar a la carretera, a la derecha me encuentro con otro camino que va a dar a una casa de campo en ruinas, rodeadas de algunos árboles que dan sombra, y puede ser una opción para pasar la noche.

  Cuando llego a donde estaba Iñaqui, junto al pozo, barajamos la alternativas, y finalmente decidimos hacer unos kilómetros más para adentrarnos en el bosque y coger un camino que sale a la izquierda de la carretera, entre los árboles, y buscar por allí una zona donde montar las tiendas y pasar la noche, pero antes y ya que no íbamos a tener el tan ansiado y deseado baño en el día de hoy, y puesto que tan sólo teníamos previsto pedalear cuatro o cinco kilómetros más, pensamos en darnos una ducha allí mismo, con el agua del pozo, y ¡ea!, dicho y hecho, ni cortos ni perezosos, nos quitamos los maillots, calcetines y zapatillas, nos enjabonamos y comenzamos a sacar cubos de un agua helada, situada a bastante profundidad, de ahí el tamaño del palo del cigüeñal. El fuerte contraste entre la temperatura corporal y el agua fría, provoco un efecto de relax total, una relajación muscular y una sensación de alivio y frescor después de liberarnos de la capa de sudor reseco que se había ido acumulando durante todo el día. Para terminar la faena y ya puestos, aprovechamos también para hacer la colada.

Iñaqui preparándose para la 'ducha', con el pozo a la izquierda y el cigüeñal, con el enorme palo (lo que da idea de la profundidad del pozo) a la derecha. A ambos lados del pozo, las cubiertas de tractores o camiones partidas a la mitad, sirven de improvisados abrevaderos. 

El que esto escribe, haciendo la colada tras la helada y reparadora 'ducha'...

  Con parte de los deberes hechos, montamos de nuevo sobre nuestras burras, con la colada recién hecha sobre las alforjas traseras y afrontando lo que nos quedaba de forma más positiva, algo a lo que contribuyó en gran medida la helada y reparadora ducha. La idea era introducirnos de lleno en aquella masa boscosa y encontrar un camino a la izquierda, y a partir de ahí, el primer sitio que nos gustara y que no fuera muy visible ni desde la carretera ni desde el camino.

  Justo antes de iniciar la subida de un repecho, al pasar una curva, nos encontramos con el carril o camino que salía a la izquierda, dentro de una espesa arboleda. Lo tomamos, y rápidamente encontramos por encima de él y lo suficientemente alejado de la carretera y de este camino para pasar desapercibido, un pequeño claro, ideal a primera vista, para hacer nuestra acampada libre.

Un buen lugar, en un claro del bosque, donde pasar la noche...

  Colocamos la colada sobre las ramas de los árboles, montamos nuestras tiendas, nos cambiamos, colocamos las esterillas fuera, junto con las provisiones para la cena, y tan sólo faltaba un pequeño detalle para que este intenso día resultara perfecto, ¡una buena cerveza fría!. Lamentablemente allí no había ningún bar, ni chiringuito, ni nada que se le pareciera, así que había que resignarse, ¿o no?; ahora sí que teníamos todos los deberes hechos, e Iñaqui ni corto ni perezoso, decía que se iba haciendo autostop al pueblo, a Baneasa, a unos cuatro o cinco kilómetros de donde estábamos, a comprar unas cervezas. Traté de quitarle la idea de la cabeza, diciéndole que era una locura, que apenas quedaba un cuarto de hora de luz, pero no hubo manera, así que se fue a la carretera a probar suerte.

  Diez minutos después lo veo de nuevo aparecer, ¡imposible!, no puede ser que le haya dado tiempo a ir, volver y comprar las cervezas... ¡y tanto que no podía ser!, porque como pude comprobar, detrás de él aparecieron dos personas uniformadas, policías, y es que lo que ocurrió fue la anécdota del día. Nada más ponerse en la carretera, el primer coche que pasa es el de la policía, así que al verlo junto a la carretera, paran y le piden la documentación, que ni siquiera llevaba encima porque se la había dejado donde estábamos acampando. Como pudo y no pudo les explicó que estaba haciendo la ruta del Danubio (el Dunarea en rumano) en bici, pero no acababa de convencerlos, así que tuvo que traerlos hasta donde estábamos para enseñarles la documentación suya (por supuesto a mí también me la pidieron) y después de ver nuestras bicis, la ropa de ciclista lavada y colgada, junto con la guía que llevábamos con los mapas-croquis del itinerario a seguir, lo dieron por bueno. Para no llevar la cosa a más, Iñaqui les intentó explicar que estaba haciendo autostop para ir a Baneasa y comprar agua, que nos habíamos quedado sin ella, y ellos nos respondieron que no hacía falta llegar al pueblo, que a menos de un kilómetro de allí, en dirección al pueblo, había una fuente a la izquierda de la carretera. Sin más se despidieron de nosotros con un apretón de manos y deseándonos buen viaje...

  ¡Vaya suerte!, te pones a hacer autostop en Rumanía y el primer coche que pasa es la policía, y para colmo sin la documentación encima.

  Al margen de esta anécdota, y puesto que la cerveza ya la dábamos por imposible y que habíamos consumido parte del agua de la que hicimos provisión en el monasterio, decidí ir en bici hasta la fuente, con el chaleco reflectante, el frontal y la luz trasera puesta. Vacíe parte del agua en el cazo que teníamos para cocinar la pasta, y mientras Iñaqui la calentaba, yo iría a por más, así no nos encontraríamos apurado para el desayuno, para beber y para la higiene particular.

  Cuando llego a la fuente me encuentro con un coche que estaba allí parado, con dos chicas y un chico. Les pregunto si el agua de la fuente se puede beber y me contestan que si: “The water is good”. La fuente estaba en un pequeño descampado a la izquierda de la carretera, donde también había algunas mesas merenderos, y hubiera sido también un buen sito para pasar la noche, aunque sin duda, hubiéramos estado más a la vista.

  Al regreso, comenzamos a preparar la cena, y mientras picoteamos algo, voy escribiendo, al igual que Iñaqui, unas notas para nuestro diario particular.

  Nada mejor que un buen plato de pasta con una especie de salsa de legumbres-hortalizas que habíamos descubierto por casualidad en las tiendas y muy apropiada a falta de tomate o salsa boloñesa, para recuperar las energías gastadas, y por supuesto, fruta, café y galletas de chocolates de postre, sin contar los entremeses...

  Tras la cena, tocó de nuevo, al igual que anoche, tumbarnos sobre las esterillas, en el claro de bosque donde estábamos, bajo el techo del hotel de las mil y una estrellas donde una noche más nos alojábamos, y de nuevo a coste cero, ¿qué más podíamos pedir?.... bueno, algo si podíamos haber pedido para rematar un buen día, unas cervezas fresquitas antes de la cena... pero siempre no se puede tener todo...

  Tras la amena tertulia, y cuando ya estábamos empezando a quedarnos dormidos, nos vamos directos a las tiendas, y a dormir, que mañana será otro día, y espero al menos que esta noche pueda recuperarme del cansancio que he arrastrado durante la jornada de hoy debido a que anoche no descanse ni dormí lo suficiente por unas cosas o por otras...

***************************************************************************

ETAPA 17 (Rumania): BANEASA - CONSTANZA
Distancia = 103,63 km - Tiempo = 6:05:36 - Media = 17,04 km/h
Miércoles, 22 de Agosto de 2013

  Por la mañana estuvimos algo más perezosos de lo habitual a la hora de levantarnos, supongo que el perfil de sube y baja a partir de Silistra y el calor de ayer, han hecho algo de mella en nosotros, así que hasta las 7:30 no salimos de las tiendas, y tras la rutina habitual y el desayuno, nos ponemos en marcha con un primer repecho, y en la bajada que le sigue a la izquierda, está la fuente donde estuve en la tarde-noche de ayer para coger agua, al igual que nos disponíamos ahora a hacer.

  Según la guía, el perfil de hoy hasta Constanza iba a ser una continuación del de ayer, o sea, más etapa rompe-piernas, pero mientras que en la etapa de ayer el comienzo, hasta Calarasi, fue plano como de costumbre, hoy tendríamos la etapa de cabo a rabo con esta tónica, y después de realizarla, puedo decir que ésta, junto con una del tramo de las Iron Gates, han sido las únicas etapas que han necesitado algo más de exigencia física, y sin duda alguna, la de hoy ha sido para nosotros la de más exigencia, por los añadidos extras, o sea, por el viento constante, ya sea de costado o de cara, sobre todo en los tramos abiertos, sin arboleda.

Carretera tranquila rodeada de árboles a ambos lados, algo habitual durante la mayor parte del recorrido de esta jornada.

  Una vez hecha la provisión de agua, comenzamos realmente la jornada, por carretera estrecha, con curvas y continuos repechos, pedaleando por este pequeño bosque, la “Rez. Canaraua Fetei”, cuyos árboles nos protegen del aire que sopla, además de agasajarnos con una sombra gratificante, aunque al principio de la jornada, la temperatura es agradable, y el aire viene fresco.

  Llegamos a Baneasa, el pueblo que quedaba a escasos cinco kilómetros de donde nos quedamos anoche, y antes de salir de esta localidad, comienza un nuevo tramo de adoquines, y por lo que vimos ayer, tramo de adoquines significa tramo de subida, y efectivamente, pronto comienza la subida que se inicia en las calles del pueblo y que culmina a la salida de él, para posteriormente retomar de nuevo el asfalto. Si no recuerdo mal, creo que este fue el último tramo de adoquines, aunque no de subidas.

  Llegamos a Ion Corvin, nuestro primer objetivo de hoy, situado a unos 20 km de nuestro punto de inicio en esta jornada, en un tramo de recorrido agradable, bonito, ideal para el cicloturismo, y con tráfico mulo, pero se nota el esfuerzo que hacemos y así, el tiempo empleado con respecto a otras jornadas de días anteriores, donde uno puede volar por el llano a menos que la carretera esté complemente bacheada, es mucho mayor.

  Ion Corvin es la localidad donde la ruta se divide en dos alternativas: o bien seguir directos hasta el Mar Negro, o sea, hasta Constanza, o bien seguir el curso del Danubio hasta la desembocadura en Tulcea. Nuestra idea era llegar a Constanza, y a partir de ahí seguir rumbo norte, paralelos al Mar Negro, para atravesar el delta del Danubio, reserva de la biosfera, donde emplearíamos un par de días de recorrido en bici, además del día extra que queríamos pasar en la zona del delta dando una vuelta por allí, haciendo alguna excursión o viendo pájaros, y en especial los pelícanos. Esta opción suponía que ya no veríamos el curso del río hasta la llegada hasta Tulcea, bueno realmente desde poco antes de llegar ayer a la altura del “Monasterio de Dervent”, que es cuando ya dejamos de ver el río.

  En esta localidad hacemos una pequeña parada para comprar un botella de zumo que estuvimos bebiendo junto con unos dátiles, y en esas estábamos cuando nos encontramos de nuevo con los alemanes, padre e hijo, de los que no habíamos vuelto a saber nada de Giurgiu, ya que ellos siguieron por Bulgaria, viendo el pésimo estado de las carreteras de Rumania, aunque fue a partir de allí cuando éstas mejoraron algo, aunque quizás no tanto como en la parte búlgara, ya que al preguntarles por el recorrido nos dijeron “the road is very good”. Ellos se quedaron anoche en algún alojamiento que ya tenían contratado previamente en esta localidad, y no me acuerdo ahora, pero creo que ellos iban a seguir hacia Tulcea, así que en ese caso, ya no volveríamos a coincidir.

  Terminado el descanso que aprovechamos para rellenar nuestros depósitos con algunas reservas, porque hoy iba a ser una jornada de desgaste, continuamos con el recorrido, rellenando de nuevo los botes de agua en una fuente a la salida del pueblo, y es que se nota que estamos en una zona de sierras, porque comenzamos a ver fuentes, mientras que durante casi todo el recorrido por territorio rumano lo que veíamos eran pozos a lo largo de los pueblos.

Junto a la carretera nos encontramos con esta especie de ermita diáfana, totalmente abierta, y con una fuente a la derecha, así que aprovechamos para rellenar los botes y hacer una pequeña pausa a su sombra, mientras curioseábamos por sus alrededores...

  Nuestro siguiente objetivo es hacer otro tramo de unos 20 km, sobre todo viendo que el recorrido sigue igual, sin tramos de llaneo, todo es prácticamente a base de subir y bajar repechos más o menos largos, con sus bajadas correspondientes, por carretera estrecha con muchas curvas y firme bueno, aunque en este tramo, ya van apareciendo espacios más abiertos, en los que sin el manto protector de los árboles, el viento del que apenas nos habíamos percatado hasta ahora, nos obliga a un mayor esfuerzo, azotándonos de costado con bastante intensidad.

  En este segundo tramo además de seguir encontrándonos con más monasterios, de los que ayer también tuvimos también nuestra dosis (algo deberá tener de mágico esta zona cuando en tampoco espacio se levantan tantos monasterios, igual hay fuerzas telúricas ocultas que desconocemos), pasamos también por Adamclisi, un pequeño pueblo en el que poco antes de llegar a él nos encontramos, a la izquierda de la carretera y perfectamente visible desde ella, con una colina en la que en la parte baja, la más próxima a la carretera, están las ruinas de una fortaleza romana, la “Tropaeum Traianai Fortress”, con torres y tramos de muralla, y sobre la colina, más restos de monumentos y de esta fortaleza, aunque aquello queda más lejano desde la zona por donde pedaleábamos. Al atravesar el pequeño pueblo, vemos carteles a la izquierda que indican el camino a seguir para visitar el museo y el monumental “Tropaeum Traiani” (“El trofeo de Trajano”).

A la izquierda de la carretera nos encontramos con los restos de murallas y torres de una antigua fortaleza romana, en las inmediaciones de Adamclisi.

  El nombre Admaclisi o Adamklissi proviene del nombre turco Adam Kilise, que significa algo a sí como “iglesia del pueblo”, debido a que los turcos, cuando se asentaron aquí, creyeron erróneamente que el monumento romano que existía allí era una primitiva iglesia. El primer asentamiento en este lugar probablemente fue el de un campamento romano llamado "Civitas Tropaensium", el cual, alrededor del año 200 dC, alcanza el estatus de ciudad romana. Después de la retirada de los romanos de Dacia, la ciudad cayó en manos de los godos. El emperador Constantino ordenó la construcción de nuevas fortificaciones y la ciudad disfrutó de un segundo período de prosperidad, pero fue destruida en el año 587 dC por los Ávaros y posteriormente permaneció en el olvido durante siglos. En el siglo XIV, después que los turcos otomanos conquistaron la zona, tanto turcos como ávaros comenzaron a asentarse en la región, y hasta aquí esta referencia histórica.

  Llegamos a Deleni, después de realizar este bonito, agradable y entretenido tramo, al igual que todo el recorrido desde que empezamos hoy a pedalear, aunque las piernas creo que no piensan lo mismo y se van encontrando pesadas, y eso que tan sólo llevaríamos unos 40 km. Aquí hacemos otra parada para descansar un poco y no hacer todo de tirón porque con este recorrido y con el puñetero dios Eolo con el que se ha aliado hoy, puede desfondarnos completamente, porque la etapa es larga, cerca de 100 km sobre el papel, otra cosa es lo que finalmente se acaben haciendo, sobre todo porque tendríamos que callejear hoy por Constanza en busca de alojamiento.

  Había que ponerse en marcha de nuevo para afrontar otro tramo de unos 20 km, que es más o menos la distancia en la que estábamos dividiendo el recorrido para realizar pequeños descansos, aunque en este caso, al llegar a Cobadin, haríamos una parada más larga, por la hora del día en que llegaríamos, aprovechando para realiar la comida y estar un rato de siesta-relax.

  El recorrido sigue la misma tónica, pasando por algún que otro pequeño núcleo urbano, pero es un tramo de espacios más abiertos, donde el viento nos castiga sin piedad, sin la más mínima compasión, nos lo pone difícil para recoger las mieles de nuestra ansiada meta, el Mar Negro.

  Llegamos a Cobadin a las dos de la tarde, con mucho calor, aunque hoy nos hemos ido hidratando bastante bien durante todo el recorrido, al menos hasta ese momento. Paramos en un cruce de carreteras, junto a una gasolinera donde compramos pan y unas cervezas, después nos dirigimos a una zona sombreada donde colocamos nuestras esterillas mientras damos cuentas de las cervezas, antes de prepararnos unos bocatas con las provisiones que nos quedaban, y finalmente nos echaríamos un rato, aunque sin quedarnos dormidos.

  Había que ponerse en marcha otra vez, pero el cuerpo se resistía, no había ganas de ponerse a pedalear con ese calor y con ese viento, pero precisamente por eso, porque íbamos más lentos de lo normal, tendríamos que ponernos en marcha sin perder más tiempo para afrontar la segunda parte de esta jornada, de unos 40 km sobre el papel, que de nuevo dividiríamos en dos tramos de 20 km, el primero en dirección noreste hasta Basarabi y el segundo en dirección totalmente este, hacia el mar, hacia Constanza.

  Lamentablemente, desde que paramos en la gasolinera, en el cruce de carreteras, al llegar a Cobadin, ya vimos que lo que nos esperaba no iba a tener nada que ver con lo visto, vivido y recorrido hasta ese momento desde que dejamos el ferry en Silistra. Frente a nosotros estaba la carretera que teníamos que seguir, con mucho tráfico, tal y como indicaba nuestra guía, y según ésta, esta situación se mantendría hasta Constanza, incluso se acentuaría más, ya que ésta es una zona turística, de playa.

  Realizado este tramo solo puedo definirlo con una palabra: “PESTOSO”, para olvidar, mucho tráfico, incluido mucho tráfico pesado; los coches pasan a toda velocidad a tu lado, en una carretera sin arcén, sin la más mínimo preocupación por los cicloturistas que también transitan por ella, y si a esto se le añade el fuerte viento de costado pues la mezcla resultante provoca un estado de tensión total, que unido al desgaste por el tipo de terrero y por el aire hacen que uno acabe totalmente fundido, y para colmo, los 40 km hasta Constanza son por un paisaje sin pena ni gloria, paisaje monótono que tampoco ayudaba a mitigar nuestra frustración.

  A los 20 km paramos de nuevo en Basabari, coincidiendo con el cambio de rumbo que deberíamos tomar, ahora dirección este, lo que suponía que a partir de ese punto y hasta el Mar Negro, tendríamos el viento en contra. Paramos en una pequeña tienda, compramos una botella de dos litros de zumo frío, y allí, en las mismas escaleras que subían a la tienda, nos la bebimos a la sombra, junto con los últimos dátiles que aún nos quedaban. Estábamos exhaustos por la paliza que nos estaba pegando el viento de costado, además de la tensión de estar continuamente ¡ojo avizor! por el tema de los coches y camiones, pasando a nuestro lado sin ningún miramiento...

  Con una buena dosis de disciplina militar montamos de nuevo sobre nuestras burras, aunque estábamos totalmente asqueados del recorrido de los últimos 20 km y de lo que suponíamos nos esperaba, y efectivamente, los dos primeros kilómetros son con el aire en contra, pero después estuvimos en cierto modo parapetados por las casas de la alargada calle que atravesamos al pasar por Valu lui Traian, paralelos a la vía del tren, lo que supuso un respiro en parte, porque el “lado oscuro de la fuerza”, o sea, el puñetero y maldito tráfico, continuaba de forma persistente, ahora si cabe, con la cercanía de Constanza, mucho más, y en cuanto a la carretera, seguía subiendo y bajando a base de continuos y largos cambios de rasante.

  Por fin llegamos a la entrada de Constanza, donde un barco en el interior de una rotonda con el cartel de “Bienvenidos a Constanza” nos recibe, pero desde ese punto hasta llegar a la zona centro, prácticamente hicimos seis kilómetros y es curiosamente en la zona centro donde el tráfico era casi inexistente.

  Una vez llegados al centro de la ciudad, nuestra idea es buscar la oficina de información y turismo, para preguntar por alojamientos económicos, además de ver en un mapa más detallado la salida de mañana, pero a la hora de la tarde que llegamos estaba cerrada. Preguntamos por los alrededores y fuimos a parar a una especie de “calle de bares-restaurantes”, con terrazas-plataformas de madera para salvar la ligera inclinación de la calle, en donde se encontraba un hotel de tres estrellas que nos habían recomendado y al parecer estaba bien de precio, y debería ser así, porque al entrar Iñaqui a preguntar le dijeron que estaba completamente lleno. Allí nos topamos con otro cicloviajero, un alemán que acababa de terminar la ruta, llegando ayer desde Tulcea, aunque nos cuenta que no ha visto pelícanos, y que mañana parte de vuelta para su país, previo paso por Bucarest, a donde tiene pensado llegar mañana para coger el avión, aunque le tocará madrugar, ya que el único tren donde le dejan llevar la bici parte desde Constanza con destino a la capital, a las cinco de la mañana.

  Después del duro día que llevábamos no estábamos para dar muchas vueltas, y fue un 'palo' el que nos dijeran que el hotel estaba al completo, así que tuvimos que ir a la amplia calle que transita paralela a la línea de playa, donde hay más oferta de alojamiento y donde suponemos que los precios serían mayores. Paramos primero en uno de estos hoteles, a la izquierda de la carretera, y nos piden 59 euros por la habitación doble, y nos pareció caro, a sabiendas de que esto ya es un lugar turístico y estamos junto a la playa. En el siguiente, que en este caso estaba en el lado derecho de la carretera, y por tanto, tras él estaba la playa a la que se accedía en bajada por unas largas escaleras, nos pidieron 40 euros por la habitación doble, o sea, 20 euros por barba, y esto ya lo dimos por bueno, no estábamos físicamente como para estar toda la tarde buscando alojamiento o intentando dar con el albergue para que después éste también estuviera ocupado, y el precio en este caso nos parecía razonable, así que después de meter las bicis en una sala cerrada con llave cerca de recepción, y de subir las alforjas a nuestra habitación, nos colocamos el bañador y toalla en mano bajamos directamente por las escaleras que he comentado antes hasta la playa, a darnos el merecido baño en las aguas del Mar Negro, antes de que se pusiera el sol, la recompensa a esta dura jornada y a la ruta en general que emprendimos en Budapest.

  Al baño le siguieron unas cervezas en uno de los chiringuitos de la playa para finalmente acabar en nuestra habitación del hotel, aunque ahora había que subir las largas escaleras y es cuando realmente sentíamos la fatiga en las piernas. Una ducha, cambio de ropa y salir a cenar, y hoy sí teníamos previsto darnos un buen homenaje, puesto que nuestro primer objetivo, llegar al Mar Negro, ya lo habíamos conseguido. A partir de aquí, nuestros planes eran llegar a Tulcea en dos días de recorrido en bici, y quedarnos un día más para hacer alguna excursión o recorrido por esta zona del delta del Danubio declarada reserva de la biosfera, con la intención de ver aves, sobre todo Iñaqui, que es el que se había traído los prismáticos a propósito.

***************************************************************************

ETAPA 18 (Rumania): CONSTANZA – GRANDUL COSA (Reserva Natural)
Distancia = 85,80 km - Tiempo = 5:01:00 - Media = 17,10 km/h
Jueves, 23 de Agosto de 2013

  Esta mañana no teníamos excesivas prisas en levantarnos, y aunque hoy también teníamos que dar pedales, teníamos pensado una etapa más corta que la del día de ayer, aunque finalmente acabamos realizando 85 km, pero por un perfil llano, nada de constantes subidas y bajadas como los dos últimos días.

  El desayuno en esta ocasión no estaba incluido en el precio de la habitación, así que antes de ponernos en marcha tuvimos que salir a comprar algo para desayunar: zumos, yogurt y algunos dulces caseros de los que estuvimos dando cuenta en el banco de un parque.

  De vuelta al hotel, recogemos todo, nos vamos a la sala donde estaban nuestras burras y una vez preparadas éstas y pagado el hotel, a las 11:15, ya estamos dispuestos para comenzar esta nueva etapa, en un día en el que según vimos en las noticias, todo el sur de Rumania, o sea, todo el recorrido que habíamos estado realizando durante estos días, iba a estar por encima de los 40 grados, aunque por esta zona por la que pedalearíamos hoy, las temperaturas se preveían más bajas, mitigadas en parte por el efecto del mar, aunque claro, nada es perfecto, y si bien es verdad es que las temperaturas serian más bajas, también es verdad que la humedad era mayor y en esas condiciones uno tiene siempre la sensación de estar empapado en sudor, así que no sé qué es lo que será mejor.

  Nuestra idea en el día de hoy es llegar a la Reserva natural de Grandul Cosa, y en concreto a las playas de Gura Portitei, que es una especie de isla donde según nuestra guía existe un camping, y para no llevarnos sorpresas, puesto que esta zona esta fuera de la ruta o del itinerario que marca la guía, preguntamos en varias sitios sobre si realmente existía un camping allí, y sólo una vez contrastada la información de que efectivamente allí había un camping, es cuando fijamos el final de etapa en ese lugar. Ahora bien, para llegar allí estaba el recorrido habitual, o sea, llegar hasta Jurilovca y desde aquí coger un barco que cruzara el gran lago Golvita hasta este conjuntos de islotes que están situados cual si de un gran espolón se tratara; o bien, llegar hasta la localidad de Sinoie, y allí preguntar si era factible llegar en bici hasta este camping por algún camino, ya que según el croquis-mapa que llevábamos, aparentemente existía uno, pasando entre un islote y otro, quizás a través de algún puente o en barcas, pero teníamos muchas dudas, y lo peor, este recorrido estaba fuera del itinerario y no teníamos ninguna referencia en la guía, así que si optábamos por él iríamos a ciegas.

  Esta zona de playa es turística, así que como pedaleamos hacia el norte, paralelos al Mar Negro, los bloques de hormigón, o sea, las distintas construcciones en localidades y urbanizaciones se suceden una tras otra junto a la playa, así que estuvimos los primeros 17 km pedaleando por grandes avenidas o carreteras en donde nunca llegamos a perder de vista ni los edificios ni el tráfico, y por supuesto, tampoco veíamos el mar, al que teníamos a tiro de piedra, pero una barrera de edificios siempre se interponía entre él y nosotros.

  Lo único positivo de este primer tramo es que conocimos a un par de murcianos que iban con su flamante mini de recorrido turístico por esta parte de Europa. Al ver la bandera de España ondear en mi mástil, rápidamente nos localizaron y comenzaron a pitarnos y a sacar ellos también otra banderita de España por la ventanilla del coche, y un poco más adelante, en un hueco que vieron, aparcaron para saludarnos y cambiar impresiones de nuestros viajes, unos en bici y otros en coche. Ellos durmieron anoche en Barna, también en la costa del Mar Negro, pero perteneciente a Bulgaria, o sea, al sur de Constanza, y hoy iban a recorrer esta parte de la Rumana de sol y playa. Llevan 5.000 km y aún les faltaba el viaje de vuelta. Eran unos tíos “mú salaos”, pero después de estar un rato cambiando impresiones, había que emprender de nuevo la en marcha, que hoy habíamos empezado muy tarde y en ese momento tan sólo llevábamos siete kilómetros.

  Es a partir de los primeros 17 km, como ya he comentado, cuando empezamos a dejar atrás esa sucesión, ristra o encadenamiento de edificios y más edificios, y coches y más coches, coincidiendo con un giro a la izquierda, pasando un repecho bajo el cual pasaba la vía del tren y dejando a la derecha el acceso a otra localidad pegada a la playa como es Petromidia.

  A partir de aquí nos encontramos con unas rectas larguísimas y aburridas, con una carretea ancha, de dos carriles en cada dirección, pero el firme bueno acabó al separarnos de la zona de playa, y ahora la carretera está completamente bacheada, descarnada, y aunque hay un carril bici de tierra a la izquierda de ésta, lo cierto es que está totalmente descuidado y la maleza crece en sus alrededores, además de estar igual de bacheado que la carretera, por eso, y viendo que la carretera tenía poco tráfico, a pesar de los dos carriles en cada dirección, lo que suponía que en teoría debería soportar tráfico, nos decidimos seguir por ésta, teniendo un lago grande, de aguas verdosas, a nuestra izquierda, cerca de la otra orilla de la carretera, mientras que a nuestra derecha y por desgracia, lo que tenemos es un desfile de refinerías, esos monstruos gigantescos que escupen enormes bocanadas de humo negro y que desprenden un olor nada agradable. Por lo demás, un terreno mísero en unas rectas donde realmente tomamos conciencia del fuerte viento de costado, algo que no habíamos notado hasta ahora al haber estado bajo el manto protector de esas moles de hormigón situadas alrededor de la playa, dispuestas sin el menor gusto estético, pero algo bueno tenían que tener.

  Diez kilómetros divididos en dos largas líneas rectas de perfil totalmente llano, unidas por una curva que hace la carretera para bordear un segundo lago, también a la izquierda y algo más pequeño que el primero, es lo que tenemos que recorrer para llegar a nuestro primer objetivo, la localidad de Corbu, que separa el trasiego de edificios, coches y ruido de la zona turística, de los campos de labor, de las grandes llanuras, de localidades más rurales situadas un poco más al interior.

  En Corbu, paramos para la rutina del día a día, algo que nos sienta de lujo, además de ayudarnos a reponer líquidos y nutrientes, o sea, la compra de una botella fría de dos litros de zumo, la cual despachamos de una sentada, mientras un desfile de coches a cuál mejor pasa justo delante de nosotros: mercedes, bmw, opel, ranault, etc... definitivamente aquí en Rumania parece que se pirran por los coches, aunque después no tengan donde caerte muerto, y bien parece que en cuanto uno tiene cuatro perras lo primero que hace es comprarse un carro para aparentar... que digo yo...

  Un termómetro situado en la misma calle donde estábamos sentados marcaba a la una del mediodía veintinueve grados, aparentemente no es mucha temperatura, pero la sensación de calor por la humedad y el bochorno es mucho mayor que la que realmente refleja el termómetro, así que el cuerpo sólo pedía líquido...

  Aprovechamos la parada para volver a mirar la guía y fijar nuestro próximo objetivo, Sinoie, a 35 km, aunque antes tendríamos que pasar por otras pequeñas localidades. La idea era poder llegar allí coincidiendo con la parada que haríamos para comer algo, además de ser éste el punto donde saldrían las dos posibles alternativas para nuestra meta fijada para el día de hoy, o bien el recorrido marcado en la guía, siguiendo la carretera hasta llegar a Jurilovca y allí coger el ferry, o seguir por caminos sin señalizar, sin saber si realmente llegan hasta nuestro destino y sin saber como saltar de un islote a otro (¿habría puentes, barcazas...?), porque esto no estaba bien indicado el mapa-croquis que aparecía en la guía, aunque la verdad es que tampoco tenía por qué aparecer detalladamente, puesto que en principio es un recorrido que se salía del itinerario previsto, y en el mejor de los casos, podría venir como una excursión a parte, como otras que muestra la misma guía, aunque por tramos de Hungría y Croacia. Por tanto, pararíamos en este lugar para comer, descansar en esas horas en las que no apetece nada ponerse a dar pedales, y preguntar a los lugareños sobre este recorrido y si era factible llegar en bici, y en tal caso, tendríamos que comprar provisiones por si nos quedáramos tirados en medio de la nada.

  Nos ponemos en marcha de nuevo, con pocas ganas, todo hay que decirlo, porque el recorrido hasta ahora no motivaba nada y este tramo de 35 km al que teníamos por delante iba a ser más de lo mismo por lo que veíamos y por lo que intuíamos, y por desgracia no nos equivocamos.

  Poco que contar de este tramo. La carretera al salir de Corbu se convierte en una carretera local estrecha, en malas condiciones, bacheada y por supuesto sin arcén, con algún que otro cambio de rasante. Aquello era un cicatriz que recorría un páramo “sin chicha ni limoná”, una raya en medio de un llanazo, totalmente seco, desprovisto de cualquier tipo de vegetación, un terreno removido, de barbecho, que ésta época del año no presenta su mejor aspecto precisamente, y donde en la primera parte el viento nos castigó bastante al no tener ningún tipo de protección, pero por suerte, en la parte final lo tuvimos a nuestro favor y pudimos volar hasta Sinoie, llegando en torno a las tres de la tarde, buena hora para descansar, comer y beber para reponer líquidos.

  Al entrar en este pequeño pueblo, vemos a la derecha una tienda-bar, con una pequeña terraza con sombrillas y bancos y mesas de madera corridos, un poco más adelante en un cruce de carretera, una pareja de mochileros haciendo autostop, con un cartel de cartón que mostraban a los coches y donde estaba escrito el lugar al que querían ir: Jurilovca. Creo que eran eslovacos, y al hablar con ellos da la casualidad que también quieren llegar al mismo sitio que nosotros, al camping y playas de Gura Portitei, dentro de “Grindul Cosa Nature Preserve”. Le comentamos cual es nuestra idea, y nos dicen que ellos también lo han estado preguntando, pero que les han comentado que se puede llegar andando, en moto o en bici, pero no en coche, así que como ellos van haciendo autostop seguirán por carretera hasta Jurilovca y después cogerán el ferry. Nos comentan también que les han dicho que el camino sale precisamente en la bocacalle que está por debajo de la tienda-bar que habíamos visto, así que nos despedimos de ellos deseándoles suerte y retrocedemos hacia la tienda-bar, en cuya terraza haríamos la parada para comer y descansar un poco.

  Sentados en los bancos estaban algunos lugareños jugando a las cartas y tomando unas cervezas, y la verdad es que no entiendo que hacía el personal a las tres y pico de la tarde allí sentados, con el calor que hacía, por muy a la sombra de una sombrilla o toldo que estuvieran, aunque a nosotros nos vino bien esta situación para preguntar con el mapa-croquis en mano, y al igual que nos comentaron los mochileros, nos dijeron que sí se podía ir en bici, que habría unos veinte kilómetros de distancia aproximadamente; para la primera parte parece que todo estaba muy claro, todos coincidían, pero para la parte final había algunas dudas entre ellos, aunque uno de los que estaban allí que parecía el que mas había estado por esa zona les convence a todos diciendo que se puede llegar utilizando los caminos de los canales o algo por el estilo.

Mapa-croquis que aparece en nuestras guías, con las dos posibles alternativas para llegar al camping de Gura Portitei, dentro de  la Grandul Cosa Nature Preserve.

  En definitiva, el grupo de lugareños al que preguntamos nos transmitieron la sensación de que es perfectamente viable poder llegar hasta allí en bici, así que entramos en la tienda, abierta a pesar de la hora que era, aunque completamente a salvo de cualquier rayo de sol o luz natural que pudiera entrar en ella, ya que las ventanas y puertas estaban cerradas para evitar que el el frío de su interior, donde tenían puesto el aire acondicionado, se esfumara. La temperatura de dentro a fuera era como de la noche al día, con lo que mejor siempre dentro para planificar el tema de las provisiones. Teníamos que comprar lo necesario para la cena de esta noche, y para el día completo de mañana, para así tener reservas en el caso de que nos perdiéramos y nos quedáramos tirados en tierra de nadie por no poder llegar a nuestro destino, o por si llegábamos pero en el camping no había bar-restaurante; con este mismo razonamiento también tendríamos que hacer una buena provisión de agua, con lo que además de rellenar nuestros botes, compramos otras dos botellas de dos litros, cuatro litros extras más que nos repartiríamos entre los dos.

  Compradas las provisiones, salimos fuera para preparar los bocatas y el picoteo acompañado por las cervezas de rigor, ante las miradas de los lugareños que sigo sin saber que coño hacían allí a esa hora ingrata, otra cosa es que les dejaran estar dentro de la tienda con el aire acondicionado, pero allí fuera... a nosotros porque no nos quedaba más remedio, porque sino estaríamos descansando echando la siesta en la sombra más fresca que encontráramos...

  No descansamos mucho, tampoco había un sitio que nos retuviera por sentirnos a gusto él, y lo que sí que había era cierta intranquilidad por saber si podríamos llegar sin problemas, así que al terminar de comer nos ponemos en marcha sin mucho más tiempo que perder, a una hora en la que pedalear no es lo mejor que se puede hacer, pero ese era el problema, que tampoco había nada mejor que hacer, no había una zona de baño, o una zona sombreada con algo de césped donde pudiéramos tumbarnos, o una fuente donde refrescarnos....

  Cogemos la pista que sale justo debajo de la tienda, al principio asfaltada, por decir algo, porque aquello tenía más agujeros que un queso de gruyére, llena de baches y socavones a diestro y siniestro, con lo que nuestro principal entretenimiento era esquivarlos, hasta que el asfalto va desapareciendo y comenzamos a pedalear poco después por una pista de tierra por la que vamos más a gusto, al menos no tenemos que estar pendiente de los agujeros.

  Poco a poco nos vamos internando más y más en medio de la nada más absoluta, todo llano, tierra de color marrón producto de los campos de barbechos removidos, nada de arboleda ni de vegetación y todo absolutamente seco, a excepción de un par de pequeñas lagunas que hay a nuestra derecha y donde se aprecia algo de verdor, y donde unos cisnes aprovechan para darse un chapuzón, pero esto es lo único que rompe la monotonía desoladora de aquel paisaje; el pueblo ya hace tiempo que lo hemos dejado atrás, y no vemos ningún atisbo de humanidad, aunque a algún sitio tienen que llevar esta pista, que con el paso de los kilómetros se acaba convirtiendo en un camino, y por tanto, mucho más estrecho, y al poco comenzamos a ver algunas casas-cortijo, pero nada ni nadie por los alrededores.

En medio de la nada, rodeados de un paisaje desolador, poco antes que la carretera descarnada y bacheada se transforme en pista de tierra, rumbo a Gura Portitei desde Sinoie.

  Después de 10 o 12 km llegamos al primer puente para pasar de un islote a otro. Es un puente de madera, con unas torres de vigilancia también de madera en uno de sus extremos, y un cartel junto a él que nos informa que entramos en una zona protegida, de 580.000 hectáreas (supongo que todo lo que es la reserva de la biosfera del delta del Danubio), y de ellas, el tramo por el que nosotros vamos a pedalear en esta parte del recorrido, ocupa sólo 2.000 hectáreas.

Este es el primer puente que tenemos que cruzar, con la torre de vigilancia en el otro extremo y el cartel indicativo de esta zona protegida al inicio.

  En los alrededores del puente hay algunos pescadores, a los que preguntamos por la distancia al camping al que queremos llegar, y nos dicen que entorno a los 12 kilómetros.

  Al cruzar el puente comienzan a aparecer largos tramos de bancos de arena en el camino, haciendo penoso nuestro pedalear, obligándonos a un mayor esfuerzo, y teniendo alguna que otra caída al perder el equilibrio. El paisaje cambia, de los campos de barbecho desoladores o a una no menos desoladora estepa toda cubierta de retamas, brezos o juncos, pero todo con un aspecto bastante seco, en medio de un llanazo absoluto, en donde siempre que tenemos alguna duda en un desvío en cuanto al camino a coger, optamos por seguir siempre por el camino principal.

  Recorridos unos siete u ocho kilómetros después de cruzar el primer puente, por caminos con tramos de bancos de arena y zonas esteparias, entramos poco a poco en una especie de galería o túnel formado por diversos tipos de árboles, pero sobre todo olivos silvestres, apareciendo ahora más vegetación, zonas más verdes, sobre todo a nuestra izquierda, donde vemos una gran lago, aguas abiertas, deberá ser el lago Zmeica según el mapa-croquis que aparece en la guía, bueno ¡por lo menos parece que la estampa desoladora del paisaje cambia!.

 Iñaqui pedaleando por la zona esteparia, por camino con muchos bancos de arena...

Inicio del tramo de galería formada por la arboleda que crece en los márgenes del camino, como los olivos silvestres.

  Pedaleando por esta galería arbolada, aún con algunos bancos de arena en el camino, apartando algunas que otra rama de olivo para poder pasar, y entre claros de arboleda viendo el lago de nuestra izquierda, llegamos a un canal que nos separa de la otra lengua de tierra por la que tenemos que seguir pedaleando. Para salvar el canal tenemos que pasar por una exclusa, pero no es un puente, y si bien es fácil de pasar a pie, con las bicis cargadas no es tan fácil y para no tener que andar desmontando las alforjas, lo que hacemos es labor de equipo: primero Iñaqui me ayuda a pasar mi bici cargada y después, es un pescador de los que estaban por los alrededores el que se ofrece a ayudar a pasar la bici de Iñaqui, y también a decirnos que vamos bien para llegar a nuestro destino, pero claro, nuestra sorpresa viene cuando al pasar la esclusa nos encontramos otro canal frente a nosotros, rodeado de vegetación por todos lados y lo peor, sin el más mínimo atisbo de camino alguno.

  Dejamos las bicis, y mientras yo me acerco al canal para ver si hay algún paso, Iñaqui sigue hacia la izquierda, que era la única zona donde aparentemente se podía transitar, aunque sin camino visible. Al volver al punto donde dejamos las bicis le comento que por donde he estado no he visto nada y el dice que unos metros más adelante se intuye lo que parece ser una senda, así que seguimos por esa senda semicubierta por la maleza, y aunque en los primeros momentos Iñaqui intenta montar en bici, pronto se da cuenta que es imposible si no quiere dar con sus huesos en el suelo, puesto que la senda está completamente bacheada y llena de surcos, y al estar muchas veces cubierta por la maleza estos no se ven, con lo que la rueda acaba metiéndose en ellos y las consecuencias son las previsibles.

Parte de la zona de exclusa que tuvimos que pasar con nuestras burras cargadas...

  Tenemos que hacer un par de kilómetros de infantería, o lo que es lo mismo, andando y arrastrando penósamente nuestras bicis por aquella zona, sin saber si vamos bien o no, pero a algún sitio tendrá que llevar porque íbamos paralelos a unos postes de tendido eléctrico, en medio de canales que quedan a derecha e izquierda, transitando por esta estrecha y alargada lengua de tierra situada entre dos grandes lagos, el Zmeica a la izquierda y el Sinoie a la derecha, aunque nosotros sólo alcanzamos a ver los canales y la vegetación exuberante de los alrededores. En el otro lado del canal situado a nuestra izquierda, una hilera de árboles desnudos, con sus ramas desprovistas de cualquier tipo de vestimenta, albergan infinidad de nidos de cormoranes que van de un árbol a otro a medida que nosotros nos vamos acercando, lenta y afanósamente.

 En estas fotos, mi compañero de ruta, Iñaqui, intentando mantener el equilibrio en la zona de “infantería” mientras arrastra su burra por una senda semicubierta por la maleza.

  Al cabo de un par de kilómetros la senda parece que se hace más transitable, así que intentamos montar sobre nuestras burras y en mi caso, rezando para que con tanta maleza no pinche en este sitio, el más inoportuno, sobre todo porque sabía de sobra que mi cubierta trasera estaba muy desgastada, pero esperaba que aguantara ésta y la etapa de mañana, si bien es cierto que ni en mis más remotos pensamientos imaginaba verme en esta encerrona.

  Seguimos montados sobre nuestras burras por esta senda, intentando mantener el equilibrio, siempre paralelos a la línea de tendido eléctrico que a algún sitio debería llegar.

  Por fin, después de pedalear afanosamente durante otros dos kilómetros o poco más, llegamos a un camino, limpio de maleza, lo suficiente ancho para que pase un coche, aquello ya tenía otra pinta, aunque seguíamos sin vislumbrar nada ni escuchar nada, así que la duda era ahora si seguir por la izquierda o por la derecha. Los postes del tendido eléctrico iban en las dos direcciones, y según el mapa-croquis el camino parece que giraba en un curva a la izquierda, aunque vete tu a saber la exactitud del mapa-croquis en un recorrido del que la guía que llevábamos no decía nada, pero es la única referencia que teníamos.

  Seguimos el camino a nuestra izquierda, ahora cómodamente, después del tiempo perdido en el último tramo de casi cinco kilómetros, de los cuales, la mitad han sido andando y arrastrando como podíamos nuestras burras por aquella senda llena de surcos, rodadas y hoyos, cubierta de maleza, una senda poco transitada, que ya estará en desuso, a no ser que algún pescador pase andando por ella, porque en moto lo dudo...

  Un rato después de comenzar a pedalear por este camino, nos encontramos a la derecha, un edificio relativamente nuevo, y junto a él otras dos construcciones más pequeñas, dentro de un zona vallada. Vimos algunas personas que estaban trabajando allí y a los que intentamos preguntar por el camping al que nos dirigíamos, y rápidamente uno de ellos se dirigió hacia nosotros. No hablaba inglés y nosotros tampoco rumano, así que entre señas y mostrándole el mapa-croquis de la guía e indicándole el sitio (el camping) al que queríamos ir, nos dice que está allí mismo, a 500 metros, detrás del edificio que teníamos frente a nosotros.

  No podía ser, pensábamos que aún nos faltaba saltar a otro islote, así que volvimos a insistirle y a preguntarle si se realmente estaba tan cerca y si se podía acceder en bici o si había que cruzar por algún puente o barco, pero él se mostraba extrañado ante nuestras preguntas, y nos volvía a recalcar que el camping estaba allí mismo, que sólo había que seguir el camino que bordeaba ese recinto vallado y ya lo estaríamos viendo. Aquello supuso una buena subida de moral, lo habíamos conseguido, habíamos podido llegar en bici.

  La persona al que estuvimos preguntando nos hace el típico gesto con la palma de la mano extendida hacia arriba, y realizando un movimiento perpendicular y alrededor de la cintura, como si estuvieran partiendo en dos a una persona, o lo que es lo mismo, nos estaba intentando preguntar si teníamos hambre. Le dijimos que no, pero el tío siguió insistiendo en su invitación, así que para no ser unos mal educados, accedimos, entramos dentro del recinto vallado donde dejamos nuestras burras, y posteriormente nos conduce a un pequeño habitáculo que utilizan como cocina, allí tienen un sofá, algunos taburetes, una mesa, un fregadero, una cocina de gas... Nos dice que nos sentemos, y acto seguido nos pone un par de platos sobre la mesa con pescado ya cocinado, y que parece ser que pescan allí mismo; nos ofrece también pan y tomates. Creo que a ese tipo de pescado le llaman “carazos” o algo así.

En el pequeño habitáculo habilitado a modo de cocina, dentro de la zona de la estación meteorológica, con el rumano que nos invitó persisténtemente a comer...

  Más que comer, lo que nos apetecía en ese momento era llegar al camping, montar las tiendas, y baño en el mar seguido de una ducha, para después relajarnos tranquilamente tomando unas cervezas con la sensación de los deberes hechos, después de haber vivido hoy una etapa donde en el tramo final hemos tenido algo de aventura, que nos ha dado cierta vidilla después de tantas etapas insulsas y monótonas. Pero allí estábamos, con aquel rumano que había insistido persisténtemente en invitarnos a comer, no sé si es que nos había visto malas caras o que nos veía desnutridos, pero no paró hasta que nos vio comer.

  Desde la cocina, situada en la parte trasera del edificio, podíamos ver la hilera de tiendas de campaña que estaban plantadas sobre la arena de la playa, pero fuera del recinto del camping, o sea, practicando la acampada libre permitida en Rumania, mientras que el recinto vallado del camping quedaba más a la izquierda. Mientras comíamos estuvimos intentando comunicarnos como pudimos, y así por ejemplo, nos enteramos que aquello era una estación meteorológica, y que allí estaban dos personas de mantenimiento o vigilancia, y que estaban todo el día e incluso vivían allí, de ahí lo de la cocina; para el tema de las provisiones, tenían que acercarse cada cierto tiempo a Jurilovca, por supuesto en barco, y su sueldo al mes rondaba los 400 euros.

  Nos despedimos de él y de su compañero dándole las gracias por tanta hospitalidad y amabilidad. Cogemos nuestras burras y cuando salimos por la puerta para montar sobre nuestras burras, me doy cuenta que mi rueda trasera está pinchada, ¡normal!, si lo raro hubiera sido que no pinchara, porque con lo desgastada que estaba y por los tramos de maleza por los que hemos pasado, era lo más previsible. No tenías ganas de ponerme a cambiarla, así que nos fuimos al camping andando.

  Podíamos haber realizado acampada libre, pero por el tema de estar más protegidos y para más seguridad con nuestras burras, decidimos quedarnos en el camping, pero sólo después de preguntar precios, porque por lo que veíamos, aquello parecía un 'camping vip', con muchos edificios, piscinas, zona de varios bares y restaurantes, el puerto donde se cogía el barco para Jurivloca, zona de playas en el interior, y otra zona llena de pequeñas cabañas, como de pescadores, de unos seis metros cuadrados las más pequeñas, que se alquilaban y que estaban prácticamente al completo. Aquello era ideal para unas vacaciones tranquilas, en la playa, con los bares y restaurantes para comer y dos zonas de aseos/duchas (no necesitas cocina ni cuarto de baño dentro de estas pequeñas cabañas). El precio que nos dijeron creo que era de uno o dos euros por la tienda/persona, así que por ese precio tan ridículo ni nos lo pensamos. Dejamos atrás la zona de las pequeñas casitas que parecía aquello una pequeña urbanización, y pusimos las tiendas en la zona de playa, cerca del edificio de duchas/aseos, y junto a otras tres o cuatro tiendas, porque la verdad, no había muchas más, y es que como digo, las tiendas están fuera y aquí el personal alquila alguna cabañita o habitaciones o incluso también había una zona con pequeños chalets, junto a la zona del puerto.

Zona del puerto dentro del camping, donde se encuentra la oficina de recepción.
Atardecer desde la zona de bares-restaurantes junto al puerto, dentro del camping.

  Colocamos las tiendas no sin ciertos problemas por la ventolera que había, incluso en la playa del camping ondeaba la bandera roja, así que nos decantamos por la ducha, y ya una vez cambiados y con todos los deberes hechos, estuvimos dando una vuelta por los alrededores del camping para terminar es una de las terrazas de los bares, junto al puerto, en lugar agradable, para tomar unas cervezas e ir abriendo boca antes de cenar.

  Para esta noche teníamos provisiones, pero las dejaríamos para mañana y hoy nos daríamos otro pequeño homenaje, así que cenaríamos allí mismo, donde la verdad es que estábamos bastante a gusto, buena temperatura, ambiente distendido, cerveza fresca y una buena cena.

Dentro del camping, en los alrededores del pequeño puerto, se encuentran también unas casitas a modo de pequeños chalets, que también se pueden alquilar.


Por si fuera poco, el camping disponía hasta de espectáculo de fuegos artificiales...


***************************************************************************

EL ROBO DE NUESTRAS BICICLETAS.
DE TURISMO POR BUCAREST Y FIN DE VIAJE.

  Dormimos del tirón en la zona de acampada junto a la playa que estaba dentro del camping de Gura Portitei, aunque mi idea era levantarme más temprano de lo que teníamos previsto, ya que quería arreglar el pinchazo de mi rueda trasera para así tener toda la mañana libre y dedicarla a hacer alguna excursión por allí para ver pájaros, y por la tarde abandonar aquella zona y acercarnos a Jurivloca, con la intención de o bien dormir allí o en algún sitio cercano que nos cogiera de camino en la ruta de mañana hacia Tulcea.

  Estos eran los planes, pero por desgracia todo se fue al traste, y no sólo estos planes sino también el resto del viaje, aunque por suerte sólo nos quedaba un día de pedaleo, y quizás un día más extra en Tulcea para hacer algún recorrido turístico en barco hasta la desembocadura real del Danubio en el Mar Negro. Cuando me levante a las siete de la mañana (una hora menos en España) me encuentro con la desagradable sorpresa de no ver las bicis donde las habíamos dejado la noche anterior, y por más que busco por los alrededores no veo nada, ni si quiera las marcas de rodadas en la arena, así que o bien las han cogido entre dos (porque estaban cruzadas y amarradas con candados por dos veces, y en mi caso, con la rueda trasera pinchada) y las han escondido en medio de aquella marisma o las han subido a algún vehículo del camping y después la han escondido. Cuando Iñaqui se levanta le comento que nos han robado las bicis, y mientras el va a recepción yo sigo buscando entre las hierbas altas.

  En el camping avisan a la policía de Jurilovca, que tiene que venir en barca, pero no saben cuanto tardaran porque tienen más casos entre manos en ese momento, y poco más, esa fue la única preocupación del jefe del camping, nada más, pasaron de nosotros totalmente, así que para no estar de brazos cruzados, seguimos buscando los dos, por separado, para cubrir más espacio, durante unas tres horas, hasta que llegó la policía por fin, y después con ellos, seguimos buscando, incluso nos abrieron algunas naves del camping que les dijimos, por si acaso estaban por allí, y por último, sobre las dos o tres de la tarde, Iñaqui se fue con la policía de Jurilovca y con la policía fronteriza, que tiene allí un todoterrero, por la zona de los pescadores, donde sólo se puede acceder con vehículo de tracción.

  Pero las bicicletas siguieron sin aparecer, y el personal del camping sin interesarse lo más mínimo por nuestro problema, tan sólo el jefecillo de allí dijo que desde el 2006 no había habido ningún otro robo y que no parecía tener mucho sentido robar dos bicis que no podían salir de allí a menos fuera en barca... pero lo cierto es que nos las habían birlado...

  Este cartel de aquí, es el que obligó la policía al personal del camping a colocar en puerta de la oficina de recepción del camping, y digo “obligó”, porque ni tan siquiera esto fueron capaces de hacer o no querían hacerlo, los del camping y en particular el jefecillo de turno que llevaba aquello. En el cartel, aparece una foto de nuestras bicis tomada en Budapest, junto con el anuncio de que si alguien se las encuentra, la ve, o sabe algo de ellas, que lo comuniquen en la oficina de recepción del camping....

  Por la tarde, después del cabreo e impotencia de la mañana, nos relajamos un poco, no podíamos hacer más, nos tumbamos en la arena e Iñaqui aprovechó también para un baño, estábamos sin desayunar y prácticamente sin comer, así que por la noche preparamos toda la 'pasta' que nos quedaba, estábamos hambrientos después del puñetero día que llevábamos.

  Al día siguiente en lugar de utilizar el barco 'oficial' para llegar a Jurilovca, empleamos una pequeña barca (se utilizan mucho por aquí, a modo de taxi), que en lugar de una hora hacía el recorrido en menos de media hora y además pudimos ajustar un precio más barato, después a buscar de nuevo a la policía, y ya en la oficina, con un intérprete (un rumano que había estado seis años en Zaragoza trabajando en la construcción y que ahora llevaba cuatro meses en paro y por eso se había vuelto a su país) se pusieron a redactar la denuncia, tomando declaración a Iñaqui y a mí, pero nada de ordenador, aunque lo tenían, así que la redactaron a mano, con lo cual todo se fue dilatando en el tiempo, hasta más de dos horas.

  En la oficina también estaba citado el máximo responsable del camping, al que no habíamos visto hasta ahora y que llegó casi una hora después de que lo llamaran. Hasta ese momento, tan sólo habíamos tratado con un jefecillo o relaciones públicas que es el que estaba en el camping en el momento que denunciamos el robo, y siempre por la zona de bares-restaurantes, hablando con unos o con otros, o con sus amiguitos, pero a nosotros ni puñetero caso, el vacío más absoluto, incluso por la noche cuando nos veía tomando una cerveza o cenando, ni siquiera se dignó a preguntarnos cómo lo llevábamos o a ofrecernos algún tipo de disculpas por lo sucedido, así que no sé que nos dolió más, si el robo de las bicis a falta de un día para terminar la ruta, o el vacío, pasotismo y desprecio más absoluto de este personajillo hacia nosotros, sin la más mínima preocupación... la impotencia más absoluta me invadió ese día, hasta que acabé por asimilar lo sucedido y ser consciente, por mucho derecho al pataleo que ejerciera mi compañero Iñaqui, que las bicis ya no iban a aparecer, salvo algún milagro que no sucedió...

  Terminada la burocracia, los agentes nos llevaron a la parada de bus, agredeciéndoles el detalle porque con las alforjas y demás, nos costaba bastante movernos. Sobre las tres de la tarde cogimos el minibus hasta Constanza, y desde allí enlazamos (por suerte, sin tener que hacer otra noche en Constanza) con otro bus hasta Bucarest, donde llegamos sobre las 21:30, y donde Javier, un madrileño que trabaja en una ONG en Bucarest desde hace varios años, y que conocimos a nuestro regreso del festival de Guca, donde el también había estado, nos había buscado un sitio para alojarnos, el "Midland Hostel" (nueve euros por persona con desayuno incluido, eso si, con habitación compartida, que para eso es una albergue), un lugar acogedor, con buen trato a cargo de la pareja que lo regenta, que además hablan español y muy buen ambiente.

Billete minibus Jurilovca - Constanza.

Billete bus Constanza - Bucarest.

  En el balcón al que se accedía desde la cocina del hostel, y con el edifico de la embajada de Francia frente a nosotros, tomamos unas cervezas con Javier, las cuales se había encargado de traernos él mismo, y poco más, porque al día siguiente por la tarde creo que el volaba para España, aunque antes habíamos quedado con él por la mañana para ver un espectáculo que hace con los chavales con los que trabaja, es uno de los parques cercanos a donde nos alojábamos.

  Los supermercados están abiertos 24 horas, así que bajamos a comprar algo, cenamos en el hostel, y cuando terminamos ya eran las una de la noche, así que nada de salir, yo almenos estaba reventado, así que a la cama.

  Al día siguiente a las once, nos acercamos al parque donde habíamos quedado con Javier, para ver el espectáculo de la gente con la que trabaja con su ONG.

Los chicos con los que trabaja Javier en su ONG, calentando antes del espectáculo. 

Cartel de la ONG o Fundación con la que lleva varios años trabajando Javier.

  Finalizado el espectáculo corto que tenían previsto, nos despedimos de Javier, que cogía un vuelo a España antes que nosotros y posteriormente empleamos el resto del día en la visita al centro de Bucarest, incluida una visita guiada gratuita: "Walking tour free". Mientras, Iñaqui siguió insistiendo con el tema de las bicis, volvió a llamar al máximo responsable del camping, que pasó de nosotros, y después a la embajada, donde nos dijeron que llamarían a la policía de Jurilovca y al del camping para meter un poco de presión, aunque poco más podían hacer.

Fachada principal de una de las iglesias ortodoxas de Bucarest.

Calle Stavropoleos, con el Palacio CEC al fondo. En la izquierda de la foto, junto al árbol, se encuentra la iglesia que da nombre a esta calle.

Vistas desde la Plaza de la Universidad. En el centro una de las cuatro estatuas que se situan a lo largo de esta plaza, donde también se hallan el 'Teatrul Național Ion Luca Caragiale București' y el 'InterContinental Bucharest', uno de los edificios más altos de la ciudad.

En el centro de la foto y al fondo, entre los dos grandes edificios con cúpulas, se encuentra la "Iglesia Rusa" (las iglesias de estilo bizantino son joyas que engalanan la ciudad de Bucarest). Mandada construir en 1905 por el zar Nicolás II de Rusia, se terminó su construcción en 1909. Sus siete cúpulas de estilo ruso estaban recubiertas con una fina capa de oro (hoy desaparecida). En su interior se puede asistir a oficios religiosos en rito ortodoxo ruso, algo que tuvimos la suerte de presenciar.

Fachada de la Iglesia Stavropoleos. Una preciosa y pequeña iglesia que muestra claramente el estilo 'brancovenesc' de la época de su construcción (1724).

Un estilo que mezclaba a la perfección las formas bizantinas y neoclásicas con elementos locales valacos; construida por el monje griego Loanikie Stratonikea, está consagrada a los arcángeles Miguel y Gabriel.

Su pequeño tamaño no es equivalente a su gran belleza, compuesta por columnas de piedra delicadamente decoradas con formas geométricas, zoomórficas o florales y su interior tampoco tiene desperdicio (decorado por frescos neobizantinos e iconos dorados).

  Después de estar todo el día pateando por Bucarest, con bastante calor, y tras tomarnos unas cervezas en una especie de patio interior o cochera que habíamos visto el día antes, donde había puestas unas terrazas y había un ambiente relajado y agradable, nos llevamos de nuevo la cena para el albergue. Caímos rendidos en la cama, y al igual que ayer, sobre la una de la noche...

"Hanul lui Manuc" (Posada de Manuc, Bucarest), es un monumento histórico que hoy funciona como restaurante y como lugar donde se alquilan habitaciones que mantienen una atmósfera de otros tiempos. Es un impresionante edificio de madera construido en 1808 por un rico armenio conocido como Manuc Bei, que estuvo obligado a vivir en la capital a causa de la guerra ruso-turca. Su arquitectura era innovadora en aquellos tiempos, con un patio "caravasar" (albergue o refugio en Oriente destinado a las caravanas de comercio, de peregrinaje o militares durante un largo viaje de muchas jornadas).

Museo Nacional de Historia de Rumania, frente al Palacio CEC. El edificio se enmarca en la 'Calea Victoriei', uno de los ejes de la ciudad por su amplitud como avenida y por su riqueza museística. 

En pleno centro histórico de Bucarest, un claro contraste entre los edificios rehabilitados y los deshabitados y ruinosos.

Pasaje cubierto de Vilacrosse (Macca y Vilacrosse son dos pequeñas calles-pasajes, que cruzan un edificio y une Calea Victoriei con el Banco Nacional de Rumanía, en pleno corazón urbano de Bucarest, en Lipscani). El pasaje fue construido en 1891 y fue diseñado por Félix Xenopol en forma de "U", encontrándose bajo una gran cubierta de hierro y vidrio.

Vlad III (nacido como Vlad Drăculea, nacido en 1431 y muerto en batalla en 1476), más conocido como Vlad el Empalador. Fue un gran luchador en contra del expansionismo otomano que amenazaba a su país y al resto de Europa, y también era famoso por su manera de castigar/torturar a los enemigos y traidores, y fue en quien se inspiró Bram Stoker para crear a su personaje el vampiro Conde Drácula, pero éste, al lado del personaje de verdad y por todas las historias que cuentan en torno a él, parece un angelito. Pese a todo, en la actualidad Vlad el Empalador es considerado un héroe nacional en Rumanía.

  Al día siguiente, teníamos el vuelo a las 17:45, así que sobre las tres cogeríamos el bus que iba hacia el aeropuerto, pudiendo coger éste cerca de donde nos alojábamos. Como aún teníamos libre toda la mañana, emplearíamos este tiempo en visitar el museo del pueblo, por recomendación de la parejita que regenta el hostel. Se trata de una zona abierta, junto a varios lagos, donde han ido reproduciendo distintos poblados de diferentes regiones de Rumania, trayéndose las antiguas casas, pozos, puertas, cercados e iglesias, desde sus lugares de origen hasta aquí, teniendo en un mismo sitio, una representación de la arquitectura típica de diferentes regiones.




En esta fotos se muestran ejemplos de la arquitectura popular en el "Museo Nacional de la Aldea -Dimitrie Gusti-", situado en el 'Parque Herăstrău'. Es un museo al aire libre dentro de un entorno natural, que trata de representar las diferentes arquitecturas de las aldeas rumanas, con casas, granjas, posadas, o iglesias de madera procedentes de cualquier rincón de Rumania; todos monumentos originales, verdaderos testigos de la tradición rumana.

  Estando en la visita a este museo, nos llama Luis, de la embajada de España, y nos dice que ha estado hablando con la policía y que después iba a intentar localizar al responsable del camping para intentar meter algo más de presión, y en el hipotético caso de que aparecieran las bicis, que no habría problema en enviárnosla a España...

Aquí el que esto escribe, junto al Arco del Triunfo de Bucarest. Conmemora la participación victoriosa de Rumania en la Primera Guerra Mundial. Construido de madera y emplaste en 1922, tuvo que ser reestructurado y revestido de piedra en los años 1935-1936 debido al deterioro que estaba sufriendo la estructura.

  Y poco más, por la tarde cogimos el vuelo a España, con trasbordo en Frankfurt y después en mi caso, tocaba un largo viaje en bus desde Bilbao para llegar a casa.

  Así termina este viaje, con la amarga realidad del robo de nuestras bicis, que no creo que vayamos volver a ver, aunque la única esperanza es que no es fácil sacarlas de allí, a no ser que sea en barca, y en ese caso esperando que alguien las pueda ver, porque estaban avisados por la policía los de las barcas que hacen viajes de una a otra orilla, así como los pescadores... En fin que esto es lo que tienen estos viajes....

Billete bus de Bucarest al aeropuerto.

Billete de avión Bucarest - Frankfurt y facturación del equipaje.

Billete de avión Frankfurt - Bilbao.

Billete bus Bilbao - Zalmaea de la Serena, con enlace en Burgos.

3 comentarios:

  1. Hola, ¿qué tal? He estado toda la tarde leyendo tu interesante y ameno viaje por el Danubio. Viaje que yo también querría hacer algún día, a ver si para agosto del nuevo año 2014. Tengo ya pedidos los libros-guía-mapa que comentas, salvo el del español del que tenía pobres referencias (como guía) pero que no dejaré de revisar. Me gustaría tirar también de gps y estoy a la búsqueda de los mapas topográficos de los países que atraviesa el río, cuestión que aún no he logrado. Y también de algún/a compañero/a de viaje. ¡Me alegro de haberte leído! Nos vemos en el camino. Saludos Paco Marzal (fcojosemarzal@hotmail.com)

    ResponderEliminar
  2. Hola Paco, te comento, aunque quizás uno pueda tener ciertos miedos o inseguridad inicialmente, lo cierto es que con la guía que comento es más que suficiente, y más si está actualizada. La ruta digamos que está señalizada, y en algunos casos, como en Hungría, con sus variantes. En Croacia y Serbia también está señalizada. Es en Rumanía donde no hay nada de señalización, pero ya te digo que con la guía que te indico, y los mapas-croquis que incluye, no hay ningún tipo de problemas, y como mucho si quieres puedes llevar algún mapa de carreteras a mayor escala. En cuanto al primer tramo, desde el nacimiento hasta Budapest, si lo haces también creo que aún tendrías menos problemas, porque es la clásica ruta que suele hacer mucha gente y en esos países, alemania y austria, aunque tambien en Hungría y supongo que en Eslovaquia, por lo que sé, por lo que he leído y por lo que me han comentado, la ruta está muy bien señalizada, además de la mucha infraestructura que hay, otra cosa es que estos paises del primer tramo sean más caros que los del segundo tramo...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Lobo,

      he leído tu correo electrónico. Tengo por fin el libro del español y paisano (es de Cieza, Murcia, me han dicho. Yo de Cartagena) Juan Antonio Pastor González. Esta vez me han hablado bien de él e incluso me lo han dejado. Anoche me leí la mitad más o menos. Esta vez me ha informado quien los utilizó que los mapas que contiene le resultaron suficientes. La verdad es que tienen buena pinta y si como tu dices se complementan con los de Estebauer o un mapa de carreteras de escala adecuada pueden ser más que de sobra. Además siempre están las oficinas de turismo que suelen proporcionar mapas parciales de gran utilidad.

      Por otro lado estoy obteniendo mapas para mi gps. Ya veremos como quedan.

      Muy amable por contestar a mi correo.

      Saludos

      Paco Marzal

      Eliminar