Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

domingo, 6 de mayo de 2012

Diario de un viaje cicloturista a la Sierra de la Estrella y castillos fronterizos, en Portugal (II)

SEGUNDA PARTE (y final): Etapas de la 4 a la 6.

 
ETAPA 4. Seia - Celorico-Gare.
ETAPA 5. Celorico-Gare - Figueira de Castelo Rodrigo.
ETAPA 6. Figueira de Castelo Rodrigo - Fuentes de Oñoro.

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CUARTA ETAPA: Seia – Celorico-Gare.
Distancia: 79,12 - Tiempo en bici: 5:38:00 - Media: 14,04 km/h
Jueves, 5 de Abril del 2012.

  Ayer tarde me dijeron que a partir de las 7:30 estaba abierto el comedor para los desayunos, así que a las 7:40, ya estaba allí.

  Hoy debía levantarme antes porque preveía que el día iba a ser duro. La jornada de hoy la tenía estructurada en dos partes: una primera que preveía dura, porque aunque el mapa que llevo no tiene dibujadas las curvas de nivel, y por tanto no puedo ver el tema de subidas y bajadas, o hacerme una idea de cómo puede ser el perfil, en el mapa-croquis que me dieron en la cafetería de Vale de Amoreira, sí que tiene indicadas algunas alturas, y así Seia estaba marcada a 582 m. mientras que Sabugueiro, a 10 km, estaba marcado a 1.080 m., así que ¡subir había que subir!, otra cosa es que pueda ser una subida del tirón o en subidas y bajadas, pero además, la subida no acababa ahí, sino que hasta Cabeça do Velho la carretera debería seguir subiendo, porque este enclave estaba a 1.242 m. y en medio estaba marcada otra cota, de 1.378 m., aunque en este caso no sabía se trataba de un cota en la propia carretera, o sea, cima de puerto, o un pico cercano. La segunda parte del día sería o debería ser mucho mucho más asequible, con una larga bajada hasta Gouveia, o incluso algunos kilómetros más hasta llegar a la N17, para después confiar en que el terreno fuera más favorable, donde pudiera llanear, o al menos eso esperaba, para poder ir ganando tiempo y poder así intentar hacer el desvío a la aldea de Linhares da Serra.

  En el desayuno me preparo bien, creo que lo voy a necesitar, así que arraso con todo lo que me ponen, e incluso durante el tiempo que estuve en el comedor, yo sólo a esa hora, entran hasta por tres veces para decirme si quiero algo más, y les digo que no, pero aun así me ponen un tarro de kilo de mermelada casera, ¡debe ser que me han visto arramplar con todo y no querían que quedara con hambre!.

  Subo a la habitación, recojo todo y no sé con que me entretuve pero lo cierto es que hasta cerca de las 9 no salí del hostal. La persona que estaba en recepción ayer por la tarde cuando llegué, me indica amablemente el camino para salir hacia Sabugueiro, aunque creo que en lugar de dar un rodeo y acabar saliendo por alguna carretera de circunvalación o exterior, me manda por el interior del pueblo, en una especie de atajo, y el único inconveniente es que a los 500 metros de salir ya estaba subiendo unas duras rampas por las calles que remontaban las últimas casas de esta localidad, hasta empalmar con la carretera de subida a Sabuguiero, por encima del campo de fútbol y en donde de nuevo me vuelvo a encontrar con los estragos del fuego, y en este caso cerca de la población.

  Esto debe haber sido un buen atajo, pero ¡joder!, ha sido kilómetro y medio donde sin anestesia previa, sin calentamiento y sin más miramientos, mi motor particular se ha visto obligado a un buen calentón, con algunas rampas de un 18%, y cuestas de las de “agacha el lomo” y de las de “agarrar el manillar con los dientes” para que la burra no me hiciera el caballito. Quizás por el otro lado hubiera recorrido algo más de distancia pero con una subida más tendida, o no...

  Como he dicho, empalmo con la carretera de subida, pero aquello no tiene pinta de ceder en dureza, sigue manteniendo duros porcentajes, calculo que sobre un 14% o algo por el estilo. Llevo molinillo puesto y no supero los 6 km/h ¡uf, a este ritmo y como todo sea así voy a necesitar casi dos horas para subir el puerto!.

  Con forme voy subiendo a la sierra, veo que la parte de abajo está cubierta, oscura, aunque de momento no llueve y durante la noche no creo que hubiera llovido porque la carretera estaba seca, tan sólo el chaparrón de ayer tarde-noche. Por arriba en cambio, la sierra esta cubierta de nubes, un manto blanco impide ver desde algo más de la mitad de ésta hacia la cima, así que antes o después tendré que meterme de lleno en esa espesura blanca.

  Tengo que parar, no puedo más, he salido abrigado y ahora tengo un buen sofocón, pensaba que la subida iba a ser menos exigente y que después, en la parte alta, ya tendría la ropa de abrigo puesta para no perder tiempo y evitar enfriarme con alguna parada, pero tengo que quitarme ropa porque me está estorbando todo. Me quito la chaqueta, las bragas, los manguitos, y casi que me quedo en pelotas, y eso que la temperatura es fresca, y más con forme se va subiendo, pero de momento y mientras esto siga así y mientras no pare, aunque sienta sobre la piel la temperatura fría, el motor por dentro sigue revolucionado.

  Llego a otra pequeña aldeita, Aldeia da Serra, al pasarla me encuentro con un grupo de mujeres que bajan, supongo que vienen de dar un paseo, me dan ánimos y los agradezco.

  Unos 300 o 400 metros después de dejar esta aldea, hay una curva a derechas, y a partir de aquí se reduce considerablemente el desnivel, la carretera da un respiro, pero me encuentro con la desagradable sorpresa de ver que uno de los perros que están por dentro de la valla, junto a una casa situado en la misma curva de la carretera, salta la valla y se encamina hacia mí. Yo me voy arrastrando como los caracoles y no puedo ir más rápido, lo único que puedo hacer es dar una voz y hacerle algo de frente, y parece que desiste en su intento de venir directo hacia mi, se queda parado sin parar de ladrar, y los otros perros que se han quedado dentro de la valla tampoco paran de ladrar.

  Sigo hacia delante, dejo atrás esta casa y el perro parece que ya desiste, ¿se habrá dado cuenta que no soy una amenaza?...

  Después de 4,5 km iniciales muy duros, como he dicho antes, la carretera tiene un falso llano, y aunque después sigue subiendo, el desnivel ya no es ni parecido, puedo ir un poco más rápido, pero sobre todo noto que no tengo que hacer tanto esfuerzo, sin embargo, cuando llevo 6 km recorridos tengo que parar otra vez, en esta ocasión por que la niebla se ha echado encima, ya me he metido entre las nubes que cubren la sierra y tengo que ponerme el chaleco reflectante para ser más visible a los pocos coches que suben o bajan.

  Poco a poco la niebla se hace más espesa, no puedo ver a más de 30 metros, y lo poco que veo a mi derecha, es zona de retamas quemadas por el fuego.

  Llego al cruce de Gouveia, a 1,5 km antes de llegar a Sabugueiro, cuando creía que este cruce estaba prácticamente en este pueblo. Hasta aquí, en poco más de 8 km he llegado a superar los 1.100 m. de altura, y ahora si que hace frío. Lo que resta hasta Sabugueiro es en bajada, así que después tendría que deshacer este corto trayecto para regresar de nuevo hasta aquí y seguir hacia Gouveia. Dudo si bajar o no, no tengo nada que ver en él, aunque es uno de los pueblos más turísticos, pero supongo que por el sitio en el que está, no por sus encantos como pueblo, del que no tenía ninguna referencia.

  Al final me decido por hacer una visita, en bajada como he dicho, mientras observo entre nieblas que el valle que se abre a mi derecha también ha sufrido los efectos del fuego. Llego a Sabugueiro, una larga calle con tiendas de productos típicos a ambos lados de la calle, con cafetería incluida, es la única bienvenida que recibo, porque por lo demás parece fantasmagórico, con la calle envuelta en niebla y ni un alma deambulando por ellas, ni un coche con el que me cruce, sólo las puertas de las tiendas abiertas, pero dentro nadie. No sé si es que aún es temprano, pero es que hoy no es fiesta en Portugal. Mi idea era una breve parada para tomar un café, después de comprobar que como pueblo tengo poco que ver en él, pero dudo donde tomarlo y en esos momentos veo a un chaval con el que me encontré hacía un cuarto de hora en sentido contrario, cuando yo empezaba a bajar y el estaba terminando de subir con su bicicleta de carretera ¡esto si que es afición, y esto son piernas, con este tiempo y encima con bici de carretera!.

  El chaval me ve dubitativo y me comenta si necesito ayuda. Habla bien español, y me cuenta que vive en Galicia pero que está aquí unos días con su novia, y que está aprovechando para entrenar por esta zona, antes de correr la vuelta a Castilla León y a Normandía, o eso le entendí, aunque desconozco en qué equipo está, no se lo pregunté, el caso es que cuando le dije a donde quería ir, me estuvo comentando metro a metro el perfil de la carretera y los desniveles, se conoce esta zona de memoria. Hablamos del puerto que acabo de subir, y de lo que le queda a él todavía por que va dirección hacia la Torre. Hablamos también del puerto de Covilhã hacia Penhas de Saude y hasta la Torre, de lo más duro según él, sobre todo la primera parte.

  Cuando le comento que hace un par de días cuando llegué a la Nave de San Antonio, remontando el valle del Zêrere, mi intención era subir a la Torre pero al final gire hacia Penhas de Saude, me dice que lo más difícil ya lo tenía hecho, que desde allí eran dos o tres kilómetros bajando ligeramente o llaneando y después cuatro para subir. Le respondo que yo no estoy allí para entrenar como él, que si no subí es porque sencillamente no iba a ver nada, que era subir por subir, y lo acaba viendo lógico y es una pena, porque según le han comentado a él en donde se aloja, la semana pasada tuvieron unos días claros bajo un cielo nítido, sin embargo la semana que llevamos es de cielos cubiertos, días grises, de agua y niebla, y ya veremos si hoy no acaba nevando por aquí tal y como veo el tiempo.

  Le comento que me gustaría ver, ya que voy a pasar al lado, el enclave de Cabeça do Velho, y me dice que igual puedo tener suerte, que al otro lado de la sierra puede que no esté cubierto, pero que de momento, me esperan unos 4 km de subida desde el cruce, y después dos de llaneo, y un repecho final de doscientos metros hasta enlazar con la carretera entre Gouveia y Manteigas, y que desde ese cruce, ya es todo bajar hasta Gouveia, y que lo que quiero ver, Cabeça do Velho, estará a mi izquierda una vez que empiezo a bajar, pero que tengo que tener cuidado porque hacia bajo no hay carteles indicativos, que el cartel está puesto para ver la indicación desde la subida.

  Me despedido de él, ambos nos estamos quedando con el cuerpo frío por la baja temperatura, sobre todo después del calentón de la subida, y le deseo suerte en sus competiciones. El sigue hacia delante, ahora le queda una buena cuesta, mientras yo me abrigo de nuevo y entro a tomar un café para calentarme el cuerpo.

  A parte de este chaval con el que estuve hablando, y de la mujer de que regentaba la tienda de productos típicos y la cafetería, no veo a nadie más en este pueblo.

  Me pongo en marcha de nuevo, ahora tengo una pequeña subida hasta llegar de nuevo al cruce de Gouveia y después tengo que girar a la derecha en éste, por una carretera con peor firme, mucho más rugoso y bacheado donde 'Bucéfalo' se agarra más, en lugar de deslizarse y hacerme la subida más fácil.

  En este tramo de unos cuatro kilómetros voy pedaleando por una especie de meseta, parece que no hay subidas importantes, que es un falso llano, pero lo ciento es que poco a poco la carretera va subiendo y te va desgastando sin darte cuenta, hasta que acabas por preguntarte ¿cómo es posible que vaya tan mal si esto no paree que vaya subiendo tanto? ¿tan mal estoy o es que la primera subida ya me ha pasado factura?, pero cuando alcanzo los cuatro kilómetros veo que ya he alcanzado los 1.340 metros de altitud.

  Aquí me entran las dudas, en mitad de una niebla espesa, sin un alma al que preguntar, ni un puñetero coche que pase. Sigo pedaleando, pensando que igual el cruce está un poco más adelante, pero después de andar un kilómetro más sigo sin ver ningún cruce y a lo lejos tampoco puedo ver nada porque la niebla impide que vea a más de 15 metros.

  Saco el mapa que llevaba, y veo que sólo hay señalizada una carretera local entre Sabugueiro y la N232 (entre Manteigas y Gouveia), con 4 km de recorrido, que son los que tenía metido en la cabeza, aunque recordando lo que me dijo el chaval de la bici, eran “cuatro de subida y después casi dos de bajada que acaban en una rampa de doscientos metros”, pero me mosqueaba mucho que el mapa estuviera equivocado en dos o más kilómetros. Saco el mapa-croquis que me dieron en el bar-cafetería de Vale de Amoreira y ahí veo dos carreteras locales ente Sabuguerio y la N232, y efectivamente, ésta por la que yo iba estaba marcada de 6 km, así que voy bien, ¡y menos mal!, porque malditas las ganas que tenía de dar la vuelta ahora para atrás en bajada para después tener otra vez que volver a subir... La otra carreterilla, que es la que está marcada en el mapa que yo llevaba, es la de 4 km, y sale del mismo Sabugueiro, pero supongo que si el chaval de la bici, cuando estaba en ese pueblo, me aconsejó que me viniera por aquí, será porque esa carretera de Sabugueiro estará en mal estado, o en desuso, o porque no la conocía, algo que dudo, o vete tu a saber, lo cierto es que esta carretera, según el croquis sale algo más hacia el este, o sea, que después habría que recorrer uno o dos kilómetros para llegar al cruce con la carretera que yo había cogido.

  Ya más tranquilo, sabiendo que no me he confundido, sigo pedaleando entre la niebla y con el frío y humedad reinante, y al ser esta parte en ligera bajada y después de la pequeña parada consultando el mapa, me voy quedando con el cuerpo cortado, frío, así que la rampa final, desde donde ya veo la carretera que viene de Manteigas, acabo hasta por agradecerla.

  Por fin llego a la carretera 232, ahora tengo que girar a la izquierda, hacia Gouveia, y desde aquí según me indicó el chaval de la bici, todo es cuesta abajo, o sea, que me esperan casi 17 km de descenso fuerte hasta llegar a Gouveia, que era mi siguiente objetivo, y la verdad es que en cuanto a distancia y a perfil, el chaval no se confundió en nada, pero sí falló en sus pronósticos referidos a la niebla, porque el creía que esta zona podía estar limpia, pero lo cierto es que la niebla espesa persiste, así que mucho me temo que no voy a ver la Cabeçá do Velho, a menos que esté junto a la carretera.

  Bajo con toda la ropa de invierno que tengo, excepto los escarpines de neopreno. Al principio voy despacio, mirando a derecha e izquierda para intentar no perder algún tipo de señalización junto a la carretera que indicara la posición de Cabeça do Velho, porque sabía que estaba cerca del cruce, y además el chaval me había dicho que estaba indicado pero que el cartel estaba colocado para ser visto en la subida, así que tenía que estar pendiente de un cartel a la izquierda, y al pasarlo volver la vista para ver si era el que yo andaba buscando.

  Al poco me encuentro con esta indicación, y efectivamente, sólo está dispuesta para ser vista en la subida, porque en la bajada no vi ningún tipo de señalización. Paro a 'Bucéfalo', y nada de nada, no veo más allá de 15 metros, y lo que me imaginaba, hoy no voy a poder ni ver este enclave ni ver ningún tipo de panorámica que pueda contemplarse desde algunos de los miradores que hay en la bajada. En fin, nada es perfecto, hoy tocaba hacer este recorrido y ha salido este día, aunque desde que empecé esta ruta la climatología siempre ha estado revuelta, y a posteriori ya puedo decir que así sería también en los días siguientes.

  No puedo quedarme mucho tiempo por allí, la niebla, el frío y la humedad me están 'calando' hasta los huesos, así que ahora ya sí, sin prisa pero sin pausa, directo a Gouveia, todo en descenso, donde esperaba recuperar parte del tiempo perdido en la subida, pero la realidad fue que esta bajada fue todo un calvario.

  A los tres kilómetro tengo que parar, tengo los pies y las manos heladas, y empiezo a dar palmadas y pisotear el suelo para ver si comienzo a sentirlas.

  Aún me quedan más de 13 km de bajada hasta Gouveia, creo que se van a hacer interminables, porque si voy rápido la sensación térmica de frío es mayor, sumada además a la humedad de la niebla, y si voy despacio aquello me va a parecer que no acaba nunca, porque además no tengo referencias ya que no puede ver nada con la niebla, y por si fuera poco, tampoco puedo entretenerme mirando las vistas.

  Estaba claro, tendría que bajar despacio y aguantando como pudiera el frío, aunque tampoco es que pudiera 'bajar a toda leche' porque la visibilidad es mala y el firme de la carretera no está bien (incluso algo más abajo me encuentro obras en la carretera, siendo estos operarios que trabajan aquí, las únicas personas que veo desde que dejé Sabugueiro, además de un puñado de coches que vi pasar).

  Vuelvo de nuevo a ponerme en marcha, y 'Bucéfalo' quiere tirar hacia delante en esta bajada, pero tengo que frenarle su ímpetu y es que de nuevo, a los tres o cuatro kilómetros tengo que parar otra vez. Los pies están helados, y tengo que rebuscar en el fondo de las alforjas para encontrar los escarpines de neopreno y ponérmelos. No lo había hecho antes por pura pereza, y porque no esperaba pasar tanto frío en los pies y manos. Me cuesta trabajo ponérmelos, porque las manos están heladas, pero después de puestos la verdad es que se agradecen...

  A partir de aquí ya sólo hago una parada hasta Gouveia, entre otras cosas porque al ir bajando la temperatura sube un poco, el frío no es tan intenso, la niebla se hace menos espesa y el desnivel de bajada es menor.

  Llego a una rotonda en donde si giro a la derecha accedo a Gouveia y si sigo hacia delante se sigue en descenso hasta llegar a la N17, donde tendría que coger después a la derecha para seguir hacia Celorico. A partir de este cruce el descenso acaba y según el mapa, intuía que el recorrido fuera más llano, así que a partir de ahí esperaba poder rodar un poco y entrar en calor, aunque a saber si después no hay un perfil rompepiernas.

  Decido entrar en Gouveia, aunque acabe haciendo algún kilómetro extra, pero creo que lo peor ya ha pasado y tengo ganas de hacer una parada, tomar un café y calentarme el cuerpo.

  Antes de entrar en el núcleo urbano, veo un restaurante a la derecha, y bastante coches alrededor para ser las doce y media de la mañana. Dejo a 'Bucéfalo' a la entrada, y junto a la puerta está sentado un hombre alto y grueso con delantal y una abuela al lado. Deben verme que estoy muerto de frío y me dicen que entre dentro, que allí se está bastante mejor. ¡Y tanto que se estaba mejor!, yo creo que una diferencia de 10 grados, porque los pucheros y ollas estaban detrás de una pequeña barra, a la vista, o dicho de otra forma, la cocina estaba a la vista, sin separación, pudiéndose ver como trabajan los cocineros, con lo que el calor de la cocina, de la calefacción y del ambiente, provocaban que la temperatura allí adentro fuera confortable. El restaurante estaba lleno de gente comiendo unos pedazos de guisos que sólo de verlos se me caían los lagrimones y la cabeza por unos instantes se me quedó nublada, sólo pensaba con el estómago. La gente se me queda mirando, normal, vestido de ciclista y muerto de frío, la verdad es que desentonaba un poco.

  Sabía que los portugueses comían temprano, pero es que son las doce y media y ya están liados, metiéndose entre pecho y espalda unos guisos que si saben igual que huelen, deben de estar de vicio. Allí me sentía en el paraíso, entre lo a gusto que estaba, calentito, por fin, después del día que llevaba, el café y el olor a pucheros y guisos... no necesitaba “red bull”, aquello recomponía el cuerpo y el espíritu, y me estuve planteado quedarme allí a comer, pero aún es temprano y queda mucho que recorrer, así que me tomo el café y de paso, al ver entrar al hombre que estaba en la puerta, y que resultó ser el dueño de aquel restaurante, aprovecho para preguntarle por lo que queda hasta Celorico, lo típico: como es la carretera, si es llana o no, cuánto resta para llegar, si hay mucho tráfico, etc..

  Este buen hombre me comenta que no tengo ningún problema, que lo mejor es ir a la rotonda por la que he llegado, para seguir en bajada, pasando por tres rotondas donde en todas tendría que seguir recto, hacia bajo, hasta que llegue a una en cuyo centro hay una escultura en forma de estrella, ahí tendría que girar a la derecha, por la N17, y según él llana hasta Celorico, y como pude comprobar después, con poco tráfico, al menos durante este día, hasta llegar a las cercanías de Celorico, donde parece que hay algo más de movimiento, ya que a su entrada está el desvío para coger la autovía.

  Cuando voy a pagar el café este hombre me dice que “pague después de muerto”, o dicho de otro modo, que estaba invitado. La verdad es que no sé que decir; ya se que sólo es un puñetero café, pero lo que importa es el detalle, además de que aquella frase me hizo gracia, no la había escuchado. Le doy las gracias y me desea buen viaje.

  A la salida sigue sentada la abuela, y cuando me ve que voy a coger de nuevo a “Bucéfalo” se levanta de la silla y con cara de preocupación se dirige hacia mí y me pregunta que si no me ha gustado el almuerzo. Le digo que no es eso, que simplemente he entrado a tomar un café aunque de buena gana me hubiera gustado quedarme allí, porque aquellos guisos y potajes tienen una pinta de escándalo, huelen mejor, y con estas temperaturas uno de estos platos calientes deben de sentarle de lujo al cuerpo... lo suficiente para resucitar a un muerto como el que esto escribe... pero hoy tengo otras prioridades, mal que me pese...

  Me pongo de marcha de nuevo, regreso a la rotonda y ahora giro hacia bajo, continuando con la bajada que llevaba y que interrumpí para adentrarme en Gouveia. Desde la rotonda se aprecia un cambio radical en la carretera, firme impecable, varios carriles y arcén, al menos en este corto tramo de tres kilómetros hasta llegar a la N17.

  No hay pérdida, está todo señalizado y en caso de que no lo estuviera sólo tendría que seguir las indicaciones del dueño del restaurante, pasar por las rotondas que me comentó hasta llegar a la última, con la escultura de estrella en el centro, donde por fin termina la bajada... ¡quién me lo iba decir,! ¡pues no parece que estoy deseando de que acabe una bajada!... ¡esto parece el mundo al revés!, pero la verdad es que lo he pasado mal en este descenso de cerca de 20 km por el frío, aliado en esta mañana con la niebla, que me ha acompañado prácticamente desde el kilómetro cinco hasta llegar a Gouveia.

  A partir de aquí y según me comentó el dueño del restaurante, la carretera es plana hasta Celorico, con lo que esperaba poder rodar un rato por primera vez desde que empecé esta ruta, llevar un ritmo constante, mover las piernas y entrar en calor, que si bien es verdad que en esta zona, la parte baja de la Sierra, no tiene nada que ver con el frío de la parte alta, lo cierto es que el cuerpo sigue tocado, frío, y hasta que no llevo varios kilómetros rodando no empiezo a notar que entro en calor.

  Voy bordeando la sierra, que queda a mi derecha, aunque sólo puedo ver parte de ella, porque la parte alta queda completamente cubierta por la nubes bajas que provocan la niebla en la que me vi envuelto esta mañana y que hacen que no se vea nada desde la mitad de la sierra hacia arriba.

  Mi idea era intentar llegar a Celorico da Beira y allí parar a comer. Si el perfil era plano (aunque con algunos cambios de rasantes y con un firme no muy allá como pude comprobar después), pensaba que podía llegar, pero la verdad es que me empecé a encontrar vacío, desfondado, algo normal por otro lado, porque desde que salí esta mañana no he comido nada, y la primera parte ha sido de desgaste, así que antes de llegar a Carrapichana cambio de planes sobre la marcha, porque de lo contrario lo único que iba a conseguir es ir arrastrándome por la carretera.

  Un par de kilómetros antes de llegar a Carrapichana, comienzo a ver carteles grandes indicando el desvío a Linhares, anunciándola como aldea del siglo XII, y otra vez comienzan las dudas, otra vez a deshojar la margarita: me acerco, no me acerco, me acerco, no me acerco...

  Después del rato malo de la bajada y del tiempo perdido que había ido acumulando entre unas cosas y otras, al llegar a Gouveia había descartado el desvío hacia Linhares por carreteras locales porque ya iba con retraso e ir por estas carreteras locales a mitad de altura de la sierra, con la niebla sobre ella, lo único que podría pasar es que me pudiera equivocar y no encontrar a nadie a quien preguntar, como me ha pasado en el momento de dudas que tuve esta mañana cuando llegué a la zona más alta del recorrido de hoy. Por otro lado, el otro desvío que podía tomar por la carretera por donde iba, también lo tenía descartado, porque significaba hacer un puñado más de kilómetros, en principio en subida, y volver de nuevo a esta carretera, y para colmo, físicamente no me encontraba con buenas sensaciones... pero mira tu por donde, aparecen estos carteles por la carretera y a pesar de todo lo comentado, me vuelven a asaltar de nuevo las dudas.

  Si quiero llegar a Trancoso hoy no estoy para hacer muchos desvíos, y eso a parte del tiempo que emplee en la visita, pero por otro lado, a nivel de visitas culturales, ésta era la única anotada para hoy, y a saber cuando volveré a estar por aquí, así que como el desvío a Linhares hay que tomarlo desde la misma carretera que atraviesa esta aldea de Carrapichana, pararé a comer aquí y después del descanso y con el estómago lleno, ya veré las cosas desde otra perspectiva, porque en ese momento no me sentía físicamente bien, aunque la cabeza y el corazón me decían lo contrario.

  En Carrapichana paro junto a un antiguo lavadero, bajo techo, y con una fuente allí cerca. El cielo está muy oscuro por algunas zonas, y en la zona donde me encontraba se alternaban, durante los 40 minutos que estuve allí descansando, las nubes oscuras con alguna bocanada de sol, incluso cayeron algunas gotas de agua, que me obligaron a meter a 'Bucéfalo' bajo el techo del antiguo lavadero para que no se mojara, aunque por suerte todo quedó en unas gotas aisladas, aunque como he dicho, había algunas zonas con un cielo completamente cubierto que no auguraban buen tiempo precisamente.

  Preparo una sopa para calentar el cuerpo mientras doy buena cuenta de un bocata; para el postre reservo una manzana y café doble, acompañado de unos dulces que llevaba en las alforjas, con esto tendré suficiente para recargar mis maltrechas reservas.

  Ya con el cuerpo más reconfortado, me decido finalmente por intentar acercarme a Linhares, aunque no sé exactamente a cuanto queda, en los carteles no aparece la distancia, pero según lo que veo en el mapa, pueden ser 4 o 5 kilómetros, y supongo que casi todos serán en subida, porque desde el desvío ya se divisa esta aldea medieval al fondo, a media ladera de la sierra, sobre una pequeña elevación que la hace perfecta para colocar allí un castillo y controlar una vasta extensión de territorio.

Vista del castillo de Linhares desde la lejanía.

  Al final fueron poco más de cinco kilómetros, primer uno suave, después otro bajando y el resto en subida hasta llegar a esta aldea de Linhares, de casas bajas de piedras y calles empedradas, al menos en su núcleo central, histórico, porque en los alrededores ya aparecen casas más nuevas, y rematando el pueblo, el castillo y sus torres altaneras que se yerguen desafiantes hacia el cielo y desde donde se puede controlar un vasto territorio. En una pequeña plaza a la entrada, hay un cartel con el recorrido y los hitos más importantes, así que desmonto de 'Bucéfalo' y voy haciendo el recorrido a pie por sus calles empedradas, pasando de una a otra por medio de pasadizos o túneles con algún que otro escalón. Llego a otra plaza donde se encuentra la Iglesia y algún bar, para después llegar a una pequeña explanada donde se encuentra el castillo, que está abierto.


Pasadizos entre calles y arquitectura típica en Linhares.


  Allí hay varias chicas de la universidad de Aveiro, que están haciendo una encuesta a los turistas que deambulan por la zona del castillo, que son pocos, dicho sea de paso, pero algunos hay. Cuando me ven a aparecer rápidamente vienen hacia mi para pedirme si tengo unos minutos porque quieren hacerme unas preguntas que están formuladas en un cuestionario, para un proyecto que están llevando en la universidad con la idea de mejorar oferta turística y poder ofrecer al turista lo que necesita. Les digo que me parece muy bien, pero que lo que me falta precisamente es tiempo, que aún me queda por ver el castillo y todavía tengo muchos kilómetros por delante, y que como claramente pueden ver, mi motor son las piernas y éstas no dan mucho de sí. Me responden que están interesadas porque soy un turista “especial”, por el medio de transporte que utilizo, y que sino me parece mal, pueden enviarme el cuestionario por correo electrónico, rellenarlo tranquilamente en casa, y después enviárselos, así que les doy mi dirección de e-mail, dejo a “Bucéfalo” y me voy hacia la entrada del castillo por una pasarela con ligera subida, hasta la puerta de entrada al castillo, la cual da acceso a un primer patio, donde la pasarela se bifurca en dos, una hacia la torre de la derecha y otra hacia la torre de la izquierda, y en la muralla aparece una nueva puerta en arco que da acceso a otro patio mucho más grande. Para este último la pasarela se convierte en una especie de escalones bajos y anchos con los que se accede a esta zona, que creo que es la más elevada del castillo, de forma cómoda



  Al cruzar el arco se accede a otra zona, a un enorme patio en desnivel. A la derecha unas escaleras de metal suben hacia la torre, aunque también hay otras escaleras de piedra en la muralla, por las que se puede subir a ella y dar un paseo por ellas para contemplar las amplias vistas de espacios llanos que se abren hacia el oeste, además de poder ver el pueblo desde lo alto.

  Finalizada la visita, hay que deshacer el camino andado, aunque ahora será más rápido porque los tres primeros kilómetros son en bajada, después otro en subida, que se me hace menos dura de lo que me parecía al bajarla, y por último llegar de nuevo hasta el cruce de la N17 en Carrapichana, para seguir con la dirección que llevaba, una vez finalizada esta grata visita que claramente ha merecido la pena y el esfuerzo, la cuestión ahora será ver qué pasa, si soy capaz de llegar a Trancoso, porque al final esta visita, este desvío, ha supuesto más o menos lo calculado, sobre dos horas o poco más, o lo que es lo mismo, la diferencia entre llegar holgado o llegar prácticamente de noche y con una paliza en el cuerpo, porque al final esto me ha supuesto un extra de 10 km sobre el recorrido de la etapa.

  Por suerte, el perfil acompaña en este tramo de siete u ocho kilómetros hasta Casas do Soleiro, apenas un par de repechos al final, justo también cuando percibo más movimiento de coches, porque hasta ahora la verdad es que el tráfico ha sido escaso, pero es aquí, al llegar a una rotonda por donde se accede a Celorico, donde está el desvío para coger la autovía de Guarda-Aveiro. Es una tramo en el que voy intranquilo porque los coches pasan a bastante velocidad y sin muchos miramientos.

  Entro en Celorico da Beira, ya puedo respirar tranquilo en lo referente al tráfico, aunque ahora tendré que decidir si sigo hacia delante, hacia Trancoso o quedarme aquí. Son 20 km los que quedan aún y no sé como es el perfil. Si fuera como el que he traído hasta ahora podría llegar muy justito de tiempo, siempre que no tuviera ninguna avería y la climatología acompañara, pero al fondo, hacia el norte, hacia donde me dirijo, veo sierras y un cielo completamente oscuro, aunque por donde me encuentro el cielo está algo más clareado, aparentemente sin riesgo de lluvia.

  No tengo mucho que ver en Celorico y aún quedan un par de horas de luz, así que decido seguir hacia delante aunque la verdad es que no estoy nada motivado. La tarde se ha vuelto más fría y el cuerpo con estos cambios de temperatura al que lo estoy sometiendo no se encuentra muy cómodo. Hasta Celorico he venido pedaleando a buen ritmo y no he notado mucho el frío, pero en la bajada que le sigue, dirección a Celorico-Gare me quedo de nuevo con el cuerpo destemplado.

  En Linhares, una de las chicas que estaban allí para hacer las encuestas, me comentó que quizás esta noche nevara en las zonas altas de la sierra, y no me extrañaría nada, porque cuando esta mañana estuve por la zona de Sabugueiro y en otras cotas más elevadas, el día estaba para eso, para que se pusiera a nevar en cualquier momento.

  Desde Celorico da Beira hasta Celorico-Gare, como he comentado antes, todo es prácticamente en bajada, apenas tengo que darle a los pedales, pero mucho me temo que lo que me queda no va a ser así, porque las sierras del fondo cada vez están más cerca, así que en esta bajada comienzo a replantearme de nuevo la etapa, y en el caso de que encontrara algún hostal o pensión en algún cruce de carreteras, me quedaría allí y al día siguiente intentaría recuperar lo que me me ha faltado por hacer en la de hoy.

  Llego a Celorico-Gare, se trata de una aldea o quizás un barrio de Celorico, creado en torno a la estación de tren. Mientras atravieso una de sus calles, miro a un lado y a otro por ver si veo alguna pensión, y ¡bingo!, a mi derecha encuentro un bar-pensión, así que paro y entro en el bar, aunque antes de nada pregunto por lo que me queda hasta Trancoso. Me dicen que sobre 15 o 16 km, que primero hay un tramo plano pero que después todo es una larga subida: ¡uf!, esta información es suficiente como para que acabe por decidirme quedarme aquí, donde no creo que vaya a haber problemas de alojamiento.

  No lo tuve que pensar mucho: me quedaban 16 km y sobre hora y media de luz (serían las 18:30 hora portuguesa), así que en el caso de lo que restara fuera mitad llano y mitad subida, si ésta era de las de ir a 8 km/h significaría que iba a entrar prácticamente de noche en Trancoso, y más con la tarde oscura que se había puesto y sobre todo hacia donde me dirigía; si a esto le sumamos que mis piernas no van finas y que no tengo la suficiente motivación como para ir hacia delante (otra cosa distinta es que no tuviera otra alternativa), todo junto hacía que me planteara quedarme aquí, darme una ducha caliente, un poco de relax escuchando música, y después bajar a tomar una cerveza y escribir unas notas.

  Tal y como suponía, no tuve ningún problema para quedarme allí a dormir, e incluso tenía la opción de poder cenar y desayunar en el bar de la pensión, así que mejor que mejor, porque las provisiones ya se me habían acabado, así que hoy y mañana tendría que cenar fuera.

  Después de la ducha y del rato de relax, cuando bajo ya es de noche, y al salir a la calle para entrar en el bar es cuando me doy cuenta de que está lloviendo, al tiempo que noto un descenso brusco de la temperatura, algo que también comentan algunos cuando entran en el bar.

  Como de costumbre, me tomo un par de cervezas mientras escribo unas notas de la etapa de hoy y reviso la de mañana, que finalmente acabo variando ligeramente sobre lo previsto, porque si quiero seguir con los planes de acabar la etapa en Figueira de Castelo Rodrigo en lugar de en Almeida (la alternativa corta) tendría que añadir al recorrido de ésta los 16 km que hoy me han faltado, con lo que acabaría saliendo una etapa de 80 km, o sea, una etapa larga, no sólo por el recorrido, sino porque además tenía planificadas las visitas a Trancoso (que ayer no la puede hacer), a Pinhel y a Castelo Rodrigo, lo que conlleva también su tiempo.

  Por tanto y como todo no puede ser, tendría que sacrificar el desvío a Trancoso y quedarme sin visitarla. La idea era llegar al cruce de la carretera 226, y ahí, en lugar se seguir subiendo tres o cuatro kilómetros más hasta Trancoso y seguir con el recorrido previsto en la etapa hasta Vila Franca das Navas, lo que haría sería girar a la derecha, y seguir el trazado de la carretera 226, pasando por Tamanhos y llegando al mismo punto, o sea, a Vila Franca das Navas, y a partir de aquí seguir el itinerario previsto, con esto, los 16 km extras que tendría que hacer hoy se quedarían prácticamente en la mitad, unos 8 km, a lo que hay que sumar el tiempo que invertiría en la visita a Trancoso, con lo que ya tenía un margen para llegar a buena hora a Figueira, incluyendo las visitas a Pinhel y a Castelo Rodrigo.

  Llega la hora de la cena: sopa y un enorme filetón de ternera con mucha guarnición, suficiente para recuperar el estado de ánimo. Mientras ceno veo las noticias en la tele, y el foco de interés principal se lo lleva el tema de los recortes en los “subsidios de ferias e natal”, o lo que es lo mismo, las pagas extras de verano y de navidad. Le pregunto al matrimonio que regente el bar y la pensión si se refería simplemente a recortes o es que dejaban de pagarlas, y me comentan que lo que quiere el gobierno es quitarlas hasta el 2015, y a partir de esa fecha, empezar a pagarlas pero no toda entera, sino empezar por ejemplo por un 20% de la paga extra e ir subiendo cada año hasta supuestamente alcanzar la paga entera que se venía pagando, si a esto se le suma el resto de recortes, que la gasolina subía ese mismo día un 5%, que el IVA es del 23%, y que hay que pagar peaje para entrar en Portugal por autovía, hace que el turismo haya caído en picado, y hace que esta zona de la Sierra de la Estrella, que ha gozado siempre de mucho turismo, aunque sea local, o sea, portugués, se encuentre prácticamente muerta, al menos en estos días que estado yo por allí... lo que me temo es que aquí en España vamos por el mismo camino, e incluso la mujer de la pensión también me lo deja caer...

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QUINTA ETAPA: Celorico-Gare – Figuiera de Castelo Rodrigo.
Distancia: 73,2  -  Tiempo en bici: 5:16:04  - Media: 13,94  km/h
Viernes, 6 de Abril del 2012.

  A las 7:45 bajo a desayunar, aunque tengo que esperar un poco, así que aprovecho para leer la prensa, y es cuando me entero que tanto ayer como hoy, hay muchas zonas del norte y centro de Portugal en alerta amarilla, mientras en las noticias de la mañana, en la tele, dan imágenes de la nieve caída anoche en la Sierra de la Estrella y en el norte de Portugal, comentando los beneficios de ésta tanto para la agricultura como para el turismo, y es precisamente de esto último de lo que siguen hablando, porque en el Algarve ha caído el turismo español un 35% para esta Semana Santa, y es que al tema de la situación económica hay que unir el mal tiempo previsto para estas fechas, pero esta caída del turismo no es sólo en el Algarve, sino en todas las zonas, y así veo como entrevistan a una pareja española en Lisboa, y comentan que han llegado en coche y la autovía han venido prácticamente sólos y que no aprecian mucho turismo, o sea, lo mismo que percibo yo; además de todo esto, en las noticias siguen hablando de la polémica creada al querer quitar las pagas extras de los funcionarios.

  En cuanto a la meteorología, para hoy había previstos por esta zona de Guarda chubascos, o sea, como todos los días, y en la localidad de Guarda las temperaturas previstas eran 0 grados de mínima y 6 grados de máxima, y que las precipitaciones que cayeran allí, a más de 1.000 metros de altura, posiblemente sean en forma de nieve.

  Anoche ya se notaba el descenso de las temperaturas y esta mañana la tónica es la misma, porque escucho a un repartidor entrar y quejarse del frío que hace, y que en Trancoso, de donde viene ahora, hace más todavía (normal, está a más altura y más expuesto al viento).

  Cuando termino de desayunar subo a la habitación a cambiarme y a recoger todo el equipaje. Me despido del matrimonio que regenta este bar-pensión e inicio mi andadura en el día de hoy, bajo un cielo gris y con bastante frío, así que hoy ya llevo desde el principio los escarpines puestos.

  Los primeros seis kilómetros son llanos, y después comienza la subida, pasando por encima de la autoestrada y continuando hasta pasar al otro lado de la sierra. Hasta aquí, el paisaje no es nada del otro mundo. En los primeros kilómetros todo está muy verde, pero después sólo aparece vegetación en las zonas cercanas a la carretera, porque más al fondo, las faldas de la sierra se ven 'peladas', desprovistas de arboleda e incluso me da la impresión que la parte de matorral bajo está quemada.

  Al pasar al otro lado de la sierra, después de dejar atrás y por debajo, la autoestrada, el paisaje cambia y ya se ven zonas boscosas entre algunos jirones de niebla.

  Anoche ya decidí el trazado previsto para hoy con los cambios introducidos con respecto a la etapa originalmente prevista, pero en esta zona comienzo a ver los carteles grandes, con fondo marrón, para anunciar la cercanía de Trancoso, otra de las declaradas “Aldeas históricas de Portugal”, según el cartel, aunque en este caso de no sea trata de una aldea, sino de un pueblo grande, de unos 6000 habitantes, y otra vez, al igual que me pasó ayer me asaltan las dudas, pero en esta ocasión tengo las cosas más claras, ya estuve valorando ayer sobre el mapa los pros y los contras, y prefería llegar tranquilamente a Castelo Rodrigo, y hacer la visita sin presión de tiempo, que desviarme a Trancoso, para después tener que ir siempre dependiendo del tiempo y tener que hacer la última visita, y quizás la más interesante en el día de hoy, de prisa y corriendo.

  Paso una primera rotonda y sigo dirección Trancoso, a los pocos metros llego a otra rotonda, aquí ya está el desvío definitivo para seguir hacia Trancoso, a unos tres o cuatro kilómetros supongo, porque la distancia no está indicada, pero para Vila Franca das Naves sólo veo la indicación para meterme en una IP rápida, lo más parecido a una autovía, la misma que para ir a Guarda, pero no veo la salida para coger la carretera 226.

  Por más que miro allí no encuentro nada, y por la IP, independientemente de que esté o no prohibido, paso de ir porque a la velocidad que van los coches es un peligro y un riesgo innecesario, así que me parece que de nuevo tocaba deshacer los planes de ayer noche y seguir con la etapa originalmente prevista.

  Salgo de la rotonda dirección Trancoso, pero atento a cualquier señalización, y en un giro hacia atrás que hice con la cabeza veo un cartel indicando Vila Franca das Naves, pasando por encima de la IP por un puente y siguiendo hacia la izquierda, hacia el oeste, durante un tramo corto, paralela a la carretera IP, ¡uf!, ¡un golpe de suerte!, porque ya estaba pensando que las vueltas que le estuve dando ayer al recorrido de esta etapa no habían servido para nada y que hoy iba a andar de nuevo con la presión del tiempo si quería hacer la etapa original, aunque también podía recortar la etapa acabando en Pinhel, y al día siguiente como el recorrido era más corto, añadirle el tramo entre Pinhel y Castelo Rodrigo. Curioso las vueltas que le da uno a la cabeza en tan corto espacio de tiempo.

  Doy la vuelta de nuevo hasta la rotonda y cojo ahora el desvío correcto, que antes no podía ver por que una casa vieja impedía que viera tanto el cartel como la carretera que ahora tenía que coger.

  Estamos en primavera pero es un día invernal, con temperaturas bajas y cielo totalmente cubierto y oscuro, al menos en esta zona, así que como caigan precipitaciones por aquí, seguro que van a ser en forma de nieve. Mientras estaba pedaleando y en plena subida, no me he percatado mucho del frío, pero el poco rato que estuve parado en la rotonda para intentar buscar la dirección que pretendía seguir, el sudor se enfría y uno se acaba quedando como un témpano de hielo.

  Sigo por esta carretera, paralela a la IP como he dicho, hasta que un giro a la derecha, acabo dejando a ésta a mis espaldas, paro poco tiempo después llegar a Tamanhos, me relajo, ahora ya sé que voy en la dirección correcta y creo que lo peor en cuanto al perfil del recorrido, ya ha pasado, así que a partir de aquí podré avanzar más cómodamente.

  El trazado entre Tamanhos y Vila Franca das Naves, es con una primera parte suave, donde puedo pedalear tranquilamente, retomando las sensaciones del cicloturismo, y con una segunda parte en una larga bajada, en la que se va perdiendo la altura que gané en la subida, y que me lleva hasta Vila Franda das Naves, a la que bordeo por la derecha, hasta llegar, siguiendo en bajada, hasta lo que es el barrio formado en torno a la estación de tren (del mismo modo que Celorico-Gare). El paisaje sin pena ni gloria, nada que destacar, al menos desde mi punto de vista.

  Una larga calle ancha y adoquinada constituye la salida de esta localidad, pero antes paro a tomar un café, acordándome del amigo Edu y de las ocasiones en que hemos hecho alguna ruta cicloturista por Portugal, siempre en épocas navideñas, cuando en cualquier parada aprovechábamos para tomar un café, aunque en este caso paro aquí porque era un punto de inflexión, he pasado la parte más dura del día y a hora comienza una zona más suave, y además es una hora bastante apropiada para tomarlo y porque la siguiente parada, con visita turística incluida, Pinhel, aún está a 20 km, en donde según el dueño del bar, no hay ninguna subida relevante ni ningún tipo de puerto, aunque quizás algún que otro repecho, nada del otro mundo, o sea, lo que suponía.

  Este tramo de 20 km a pesar de estar marcado en la guía como de recorrido interesante, a mi no me resulta nada atractivo, no es algo en lo que pueda distraerme contemplándolo; zonas muy abiertas y con poca arboleda, con 'poca chicha'.

  El recorrido resulta ser algo ondulante, con algunos repechos de un kilómetro como máximo pero poco más, sin embargo mis piernas no están bien, no voy por aquí como debería poder ir en otra ocasiones, así que tendré que tener paciencia.

  Llego a Pinhel después de un repecho largo; giro a la izquierda para entrar en esta localidad y después sigo pedaleando hasta llegar a su centro histórico, encontrándome primero con una plaza grande presidida por un pelouriño y dos iglesias; desde aquí se accede al interior de lo que fue el recinto amurallado, encontrándome primero con dos antiguos y bonitos edificios en piedra, reconvertidos hoy para hacer las funciones de museo y oficina de turismo respectivamente. Sigo en subida, aunque ahora andando, con 'Bucéfalo' a mi lado, por las calles estrechas y empedradas, me da la impresión de que es, o al menos ha sido, una zona decadente, en retroceso frente a otras zonas del pueblo que se han convertido en el centro económico y social; veo casas abandonadas, otras derruidas y también otras casas nuevas, restauradas, aunque en general el aspecto es de limpieza, como si se quisiera recuperar esta zona de la marginalidad. Llego al castillo por un estrecho callejón, rodeados de muros de piedras de apenas levantan un metro del suelo, que enmarcan lo que quizás, en la época gloriosa de esta fortaleza, fueran casas, mientras observo un grupo de gatos que campan a sus anchas; en otros casos se llega a mantener la fachada baja de algunas casas, pero en general este callejón debe ser un resto que perdura de lo que sería el antiguo trazado de una de una de las calles de ese recinto y de las casas que estaban intramuros.

  Llego a la parte alta, a una especie de explanada donde se levantan dos hermosas torres cuadradas, aunque me da la impresión de que están restauradas. Al lado de una de ellas una cafetería con amplios ventanales para contemplar las vistas. Dejo a 'Bucéfalo' junto a la cafetería y merodeo un poco por los alrededores de las torres llevando conmigo la cámara de fotos. Desde las torres, algo más abajo, se observa un buen lienzo de lo que fueran las antiguas murallas que protegían a la población intramuros. Al fondo, hacia el norte, la inmensidad... amplias vistas que pueden controlarse desde este punto, y que es hacia donde me dirigiré después, donde el cielo no aparece tan amenazante, todo lo contrario que hacia el sur, donde hay una gran oscuridad y se puede ver como descargan las nubes, un velo de agua conecta a éstas con tierra firme... ¿acabaré empapado hoy?. En esta explanada situada en la cima del cerro donde se asientan los torreones del castillo, sin ningún tipo de protección o parapeto frente al viento, es cuando me doy cuenta de lo fuerte que sopla éste; la bandera que llevo en la bici ondea en el pequeño y frágil mástil sin parar, y por si fuera poco, el viento es frío, así que me voy directo hacia la cafetería.


Arriba una de las torres del castillo de Pinhel, y abajo detalle de esta torre.


  Es nueva, con muchos detalles decorativos, como por ejemplo una bicicleta antigua restaurada que no me resisto a mirar detenidamente. Con el café me ponen un platito de pastas que junto con unos frutos secos que llevo me servirán para aguantar hasta a mi destino en el día de hoy, o al menos eso espero.

  Pregunto a los dueños por el perfil de lo que resta hasta Castelo Rodrigo, y me dicen que tengo subidas y bajadas, después me despido de ellos que me han tratado muy bien el rato que he estado allí y hoy, Viernes Santo, les deseo una “Boa Pascua”.

Ahora tengo que bajar hasta la plaza donde estaba el pelouriño, pero ahora lo hago en bici, para después seguir hacia la izquierda y salir a la carretera que traía, en dirección a Figueira de Castelo Rodrigo, sin tener que volver por el mismo sitio por el que entré a Pinhel, con lo que me ahorro un pequeño rodeo.

  Hay dos partes diferenciadas en este tramo, por un lado unos quince primeros kilómetros en los que se alternan subidas y bajadas, predominando los tramos de bajadas y de llaneo o falsos llanos y después unos cinco kilómetros de subida continua y constante, aunque sin pendientes duras.

  La salida de Pinhel es en bajada hasta cruzar un puente, después se inicia un repecho y de nuevo bajada hasta llegar otra vez a cruzar el río Côa. En este tramo la sierra que veo a mi derecha está muy pelada, desarbolada y algunas zonas de matorral bajo están quemadas. No es un paisaje que alegre la vista precisamente.

  Después de cruzar el río aparece el tramo más interesante del día, al adentrarme en un valle estrecho por el que el río, con poco caudal por aquí, se abre paso. La carretera va por la parte baja de la sierra, paralela al trazado serpenteante del río, con curvas a derecha e izquierda que se suceden unas tras otra, con algunas zonas donde el valle está más encajonado.

  Al pasar el último puente, una curva cerrada a la derecha, y a partir de ahí comienza una subida de cinco kilómetros que da acceso a la otra parte de la sierra, quedando unas antenas en la parte más alta, casi siempre a mi izquierda, en lo que es el punto más alto de la Serra da Marofa, mientras que a mi derecha, y sobre todo con forme voy ascendiendo, aparece una gran llanura por la que tendré que adentrarme mañana camino hacia Almeida.

  Llego por fin al cruce de carretera, ya empezaba a estar cansado después de este tramo de algo más de 20 km sin parar. A mi izquierda, Figueira de Castelo Rodrigo, a unos dos kilómetros en ligera bajada, y donde si no hay problemas, es donde tengo pensado quedarme esta noche; entre esta carretea y la que traigo, sale otra que sube hasta las antenas, al monte Marofa (977 m.), el punto más alto de esta Sierra, donde según tengo anotado:

  “En su cima se encuentra un santuario desde el que se pueden contemplar unas excelentes vistas de toda la comarca, y a lo largo de la subida a la cima se pueden observar una especie de capillas en las que se representan escenas bíblicas. Una enorme estatua de Cristo Rey, se alza en el punto más alto.”

  Las vistas que se puedan tener desde allí no digo yo que puedan ser extensas, amplias, vastas, pero otra cosa es que sean bonitas, porque por lo que he podido ver de camino aquí, el paisaje es más bien agrio, desolador. A mi derecha está la carretera que tendré que seguir mañana en dirección a Almeida, y frente a mi, un par de kilómetros más en ligera subida para llegar hasta Castelo Rodrigo, una aldea amurallada y bien conservada-restaurada, cuya silueta recortada sobre un cielo gris oscuro ya se puede ver claramente desde este cruce.


  Llego por fin a Castelo Rodrigo, después de un último repecho donde he gastado las pocas reservas que me quedaban. Decido bordear sus murallas por la derecha hasta llegar a un pequeño aparcamiento para coches. Sigo paralelo a las murallas, éstas quedan a mi izquierda, en ligera subida por un camino de adoquines, hasta dar con una de las puertas de entrada, además es una de las fotos típicas de esta aldea, que ni que decir tiene, forma parte también de la red de “Aldeas históricas de Portugal”. Antes de acceder a la zona intramuros, me bajo de la bici y busco en la alforjas algo para llevarme al cuerpo, porque estoy completamente vacío, aunque los deberes (exceptuando el tema del alojamiento) están ya hechos, porque los cuatro kilómetros que quedan, dos hasta regresar de nuevo al cruce y otros dos hacia Figueira, son en bajada. Mientras como algo me entretengo mirando los alrededores, sobre todo hacia el norte, que es lo que se divisa desde esta zona, con el pueblo de Figueira allá abajo, claramente visible sus calles y estructura desde aquí arriba.


 Una de las puertas de acceso en las murallas de Castelo Rodrigo; en la de arriba vista extramuros y en la de abajo vista intramuros.


  Al pasar por la puerta-arco que de acceso al interior, a la izquierda, de esquina, hay un bar dentro de una casa típica, baja y de piedra, donde además de algunos souvenirs se venden también productos gastronómicos típicos de la zona. Frente a mi una calle estrecha, empedrada y en ligera subida, que culmina al fondo en una torre circular de piedra sobre la que se asienta el torreón-campanario.



  Voy bien de tiempo, así que me tomo la visita con calma, andando entre sus calles y casas que mantienen el aire medieval, así como la fisionomía y trazado original, curioseando por algún que otro recoveco, visitando la parte más alta y haciendo algunas fotos.



  Es aquí en donde veo por primera vez desde que empecé la ruta, un poco de turismo, e incluso algunas familias españolas, no es que sea mucho, pero bastante más de lo que me había encontrado hasta ahora, y eso que el tiempo está cambiando, se está poniendo una tarde de perros; en este cerro elevado el viento gélido azota sin piedad, así que no me extraña ver a la gente superabrigada y hasta con guantes.

  Estoy tentado de entrar en el bar y tomar un café, pero en lugar de sufrir otro cambio de temperatura, ya que estoy con el cuerpo frío, mejor me pongo en marcha cuanto antes para empezar a buscar alojamiento, darme una ducha caliente y conseguir quitarme el frío del cuerpo.

  Salgo por la misma puerta por la que entré, pero ahora giro a la izquierda para seguir bordeando toda la aldea, en lugar de ir por donde vine.

  En un visto y no visto, ¡normal, es todo en descenso!, llego a Figueira de Castelo Rodrigo, y al poco ya me topo con una pensión a mi derecha, que además es la primera que tenía anotada, pero está cerrada temporalmente, no recuerdo ahora que es lo que ponía el cartel, ¡lástima, porque creo que era la más económica!.

  Sigo hacia delante, y llego prácticamente al centro de la localidad, dejando a un lado un hostal que tiene pinta de ser más caro, así que por si acaso, antes doy una vuelta para ver si encuentro algo más barato, pero como no veo nada y tampoco me molesté en preguntar, me voy derecho hacia el hostal, porque estoy muerto de frío y lo único que quiero ya es buscar el alojamiento, una ducha caliente y como siempre, algo de relax escuchando un poco de música, porque hoy dispongo de más tiempo, si bien es cierto que voy a poder hacer más bien poco, porque la tarde está de lo más desagradable, con mucho aire y temperaturas muy bajas, además daba la impresión que de un momento a otro podía empezar a llover, o a nevar... y por otro lado, éste es un pueblo sobre el que no tenía anotado nada que ver, y que se formó a partir del siglo XVIII, "cuando Castelo Rodrigo fue abandonado en favor de esta localidad, menos aislada y más floreciente".

  No hay problema de alojamiento, es algo más caro de lo que venía pagando pero lo doy por bueno, además el desayuno continental también estaba incluido.

  Cuando entro en la habitación, grande y espaciosa, me encuentro con que la calefacción está puesta y la temperatura es cálida, agradable, y después del frío que hacía en la calle aquello me sabe a gloria, así que voy directo a la ducha y con con la habitación caldeada, me tumbo en la cama, me pongo los cascos y escuchando un poco de música me quedo completamente frito.

  Cuando despierto, bajo al bar con la hoja de ruta y la documentación de ésta, me tomo unas cervezas y escribo unas notas sobre la etapa de hoy y reviso la de mañana, antes de pasar al salón a cenar, y como es la última noche, decido pegarme un pequeño homenaje mientras veo las noticias en una de las dos televisiones que tienen allí colocadas.

  Sobre las 11 me subo a la habitación, hago algo de zaping por las cadenas portuguesas y sobre las 12 ya caigo rendido, y a esperar a ver qué tal día amanece mañana. Hasta hoy he tenido suerte, porque al margen de la niebla o del frío, y el mal tiempo en general, he ido esquivando el agua, que es más engorrosa a la hora de pedalear y con la que uno no puede disfrutar apenas nada, porque sólo se piensa en acabar.

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SEXTA ETAPA: Figueira de Castelo Rodrigo – Fuentes de Oñoro.
Distancia: 42,18 - Tiempo en bici: 2:32:00 - Media: 16,65 km/h
Sábado, 7 de Abril del 2012.

  Despierto a las 7:30, y siento el sonido característico de los coches al pasar por charcos de agua o carretera mojada ¡mal asunto!, pienso mientras me voy directo a la ventana de la habitación. Subo la persiana y lo que me imaginaba, la carretera está mojada, con charcos; una mujer cruza la calle con paraguas bajo una fina lluvia.

  Las prisas por partir hoy y coger el coche temprano para regresar a casa se han acabado. Intentaré dar un tiempo para ver si mejora la climatología, aunque en esta ocasión no se trata de un cielo con unas zonas más oscuras que otras, en un cielo gris plano, igual por todos lados, en una mañana gélida como pude comprobar al salir a la calle antes de desayunar... ¡me temo que hoy toca mojarme después de estar cinco días jugando al gato y al ratón con la lluvia!.

  El desayuno es en el mismo salón donde estuve cenando anoche, ahora solo hay tres portugueses desayunando pero me consta que en este hostal hay más gente, supongo que todavía es temprano, que es un día festivo y que la mañana está para estar acurrucado en la cama y no para pedalear con agua y frío.

  Me tomo el desayuno con calma, mirando al exterior por los cristales de la ventanas, viendo en los charcos caer el agua, ¡no para!, habrá que armarse de valor y empezar, que es lo más complicado, lo que más pereza da, porque una vez en ruta, una vez mojado, ya todo da igual...

  Subo a la habitación, me cambio, procuro abrigarme bien y bajo con el equipaje, dispuesto a coger a “Bucéfalo” , pero antes tengo que pasar por caja, pagar la habitación, la cena de ayer, y el par de cervezas que me tomé por la tarde mientras escribía unas notas, y cuando les solicito que me entreguen el DNI, comienzan a buscarlo y no dan con él. El que me tomó los datos ayer tarde no está ahora, y las que están allí ponen todo patas arriba: la oficina y la recepción intentando buscarlo pero no dan con él. Después de casi media hora aparece de la forma más tonta, estaba en el mostrador de recepción, bajo uno de los papeles de propaganda de un supermercado ¡uf, no se ha perdido de milagro!, ¡qué descontrol!. Me piden disculpas y las acepto, entre otras cosas porque al final no ha pasado nada y porque no tenía excesivas prisas por partir hoy sabiendo lo que me esperaba.

  Monto las alforjas en la puerta y me dispongo a partir a las 11 de la mañana, creo que es la primera vez que salgo tan tarde en una ruta, aunque hoy la etapa era corta, unos 40 km planificados, en los que exceptuando los dos primeros kilómetros hasta el cruce de Castelo Rodrigo, el resto sería con perfil más o menos plano, o al menos eso es lo que esperaba (sobre todo por lo que pude ver ayer tarde desde la parte más alta de Castelo Rodrigo) y como la única parada prevista la tenía en Almeida, suponía que llegaría a una hora aceptable, lo suficiente como para comer y coger el coche de regreso a casa.

  Hasta el cruce de Castelo Rodrigo, como he dicho, es en ligera subida, y hasta el final de ella no empiezo a notar que entro en calor. No llueve fuerte, es una fina lluvia arrastrada por el viento frío en un día desagradable por completo. En la rotonda me alcanzan un par de coches, son españoles y al ver la bandera que llevo detrás, abren la ventanilla para darme ánimos... ¡se agradece!.

  Lo siguiente es una bajada, tal y como esperaba, para después seguir pedaleando por terreno plano aunque picando muy ligeramente hacia arriba, aunque de esto no me doy cuenta hasta que no veo el perfil, así que mientras tanto voy pensando en que por esta zona, en otras ocasiones tendría que ir como una moto, y ahora sin embargo voy un poco atrancado, y unido esto al ansia por avanzar rápido, en un día donde tampoco hay mucho que ver a nivel de paisaje, y claramente desagradable en lo referente a la climatología, sobre todo a la hora de pedalear, va provocando que me vaya ofuscando conmigo mismo.

  Decido cambiar de táctica, tomármelo con más calma, ¡que más da, si total voy a llegar hecho una sopa!. Intento tener la cabeza ocupada en otra cosa para pasar el tiempo y no estar con el ansia de llegar, y parece que la táctica empieza a dar resultados, porque sin darme cuenta, después de algo más de 20 km llego a Almeida, donde tenía prevista una parada para visitar su fortaleza abaluartada y el núcleo urbano antiguo dentro de ella, aunque el día no está para hacer turismo, y es que poco antes de llegar a Almeida la lluvia parece que se intensifica.

  Llego a la entrada de la fortaleza, dudo si hacer la visita o seguir para delante ahora que he cogido el ritmo de pedaleo y así evitar enfriarme con la parada, pero finalmente decido hacer una visita rápida, al menos para hacerme una idea de esta fortaleza, verla desde arriba y dar una vuelta por el casca antiguo e histórico que hay en su interior, que a saber cuando volveré a estar otra vez por aquí.

Vista parcial de la fortaleza de Almeida.

  Desde una de las partes altas de la muralla en forma de estrella, veo a un pequeño grupo de turistas, cinco o seis, con un guía que les está comentando detalles del tramo de fortaleza donde se encuentran. Van con paraguas y a penas son capaces de mantenerlos firmes porque el viento casi les está dando la vuelta. Son prácticamente las únicas personas que veo por aquí, al margen de un par de coches que están saliendo del alojamiento nuevo que hay dentro de las murallas. Ando por las calles desde este casco antiguo pero todo está como el día de hoy, igual de frío, gris y triste. Una amplia plaza adoquinada completamente vacía, calle y callejones empedrados, desoladores. Visito por último el núcleo de la fortaleza, el antiguo castillo de planta cuadrangular, rodeado de fosos, y prácticamente destruido después de la explosión que sufrió y al que se realiza la visita por medio de unas pasarelas que han construido para este menester.

  De vuelta buscando de nuevo la puerta de salida, la misma por donde había entrado, me encuentro con un pequeño bar-restaurante abierto, así que entro para tomar un café y calentarme el cuerpo. Huele a pucheros, a guisos, y el día está para eso, aunque allí sólo estoy yo y no tiene pinta de que hoy vayan a tener mucha clientela, a pesar de ser festivo.

  Me pongo en marcha de nuevo, busco la salida hacia Vilar Formoso, y abandono Almeida, comenzando a pedalear ahora por una carretera con un perfil más favorable, avanzo más rápidamente, la primera y última vez que cogeré estas velocidades en esta ruta, aunque a partir de aquí, el agua vuelve a arreciar con más fuerza, aunque por aquí tiene pinta de haber llovido más, la carretera está mucho más encharcada, y aunque llevo los escarpines puestos, las zapatillas y los calcetines están ya completamente empapados, en remojo, y con forme avanzo empiezo a perder la sensibilidad en los dedos de los pies.

  Son 16 km hasta Vilar Formoso, llegando hasta la zona donde tomé el desvío 6 días antes, en dirección a Guarda, pasando por Castelo Bom.

  Desde aquí apenas quedan tres kilómetros; atravieso Vilar Formoso, llego a la antigua frontera, y ahora me dejo llevar en la bajada desde la parte nueva de Fuentes de Oñoro hasta la parte vieja, donde dejé el coche aparcado junto al edificio del ayuntamiento.

  El coche sigue en el mismo sitio, quito las alforjas, desmonto a “Bucéfalo”, lo entro en el coche, me hago el “lavado del gato”, me cambio y me voy de nuevo con el coche hacia la parte nueva, cerca de la frontera, donde he visto una cafetería-restaurante autoservicio. Es buena hora, las 14:15, hora española. La zona del restaurante está a tope, pero encuentro un sitio para sentarme. Doy buena cuenta del menú: cocido, carne en salsa, yogurt, agua y café por 7,5 euros, ¡de lujo!.

  Cuando cojo de nuevo el coche, el termómetro marca 6,5 grados, y la sensación térmica es mayor debido al aire que sopla. Ahora me esperan cerca de cuatro horas de viaje en coche para llegar a casa y dar por finalizado este viaje.


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