Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

lunes, 17 de octubre de 2011

Diario de un viaje cicloturista por la Costa Atlántica Francesa - Segunda Parte


SEGUNDA PARTE: ETAPAS DE LA 6 A LA 10.


ETAPA 6. Playa Omaha - Granville.
ETAPA 7. Granville - Mt St Michel.
ETAPA 8. Mont St Michel - St Malo.
ETAPA 9. St Malo - St Méen Grand.
ETAPA 10. St Méen Grand-Vannes.



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SEXTA ETAPA:  Saint Laurent sur Mer (Playa de Omaha) - Granville
Distancia:  97,57 km  -  Tiempo en bici:  5:36:00 - Media: 17,42 km/h
Jueves, 4 de Agosto del 2011.

  Deberían ser son las tres de la noche cuando oí que uno de los compañeros salía de su tienda. Era Rafa que había escuchado ruido y pensó en que podían estar robando las bicis que habíamos dejado amarradas junto a las tiendas, pero tan sólo se trataba del fuerte aire  que estaba soplando. Poco después comienza a llover, ¡ea!, ¡lo que nos faltaba!, hoy que precisamente teníamos pensado salir antes para cubrir la etapa con el mayor margen posible de tiempo, porque eran más kilómetros que los que habíamos hecho en los días anteriores.

  Había que ver el lado positivo, todavía faltaban unas cuantas horas antes de ponernos en marcha, así que esperaba que para entonces la lluvia parara, pero lo cierto es que hasta las 7 de la mañana, se fueron intercalando en el tiempo los momentos de lluvia y los de viento. ¡Noche de perros!, de las que a uno le apetece acurrucarse en el saco dentro del “confort” de la pequeña tienda (al menos la mía, porque la tienda de Rafa y Gorka era enorme, incluso la llegaron a bautizar como “el Pabellón”).

  A las 7 parece que el agua cesa, porque llevaba ya un buen rato sin oír la lluvia caer sobre la tienda, aunque sí continuaba el aire. ¡Mucho mejor!, pensaba en voz alta, así podemos tener la suerte todavía, de al levantarnos nos encontremos con que el aire haya secado la tienda de campaña, pero no fue así, y poco antes de levantarnos, sobre las 8 de la mañana, comienza de nuevo a llover.

  No hace falta ser un lince para entender, después de leer esto, que esta noche he dormido más bien poco.

  Saco la cabeza desde la tienda y el paisaje no es nada agradable; el cielo está completamente cubierto por todos lados y una densa cortina de lluvia difumina el entorno; la calma y  el silencio, tan sólo rotos por el estruendo del agua al caer al el suelo, invaden el camping, y a diferencia de otros días, en los que la gente ya está en movimiento o se ve un ir y venir de personas al servicio, hoy no se mueve nada, ni gente ni coches saliendo, nada de nada, sólo la lluvia constante cayendo que no tenía pinta de que llegara a parar de un momento a otro; es como esos días de invierno en los que comienza a llover y no se sabe cuando va a parar. En fin, resignación... lo que estaba claro es que una vez más, los planes están para no cumplirse, que el hombre propone y Dios dispone, y de pasar hoy a ser el día en el que antes teníamos pensado salir,  pasaría a ser el día que más tarde lo íbamos a hacer.

  Las 9, las 9:30, la 10, y todo sigue igual, así que para ir haciendo tiempo, decidimos desayunar dentro de las tiendas, calentando el café en el “hall” y apañándose cada uno con lo que tuviera, que no estaba la mañana como para salir de la tienda e ir a la del vecino para pedir lo que le apeteciera, así que como teníamos repartido el tema de la comida, unos se apañarían con la bollería y otros, o sea, yo, con el pan a modo de tostada, pero en frío.

  Hablamos desde la tiendas, y nos pusimos las 11 de la mañana como hora tope para levantar el campamento, aunque todo siguiera igual.

  ;Llegó la hora y todo seguía igual, pero al poco parece que el agua nos da un respiro, tan sólo caen unas chispas, poca cosa, así que aprovechamos para ir al servicio y desmontar las tiendas, y aunque intentamos secarlas con trapos lo cierto es que tanto la mía como la de los compañeros, se guardaron húmedas.

  Cuando nos dispusimos a salir del camping eran las 12 de la mañana. No teníamos claro donde llegaríamos hoy, porque estaban previstos 95 km, así que simplemente empezaríamos y ya iríamos viendo como se iba desarrollando el día, y si se acababan haciendo menos kilómetros pues ya iríamos recuperándolos en las próximas etapas, porque en esta primera mitad de la ruta, y en la medida de lo posible,  no podíamos fallar, no podíamos tomarnos ningún día extra de descanso, porque habíamos quedado con Tomás, otro compañero de la “web de rodadas”, que se incorporaría en Vannes, al finalizar la etapa 10, para empezar a pedalear al día siguiente, y ya tenía sacado los billetes de tren para ese día, porque fue Gorka quien se lo sacó, al igual que a mi.

  Salimos del camping y seguimos un breve trayecto por la carretera de la costa, deshaciendo parte de lo andado ayer, hasta coger el desvío a la derecha, hacia Tréviéres, dirección sur, a unos 8 km.

  Vamos pertrechados con los chubasqueros y los chalecos reflectantes, y ellos además, con sus bolsas cubre-alforjas, ya que las suyas no son impermeables, por suerte las mías lo son, así que para el resto de días, no tengo que estar perdiendo el tiempo colocándolas a media mañana o a media tarde, cuando comenzara a llover. Pero es curiosamente en este corto tramo, cuando el agua da un respiro, ni siquiera caen unas gotas, aunque la carretera está encharcada y el propio agua que sueltan las ruedas hacen que las zapatillas y los calcetines vayan empapándose.

  En Tréviéres hablamos de un cambio de planes, en lugar de seguir por carreteras locales y buscando pueblecitos o aldeas, y tener que estar preguntando por la dirección a seguir en cada uno de ellos, a riesgo de perder más tiempo o perdernos y acabar haciendo más kilómetros, decidimos seguir por la carretera D29, en dirección a Briquerville primero y después a Saint Clair sur l'Elle, donde haríamos una pequeña parada para comer algo y además, tomar otra decisión, o bien seguir hasta Saint Lo, prácticamente mitad del recorrido previsto y donde queríamos parar para comer, haciendo 10 km por carretera nacional o bien por una alternativa paralela a ella por la derecha, aunque a costa de hacer más kilómetros.

  En Tréviéres tuvimos que preguntar al ver unos carteles con información sobre desvíos, al parecer por obras, y desde una plaza en el centro, nos dan las indicaciones correctas y salimos sin problemas. A penas seguimos unos minutos y de nuevo comienza a llover, y por si fuera poco, al coger ahora dirección suroeste, el aire aumenta en intensidad y comienza a castigarnos de lo lindo.

  El recorrido por esta zona de la Baja Normandía en otras condiciones meteorológicas sería muy agradable, con terreno prácticamente llano, todo verde, con muchas zonas de arboleda y en general con un paisaje como muy bucólico. Intentamos disfrutar en la medida que el temporal nos lo permite, incluso lo vamos comentando entre nosotros, pero lo cierto es que las zapatillas y los calcetines parecen ya una esponja que han absorbido todo el agua posible; el chubasquero nos evita que nos mojemos por fuera, pero por dentro ya empezamos también a estar calado, debido a que no transpira.

  No es la mejor mañana precisamente para pedalear, después de una noche de viento y agua, ahora montados sobre las bicis, más agua y viento, no disfruta uno por estos sitios lo que querría, pero siempre podría ser peor, porque si a estas condiciones le sumamos el frío la situación sería más complicada, sin embargo, la temperatura estaría entorno a los 18 o 20 grados, y con mucha humedad, o sea, nada de frío.

  Un par de kilómetros antes de llegar a  Saint Clair sur l'Elle, paramos después de un cruce de carretera para “evacuar líquidos” y ya de paso, en lugar de parar en este pequeño pueblo, aprovechamos para comer un barrita energética y algo de fruta. Decidimos aquí que cuando llegáramos al cruce con la carretera nacional, en función del tráfico que observáramos, seguiríamos por ella los 10 últimos km hasta Saint Lo, o en caso de ver mucho riesgo, continuar por la alternativa haciendo algunos kilómetros extras.

  Después de esta pequeña parada de un cuarto de hora seguimos hacia delante. Poco después estábamos en el cruce de la Nacional, paramos un rato y no vemos un tráfico excesivo, suponemos que  es porque  los franceses ya estaban comiendo a esta hora, alrededor de las 13:30, así que continuamos el último tramo a Saint Lo, por la carretera Nacional.

  Este tramo intentamos quitárnoslo del medio cuanto antes, lo más rápido que podemos. Se trata de rectas largas con muchos cambios de rasantes, y aunque no hay mucho tráfico, sí es bastante en comparación con las carreteras secundarias por la que hemos venido en las que apenas nos hemos encontrado coches, pero lo peor es a la velocidad a la que van en estas largas rectas. Lo único positivo en esas circunstancias, es que había parado de llover, ¡por fin!, aunque ahora, al girar rumbo sur, que es el que ya llevaríamos hasta final de etapa,  nos enfrentamos al aire de costado.

  Sobre las 14:30 llegamos al centro de Saint Lo, tras una buena bajada que nos viene bien para llegar relajados, después de 40 km en las piernas, con agua y rachas de viento. Allí paramos a comprar pan en un panadería que vimos abierta, y bajo un túnel entre edificios, para estar protegido del agua en caso de que de nuevo se pusiera a llover, y resguardados del aire, nos pusimos a comer, un bocata, fruta, unas galletas de chocolates y unos frutos secos... tocaba comida rápida para no perder mucho tiempo y avanzar lo más que pudiéramos, porque para llegar al fin de etapa como estaba previsto, aún nos quedaba más de la mitad, así que pasito a pasito, pedalada a pedalada, y ya veremos hasta donde llegamos, aunque todo dependerá de como siga el tiempo, si sigue la lluvia y el viento o por el contrario nos da un poco de tregua esta tarde.

  Antes de salir nos quitamos las zapatillas y los calcetines para poder escurrirlos porque estaban como una esponja del agua que habían absorbido, y fue algo de agradecer, no tiene uno la sensación de llevar los pies dentro del agua, al menos mientras no siguiera lloviendo.

  La parada para comer, que si bien fue corta, de unos 40 minutos, sirvió para el cuerpo se quedara frío, cortado, la verdad es que no teníamos ni puñetera gana de montar en bici.

  travesamos Saint Lo, en ligera bajada, dejando a nuestra derecha un tramo de murallas, y en una de las explanadas, junto a estas murallas, hay una exposición de fotos a gran tamaño,  e incluso podemos permitirnos el lujo de verla desde nuestras bicis mientras seguimos recorrido; el título de la exposición era: “Sahara, oasis verde”, con fotos muy bonitas, me gustaron bastante, al menos por lo que puede ver.

  Desde Saint Lo seguiríamos a rejatabla el rutómetro que teníamos marcado para la etapa de hoy, al menos hasta llegar a Saint Denit le Gast, ya que en el caso de que llegáramos allí, prácticamente podríamos terminar la etapa según lo previsto, aunque debido a que en el final de hoy, Saint Pierre Langers, no había alojamiento anotado, tendríamos que tomar una decisión, o bien seguir unos cinco kilómetros más hacia delante, hacia Julloville, en la playa, donde teníamos anotado hasta once camping, o bien ir hacia Granville, también en la playa pero un poco más al oeste, a unos 6 u 8 km de Julloville, y al día siguiente tendríamos que hacer estos kilómetros extras puesto que teníamos que pasar por Julloville, aunque tampoco suponía mucho, puesto que en principio, la etapa del día siguiente era corta.

  En este tramo que hacemos después de parar a comer, de nuevo aparece intermitentemente la lluvia, acompañada del viento, aunque es una lluvia ligera, más bien sirimiri, nada que ver con el agua que caía esta mañana cuando estábamos en el camping. Además de esto, en comparación con los primeros 40 km que prácticamente fueron llanos, aquí aparece el terrero sube y baja, zona rompepiernas, y aunque vamos a un ritmo aceptable, todas estas circunstancias adversas hacen que tengamos la sensación de que cuesta avanzar.

  De nuestro recorrido en el día de hoy, atravesando de norte a sur la Baja Normandía  (descartando por problemas de días de vacaciones el recorrido por la costa, por la península de Contentin) sí vemos una clara diferencia en relación a las primeras etapas de esta ruta  por la alta Normandía, o por la zona de la costa florida, y es que toda esta zona es mucho más rural, más interior, más alejada del lujo y la ostentación, con casas sencillas, normales, nada que ver con las bonitas y espectaculares casas que veíamos en las primeras etapas, que además en los pequeños pueblos iban acompañadas de jardines ornamentales, con mucho colorido debido a lo florido que lo tenían, donde parece que la gente vive para mantener esas casas y jardines, mientras que por aquí parece que el personal sólo vive en las casas, sin más.

  Llegamos  Saint Denit le Gast, sobre las cinco y media, y en principio, lo peor parece que ha pasado, había dejado de llover y teníamos hecho el grueso de los kilómetros de hoy, así que en principio parece que podríamos llegar al final de etapa, a pesar de que habíamos salido a las 12 de la mañana y que la climatología no había sido nuestra aliada, pero también es cierto que en la etapa de hoy no teníamos planificada ninguna parada para visita cultural, con lo que íbamos a ahorrarnos ese tiempo; hoy tan sólo deberíamos disfrutar con el recorrido, aunque el agua y el aire lo han deslucido.

  Hacemos una parada. Habíamos hecho todo este tramo, desde Saint Lo hasta aquí, sin parar nada, unos 35 km del tirón. Aprovechamos para comer alguna pieza de fruta y para llamar al albergue de Granville y reservar plaza, porque antes de llegar a Saint Denit, mientras pedaleábamos, estuvimos comentado que después del día de agua que llevábamos y tal y como estaba el tiempo, lo mejor sería que esta noche nos quedáramos en un albergue en lugar de un camping, siempre y cuando hubiera plazas.

  Desde el albergue nos dijeron que en principio no había problemas para quedarnos allí, siempre que llegáramos a una hora prudencial. La opción de Granville suponía unos 6 km más que la de Julloville, además de otros tantos kilómetros que tendríamos que hacer mañana para ir de Granville a Julloville, pero como he dicho antes, mañana la etapa, al menos  sobre el papel, era más corta, y en cuanto a esta tarde, nos encontrábamos aún bien como para afrontar los 25 km que nos quedaban, lo que suponía que en circunstancias normales,  pedaleando sin excesivas prisas, y aún siendo el perfil rompepiernas como el del último tramo, podríamos estar en el albergue sobre las 7:30 o poco más.

  Rafa venía algo renqueante con una de sus rodillas desde que salimos de Saint Lo. Creo que fue al estirar, antes de salir, donde notó algo en la rodilla. Le dejé un gel antiinflamatorio que llevaba y nos pusimos de nuevo en marcha, ahora algo más tranquilos, teníamos tiempo de sobra siempre que las circunstancias ajenas a nosotros no fueran a peor.

  El cielo sigue igual de gris y de cerrado, al menos sobre nuestras cabezas, pero ha dejado de llover, y por esta zona parece que hace rato que no lo hace, puesto que la carretea está prácticamente seca, aunque en los alrededores se ven los charcos. ¡Menos mal!, parece que vamos a poder terminar algo más tranquilos y secos, y más cuando al mirar frente a nosotros, al fondo, en la zona de la costa que es a donde nos dirigíamos, la “boina negra y gris” que teníamos encima parece que va desapareciendo. Pero todo no es perfecto, y el perfil del recorrido, aunque sigue siendo rompepiernas, en estos 20 km hasta llegar a un cruce con una nueva carretera nacional, es mucho más acuciante, es decir, los repechos son más duros y las subidas y bajadas cortas se van encadenando una tras otra.

  En el cruce con la nacional toca darnos un respiro, aquí si que hay que andar con cuidado porque hay tráfico, nada que ver con el tramo de 10 km hasta Saint Lo. Lo único positivo es que son sólo cinco kilómetros.

  A la una, a las dos y a las tres.... giramos a la izquierda, nos metemos en la nacional y nos ponemos en fila india, intentando como siempre en estos casos, quitarnos lo más rápido posible este tramo “pestoso”. En el primer desvió que vemos a Granville nos metemos, girando a la derecha, sin pensarlo dos veces  saliendo de las garras del enemigo, del maligno, o sea, del p*t* tráfico (siguiendo por la nacional también hubiéramos llegado, de forma más recta y en menos tiempo, pero demasiada tensión por culpa del tráfico),

  Pasamos por un par de pueblos que están prácticamente pegados, es más, nos metemos en una laaaarrrrgaaaa calle que prácticamente une pueblos, y cuando pensaba que habíamos salido de uno de ellos y nos habíamos metido ya en Granville, resulta que estaba equivocado, que todavía quedaban dos o tres km para llegar, y supongo que serían ya las ganas de terminar, de ducharme y de  ponerme ropa seca, porque se me hizo un poco largo, y eso que desde que salimos de la nacional era todo en ligero descenso.

Estos pueblos por los que pasamos, ahora son pueblos catalogados como "Villas Floridas", y además tienen la máxima catalogación, cuatro estrellas, o mejor dicho, 'cuatro flores', según los carteles indicativos colocados a la entrada de las localidades, aunque sólo hace falta dar un vistazo a cómo tienen adornadas las calles y la rotondas para entender esta catalogación.



  Llegamos a Granville, al centro, a una de sus calles llenas de tiendas y preguntamos por el albergue. Nos dicen que está más abajo, en la playa, que no hay pérdida, que tiene vistas al mar y forma de barco.

  Con estas indicaciones no debería haber pérdida y así damos pronto con él, o mejor dicho, con el recinto donde está, porque no acabábamos de ver ningún cartel de albergue juvenil, y es que el albergue está un poco más en el interior de este recinto,  integrando dentro de una especie de club náutico.

  Frente a la recepción, justo al pasar un pequeño pasadizo, hay muchos catamaranes, y en los carteles que están pegados en los cristales y en las paredes, por los que voy curioseando mientras Gorka y Rafa se dirigen hacia el interior, por la puerta de entrada del personal (por que recepción esta cerrada), para buscar al encargado, voy viendo la lista de monitores para las diferentes actividades de este año, como windsurf o catamarán; también estuve curioseando entre los catamaranes porque los tenía allí mismo  mientras echaba un vistazo de vez en cuando a las bicis.

  Gorka y Rafa tardaron un poco en salir, arreglando el papeleo, así que además de curiosear aproveché también para ir estirando, que hoy habían salido 95 km, más o menos lo planeado, y eso que habíamos hecho al final unos 6 km más de lo previsto, pero como en el primer tramo de la etapa, optamos por seguir por carreteras secundarias, de forma más directa, que por carreteras locales o vecinales, ahorramos también bastante.

  Una vez solucionado el tema de la estancia, quitamos el equipaje de las burras, subimos éstas al bar y las amarramos en un rincón, junto a una mesa de billar. Después subimos a la primera planta por las escaleras, y al final de una especie de balcón corrido de 30 o 40 metros de largo,  estaba nuestra habitación. Desde el balcón había vistas al mar y a la playa, tal y como nos habían dicho.

  La habitación era para cuatro, pero sólo estuvimos nosotros tres, algo que se agradecía. Era nueva, amplia, cómoda, con dos duchas y cuarto de baño interior, todo un lujo. Mientras se duchaban los compañeros, aproveché para sacar la tienda de campaña y destenderla bajo la litera, para que “respirara” un poco, que se secara algo, porque después de todo el día de hoy, y el de mañana también, al encerrarla húmeda, tenía mis serias dudas de si después olería bastante a humedad.

  Después de la ducha, de la colada y con el gustazo de sentir la ropa seca, salimos fuera, a tomar unas cervezas en un bar cercano, no había muchas ganas de subir al centro a dar una vuelta, a parte de que se echaría la noche encima, y hoy teníamos ganas de cenar pronto y bien, de estar algo distendidos en la habitación escuchando algo de música o escribiendo unas notas de cómo habían ido las cosas en el día de hoy y de irnos pronto a dormir, porque no fui el único que anoche no pegó ojo entre unas cosas y otras, además del cansancio acumulado, no sólo por los kilómetros sino también por las circunstancias climatológicas y porque  tampoco hemos parado mucho al salir hoy muy tarde.

  De regreso a la habitación, recogemos la ropa que habíamos colgado en este largo balcón, al igual que habían hecho los de otras habitaciones, aunque apenas se había secado, había mucha humedad, tan sólo esperábamos que con el calor de la habitación se secara bastante para mañana no tener que guardarla húmeda en caso de que el tiempo siguiera igual.

  Hoy para cenar había buena ración de pasta, nos la habíamos merecido, aunque yo antes me metí un buen tazón de sopa caliente y me sentó de escándalo.

  Después de cenar escribo unas notas mientras escuchaba música que me había descargado en el móvil, con los auriculares puestos, para no despertar a Gorka que ya estaba en un sueño profundo y reparador.

  Me voy a la cama, cuento ovejitas: una, dos, tres... ¡y ya estoy drogui!.....zzzzzzzzz 



SÉPTIMA ETAPA: Granville – Mont Saint Michel
Distancia: 77 km - Tiempo en bici: 4:32:00 - Media: 17 km/h
Viernes, 5 de Agosto del 2011.

  Esta noche hemos dormido los tres del tirón, hemos recargado las baterías, aunque para terminar de cargarlas, a las 8:30 bajamos al salón donde daban los desayunos, y la verdad es que estuvo bastante bien, mejor que el del albergue de Caen.

  Bajamos el equipaje y las bicis a la calle, para montar de forma más cómoda las alforjas y resto del material, bajo el resguardo de esa especie de pasadizo que había junto a recepción, mientras a nuestro lado, ya estaban con las clases de catamaran los monitores, al aire libre y dispuestos a meterse en el mar, aunque de nuevo el día estaba feo, incluso esta noche ha debido de llover porque está todo el suelo mojado y con algunos charcos, y aunque ellos llevaban los trajes de neopreno, no es tirarse al mar lo que más apetecía en ese momento.

  A las 10, otra vez tarde, nos ponemos en marcha, pero apenas recorremos 50 metros y lo que creíamos que simplemente era una densa niebla, se convierte en sirimiri, así que vuelta atrás, nos ponemos de nuevo a cubierto, mientras nos ponemos los chubasqueros, petos reflectantes, y guardamos de nuevo la ropa que llevábamos sobre las alforjas para que terminara de secarse a lo largo del día. Rafa y Gorka aprovechan también para cubrir sus alforjas y protegerlas del agua, y yo aprovecho para hacer una foto de la playa y del contraste del colorido de las velas de los catamaranes con el cielo gris y un mar azul difuminado por la espesa niebla.


  Segundo intento, ahora si salimos definitivamente, y segundo día que lo hacemos con lluvia, aunque realmente lo de hoy no tiene nada que ver con lo de ayer, hoy es un sirimiri, un “engañabobos”, el tipo de agua que parece que no cae pero cuando te das cuenta estás empapado, mientras que ayer llovía con todas la de ley.

  En principio, la etapa de hoy era corta, al menos según lo planeado utilizando carreteras secundarias, pero esto era simplemente una referencia, porque sabíamos que a la altura de Pontaubault salía una “véloroute” hacia Mont Saint Michel, de 26 km de distancia, así que nuestra idea en un principio sería seguir el recorrido que teníamos marcado en el rutómetro, por carreteras secundarias, y después coger este tramo de “véloroute” o pista ciclable, despreocupándonos en ese tramo del tráfico, haciendo una parada breve en Avranches para comer alguna barrita y fruta, y después hacer el resto del tirón, hasta el camping de Mont Saint Michel, donde ya haríamos la comida, porque pensábamos que para las tres de la tarde podíamos estar allí de sobra. Pero como pasa en ocasiones, de nuevo los planes están para no cumplirse...

  Para empezar, tendríamos que hacer unos kilómetros extras hasta llegar a Julloville, que era nuestra segunda opción el día de ayer para el tema del alojamiento. Al final fueron unos 8 kilómetros por carretera paralela a la costa, con continuos sube-y-baja desde la salida, algo que no le gusta para nada a nuestras piernas, que arrancan en frío, con agua y sin coger el ritmo aún.

  Los alrededores son verdes y frondosos, algo que no me extraña ¿por qué será?. Desde la carretera, cuando la niebla y el agua nos lo permiten, se puede ver a nuestra derecha, la bahía, las playas y los acantilados, difuminados entre los jirones de nieblina que le dan un encanto especial, al menos para mi gusto.

  Seguimos nuestro itinerario por esta carreta que según los carteles está etiquetada como la “Ruta de la Bahía”, y que llega hasta el mismo Mont Saint Michel, y que tiene pinta de ser muy transitada, y así es en algunos tramos, aunque en otros, los menos, podemos ir relativamente cómodos.

  Cuando llegamos a Saint Jean le Thomas, vemos indicaciones de una “véloroute” de la que no teníamos información: “La véloroute de la Bahía”, y parecía que iba en la misma dirección que llevábamos nosotros, entre la carretera y la costa, así que decidimos cogerla para evitar el tráfico e ir más cómodos y relajados. ¡Fue nuestro primer error en el día de hoy!.

  La “véloroute”, bien señalizada, transitaba por una carretera local, sin tráfico, que pasaba por un par de pueblos pequeñitos y que daba la vuelta por la bahía, pero cuando nosotros llegamos al extremo nos encontramos al fondo, en la lejanía, perdido entre la niebla, el Mont Saint Michel, pero el problema es que en medio teníamos el mar, otro tramo de bahía, y ni siquiera podíamos bordearla para ahorrar camino y tiempo, la única opción era dar la vuelta y seguir por la carretera que llevábamos, por que el carril bici iba de nuevo por la costa pero en sentido contrario hacia atrás.

  Damos la vuelta, ¡qué remedio!. Esto supone unos 8 km extras entre la ida y la vuelta, hasta que de nuevo retomamos la carretera, “la ruta de la bahía”, y seguimos por ella.

  Un par de kilómetros antes de llegar a Avranches, donde teníamos pensado hacer una breve parada para comer algo, vemos a nuestra derecha un nuevo indicativo de pista ciclable y éste indica hacia el Mont Saint Michel. Lo cogemos, aunque está antes del que realmente tenemos nosotros anotado y que sale desde Pontaubault, pero el indicativo de carril para bicis y con la dirección a nuestra meta en el día de hoy, es claro, no parece que haya pérdidas, así que por lo menos evitamos la carretera, eso es lo que pensábamos.

  Una ligera subida por este carril estrecho y cruzamos el río por un pequeño puente, para salir a una carretera, donde no hay ninguna señalización de la pista ciclable, tan sólo señales de un GR.

  Según mi orientación e instinto deberíamos seguir hacia la izquierda, en la misma dirección que lleva la carretera, estaba prácticamente convencido de que era así, y además podíamos orientarnos por las señales del GR, así que aprovechamos este momento de parada por dudas, para comer algo, y justo entonces, aparece una pareja también en bici, cruzando el puente. Son belgas, y él lleva los mapas del recorrido de esta pista ciclable sobre el manillar.

  Como siempre, Gorka es nuestro relaciones públicas, así que le pregunta ante la escasa señalización que había sobre el recorrido, por la dirección a seguir, y sorprendentemente nos dice que la ruta sigue hacia la derecha, o sea, justo lo contrario de lo que pensaba o intuía, y la verdad es que no daba crédito a lo que decía, incluso me tuve que acercar y ver de cerca sus mapas y comprobar que efectivamente la ruta seguía por la derecha, buscando una vía de tren que estaba a unos 500 metros más adelante, cogiendo a la derecha.

  Lo estaba viendo pero no me lo acababa de creer, no me cuadraba, pero en el mapa estaba claro la dirección a seguir, así que la pareja siguió hacia delante, y nosotros salimos prácticamente detrás, sin perderlos de vistas, porque la verdad es que la señalización por aquí desaparece, no vemos ningún cartel y a mi esto me mosquea, porque cuando hemos cogido pistas ciclables, de las que nosotros teníamos anotadas en nuestra guía, siempre han estado muy bien marcadas, como la del “litoral del Sena Marítimo”. De todas formas, vamos detrás de ellos que son los que llevan el mapa con esta ruta, y menos mal, porque hay varios cruces donde no sabríamos por donde seguir.

  Llega un momento en que ellos paran para ver algo, cerca de una especie de aeródromo, y nosotros los pasamos y seguimos hacia delante, y vamos viendo que lo que estamos haciendo es una especie de círculo, sobre todo cuando llega un momento en que cogemos una carretera local justo en dirección contraria a la que llevábamos, o sea, otra vez en dirección hacia la zona donde habíamos parado y estuvimos preguntado a esta pareja belga. ¡Si ya decía yo que a mi esto no me cuadraba!...

  Lo que pensábamos es que sin duda, esta sería una de las muchas rutas que hay para hacer en bici, en los alrededores de la zona de Mont Saint Michel, y aparentemente es una ruta circular, así que como ya estábamos perdiendo mucho tiempo cogiendo pistas ciclables que no nos llevan a buen puerto, y haciendo kilómetros extras, decidimos intentar coger de nuevo la “ruta de la bahía” lo más pronto posible, o sea, la carretera que traíamos desde que salimos de Granville y que no deberíamos haber abandonado a menos que lo tuviéramos realmente claro, aunque la señalización antes de llegar a Avranches parecía clara y evidente, sin embargo no fue así.

  Una vez que retomamos de nuevo la “Ruta de la Bahía”, en apenas 4 ó 5 km llegamos a Pontabault, pasando el río sobre un puente al final del cual está ya el indicativo de la “Véloroute a Mont Saint Michel”, y la distancia que tenía, o sea, los 26 km que teníamos en nuestras anotaciones sobre esta pista ciclable. En este caso no había pérdida, ésta era la que teníamos que coger, y estaba justo donde había que cogerla y marcando la distancia del recorrido.

  Eran 26 kilómetros, y con tanto rodeo y tiempo perdido se nos había hecho tarde, más de lo que estimábamos, así que para evitar comer a las tantas en el camping, preferimos comer aquí, que este tipo de motores que llevamos ya iban necesitando combustible.

  Entramos en el pueblo para comprar pan y nos encontramos con otros dos cicloturistas, uno con carrito como el que se usa para llevar a los nenes.

  Junto al río, pasado el puente y en la dirección que teníamos que seguir, había una zona verde, con mesas y bancos, como en los merenderos, así que el sitio ideal.

  El cielo estaba cubierto, pero hacía rato que ya no lloviznaba, así que me quito el chubasquero y el peto reflectante y saco la ropa que lavé ayer y que aún está húmeda, para ponerla sobre las alforjas, lo mismo que hace Rafa, por lo menos para que le de el aire y no huela a humedad.

  Mientras estábamos con nuestro banquete particular, pasa un grupo de cinco españoles en bici, también en dirección a Mont Saint Michel, dos chicos y tres chicas. Nos saludan al ver la bandera española de mi bici ondeando al aire, y correspondemos con el saludo, aunque no paran, siguen hacia delante.

  Por momentos parece o da la impresión de bochorno, de humedad, de calor y esperemos que siga así, y que tengamos el resto de la tarde tranquila y podamos disfrutar.

  La pista ciclable tiene unos 9 o 10 kilómetros más que el recorrido por carretera, pero siempre es mucho más cómodo, porque no tiene tráfico o si lo tiene éste es mínimo. Esta pista ciclable no es siempre un carril bici, sino que en muchos casos se trata de carreteras locales poco transitadas, pero siempre con la ruta bien señalizada y con los kilómetros que restan entre puntos.

  El inconveniente, por llamarlo de alguna manera, es el rodeo que da esta “véloroute”, aunque no me sorprende, porque por eso es por lo que tiene varios kilómetros de más. Hay ocasiones en que vemos el Mont Saint Michel frente a nosotros, casi a tiro de piedra, ¡ya estamos ahí!, pensamos, y en ese momento nos topamos con una señal que indica tomar en otra dirección, dando un rodeo por pueblos o haciéndonos meter en ellos para después volver al mismo sitio, lo que hace que en alguna ocasión nos acordemos del celebérrimo “Camino de Santiago”, donde las flechas siempre te llevan a meterte en todos los pueblos y a travesarlos, aunque haya que subir, y aunque haya otro recorrido alternativo.

  Llega un momento que Rafa empieza a impacientarse, no entiende como teniendo nuestro objetivo tan cerca desde hace tiempo estemos dando tanto rodeo, pero claro, el rodeo es para evitar una carretera directa que posiblemente tenga más tráfico.

  De cualquier modo, este tramo se hace bastante bien, con buena temperatura, sin lluvia, sin tráfico, y con algún que otro cambio de rasante o repechito.

  En la parte final, por fin ponemos rumbo fijo, sin dar tantos rodeos. Llegamos a un pueblo con camping, pero el problema es que está a cuatro kilómetros de nuestro objetivo, mucha distancia para hacer después la visita turística, así que preguntamos y nos comentan que a kilómetro y medio antes de llegar a Mont Saint Michel hay otro camping.

  Salimos del pueblo, siempre con el Mont Saint Michel frente a nosotros, con esa forma piramidal. Toca ahora pedalear unos 3 km con tráfico intenso, en ocasiones hasta con retenciones, y todo debido al enorme turismo que acarrea esta zona y a que hay algunos tramos de la carretera que están en obras.

  A la altura donde nos dijeron que debería estar el camping, lo único que vemos es una zona de restaurantes y supermercados, a ambos lados de la carretera, no acabábamos de verlo, incluso llegamos a pasarlo de largo. Veíamos que nos estábamos alejando de la distancia que nos habían dicho, damos macha atrás, de nuevo hasta la zona de los restaurantes, y ahora sí damos con él, estaba al fondo, detrás de uno de los restaurantes y de un supermercado, accediendo a él por una especie de plaza, pero con escasa o nula señalización, y eso que era un camping de tres estrellas.

  Nuestro primer objetivo resuelto, no había problemas de alojamiento, y además tenían secadora para la ropa. En el tramo final de la etapa, veníamos comentando que si había secadora en el camping, tendríamos que utilizarla, porque la ropa de ayer aún estaba algo húmeda, y si hacíamos colada hoy, tampoco se iba a secar, porque aunque ahora no llovía y hacía buena temperatura, el cielo estaba lleno de nubes y había bastante humedad, y si se deja la ropa tendida por la noche, acaba por la mañana mucho peor, que bien parecería que la han metido en un cubo de agua, del relente que cae, y eso si es que no llueve...

  Nos vamos al interior del camping, a buscar nuestra parcela y montar nuestro campamento particular, pero hoy hay sorpresa, y es que el número de parcela que nos han dado ya está ocupado, hay una tienda grande y otro espacio que es para el coche, que vino justo cuando andábamos nosotros con las dudas de si era ese o no nuestro sitio. Se trataba de una pareja, no me acuerdo de que nacionalidad eran, pero al final les hicimos ver que se habían equivocado de sitio, pero como ellos ya tenían todo montado, nos tocó a nosotros cambiarnos de sitio, así que a Gorka, nuestro “relaciones pública”, le tocó de nuevo ir a recepción para que nos asignaran otra lugar.

  Montamos el campamento y colocamos los pulpos entre árboles y los setos para después tender la ropa sobre ellos, aunque yo aprovecho y pongo la que lavé ayer, que estaba ya prácticamente seca, porque desde que paramos a comer y dejó el sirimiri, la había sacado y puesto sobre las alforjas, y porque al igual que Rafa, no me arriesgaba a lavar las dos mudas y que después la secadora no funcionara bien.

  Las duchas, servicios y la zona para hacer la colada estaban en en edificio al que se accedía con una especie de llave-tarjeta, y la zona de lavadora-secadora estaba frente a recepción, así que mientras esperábamos a que terminara la secadora, unos 45 minutos, (la ropa la lavamos a mano para perder menos tiempo), aprovechamos para tomarnos una cerveza y unos frutos secos sentados en un banco, en una especie de plaza que precede al camping, como ya he comentado antes, entre un restaurante y un supermercado (que es en donde Rafa compró las cervezas).

  Pasados los tres cuartos de hora vamos a recoger la ropa y ¡sorpresa!, sigue estando húmeda, no está seca del todo, y Gorka había lavado las dos mudas, así que a él no le importaba volver a poner de nuevo la secadora, pero yo no tenía ganas de estar otros 45 minutos de espera, perdiendo el tiempo.

  Antes de llegar al camping, les estuve comentando que ya que íbamos a llegar más tarde de lo previsto, lo mejor sería que montáramos las tiendas, nos ducháramos, laváramos la ropa y si hubiera secadora pues ponerla, y después, relajadamente, fuéramos dando un paseo (casi dos kilómetros) hacia Mont Saint Michel y visitáramos todo lo que fuera de acceso libre, mientras que la parte de la visita de pago,la dejaríamos para mañana, bien temprano, en cuanto abrieran, porque yo tenía anotado que cerraban a las 7 de la tarde y para esa hora íbamos a andar muy justos de tiempo.

  Después de colgar la ropa, cogemos las cámaras de fotos y ¡ea!, un paseito hasta nuestro objetivo, a donde se puede llegar andando por unos carriles-caminos paralelos a la carretera. Intenso trasiego de gente y de coches, y más en estos momentos, que debe ser hora punta de salida, porque hay atasco en la carretera, justo en la zona de salida de los aparcamientos, la cual es enorme, bestial, y aún está repleta de coches y autocaravanas intentando salir.

  Al acercarnos e ir teniendo frente a nosotros este pequeño monte-península, comenzamos a echar fotos, al igual que hace la mayoría de la gente que va andando por aquí.


  Cada vez cuesta más que algo me impresione, pero las vistas de Mont Saint Michel son espectaculares, y eso a pesar de que ya lo he visto en multitud de fotos por internet, desde todos los ángulos y posiciones, en todas las épocas del año, de noche y de día, al amanecer y al atardecer, con niebla y con lluvia, con marea baja y alta, fotos tomadas desde arriba, en avión, etc... pero aún así sigue impresionando, sobre todo al verlo ahora, en vivo y en directo, y para mi, me impresionan mucho más las vistas desde el exterior que el recorrido intramuros, aunque las vistas desde la terraza de la iglesia, en la parte más alta son también una pasada, observando el atardecer, con el sol ocultándose entre las nubes y algunas personas paseando descalzas por la arena y charcos en los alrededores de la muralla, aprovechando la marea baja. Vistas desde arriba parecen pequeños puntitos, pequeñas hormigas caminando.


  Desde fuera, este pequeño monte junto con las construcciones que se han hecho en él, aprovechando su estructura, le confieren una forma piramidal, en cuya base se encuentran las murallas y torres, mientras que la parte alta estaría el monasterio o abadía, rematado con una torre cuyo tejado en pico culmina el vértice alto de la pirámide. Está rodeado de agua, como una península en minniatura, unida a la costa por un pequeño hilo de tierra, la carretera, así que cuando hay marea alta se queda prácticamente aislada, lo que sin duda le confiers otro elemento defensivo más, junto con sus murallas.

  Tan sólo una única calle, estrecha, de piedra, tanto el firme como los edificios que la forman, y en subida, con ligera rampa al principio y después escaleras que conducen a la parte alta, al monasterio, aunque antes hay miradores y la iglesia de Saint Pierre.

  Cruzamos la puerta de entrada bajo las murallas y entramos en un recinto algo más ancho que la estrecha calle que sale después de cruzar la siguiente puerta. En este recinto unas empinadas escalaras conducen a las torres redondas de las murallas.


  La calle de porte medieval, está repleta de tiendas de souvenirs, cafeterías, restaurantes, etc. Toda la parte baja de los edificios son tiendas, lo que para mi le resta mucho encanto, demasiado comercio, acrecentado por esta oleada masiva de turismo, ¡poderoso caballero, don dinero!.

  En algún sitio he leído que Mont Saint Michel es el segundo lugar más visitado de Francia, creo que después de la afamada Torre Eifel en París, y a juzgar por lo que veo y por lo que he visto fuera, no me extraña nada. Tanto en el exterior como en el interior hay mucha gente, pero a pesar de eso, a esta hora, sobre las 7:30 u 8 de la tarde, se puede andar por allí sin mucho problema, pero no quiero ni pensar lo que puede ser esto en las horas centrales, porque viendo la cantidad impresionante de coches que había en el parking y los que estaban saliendo, poder moverse con cierta tranquilidad por la zona intramuros a esas hora puede ser complicado como para poder disfrutar relajadamente de este sitio donde nos encontrábamos, supongo que habrá demasiada aglomeración, así que desde este punto de vista, estoy contento de poder realizar esta visita sin tanta masificación, aunque haya sido por circunstancias ajenas a nuestros planes.

  Mientras Rafa y Gorka siguen subiendo, yo aprovecho un descansillo a la izquierda, donde se asienta la pequeña iglesia de Saint Pierre, para hacer una visita a su interior.

  Seguimos con la visita, subiendo las escaleras, viendo las paredes verticales de la iglesia del monasterio, que se elevan vertiginosamente hacia el cielo. Llegamos a la zona donde se sacan las entradas para la visita y que también es la zona por donde se sale una vez realizada dicha visita, coincidiendo con la tienda de venta de artículos relacionados con Mont Saint Michel, aunque también venden libros, y aquí, al “inconsciente” de Gorka no se le ocurre otra cosa que comprar en edición de bolsillo el libro de los “Pilares de la Tierra”, aunque en inglés, y lo de “inconsciente” lo digo porque se iba a echar a las alforjas medio kilo extra con el que iba a tener que cargar durante todo el viaje, cuando el libro supongo que lo puede comprar por internet desde su casa, pero le haría ilusión comprarlo aquí...

  Preguntamos por el horario, por si aún se podía entrar, ya que vimos gente sacando entradas, aunque yo pensaba por lo que vi en la guía que cerraban a las 7 y ya era mucho más tarde, las ocho pasadas, pero resulta que ahora, no sé si por ser horario de verano, estaba abierto nada más y nada menos que hasta las 12 de la noche, así que sacamos las entradas. Aquello fue lo mejor que nos podía pasar, porque por un lado no teníamos que dedicar la mañana siguiente a esta visita, con lo que nos ahorraríamos ese tiempo y podríamos estar en Saint Malo tranquilamente a la hora de comer, puesto que la etapa de mañana era la más corta de la ruta que estábamos haciendo; pero por otro lado, podíamos realizar la visita sin agobios, sin aglomeraciones.

  La visita muy bien, enriquecedora, pero más lo hubiera sido si fuera una visita guiada, y sobre todo, me quedo con la iglesia, el claustro, y la terraza que precede a la iglesia desde donde se tienen unas muy buenas vistas de los alrededores, vistas desde uno de los puntos más altos. En la iglesia además, coincidimos con la hora previa a la misa, y allí, junto al altar, un grupo de monjes y monjas vestidos de blanco, estaban con sus cánticos, en los que cualquiera que se atreviera podía participar porque sobre los bancos tenían las letras de las canciones, que me sonaban a música celestial, armónica, relajante, y más en ese entorno, donde además se respiraba olor a incienso. Estuvimos un rato escuchando, aunque creo que a Gorka y a Rafa estos cánticos no les producían el mismo efecto que a mí, y al poco empezaron a merodear por los alrededores, mientras yo seguí por allí un rato más.

  El claustro también me gustó bastante, tiene en un lateral una abertura, una especie de balcón con vistas al mar. Desde el claustro se entra en otra sala, donde hay una chica tocando el violonchelo, y por otra pequeña puerta, bajando unas escaleras, es por donde se acaba saliendo de la visita después de bajar unas escaleras. Durante todo el recorrido hay muchas actividades a lo largo de las diferentes salas, en otra sala por ejemplo, estaba a punto de empezar otra chica a tocar la guitarra, y en otras había exposiciones multimedia, aunque a algunas de ellas no les veía ningún sentido, eran ridículas, como atracción de circo, y al menos para mi gusto, no estaba de acorde con aquel recinto, con aquel monumento que estábamos visitando, otras en cambio si estaban bien, integradas con el entorno y la arquitectura donde se proyectaban.


  Terminamos la visita y ahora bajamos por otro lado, por una zona de jardines, hasta salir de la zona amurallada por la misma puerta por la que entramos.


  Va oscureciendo, y de camino al camping, vamos viendo gente parada al borde camino, con sus trípodes y cámaras de fotos, esperando con paciencia que oscureciera más y que se encendieran las luces en el interior y en las murallas, y hacer unas fotos nocturnas de este entorno.

  Nosotros seguimos hacia la zona del camping, donde esta noche toca cena en uno de los restaurantes que estaban al lado, pago yo, que para eso era mi cumpleaños, y sin lugar a dudas, la visita a Mont Saint Michel, había sido un buen regalo, y ya de paso, celebramos nuestra primera semana de viaje, de pedaleo por tierras normandas, porque mañana ya entraremos en la Bretaña, con un recorrido paralelo a la costa.

  Haciendo resumen del día de hoy, podría decir que ha sido un día entretenido y completito, en el que hemos acabado haciendo 26 km más de lo anotado en el recorrido de referencia, aunque antes de salir hoy, ya contábamos con hacer kilómetros extras, como los primeros de la etapa de hoy entre Granville y Julloville, o los extras por coger la pista ciclable entre Pontaubault y Mont Saint Michel, pero con lo que no contábamos era con otros recorridos extras realizados al tomar decisiones equivocadas en cuanto a coger pistas ciclables o itinerarios marcados, que no estaban previstos, y todo con el afán de utilizar en la medida de lo posible, estas recorridos para bici y evitar así el tráfico, pero así son las cosas del directo, las cosas no planificadas, en las que a veces nos podemos llevar una grata sorpresa al coger algún camino o carril bici con el que no contabas y que te lleva al destino y otras veces, como hoy, nos sale el tiro por la culata, y es que hasta en dos ocasiones, y casi seguidas, tenemos que darnos la vuelta y seguir los planes iniciales, con el consiguiente extra de kilómetros y pérdida de tiempo. En definitiva y como he dicho, 26 km más de los que estaban marcados en el recorrido de referencia, pero después de todo, hemos podido disfrutar de un paseo por Mont Saint Michel, e incluso de realizar la visita al interior del monasterio eludiendo las grandes aglomeraciones, ¡y mañana más!.



OCTAVA ETAPA: Mont Saint Michel – Saint Malo
Distancia: 47 km - Tiempo en bici: 2:46:00 - Media: 17 km/h
Sábado, 6 de Agosto del 2011.

  Un poco antes de las 8 ya estábamos en pie, y aunque no llovía en ese momento, de nuevo el cielo estaba completamente cubierto y en el ambiente se respiraba humedad.

  Sobre las 8:15, después de pasar por los aseos y de recoger las alforjas, exceptuando 'los trastos' del desayuno, nos ponemos a desayunar, fuera de las tiendas, que habíamos dejado montadas hasta última hora para ver si podían secarse del relente de la mañana, algo complicado con esta humedad. 


  Nos sentamos en el césped, empezamos a calentar el café y damos paso a la rutina diaria del desayuno, pero a los diez minutos comienza a llover, no es una lluvia fuerte, es otra vez el típico sirimiri envuelto en una ligera nieblina, pero lo suficiente como para acabar jodiéndonos el desayuno, así que rápidamente, lo antes posible, intentamos desmontar las tiendas para que no se mojen demasiado.

  Cuando todo parecía que íbamos a salir hoy un poquito antes de lo normal, debido a que tuvimos que recoger el puesto rápidamente, quedándonos a medio desayunar, resulta que Gorka no encuentra su móvil. Comienza a revisar por la parcela pero nada, así que tuvimos que ponernos bajo el cobijo de unos árboles para protegernos en parte del agua, mientras él comienza a deshacer las alforjas y la bolsa donde tienen la tienda de campaña por si lo ha dejando dentro de la tienda con las prisas... después de un rato, por fin aparece el móvil, creo que al final lo tenía en el neceser, lo metería allí con las prisas por desmontar las tiendas y recoger todo para que no se mojara.

  Al final acabamos saliendo del camping prácticamente a la hora de siempre, con los chubasqueros puestos, en un día gris, triste, oscuro, húmedo, con temperatura fresca y otra vez con agua, en fin, un día en lo que menos apetece es ponerse a pedalear. Es como esos días de invierno en los que a uno le gusta estar dentro de casa, calentito, viendo caer el agua por la ventana mientras toma un café y lee un libro, pero aquí toca pedalear, ¡qué le vamos a hacer!, ¡la aventura es la aventura!.. pero lo que más fastidia es que la tarde-noche de ayer estuvo finalmente muy bien, con algo de sol y temperatura agradable, y no hacía presagiar que esta mañana estuviera así.... pero tendremos que ir acostumbrándonos a esto.

  Toca deshacer dos o tres kilómetros de los que hicimos ayer, hasta llegar al pueblo de Beauvoir, que fue donde paramos a preguntar por un camping más cercano a Mont Saint Michel. Hasta aquí llegamos bien, con menos tráfico en este pequeño tramo del que nos encontramos ayer por la tarde.

  Pero una vez llegados aquí, no vemos señalizaciones por ninguna parte para ir a los siguientes items que teníamos marcados: Quatre Salines y Cherrueix, y es que esta primera parte estaba prevista hacerla por carreteras locales y estos items serían más bien aldeas o pequeños pueblos, que no venían en el mapa a mayor escala que llevamos y tampoco veíamos indicaciones para llegar a ellos.

  Gorka desmonta de su burra y entre en un bar a preguntar. El desvío que teníamos que coger estaba unos metros más atrás, aunque no ponía nada de los pueblos de paso que teníamos marcado en nuestra hoja de ruta. En la dirección que traíamos desde el camping, teníamos que tomar a la derecha, y cruzar un pequeño puente sobre un río o canal que en línea recta parece desembocar, en la lejanía, en las mismas faldas del Mont Saint Michel, el cual aparece al fondo, con su silueta piramidal recortada, difuminada, entre la niebla y el sirimiri; sólo se observa su forma, ningún detalle de murallas o estructuras. Paro en mitad del puente y hago una foto, aunque pararse hacer fotos con este tiempo es un poco engorroso y la mayoría de las veces acabo por no hacerlas.



  Cruzamos el puente y giramos a la izquierda. Hay varias indicaciones pero ninguna de ellas aparece en nuestro rutómetro. Seguimos rumbo por nuestra propia orientación, o sea, que había que seguir rumbo noroeste hasta llegar a la costa y de nuevo, paralela a ella, llegar a nuestro destino en el día de hoy, en la etapa más corta de toda la ruta.

  Pedaleamos por carreteras locales, con largas rectas, sin encontrarnos prácticamente a nadie, tan sólo algún coche de turismo que decide adentrarse por este tipo de carretera buscando algo distinto, adentrándose en la Bretaña más profunda, e incluso alguno era español, porque al pasar por nuestro lado nos pita y saluda efusivamente, y es que la bandera que llevo nos identifica claramente.

  Por esta zona por la que pedaleamos ahora, ya hemos dejado la Normandía (prácticamente Mont Saint Michel hace frontera) y nos adentramos en las verdes praderas de Bretaña, pasando por zonas más rurales, alejadas del turismo, y por alguna que otra aldea, pero ninguna de ellas es uno de nuestros objetivos.

  En alguna ocasión, en una de estas aldeas, paramos al ver una furgoneta de la oficina de correo, y al preguntar al cartero, que esta caso era una chica, la verdad es que no nos ayuda demasiado, no sabe decirnos en qué dirección están los items que teníamos que seguir. Pues nada, seguiremos rumbo noroeste y ya apareceríamos en algún sitio, aunque no acabábamos de salir de nuestro asombro ¿cómo es posible que esta chica que está repartiendo el correo con la furgoneta por estos pueblos-aldeas, no sepa darnos explicaciones de por donde están los sitios por los que teníamos que pasar y que estaban relativamente cerca de allí?, lo único que se nos ocurre es que ella no fuera de allí, estuviera de sustituciones y esos sitios no estuvieran en su ruta de reparto, en la que pone su GPS y se acabó, no sabe más del entorno donde se mueve; es la única explicación que teníamos para esto.

  Vemos un cartel con el número de la carretera, creo que era la D797, y al consultar el mapa vemos que vamos bien, estamos en el buen camino, aunque no era el que realmente teníamos previsto.

  Después de seguir 9 kilómetros por esta carretera, salimos a un cruce, donde ahora ya si marca la dirección a Cherrueix, a nuestra derecha, a 14 kilómetros hacia el norte, y a donde deberíamos haber llegado por otro sitio, pero como se suele decir “todos los caminos conducen a Roma”.

  Desde que dejamos Beauvoir y hasta este cruce, prácticamente podemos contar con los dedos de una mano los coches que nos hemos encontrado, pero al coger esta carretera nueva ahora, notamos que hay algo más de tráfico, con la carretera completamente mojada porque aún sigue lloviendo, así que aumenta la tensión, no podemos ir tan relajados como habíamos venido hasta ahora.

  Vamos pendientes del tráfico pero tranquilos, sin prisa pero sin pausa, conscientes de que vamos en la dirección correcta; devoramos kilómetros debido a que no tenemos paradas planificadas para visitas culturales, con lo que todo el tiempo lo empleamos en pedalear.

  Cuando llegamos a Vivier sur Mer, ya llevábamos un rato en que había dejado de llover, así que aprovechamos para hacer una parada aquí, junto a la playa, ya en la costa, para tomar una fruta y una barrita energética.

  Aunque desde aquí ya iremos durante un buen tramo paralelos a la playa, con las vistas del mar a nuestra derecha, las mejores vistas del día, al menos para mi, aunque sin ser nada del otro mundo, estuvieron durante el tramo entre Saint Benoît des Ondes y el descenso al cruce de Cancan.

  Seguimos camino, avanzando rápidamente por terreno totalmente llano en un día que sigue igual de gris que al levantarnos esta mañana, y en el que por suerte ya había parado de llover, y así, nos plantamos en los alrededores de Saint Malo, donde paramos en un supermercado para hacer la compra de los dos próximos días.

  Con la compra hecha y las alforjas repletas, después de algún que otro despiste en alguna que otra rotonda, nos encaminamos dirección centro, pero antes de llegar a él, nos topamos con el albergue.

  Llegamos a las 14:45, pero tenemos el inconveniente de que hasta las cinco de la tarde no podemos entrar en las habitaciones, ¡vaya putada!, para un día que llegamos con tiempo más que de sobra para poder disfrutar a tope de la ciudad, resulta que tenemos que esperar un par de horas, y por si fuera poco, tampoco podíamos quedarnos los tres en la misma habitación, así que Gorka y Rafa irían a una habitación, y yo a otra de 4 camas, aunque hasta la noche no tendría acompañantes por allí.

  Por si fuera poco, necesitábamos un carnet de alberguista, no era necesario que lo tuviéramos los tres (al menos en este albergue porque en otros nos lo pedirían a todos) y como yo era el único que lo tenía, Gorka me dijo que se lo dejara para hacer los trámites, y aquí viene la sorpresa, cuando voy a echar mano de él veo que no lo tengo, y es cuando caigo en la cuenta de que me lo he dejado en el albergue de San Sebastian, ¡esto es la leche!, después de haberlo hecho expresamente para este viaje y evitar así cualquier trámite o que costara más caro sacarlo en Francia, resulta que me lo dejo olvidado en España en el primer albergue que me quedo en este viaje (y no era la primera vez que me pasa esto, porque ya en Roma también me lo dejé allí, aunque al menos en ese caso fue ya final de viaje). Al final, es Gorka quien se hace el carnet, porque en principio sólo necesitábamos uno, pero en días posteriores, Rafa y yo nos veríamos obligados también a hacérnoslo, y de nuevo con sorpresa, porque es más barato que en España, siete euros, mientras que a mí me cobraron creo que doce euros.

  Para aprovechar las dos horas de espera, nos fuimos a una especie de sala-cocina que tenía el albergue, algo separada de lo que era el edificio pero dentro del mismo recinto. Cerveza (que habíamos comprado un rato antes en el super), comida, fruta, café y galletas de chocolate de postre, y si bien es cierto que desde poco antes de llegar a Vivier sur Mer hasta Saint Malo no nos había llovido, justo ahora, cuando estábamos comiendo, vemos por la ventana como de nuevo comienza a llover.

  Para las cuatro ya estábamos listos, pero aún quedaba esperar otra hora, que podíamos haber aprovechado si hubiéramos sido más espabilados, para cambiarnos de ropa en los servicios y poner la lavadora y la secadora con las que contaba el albergue, y así evitar la otra hora y media de espera que tuvimos que aguantar después de dejar las alforjas en las habitaciones y ducharnos; de esta forma hubiéramos tenido más tiempo para visitar el centro, pero las cosas son así, cuando a uno le entra la 'modorra' no piensa...

  A las cinco y cuarto por fin pudimos entrar en las habitaciones. Ellos tenían ya compañía, mientras que la mía de momento estaba libre, aunque supongo que si nos han colocado en habitaciones separadas es porque habrá reservas hechas.

  Ducha, cambio de ropa, y a bajar a la primera planta para poner la lavadora con la ropa de los tres, mientras esperamos sentados en un banco del patio. Parecía que por fin había dejado de llover, e incluso de vez en cuando salía una bocanada de sol, mientras dábamos cuenta de unas cervezas y unos frutos secos, y al menos yo, leía en la guía que habíamos preparado, sobre lo que podíamos visitar de esta ciudad en esta tarde, de la que cada vez nos iba quedando menos tiempo, porque después de la lavadora, le tocó el turno a la secadora, y por si fuera poco, cuando regresamos, nos dimos cuenta de que había terminado y que alguien había vuelto a ponerla, colocando su ropa con la nuestra, en lugar de haberla sacado y dejarla por allí, así que de nuevo a esperar otro rato... lo llevo por dentro, pero tengo un buen cabreo. Precisamente hoy que estaba planificada una etapa corta, que habíamos llegado sin problemas, y que podíamos permitirnos el lujo de comer en el lugar de destino y tener toda la tarde para disfrutar de Saint Malo, un lugar que como veríamos después, merece y mucho la pena visitar, nos encontramos con que hemos perdido media tarde sin hacer nada de provecho.

  Por fin salimos del recinto del albergue, ¡qué ganas tenía!, siguiendo una larga y recta calle que conduce hacia el centro, en un largo paseo, en el que al principio se disfrutan de unas vistas de los edificios conservados con muy buen gusto en un tipo de arquitectura que intento emparentar con la victoriana, para después abrirse la calle, con edificios a la izquierda y la playa a la derecha, paseando por una especie de paseo marítimo, mientras cae el sol en el atardecer. Mirando al fondo, podemos ver a la izquierda las murallas del castillo, cerca del puerto, mientras a la derecha está la silueta a contraluz, del Fort Nacional (construido en 1689 por Vauban, el famoso arquitecto militar de Luis XIV), al que se puede acceder desde los alrededores de las murallas del castillo por un tramo de tierra que queda al descubierto cuando hay marea baja. En la playa hay gente paseando y corriendo por las arenas húmedas producto de la marea baja.


  El sol va cayendo cada vez más y nos regala un rojo atardecer que desata un fervor inusitado por la fotografía entre todos los turistas que se encuentran por el paseo, todos quieren retratarse en el paseo, con el fondo de las murallas del castillo a la izquierda, el Fort Nacional a la derecha, el sol rojizo en el centro, y también alguna que otra gaviota que no quiere perder al oportunidad de posar antes las cámaras.




  Después de este bonito y agradable paseo, vamos bordeando las murallas del castillo a nuestra derecha, mientras que a nuestra izquierda se encuentra el puerto. Nos adentramos en la antigua ciudad pasando por una de sus puertas de entrada bajo las murallas, y es que St. Malo, es una antigua ciudad fortificada que ocupa una situación estratégica en la desembocadura del río Rance, gozando su puerto entre los siglos XVI y XIX de gran influencia y prosperidad. El nombre de la ciudad proviene de un moje galés, Maclou, que desembarcó aquí en el s. VI para difundir el mensaje cristiano


  Intramuros, pequeñas plazas, calles estrechas, alargadas y laberínticas, repletas de tiendas, restaurantes y crêperíes que a esta hora están abarrotados. Damos una vuelta, pasamos junto a la catedral, cerrada a esta hora, y nos entretenemos con algún que otro espectáculo callejero.

  Es ya casi de noche y es la hora de la cena, al menos para nosotros, y el olor al paso por las pizzerias, crêperies, o por los locales con los dulces en los mostradores, hacen que vayan entrando en funcionamiento los jugos gástricos... ¡pero si es que a estos sitios hay que venir ya con el estómago lleno, porque sino esto es una locura, una tentación irresistible!, o eso, o me temo que vamos a llegar a casa con kilos de más...

  Ya de noche regresamos al albergue, de nuevo otro buen paseo de unos 40 minutos. Después subimos a las habitaciones para coger la mochila con las cosas de la cena y bajamos de nuevo a la sala-cocina donde estuvimos comiendo este mediodía.

  Al subir a la habitación ya me percato de que tengo compañeros, aunque ahora no hay nadie, pero sus cosas están encima de las camas, además estás ocupadas las tres que quedaban.

  Cuando entramos en la sala-cocina nos comentan que están a punto de cerrarla, así que tenemos que cenar rapiditos, y después, directos a las habitaciones, no hay otra opción, la sala de ocio está cerrada y el bar también.

  Yo aprovecho que en la habitación no están los nuevos compañeros para escribir las notas del día y leer sobre la etapa de mañana, antes de irme a la cama, sobre las doce y media de la noche.



NOVENA ETAPA: Saint Malo - Saint Méen le Grand.
Distancia: 93 km - Tiempo en bici: 5:43:15 - Media: 16,27 km/h
Domingo, 7 de Agosto del 2011.

  ¡Esta noche he dormido muy poco!. Me fui a la cama tarde y a las tres, llegaron los otros compañeros de habitación, y aunque intentaron hacer poco ruido lo cierto es que me desvelaron totalmente y para colmo, a las siete empezaron a sonar las alarmas de sus despertadores, y a partir de ahí ya fui imposible dormir algo: el bajar y subir de las literas, los turnos para ducharse (la habitación tenía servicios y ducha), el ir y venir a la habitación de al lado donde estaban las compañeras, el móvil de uno de ellos que se dejó con la puñetera alarma encendida mientras dos de ellos estaban en la habitación de al lado y otro en la ducha (a punto estuve de levantarme, subir a la litera, buscar el puñetero móvil, abrir la puerta del balcón y tirar el teléfono con la alarma sonando a la calle)...

  Creo que con los que me ha tocado compartir habitación son del grupo que vimos ayer tarde cuando estábamos sentados en el patio esperando a que acabara la lavadora-secadora; ellos llegaban perfectamente trajeados y ellas con vestidos de fiesta, y creo que lo único que hicieron fue dejar las maletas, porque ya tendrían hecha la reserva, y largarse, no se si algún tipo de fiesta o a una boda, que es de lo que tenía pinta aquello, lo malo es que esta noche me han dado a mi la post-boda, bautizo y comunión todo junto y por el mismo precio.

  De camino a la sala del albergue donde sirven los desayunos, les comento a Gorka y a Rafa la noche movidita que he tenido. Ellos en cambio, parece que han tenido mejor suerte.

  A las 10 de la mañana, de nuevo a las 10, y parece que éste es nuestro sino, salimos del albergue, después de un copioso desayuno, y por primera vez sin tener las cosas claras, sin saber muy bien qué dirección seguir para salir de Saint Malo.

  Decidimos ir hacia el centro histórico, donde estuvimos ayer tarde, recordando de paso aquellas 'bonitas postales' al atardecer, pasando de nuevo entre las murallas y torres del castillo, a nuestra derecha, y el puerto a nuestra izquierda, y siguiendo a partir de aquí los carteles que señalaban “Todas las direcciones”.

  Este recorrido lo que hace es ir bordeando la ciudad, así que vamos haciendo varios kilómetros extras, hasta que al fin, vemos un cartel que indica la dirección a Dinard, a la derecha. Cogemos este desvío, pasamos unas cuantas calles más, hasta que terminamos saliendo de Saint Malo por otra larga calle en ligera subida.

  Mi idea era seguir dirección Dinard (al noroeste), pero sin llegar allí, o sea, seguir dirección oeste para encontrarnos con la vía verde que iba desde Dinard a Dinan, para después seguir por ella, en dirección sur hacia ésta última localidad.

  Como teníamos que seguir al principio la dirección a Dinard, cogemos el primer desvío que nos encontramos con esta dirección, pero al poco vemos que nos hemos metido en la boca del lobo, porque acabamos accediendo a una carretera de doble carril, con mucho tráfico y además a mucha velocidad.

  No esperábamos esto, pero viendo el mapa efectivamente aparece un pequeño tramo de doble carril. No hay otra carretera cerca, así que no hay más remedio, hay que jugársela. Con bastante inquietud nos ponemos en marcha, en fila india, para salvar inicialmente unos tres kilómetros en bajada, con alguna que otra curva cerrada, hasta llegar al puente, al término del cual y a la derecha, hay una pequeña oficina de turismo, así que allí nos dirigimos esperando que desde aquí podamos acceder a la zona donde queremos, sin necesidad de seguir por esta misma carretera de doble carril, y durante otros 3 o 4 kilómetros, hacia Dinard.

  En la oficina de información a Gorka le dicen que estamos en el término de Richards, y que el pueblo como tal está a dos kilómetros de allí, aunque tendríamos que seguir un poquito más por esta carretera del diablo y coger después el primer desvío a la izquierda. A partir de este pueblo tendríamos que empezar a buscar la vía verde que baja desde Dinard.

  Aprovechamos que el tráfico en ese momento estaba cortado porque están levantando el puente para que pasara un barco, y poder hacer este pequeño tramo de carretera chunga, por el tráfico y por la velocidad a la que van los coches, más tranquilos. Son unos 800 metros en subida hasta llegar al desvío, después cogemos a la izquierda una carretera local, estrecha, rodeada de arboleda, tranquila y en ligera bajada, en la que nos vamos liberando de la tensión de este corto tramo de carretera de doble carril que nos hemos visto obligado a coger.

  Un par de kilómetros más y ya estamos en Richards, a partir de aquí tenemos que empezar a buscar la vía verde, o en todo caso seguir la dirección que llevamos, hacia el sur, y ya nos toparemos con algún cartel que nos indique donde cogerla. Pero algunas veces uno se deja llevar y después pasa lo que pasa, que acabamos dando unos rodeos de la leche y haciendo kilómetros extras por la cara.

  En una pequeña plaza del pueblo, Gorka para a preguntar a un hombre sobre la vía verde de Dinard y dónde cogerla, y más que responder, parece que el hombre se está confesando, porque al igual que Rafa, yo tampoco entiendo cómo se pueden llevar diez o quince minutos para que te digan a la izquierda, o a la derecha o por aquí o por allá. para que te indiquen uno u otro camino, y al final pasa lo que pasa, que si acabas preguntado dónde se coge la vía verde de Dinard, pues te mandan a Dinard, aunque no directamente claro, sino que te dicen por aquí y por allá, y después al llegar a tal polígono giras por tal sitio y cuando veas nosequé entonces vas hacia el otro lado... y la verdad es que muy bien, nos evita coger de nuevo la carretea de doble carril o carreteras transitadas, pero es que no entendía después de lo que nos estaba traduciendo Gorka, dónde nos quería mandar y creo que Gorka tampoco, aunque se quedó con la indicaciones iniciales.

  Después de debatir un rato entre nosotros, seguimos las indicaciones que le habían estado dando a Gorka, que era todo lo contrario de lo que yo pensaba, puesto que mi idea era, como he dicho, que en el caso de tener dudas en este punto para acceder a la vía verde, seguir por la carretera que traíamos, que además era con un recorrido bonito y tranquilo, en dirección sur, y ya nos encontraríamos con alguna indicación para poder acceder a la vía verde, pero no, al final acabamos siguiendo dirección norte, en ligera subida, pasando por algún que otro pueblo y por algún que otro polígono, y parando Gorka a preguntar en varias ocasiones, hasta que al final acabamos llegando a Dinard, y entre otras cosas, gracias a un tío que estaba haciendo footing, y que hasta en tres ocasiones nos llegó a coger y en las tres ocasiones nos llegó a rectificar el camino a seguir, y en la última rectificación yo creo que el buen hombre debió de pegar un buen sprint y echar casi hasta el higadillo para hacernos ver que íbamos equivocados en relación a las indicaciones que nos había dado.

  Lo único que puedo decir, que sólo por encontrase uno con gente tan cordial, amable y colaborativa como este buen hombre, merece la pena viajar, así que esta etapa hay que dedicársela a él.

  Con las últimas indicaciones dadas por el corredor, pronto llegamos al lugar donde se inicia la vía verde en Dinard, que precisamente era lo que quería evitar cuando salimos esta mañana, y adonde hemos llegado después de dar un buen rodeo, pero en fin, esto es lo que hay y ya estamos aquí, así que ahora a disfrutar de este carril sin estar pendiente de los coches, de los cruces e indicaciones, simplemente dejarnos llevar hacia el sur, hacia Dinan.

  Justo en la zona donde se inicia la vía verde, un hombre que andaba sentado en uno de los bancos, se dirige hacia nosotros, supongo que al ver la bandera de España, hablando en perfecto español, lo había aprendido cuando estuvo trabajando en Cataluña, ahora ya está jubilado. Nos comenta que hasta Dinan se puede ir en hora y media tomándonoslo con relativa tranquilidad, que él lo hizo el fin de semana pasado y que nosotros posiblemente lo podremos hacer en menos tiempo, aunque le comento, señalando a las alforjas, que no podemos ir muy rápido por el peso que llevamos y que tampoco tenemos excesivas prisas.

  Por fin empezamos a rodar por la vía verde, una gozada, firme bueno, aunque de tierra, llano, sin coches ni ruidos externos que no sean los de las propias personas que circulan en bicicleta por esta vía, con muy buena temperatura, un sol radiante y un cielo azul salpicado tan sólo, con algunas pequeñas nubes blancas aquí y allá; pedaleamos completamente rodeados de árboles y vegetación que nos dan la sensación en muchas ocasiones de rodar por medio de un bosque, lo que también conlleva que solamente podamos poner la vista en el horizonte, puesto que la arboleda no nos deja ver a nuestros alrededores. Vamos tan relajados que incluso llevamos hasta el hilo musical puesto, y es que Rafa lleva encendido su móvil con la música que ha grabado para el viaje, y es tal la tranquilidad, que se puede escuchar la música bastante bien rodando a su lado.



  Todo esto hace que esta vía verde sea un lugar ideal para salir en bici con toda la familia, así que no nos extraña ver en bici a los padres con sus hijos pequeños montando todos en bici, o a gente haciendo footing. Pero no todo es perfecto, y es que con el paso de los kilómetros, en la vía verde se acaba cayendo en la monotonía, debido a las largas rectas, al perfil totalmente llano que permite poner el 'piloto automático', y en esta vía además, porque sólo podemos mirar al frente en la mayoría de los casos, debido a los árboles y vegetación que nos rodea a ambos lados, como ya he comentado antes.

  En una de las antiguas estaciones, paramos para comer un plátano, una barrita energética y hacer unas fotos antes de seguir nuestro camino, y ya de paso, y por la hora que era, hablamos que en Dinan, un sitio donde teníamos programada una parada para una visita cultural, un lugar atractivo, podríamos aprovechar también para comer.


  La vía verde nos acaba llevando hasta el río Rance. Aquí giramos a la derecha, pedaleando un corto tramo junto al río que sigue su curso a nuestra izquierda. Pedaleamos por una zona muy agradable tanto para montar en bici como para dar un paseo.


  A las 13:30 entramos en Dinan, por una calle paralela al río, con su orilla más próxima a nosotros llena de barcos para el recreo o para fines turísticos; a nuestra derecha las casas de piedra, perfectamente conservadas. Mientras nos vamos adentrando más en la población, las casas de la derecha se transforman en un rosario de restaurantes completamente abarrotados a esta hora, la hora de la comida, algo que nosotros íbamos a hacer también, salvo que nosotros no iríamos de restaurantes, y así, después de unas fotos con el puente, el viaducto, el río y algunas de las casas típicas como fondo, nos dirigimos a un pequeño parque con un par de bancos, junto al río, para 'llenar el depósito', o sea, para comer.


  Allí, junto al río, estábamos de escándalo, comiendo al sol, aunque después de un rato y al no haber nada de sombra, empezamos a notar su efecto, pero aguantamos, porque después de nueve días, hoy es el primero en el que realmente podemos disfrutar, al menos hasta ahora, de una temperatura cálida pero agradable y de un sol radiante, de un día estupendo para montar en bici, aunque mirando hacia el norte, por la zona por donde hemos venido, el cielo está gris, prácticamente cubierto, pero lejos estábamos nosotros en ese momento de intuir lo que nos esperaba en el resto de la jornada.

  Mientras comíamos, aparece una pareja española, no me acuerdo de dónde eran, y con ellos estuvimos charlando un rato.

  Después de comer, cruzamos el río por el puente de piedra, para acceder a la otra orilla, donde se encontraba la oficina de turismo, con la esperanza de que nos orientaran a cerca de si se podía seguir por vía verde o pistas ciclables hasta nuestro destino en el día de hoy.

  La buena noticia es que sí se podía llegar hasta nuestro destino Sait Méen le Grand, utilizando diferentes tramos de vías verdes y pistas ciclables (mezcla de carriles bici y carreteras locales muy poco transitadas, que en muchos casos parecen más bien pistas asfaltadas), e incluso nos dieron un mapa muy útil donde venían los diferente tramos, pintados con distinto color según fuera vía verde, pista ciclable o pista que aún estuviera en trámites, es decir, sin señalización orientativa para las rutas en bici. La mala noticia, aunque esto en un principio fue sólo una observación mía, es que si queríamos llegar al final de etapa utilizando estas vías verdes y pistas ciclables, en lugar de por tramos de carreteras secundarias, nos iba a costar hacer kilómetros extras, y es que en total, hacer este recorrido significaba que aún nos quedarían 52 km por recorrer, y además habría que tener en cuenta que por las vías verdes se avanza menos que por carretera, con lo que hoy nos podría coger la noche. Los kilómetros estaban repartidos en tres tramos, que son los que deberíamos utilizar para llegar a nuestro destino: primero un tramo de vía verde de 9 km, después había que enlazar con otra vía verde, con un tramo de 18 km y finalmente enlazaríamos con un tramo de pista ciclable de 25 km.

  Como veía a Rafa y a Gorka que tenían asumido lo de seguir por este tipo de recorrido, sobre todo por lo a gusto que habíamos venido desde Dinard, y la tranquilidad que había y lo bien señalizado que estaba todo, pues no dije nada, nos lanzaríamos a hacer este recorrido, que a mí también me gustaba pero que podrían ser muchos kilómetros y dependería del estado de las vía verdes, para poder llegar al caer la tarde o de noche, o quedarnos a mitad del recorrido.

    Pero antes de empezar a pedalear de nuevo, había que disfrutar un poco de Dinan, una localidad que bien merece la pena una visita. Parra ello, desde la parte baja, junto al río, tenemos que hacer una buena subida, aunque no muy larga, pasando por debajo del viaducto y llegando hasta su altura, después de varias curvas de herradura; viendo la altura del viaducto, uno puede hacerse la idea del desnivel a superar, aunque finalmente se acaba haciendo mucho más cómodo y suave de lo que parecía en un primer momento. Una vez arriba, simplemente nos vamos guiando por los letreros de “centro histórico”, para llegar a esta zona por calles adoquinadas y casas de entramado que le dan un aspecto medieval. Visitamos la Basílica de Saint Sauveur, y detrás de ellas, un parque-jardín cuyo límite son las torres y murallas que otrora protegieran a esta localidad encaramada, en parte, sobre una colina.

  Desde las murallas se disfrutan de unas muy buenas vistas: del río Rance, del punte, del viaducto y de la parte del pueblo que se haya en los alrededores del río, etc. Mucha gente por las murallas y las torres, haciendo fotos o simplemente contemplando las vistas.


  Nosotros aprovechamos además, para ver desde allí por dónde transita el camino que debemos seguir para enlazar con la vía verde que va paralela al río, según el mapa. Vemos al fondo, allá abajo, gente montando en bici que se apartan de la carretera justo por debajo del viaducto, adentrándose por una zona de senderos, y no recuerdo si fue Rafa o Gorka, el que comentaba que había visto un cartel al pasar por debajo del viaducto, aunque no se había parado a leerlo, por tanto, ahora nos tocaría bajar por la carretera por la que antes habíamos subido, y cuando estuviéramos debajo del viaducto, girar a la derecha para coger un camino. Pero esto sería un poco más tarde, porque hasta antes de esto, seguimos dando un pequeño paseo por las calles de Dinan, aunque tampoco era cuestión de entretenernos en demasía, aún nos quedaban muchos kilómetros que recorrer en esta tarde.

  Una vez que enlazamos con la vía verde a la salida de Dinan, nos vemos envuelto en un paisaje ideal para el cicloturismo, para ir relajados contemplando todo el lugar que nos rodea, un recorrido que quizás la palabra que le viene mejor es la de “bucólico”, todo frondosidad, alejados de carreteras, de coches, de construcciones, en plena naturaleza, con el río Rance a un metro a nuestra izquierda, casi a ras de superficie, pedaleando paralelos a él, con nenúfares en sus aguas por algunas zonas, y por un camino rodeado de árboles que parecen gigantes, con sus troncos esbeltos, muy altos, cuyas ramas se aglomeran prácticamente en su parte final, en la copa, que acaba tocándose con la de los árboles que la rodean, lo que da la sensación de ir pedaleando por la nave central del una catedral gótica, con estos enormes árboles a modo de columnas y con sus copas tocándose, allá en las alturas, formando el techo o cúpula de la nave. Un recorrido altamente recomendable, así que no es de extrañar la cantidad de gente que hay por aquí, o bien montando en bici, o bien haciendo footing, o bien paseando, o dando una vuelta con el perro. Este tramo espectacular dura aproximadamente 6 km, de los nueve que tiene en total este primer tramo, terminando en el desvío de Trévron. Cuando llegamos al desvío, abandonamos este camino que sigue recto paralelo al río, mientras nosotros giramos a la derecha, hacia Trévron, unos 3 km por la véloroute, que en este caso es una carretera local, sin tráfico.



  Antes de llegar a este desvío, y mientras pedaleábamos por la primera parte de este bucólico recorrido, el tiempo empeora considerablemente. Al pasar por el pueblo de Léhon a unos 3 km de Dinan, comienzan a caer algunas gotas de agua. Las nubes que cubrían el cielo por el norte han llegado rápidamente hasta aquí, empujadas por el viento que ahora comienza a sentirse, aunque es “viento de cola”. En un visto y no visto, el cielo se ha cubierto, y de un sol radiante y un cielo azul, con algunas nubes blancas aquí y allá, hemos pasado a estar bajo un manto de nubes muy oscuras que amenazan con descargar en cualquier momento, todo es cuestión de tiempo.

  Esta mañana nos las prometíamos muy felices, disfrutando como chicos de la serie “verano azul”, por un recorrido agradable y sin tráfico, por vías verdes, paisajes frondosos y bucólicos, y ahora, cuando nos queda todavía un 'porrón' de kilómetros por recorrer, prácticamente la mitad de la etapa, el tiempo empeora. Con las primeras gotas de lluvia, la desaparición del sol y el viento más frío, la temperatura baja considerablemente, aunque mientras pedaleábamos no lo notábamos tanto.

  Siguen cayendo gotas de agua, y la borrasca viene hacia nosotros, hacia el sur, eso si es que no la teníamos encima ya. Hacemos una parada para colocarnos los chubasqueros, recoger la ropa que teníamos sobre las alforjas para que no se mojara, y de paso, Gorka y Rafa ponen sus cubre-alforjas para protegerlas de la lluvia en caso de que vaya a más.

  Llegamos a Trévron, y no caían gotas de agua, ahora llovía en toda regla. Aquí terminaba el primer tramo de 9 km y teníamos que enlazar con otra vía verde, otro tramo de 18 km entre este pueblo y Plouasne. Desde la llegada a Trévron, y hasta que terminamos la etapa de hoy, la lluvia no nos abandonó, unas veces en forma de sirimiri y otras en forma de diluvio.

  Conforme vamos avanzando por este tramo de vía verde, en el que ahora no vamos disfrutando sino que simplemente nos limitamos a pedalear bajo el agua e intentar acabar cuanto antes, todo va a peor. Al principio de este segundo tramo de vía verde se podía rodar bien, el firme estaba húmedo pero sin más, pero con el paso del tiempo y como el agua que no cesaba, pronto el firme de tierra comienza a ponerse blando, las ruedas de las bicis, con el peso extra que llevan, se hunden en la tierra como un cuchillo caliente en la mantequilla, dificultando mucho la marcha, haciéndola penosa, aumentando el esfuerzo, y por si fuera poco, el barro y la arena mojada se van acumulando en las zapatillas, piernas, chubasquero, y hasta en la cara, pero lo peor es que también estaba afectando a los cambios y a la cadena, que empezaban a resentirse.

  La única anécdota de este tramo, es que poco antes de terminarlo, en uno de los huecos o espacios que dejan las paredes de vegetación a los lados de la vía verde, vemos que justo al lado pasa una carretera local, y allí, en el arcén prácticamente, hay algunos abuelos sentados, con paraguas en mano, y con las sillas de sus casas, o sea, que no era una parada de bus que es lo primero que le viene uno a la cabeza. ¡Qué raro!, ¡no tendrán otra cosa mejor que hacer estos abuelos que estar en la calle, sentados, al cobijo de un paraguas, mientras ven caer la lluvia!. Por mucho que llueva por aquí, no creo que estén tan acostumbrados a la lluvia como para llegar a esta situación... No le damos más importancia, seguimos avanzando como podemos. Poco después, cuando la vía verde cruza en perpendicular una carretera local, que a su vez da a otro cruce un poco más a nuestra izquierda, nos damos cuenta del por qué de la situación anterior. Aquí, en este cruce, también hay gente parada, y coches, y el motivo es el paso de una vuelta ciclista local o regional, donde van bastantes ciclistas y a toda leche, sobre todo comparado con las velocidades que estamos teniendo nosotros, con nuestras ruedas hundiéndose en la tierra y rezando para que aquel tramo acabara. Claro contraste entre las liebres, que van con sus 'flacas' (léase, bicis de carretera) por el asfalto, y los caracoles, o sea, nosotros, que vamos por tierra, con la casa a cuestas y con velocidades que no son de vértigo precisamente.

  Seguimos adelante, pero ya es mucho el esfuerzo que hay que hacer y el cansancio aparece. Llegamos a Plouasne, fin del segundo tramo, aunque la vía verde continúa varios kilómetros más, desembocando después en una véloroute que suponemos serán carreteras locales o carriles bici, aunque no sabemos si habrá algún tramo de tierra. Lo que si sabemos es que si queremos seguir este trayecto, debemos seguir varios kilómetros más por la vía verde, y con la que estaba cayendo, se había vuelto impracticable para pedalear por ella.

  Decidimos entrar en el pueblo e intentar preguntar por alguna carretera que no fuera nacional o autovía para llegar a nuestro destino, o sea, preguntar si había alguna alternativa, porque al realizar este tramo desde Dinan por vías verdes, ya nos habíamos apartado de las carreteras que teníamos anotadas para seguir el itinerario que teníamos marcado de referencia por carretera, y en los mapas que llevábamos, a gran escala, ni siquiera aparecía el pueblo donde estábamos, tan sólo en el mapa-croquis que nos dieron en Dinan, pero en éste no aparecían las carreteras, sólo vías verdes y las véloroutes.

  Sigue lloviendo. Pedaleamos deambulando por las desérticas, tristes, grises y anegadas calles de Plouasene, mientras el agua arrecia aún más. No hay un vivo por las calles, nadie a quien preguntar. Pueblo fantasma.

  Por fin vemos una cafetería abierta, aparcamos las burras fuera y entramos, aunque la verdad, con un poco de 'corte', porque nuestra estampa debería ser un poema, rozando lo patético, con las piernas y caras llenas de barro, las zapatillas, el cullote y el chubasquero totalmente mojados y llenos de barro, y aunque el chubasquero evita la mojada por fuera, la verdad es que por dentro también vamos empapados por el sudor.

  Entramos en la cafetería y vamos dejando un rastro de agua tras nosotros, cual caracoles o babosas dejando un rastro tras de sí. ¡Vamos a dejarlo todo perdido!, pero ¡esto es lo que hay!. Dentro, tan sólo la camarera y un par de tíos que tienen pinta de llevar allí toda la tarde, o sea, que tienen alguna copita de más. Pedimos una café con leche, ¡calentito!, si puede ser.

  La idea es esperar allí dentro hasta que el agua cese, o por lo menos que caiga con menos fuerza, y mientras, Gorka aprovecha para preguntar a la camarera por alguna alternativa por carretera local para llegar a nuestro destino o a algún punto intermedio donde hubiera algún hostal, pensión, chambres d'hôt o algo parecido, porque después de lo que llevamos y lo que nos queda, y si sigue la tarde metida en agua, lo que menos apetece es pasar la noche en un camping y tener que montar la tienda de campaña bajo la lluvia. Le comenta que venimos por la vía verde, pero que está impracticable para ir en bici y que por eso lo de buscar una alternativa por carretera.

  La camarera no debería ser de allí porque no tenía mucha idea, así que rápidamente echa una mirada a los otros dos lugareños, los de la copita de más, que estaban ansiosos de entrar al trapo, supongo que muertos de aburrimiento y hartos ya de mirar el culo del vaso. Nos comentan que en Médréac hay un hostal o un hotel, y que nos coge en la dirección al que hasta ahora era nuestro objetivo en la etapa de hoy, y que a partir de ahora ya veríamos, porque si encontrábamos algún sitio antes donde quedarnos, allí lo haríamos y mañana ya recuperaríamos.

  Estos 'nuevos amigos que nos echamos en la cafetería', nos estuvieron dando explicaciones con todo tipo de detalles: al derecho y al revés, por delante y por detrás, por aquí y por allá, rozando un poco la pesadez, pero no teníamos prisa, y además, si echábamos la vista atrás y mirábamos a la calle por los cristales de los ventanales de la cafetería, veíamos que el agua no cesaba y lo que era peor, había algunos momentos en que diluviaba, parecía que el cielo se rajaba y caía todo el agua que tenía... bueno, hay que mirar el lado positivo, ¡que caiga todo el agua ahora que estamos a cubierto, con la esperanza de que después podamos continuar o que al menos mañana no siga igual!.

  Gorka sigue dándoles cancha a los nuevos amigos, que no se cansan con sus explicaciones, cualquiera que los escuchara le parecería que íbamos al fin del mundo, ¡coño, pero si hasta nos hicieron un croquis!, aquello fue ya la leche, y para el estado en el que estaban hacían bastante bien las líneas rectas... Gorka guardó durante unos días aquel croquis como oro en paño, como un recuerdo de aquel encuentro-anécdota, pero cuando un par de días antes de terminar el viaje le pedí el croquis, para escanearlo y ponerlo después en mi diario, resulta que lo había perdido, por más que lo buscó y rebuscó, no dio con él ¡por qué será que no me extraña viniendo de Gorka!...

  Sigue lloviendo, ya llevamos un hora en la cafetería y todo sigue igual, así que Gorka sigue dándole palique a los 'nuevos amigos', sigue tirándoles de la lengua, ¡total, no había otra cosa mejor que hacer!. Uno de ellos ya empieza con las intimidades, y al decirle Gorka que tanto él como Rafa eran vascos, comenta que su mujer también es vasca, pero que estaba divorciado, y tal y tal... en fin, una conversación a la que mi ínfimo conocimiento de francés no me permitía acceder, aunque ya se encargó después Gorka de traducíirnosla.

  Por fin el agua amaina, tan sólo es un sirimiri cuando salimos de allí, despidiéndonos de personal, aunque yo antes tendría que volver a entrar para rellenar el bote de agua, porque el que tenía lo había gastado echando el agua en la cadena y la zona del desviador para limpiarle el barro acumulado, echándole un poco de aceite posteriormente a la cadena que con tanto agua se había quedado seca.

  Salimos del pueblo y rápidamente vemos los carteles hacia nuestro destino más inminente, Médréac, así que no entiendo la media hora de explicaciones que nos habían dado, que bien parecía que íbamos al fin del mundo, pero con dos copas de más, el personal se vuelve excesivamente voluntarioso.

  En este trayecto el agua nos da un respiro, algunas veces cae en forma de sirimiri y otras veces parece que cesa. Así llegamos a Médréac, en donde nos habían dicho que había un hostal. Nos relajamos, parece que esta larga tarde por fin va a acabar, ahora una buena ducha caliente, ponernos ropa seca y confortable, y una buena cena y mañana será otro día, donde tendríamos que recuperar los 15 km que aún nos quedan para llegar al que era nuestro destino en la etapa de hoy, Saint Méen le Grand.

  Con estos pensamientos rondando por la cabeza, llegamos a la plaza del pueblo, y damos con el hostal, pero aquello tiene mala pinta, no se ve a nadie por los alrededores, y parece como si estuviera cerrado. Desmontamos de nuestras burras y echamos un vistazo por los cristales, pero allí adentro no se va a nadie, no hay movimiento, está cerrado.

  Si bien es cierto que todos veníamos pensando lo mismo, en dar por terminado aquí la etapa y descansar, la verdad es que Rafa parece que es el que más ansiaba que hoy acabara ya todo, quizás porque es el que estaba más mentalizado de acabar aquí, quizás por el cansancio acumulado o por las molestias en su rodilla que llevaba arrastrando desde la tarde que llegamos a Granville, así que después de ver la única posibilidad de alojamiento cerrada, pilló un buen rebote.

  Realmente el hostal estaba abierto, pero al llamar por teléfono al número de contacto que había por allí, nos comentan que los domingos cierran. Gorka intenta por todos los medios que nos admita,n explicándoles nuestra situación, pero no hay nada que hacer.

  No hay más opciones, teníamos que seguir adelante, con Rafa ya resignado, son 15 km lo que nos quedaban, pero la consigna era clara, si durante ese trayecto encontrábamos alojamiento, ya fuera pensión, hostal, hotel o chambre d'hôt, allí nos quedaríamos.

  Llegamos a otro pueblo, Quillac o algo así se llamaba, y tampoco vimos nada para poder alojarnos. Lo atravesamos y llegamos a la salida, a una rotonda, donde paramos para orientarnos por los carteles hacia nuestra dirección a seguir. En ese momento vemos pasar a un matrimonio con su hija, también van de cicloturismo, con su petos reflectantes, aunque van en otra dirección, así que nos queda el consuelo de no ser los únicos colgados que van montando en bici con la que está cayendo, porque aunque tuvimos un tramo en el que la lluvia cesó, lo cierto es que antes de llegar a este pueblo comenzó a caer de nuevo.

  Allí estábamos nosotros, en la rotonda, bajo el sirimiri que caía en ese momento, sin un alma a quién preguntar si había algún tipo de alojamiento por allí cerca, porque lo que era la dirección a seguir ya la teníamos clara, los carteles indicativos no dejaban lugar a dudas.

  Por más que mirábamos hacia uno y otro lado, hacia delante y hacia atrás, no veíamos a nadie, pero se nos olvidó mirar hacia arriba, y cuando lo hicimos, vimos a un chaval que nos estaba observando desde la ventana de un segundo piso, no saluda con una sonrisa y Gorka aprovecha para preguntarle por el tema del alojamiento y cuál fue la sorpresa cuando nos dice que podíamos quedarnos allí mismo, en su casa.

  El chaval, de veinte y poco años, baja y se dirige a nosotros, nos saluda efusivamente a los tres, y dirigiéndose a Gorka principalmente, que para eso es nuestro intérprete oficial, le comenta que nos podemos quedar en su piso, que lo comparte con otro chaval, y que además, va a hacer una fiesta con los colegas, de hecho, según le cuenta a Gorka, lleva de fiesta desde el viernes, así que ahora entiendo esos saludos tan efusivos, y ese recibimiento, saliendo de casa sin paraguas ni chubasquero ni nada, y la verdad es que se le notaba un poco “cargaete”, o más bien “colocao”, ligeramente “pasado de rosca”... ¡uf!, se agradece el gesto, pero lo que me apetece ahora es una buena ducha, cambiarme de ropa, lavar e intentar que se seque la que llevo puesta, y eso al margen de las zapatillas, una cena caliente y descansar, y no estar de jolgorio, y sobre todo el tipo de jolgorio que se tiene que traer entre manos esta peña. Como los tres creo que pensábamos lo mismo, pusimos cualquier excusa y dándole las gracias nos despedimos de él, siguiendo nuestro rumbo para terminar de afrontar los ocho kilómetros que en teoría nos quedaban para llegar al objetivo de hoy.

  En este último tramo, vemos un cartel que indica un hotel más adelante, seguimos y dejamos un cruce a la izquierda donde había otro cartel en el que no parecía que pusiera nada de ningún hotel; continuamos un poco más y paramos a preguntar a un tío que iba en moto, aunque yo me doy la vuelta hasta el cruce anterior para ver mejor el cartel, por si nos habíamos pasado algún desvío para llegar al hotel, pero no, allí no ponía nada de ningún hotel ni de ningún tipo de alojamiento, y cuando me voy a dar la vuelta para ir con mis compañeros, veo que pasa un coche, pega un frenazo, se aparta en una orilla de la carretera, abre la puerta y baja una mujer que también se dirige al cruce donde estaba yo. Lo primero que pensé fue ¡ea!, ¡está anda igual de perdida que nosotros!. Llegué a la altura de mis compañeros y seguimos viaje, porque el de la moto parece que les había dicho que el hotel estaba unos kilómetros más hacia delante, aunque antes de arrancar vemos a la mujer en el cruce donde yo acaba de estar, miraba hacia nosotros, pero yo seguía pensando que estaba perdida...

  Al poco de reanudar la marcha de nuevo, y otra vez bajo el agua, aparece detrás de mi el coche que se había parado antes en el cruce, se pone a mi altura porque en ese momento iba en la cola, abre la ventanilla del coche y sin pararnos ninguno de los dos me pregunta en buen español que si necesitábamos ayuda, le digo que estamos buscando un hotel o alojamiento similar, y me dice que no conoce mucho esta zona, pero que si no hablamos francés ella está dispuesta a hacernos de intérprete, pero como Gorka controla bien el idioma, le digo que no es necesario, dándole las gracias, así que sigue hacia delante y en el primer sitio que ve se da la vuelta y continua su viaje.

  ¡Vaya detallazo!. Esta mujer se había percatado de la bandera española y de que teníamos pinta de estar perdidos o desorientados, así que frenó en seco su coche, lo puso en la orilla de la carretera, bajó de él e intento dirigirse andando hacia donde yo estaba, aunque yo seguí camino pensando que era ella la que estaba perdida; pero es que por si fuera poco, volvió al coche, dio la vuelta y se fue a buscarnos para prestarnos ayuda en caso de que no habláramos francés, y no es que le cogiera de camino, porque después de saber que podíamos apañarnos, volvió a dar la vuelta para seguir su camino.

  A unos tres o cuatro kilómetros antes de llegar al final de la etapa de hoy, es cuando cae el diluvio universal, apenas consigo ver nada delante de mí, no han inventado todavía el 'limpiaparabrisas' para las gafas, y aunque ya estuviera inventado, creo que no daría abasto para evacuar tanta agua, y para colmo o para recochineo, a nuestra derecha está la gran paradoja, el sol luce, abriéndose paso entre las nubes, mientras sobre nuestras cabezas el cielo se raja y deja caer todo el agua que le quedaba.

  Los coches al pasar dejan tras de sí una gran cortina de agua con las que nos acaban duchando, pero ¡qué más da!, ¡si total, ya estamos empapados!, ¡es imposible mojarse más!. Creo que los van en coche deben de sentir lástima por nosotros, o eso, o pensarán que estamos locos.

  Por fin llegamos al desvío a Saint Méen Le Grand, a la derecha. Paramos porque unos metros antes habíamos visto el cartel de hotel que según decía estaba a la izquierda, pero no lo vemos. Un coche toma el desvío y se para al vernos, es un matrimonio con su hijos; la mujer habla español y nos dice que si necesitamos ayuda. Le preguntamos por el hotel y nos comenta que tenemos que seguir hacia delante un par de kilómetros más, hasta llegar a una rotonda, y allí, a la izquierda, está el hotel. Le damos las gracias por el detalle de pararse sin habérselo pedido nosotros y seguimos, ahora ya no llueve, incluso ha salido el sol, ¡por fin!.

  Llegamos a una enorme rotonda, a la derecha otro acceso hacia Saint Méen Le Grand, y a la izquierda, en una gran explanada, el hotel.

  Al acercarnos al hotel, saltan las alarmas, en sus alrededores no se ve ni un puñetero coche, y cuando llegamos a su entrada principal vemos que está cerrado, aunque no hay ningún cartel que lo indique, así que llamamos por teléfono y supongo que el personal de guardia coge la llamada, y para nuestra fortuna nos dice que no está cerrado, que él está en el pueblo y que en unos minutos estará allí.

  Mientras esperamos, aparece un matrimonio, unos abueletes, y después otros dos tíos, todos nos acabaríamos quedando en el hotel.

  Éramos conscientes de que el precio por alojarnos una noche podría ser bastante caro para lo que estamos acostumbrados a pagar, sobre todo por que el hotel no era del tipo de los “Fórmula 1” o de los “Breack & Brefast”, pero unos más que otros, lo que teníamos claro es que después de la tarde que llevábamos y de lo que pudiera depararnos la noche, aunque en ese momento el sol hubiera hecho acto de presencia intentándose abrir paso entre las nubes, que la opción del camping no era la más agradable para pasar la noche, pero tampoco había otras opciones que fueran del tipo: albergue, chambre d'hôt o similares...

  Ya dentro del hotel, en recepción nos comentan que no tienen habitaciones para tres, que era lo que podría salir mejor de precio, pero en cambio, pueden ponernos una doble y una individual al precio de dos habitaciones dobles, para que nos resultara más “económico” , aunque viendo la cantidad que nos cobraba, no sé muy bien a que se refería con aquello de “económico”. Al final fueron 140 euracos, ¡buena tostá!, por las dos habitaciones, de lo que se deduce según lo que he comentado antes, que la habitación doble son 70 euros, así que la habitación individual será aún más cara... ¡cómo para venir sólo!, supongo que si hubiera estado sólo, como en tantas otras circunstancias, hubiera acabado en el camping que hay por allí cerca, aunque no fuera lo que más me apeteciera, pero es que estos precios rompen el presupuesto del viaje.

  En fin, que como he dicho, ya estábamos mentalizados, y nos cobraran lo que nos cobraran lo daríamos por bueno. ¡Un día, es un día!, no iba a ser siempre así, y ¡qué puñetas!, que también nos merecíamos un caprichito, y más después del diluvio soportado unos 5 km antes de llegar hasta aquí.

  Dejamos nuestras burras en el recinto del hotel, en la parte trasera, y subimos todo el equipaje a la habitaciones: Gorka y Rafa se quedarían en la doble y yo me quedaría en la individual. El hotel es nuevo, así que las habitaciones están muy bien, mucha luz, buen cuarto de baño, y amplias vistas desde las ventanas.

  Lo primero y fundamental una buena ducha caliente, para seguir con la colada, incluyendo hoy el chubasquero y las zapatillas, las cuales rellenamos después con papeles de periódicos que recogimos de la zona de recepción, para que absorvieran la humedad. Después le tocó el turno a las alforjas, que al ser las mías impermeables y al estar llenas de barro y arena mojada, les pegué un repaso en la ducha. Al final, más que una habitación aquello parecía un tenderete, y con la buena temperatura que hacía en la habitación en contraste con la del exterior, a lo mejor por la mañana podría estar ya todo casi seco, aunque sino no pasaba nada porque tenía otra muda.

  Con una ropa más confortable y de abrigo, bajamos de nuevo a la zona de recepción donde había un pequeño bar. Allí tomas unas cervezas acompañadas de unos frutos secos mientras Gorka charla un poco con el de recepción y Rafa y yo ojeamos los periódicos, echamos un vistazo a la tele o hablamos entre nosotros.

  Serían poco más de las nueve cuando subimos a las habitaciones, aunque habíamos quedado en la mía los tres para cenar allí. Esta noche tocaba cena “con fundamento”, que diría el célebre Arguiñano, que fuera consistente y que calentara el cuerpo, así que de menú tendríamos sopa y risoto, seguido de un buen tazón de café con bizcocho, esto ya de postre, y mientras en los fogones de nuestro camping-gas calentamos la comida, damos paso a los entremeses que normalmente suelen ser pan con queso, chorizo, jamón york o paté.

  En la habitación estábamos de lujo, y después de la ducha, de ponernos una ropa más confortable y seca, de las cervezas, y de la ingesta de calorías de la cena, prácticamente ya nos habíamos recuperado, ahora tan sólo quedaba descansar y recargar las baterías para mañana, esperando que no fuera otro día de agua, así que después de fregar, de recoger todo y de una breve tertulia, tocaba irse a la cama, aunque yo me quedé un rato más escribiendo unas notas de lo sucedido en este laaaarrrrrrgooooo día.


DÉCIMA ETAPA: Saint Méen le Grand - Vannes.
Distancia: 94 km - Tiempo en bici: 5:49:00 - Media: 16,16 km/h
Lunes, 8 de Agosto del 2011.

  Esta noche he dormido como los ángeles, del tirón, supongo que por el largo día que tuvimos ayer y porque la noche anterior no pegué ojo en el albergue.

  Creo que todos, aunque estábamos en distintas habitaciones, hicimos instintivamente el mismo gesto al levantarnos esta mañana, correr la cortina de la ventana y ver cómo estaba el cielo, y por suerte, al menos la parte que se veía desde la ventana, estaba despejado con algunas nubes, aunque como veríamos después esto fue un poco engañoso, porque sólo veíamos una parte, de cualquier forma, lo suficiente como para subir el ánimo, al menos empezaríamos el día sin lluvia.

  Al igual que en la cena, habíamos quedado en mi habitación para desayunar, y mientras calentábamos el café no quitábamos ojo de los informativos matinales de la televisión, esperando impacientemente las noticias meteorológicas, y según aparecía en los mapas, para hoy el pronóstico era de nubes y claros, tendiendo a mejorar por la tarde, y para los próximos días mejoraría... ¡esperemos que acierten!.

  Después de un buen desayuno, tocaba bajar todo el equipaje a la parte trasera del hotel, donde teníamos amarradas las burras. Mientras mis compañeros terminaban de montar su equipaje, yo aprovecho para limpiar la cadena y engrasarla, que después del día de ayer no le vendrá nada mal.

  Con todo dispuesto, emprendemos la marcha, hacia Saint Méen le Grand, a un kilómetro de donde se encontraba el hotel, pasando la rotonda. Tenemos que a travesar esta localidad para buscar la salida hacia Gaël. Durante esta travesía vemos otro hotel dentro del pueblo, no sabemos si está abierto o cerrado o si sería más económico que donde nos quedamos. Lo único cierto es que ¡lo hecho, hecho está!.

  La mañana no empieza demasiado bien. El cielo que aparentemente vimos despejado por la ventana del hotel al levantarnos, era sólo un espejismo, porque en el lado contrario, el que no veíamos y que era hacia donde nos encaminábamos hoy, el cielo estaba lleno de nubes, y con el paso del tiempo se fue cubriendo por completo, acabando en un día gris, y con una temperatura fresca, sobre todo a primera hora de la mañana. Además de esto, la carretera tampoco acompañaba, porque aunque muy buena para rodar y llana, tenía el gran inconveniente de soportar bastante tráfico, aunque esto ya más o menos lo intuía, estaba dentro de lo previsto, al menos hasta coger el desvío hacia Loyat, por tanto, tendríamos que aguantar este tramo de carretera D166 y D176 durante algo más de 30 km, aunque en la última parte, coincidiendo con la D176, vamos algo más relajados porque ésta disponía de un arcén de metro y medio.

  Unos kilómetros antes de llegar al desvío de Loyat, paramos en la localidad de Néant sur Yvel, primero en una farmacia para que Rafa pudiera comprar unas pastillas y un gel antinflamatorio, después para para comprar pan y por último para que Rafa y Gorka pusieran sus cubre-alforjas, puesto que el cielo estaba completamente cubierto, había bastante humedad y ya habían caído algunas gotas de agua. Esperemos que como decían en las noticias de esta mañana, los nubes y claros vayan desapareciendo para dejar un cielo despejado, o al menos que desaparezca la amenaza del agua, con forme vaya entrando la tarde.

  Por fin cogemos el desvío de Loyat, saliendo de 'las garras del maligno', o sea, del tráfico, y llegando a esta pequeño pueblo o aldea por una carretera local, estrecha y sin tráfico, un cambio radical. Aquí, después de unos 35 km, hacemos una parada para comer algo y hacer un breve descanso, y de paso preguntar, porque en el cruce donde estábamos no veíamos ningún tipo de señalización hacia las siguientes localidades (pequeños pueblos) por donde teníamos que pasar, aunque según la lógica, deberíamos de seguir rectos, por la misma carretera que traíamos, dirección sur, pero antes de empezar a pedalear y siempre que se pudiera, convenía preguntar para estar seguros de ir en la dirección correcta, y cuando digo aquello de “siempre que se pudiera”, es porque en muchas ocasiones, como ya veríamos en el siguiente tramo, hasta llegar a Josselin, no es fácil ver por estas aldeas, al menos en esta fecha por la que pasamos nosotros, gente a las que les podamos preguntar.

  Mientras estuvimos haciendo el descanso, aprovechábamos para comer algo, no pasó ni un coche por aquél cruce, y tan sólo, cuando ya íbamos a ponernos de nuevo en marcha, es cuando un hombre mayor sale a la puerta de su casa, así que Gorka aprovecha una vez más, para preguntar por la dirección a seguir según nuestro itinerario. El hombre le confirma lo que pensábamos, había que seguir todo recto, no había pérdida, en un francés con un acento bastante cerrado, local, según nos comentaba posteriormente Gorka, hasta el punto de que le costaba trabajo entender lo que decía.

  Dejamos atrás este pequeño pueblo y seguimos por una carretera local, estrecha, rodeada de vegetación en unos casos, y en otros, pasando por bosques de pinos. No hay tráfico, apenas vemos coches, podemos ir hasta en paralelo, totalmente relajados y hablando entre notros, ideal para el cicloturismo. En esta parte del recorrido tenemos que hacer frente durante muchos kilómetro, a un perfil totalmente rompepiernas, donde las cambios de rasantes se suceden uno tras otro, a diferencia de los 35 primeros kilómetros, donde predominaban las zonas abiertas, extensas, y con un perfil llano, para rodar, aunque más aburrido, más insulso y siempre con el 'aliento del maligno en la nuca'...

  En otro de los pequeños pueblos por los que pasamos tenemos que parar de nuevo a preguntar. No vemos señalizaciones hacia Cruguel. Mientras Gorka pregunta a alguien que en ese momento estaba saliendo de su casa, un coche se detiene ante nosotros, van una madre con su hija, ésta habla español y nos pregunta si necesitamos ayuda, así que le pregunto por la dirección a la siguiente localidad o hito de referencia que tenemos, y nos comenta que vamos bien, que tenemos que seguir de frente, en la misma dirección que llevamos.

  Abandonamos ésta última localidad tras subir un repecho, y después seguimos con nuestra colección de pueblos por los que vamos pasando, nuestro rosario particular, y en alguno de ellos tuvimos que equivocarnos, desviarnos, porque al final acabamos saliendo a la localidad de Josselin, cuando realmente tendríamos que haber salido a mitad de camino entre ésta y Ploërmel, cruzando la nacional N24 en perpendicular, es decir, que en alguna de estas aldeas nos desviamos en dirección sureste cuando deberíamos haber seguido rumbo sur directamente.

  Un pequeño rodeo extra, no suponía excesivos kilómetros, pero sí algo más de tiempo, y hoy queríamos estar pronto en nuestro destino, porque nos convendría tener todo el tema del alojamiento preparado cuanto antes, ya que hoy tendríamos que ir a buscar a la estación de tren de Vannes a Tomás, que hoy se uniría a nosotros para empezar a pedalear en la etapa de mañana.

  En Josselin, un lugar por el que no teníamos pensado pasar, Gorka y Rafa paran a preguntar y buscar información en la oficina de turismo, mientras yo me quedo fuera controlando las burras, observando bastante movimiento en lo que a turismo se refiere, y es que estamos en un pueblo que merece una visita. No estuvimos mucho tiempo por allí, pero si el suficiente como para ver su parte histórica, de calles adoquinadas y casas de piedra, bien conservadas, que le confieren un aspecto medieval, si no fuera por que muchas de ellas se utilizan hoy en día como restaurantes o cafeterías. El hito de referencia de esta localidad, y en torno al cual gira el pueblo, su mayor atracción turística, es su castillo, del que tenemos una amplia panorámica al cruzar un puente totalmente adornado de flores, antes de tomar un camino de tierra por el que deberíamos continuar nuestro camino.

  Paramos en este puente para hacernos las típicas fotos con el castillo al fondo, a los pies del río, además de consultar el mapa que nos habían dado en la oficina de turismo, para buscar el camino de tierra, que paralelo al canal, nos llevaría hasta Guengol, a poco más de 3 km de donde estábamos. Este camino nos lo recomendaron en la oficina de turismo, porque a parte de ahorrarnos kilómetros, nos comentaron que era bonito. Desde Guengol, ya podríamos ir buscando o siguiendo el itinerario que teníamos trazado para esta etapa, después del desvío por despiste que hemos tenido en el día de hoy, aunque ha merecido la pena encontrarnos con este pueblo, Josselin, con su castillo y con este cortito, intenso,y bonito tramo de camino de apenas 2 km, paralelo al canal.


  El camino, un auténtico vergel, con el canal a nuestra derecha, un sitio idílico para pasear, no estaba excesivamente embarrado para lo que llovió ayer, aunque las ruedas se hundían en la húmeda tierra dejando tras de sí un claro rastro, las rodadas. Éste había sido uno de los motivos por los que hoy habíamos tomado la decisión de no utilizar vías verdes, porque no sabíamos en que estado se iban a encontrar, y porque tampoco había un recorrido directo hacia Vannes, ya que esta alternativa por vías verdes y pistas ciclables que se iniciaba en Saint Méen le Grand, nuestro punto de partida en esta etapa, podíamos utilizarla en mayor o menor grado hasta Questembert, y según el mapa que nos dieron en la oficina de turismo de Dinan, tenía una distancia de algo más de 70 km, pero es que Questembert está al este de nuestra meta fijada para hoy, con lo que después tendríamos que ir de nuevo hacia el oeste, hacia Vannes, además del recorrido extra por sus calles, puesto que el camping estaba en el otro extremo de la ciudad, con lo que el recorrido total podría llegar a aproximarse a los 100 km; además de esto, habría que tener en cuenta que por la vía verde y con el terrero húmedo o embarrado, se avanzaba más despacio, y si a esto le sumamos que se hacen kilómetros extras y que teníamos que llegar a Vannes para intentar buscar alojamiento antes de pasarnos por la estación de tren para recoger a Tomás, que como he dicho antes, hoy se uniría nuestro grupo, pues no la hacían la opción más aconsejable.

  En otras circunstancias, es decir, con buen tiempo y sin tener una meta fijada obligatoriamente, como era el caso de hoy, podríamos haber rediseñado la etapa, y hacer todo el tramo de vía verde y pistas ciclabes hasta Qestembert, y aquí haber puesto punto final a la etapa o haber seguido más hacia el sur, que es hacia donde también nos dirigiríamos mañana, y haber podido así realizar la travesía de la Bretaña por alternativas para bicis, aunque en general, la etapa de hoy ha estado muy bien para la práctica del cicloturismo (exceptuando el primer tramo de unos 35 km, con tráfico y recorrido insulso, al menos si se va por carretera), con un recorrido agradable, carreteras locales sin apenas tráfico, y con terrero quebrado para sacarnos de la rutina del llano.

  Finalizado el tramo del camino, tenemos que seguir durante otro kilómetro y medio por carretera local, con un fuerte repecho al comienzo, hasta llegar a Guengol, donde hicimos la parada para comer, en una plaza, junto a una fuente que no echaba agua, y con la facha de una iglesia de corte románico-normando del siglo XII. El día estaba abriendo, y así, al menos pudimos comer bajo un tenue sol, del que agradecíamos su presencia.

  A las cuatro de la tarde nos ponemos de nuevo en marcha, pero antes de salir de este pueblo paramos en una tienda a comprar una botella de agua. Las fuentes en las calles o plazas de las localidades por las que pasamos, brillan por su ausencia.

  Seguimos por carreteras locales, sin tráfico, y con continuos repechos, continuación del terreno rompepiernas que comenzamos en Loyat, y que poco a poco nos va desgastando, quemando las fuerzas, aunque con la aparición del sol, que ya nos acompañaría en el resto de la jornada, parece que hay un poquito más de alegría.

  A unos 20 km para llegar a Vannes, y tras subir un repecho, hacemos una breve parada de 15 o 20 minutos, junto a una casa de campo, porque tanto las piernas como el trasero se estaban resintiendo. Aprovechamos esta parada para comentar que deberíamos plantearnos intentar comenzar las etapas antes de lo que estábamos haciéndolo hasta ahora, porque casi todos los días empezábamos a las 10 o incluso algo más tarde, y en los días con más kilometraje o que tuviéramos paradas programadas para las visitas culturales, esto podría implicar que llegáramos más bien tarde a los sitios marcados como destino, lo que podría ser un inconveniente a la hora de buscar alojamiento, y no tener tiempo para poder disfrutar relajadamente de la tarde. En principio estábamos los tres de acuerdo, y después habría que comentárselo también a Tomás... pero claro, una cosa son las buenas intenciones, los buenos propósitos, y otra cosa bien distinta son los hechos o las circunstancias del día a día.

  Al reemprender de nuevo la marcha noto un pinchazo en mi rodilla izquierda, un dolor agudo, que me molesta bastante al pedalear, aunque a partir de aquí y por suerte, el perfil del recorrido es favorable y avanzamos rápidamente, y así, muy pronto nos vemos pedaleando por las calles de Vannes, y sin buscarla, nos encontramos con la estación de tren, donde tendríamos que recoger a Tomás algo más tarde. En ese momento eran las 17:45, y el tren en el que llegaba nuestro nuevo compañero, en teoría debería llegar a las 18:30, pero al mirar Gorka el teléfono se encuentra con un mensaje de Tomás en el que comenta que el tren llegará con retraso, sobre las 20 horas, así que tenemos tiempo de buscar el camping, alojarnos, y después regresar de nuevo a la estación.

  En un cruce nos encontramos con un tío que también va en bici y Gorka no pierde la ocasión de preguntarle por la dirección al camping. Comienza a darle explicaciones, pero parecen demasiado extensas, hasta que el tío decide que o nos lleva él al camping directamente o vamos a estar dos horas para dar con él, y no tardaríamos mucho en saber el por qué de esto.

  Nos dice que le sigamos, que él nos llevará hasta allí. Desde ese momento, un auténtico tour por las calles de Vannes, en las que intentaríamos entre los tres estar pendientes del recorrido para poder regresar posteriormente a la estación. Y digo que un tour, porque creo que al final haríamos cerca de cuatro kilómetros desde la estación a la entrada del camping, viendo algunos edificios clásicos que estaban siendo rehabilitados y pasando por toda la zona del puerto deportivo, donde se ven muchos barcos, y no precisamente de pesca; en esta zona del puerto es donde también se encuentra la oficina de turismo, una construcción de madera en medio de un largo parque.

  Por fin, después de largas rectas, avenidas, parques, jardines, rotondas, cruces y semáforos, llegamos al camping, a la salida de Vannes, prácticamente en el otro extremo por el que nosotros habíamos entrado. A las puertas de la recepción del camping nos despedimos de este chaval, dándoles las GRACIAS, así, en mayúsculas, porque nos había traído derechitos hasta aquí y sin pérdida alguna. Un auténtico detallazo, porque el tío se había chupado casi cuatro kilómetros y ahora tendría que hacer otros tantos para deshacer el camino y llegar al punto donde nos habíamos topado con él. Viajar y encontrarse con gente así, tan amable y colaborativa, es una de las cosas más reconfortantes que nos pueden pasar.

  No tenemos problemas para alojarnos en el camping, así que con el plano de éste en la mano, intentamos buscar nuestra parcela, pero acabamos dando un buen rodeo, en círculo, dándonos cuenta después que la entrada al camping, la recepción, la teníamos allí mismo, cerca de nuestra parcela, sin necesidad de tanto rodeo.

  Montamos el campamento mientras nos tomamos unas cervezas que habíamos comprado en el propio bar del camping. Continuamos con la ducha, colada y montando otra vez en bici, para ir a recoger a Tomás en la estación, o sea, otros casi 8 km extras entre la ida y la vuelta (aunque estos no los tengo computados en el total del recorrido de la etapa de hoy, con lo que finalmente haríamos unos 100 km), y por suerte, entre los tres, conseguimos recordar el recorrido, porque a la velocidad que nos traía el chaval no teníamos mucho de tiempo de ir fijándonos, bastante teníamos con seguirlo a él y estar pendientes de los coches y de los semáforos.

  Hoy ha sido el día que peor he acabado, y ahora, mientras escribo esto, después de haber ya realizado el viaje, puedo decir que ha sido el único día en el que me he notado fundido, y lo peor de todo, con la moral un poco tocada por el pinchazo que he notado en la rodilla y las posteriores molestias, y lo curioso es que hasta la última parada que hicimos, a unos 20 km antes de llegar a Vannes, me sentía bien físicamente y sin ninguna molestia. No dije nada a mis compañeros, esperando que con el reposo desaparecieran las molestias, que por otra parte, las achacaba a algún giro de la rodilla al ponerme las calas o al sacarme el pie de ellas, porque como he dicho, hasta la última parada que hicimos no noté nada, y las molestias comenzaron al reanudar la marcha; en fin, ya iría viendo como se desarrollaban las cosas, pero lo curioso es que precisamente esta tarde en el camping, Rafa me devolvió el gel antiinflamatorio (había comprado uno esta mañana en una farmacia) que le había prestado para sus molestias en las rodillas, de la que se encontraba mejor. Así que aproveché para ponérmelo en la rodilla antes de montar de nuevo en la bici, ahora ligera de equipaje, para ir a buscar a Tomás, y también antes de acostarme. Mañana, antes de comenzar, me lo pondría otra vez, y ya vería si las molestias iban desapareciendo.

  Llegamos a la estación y allí estaba Tomás, terminando de colocar las alforjas sobre su burra. Nos saludamos y de nuevo al camping, que ya estaba cayendo la tarde.

  De nuevo en el camping, mientras Tomás montaba su tienda, nosotros íbamos sacando los preparativos para la cena, y como él venía prácticamente sin nada, tan sólo con un trozo de empanada que le quedaba después del largo viaje en el tren, pues decidimos compartir todas las reservas que teníamos, y mañana ya haríamos la compra para los próximos dos días, y además, deberíamos desayunar en el bar del camping, donde daban desayunos, porque en la cena acabamos con todas las provisiones.

  Cuando empezamos a cenar, ya era de noche, el camping ya iba cayendo en el silencio y la “calma chicha”, algo a lo que nos vamos acostumbrado, a pesar de que en España, es aún muy temprano, pero es que aquí el personal cena a partir de las 8 de la tarde, así que a partir de las diez y media de la noche en los campings ya se ve poco movimiento, o al menos, en los que hemos estado hasta ahora, y éste no era una excepción.

  Hoy cenamos en una mesa de madera, de las del estilo de los merenderos, cerca de la zona del bar, así que la tenue luz de éste, nos ayuda a no estar en completa oscuridad, aunque de vez en cuando tenemos que echar mano de los frontales. Cena copiosa, y de las que ayudan a calentar el cuerpo.

  Después de lavar y recoger todo, nos fuimos directos a nuestras tiendas, aunque antes de meterme en el saco, aproveché como es costumbre, y a pesar del cansancio de hoy y de que no tenía ni puñeteras ganas, para escribir unas notas sobre esta jornada.

  Mañana tenemos un nuevo aliciente, rodaremos con un nuevo compañero de aventuras y esperemos que el personal que da la información meteorológica en los informativos matinales de la televisión francesa, no se equivoquen y podamos disfrutar de un buen día.

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