Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

domingo, 13 de diciembre de 2015

Senderismo por Extremadura: Garganta de la Trucha, su bosque de loros y sus pequeñas cascadas.


Aún hoy, después de haber hecho tantas rutas por Extremadura, tanto a pie como en bici, uno tiene la suerte y el placer de volver a sorprenderse al contemplar un entorno natural como este de la zona de la Garganta de la Trucha, y eso que llevamos un largo período sin lluvias, que repercute claramente, entre otras muchas cosas, en el cauce de la garganta, en la humedad del bosque de loros y en las distintas especies de helechos (hasta once creo) que pueden verse por esta zona, ahora de color marrón, en lugar del verde al que estamos acostumbrados a verlos, y sin embargo, me sorprendió y mucho, supongo que tanto por el entorno natural (la garganta, los bosques de loros y de galería, pequeñas cascadas consecutivas, los buitres sobrevolando, el trino de pequeñas aves como herrerillos, etc), como por el geológico, en pleno sinclinal del Guadarranque (con la Sierra de Altamira la oeste, y la Sierra Palomera al este), uno de los geositios de este Geoparque de las Villuercas, Ibores y la Jara, por no hablar de la tranquilidad y paz que se respira un sitio alejado del mundanal ruido, casi virgen, nada que ver con algunas de las cascadas del valle del Jerte, por ejemplo, mucho más grandes y glamurosas, pero donde se ha intervenido, desde mi punto de vista para mal, haciendo plataformas simplemente para que el personal pose para hacerse la típica foto... aquí no llegan los autobuses cargados de turistas dispuestos a hacerse la foto, compartirla en las redes sociales al instante, ipso facto, "porque sino no mola", y a otra cosa; y los que llegan a este lugar, vienen de hecho aquí, no van de paso y se asoman a ver lo que hay, porque aquí sólo llega el que tiene interés por descubrir NATURALEZA y por sentirse parte de ella, porque no hay una carretera que te acerque hasta la garganta, hay que hacer unos deliciosos 16-18 km por pistas y caminos en mejor o peor estado, en función de la época de lluvias, remontando el Guadarranque, donde en algunas de las pequeñas praderas se pueden ver ungulados (al igual que durante parte de la ruta que estuve haciendo) a tutiplén, como me ocurrió a la vuelta.

La idea de hacer esta ruta era en principio conocer la lorera, el bosque de loros (Prunus lusitánica subsp. lusitanica ), zona protegida bajo la figura de "Árboles Sigulares de Extremadura", y según dicen, una de las mejores formaciones de toda España. Esta especie tiene su origen en la Era Terciaria (hace más de tres millones de años) cuando se encontraba muy expandido, dentro de un período con un clima más cálido que el actual, aunque los fríos y glaciaciones de la Era Cuaternaria hicieron que el loro se viera reducido principalmente a barrancos y zonas umbrosas, cerca de cursos de agua que recreen los ambientes templados y húmedos que necesita para sobrevivir, formando el fenómeno conocido como "lluvia horizontal", cuando sus hojas lanceoladas atrapan las brumas y las conducen hacia el suelo. Pero además de estas zonas boscosas y húmedas que se asemejan a una selva tropical, uno de los puntos más impactantes fue el mirador natural, el otero, en las partes altas de las paredes de cuarcitas de tiempos pretéritos, en donde la garganta entra en un estrechamiento entre estas paredes casi verticales, siendo las más altas territorio de buitres, desde donde se tiene vistas a un lado, de la garganta que baja desde la lorera, y al otro, del denso bosque que aún tendría que recorrer en parte.

Quizás no haya sido la mejor época, por la falta de precipitaciones y porque la flora no es tan abundante y variada como en primavera, pero también ha tenido su puntito con el colorido especial que muestran algunos árboles en estas postrimerías del otoño.

Os dejos unas fotos comentadas, y con más resolución que las que aparecen en esta entrada del blog, EN ESTE ENLACE, aunque ni de lejos llegan a transmitir la sensaciones que uno tuvo durante este recorrido...

La ruta la comencé dejando el coche junto a las ruinas de una pequeña casa de piedra, al poco de dejar atrás y a la izquierda del camino, una pequeña explotación donde se pueden ver chimeneas que salen de la tierra, y que se utilizan para la maduración de quesos bajo tierra, y es que los quesos de los Ibores tienen su buena fama ganada. Hasta llegar a este punto, tuve que hacer unos 16 km de caminos-pistas que fueron bastante asequibles debido a que estaban en buen estado, en parte debido a la falta de precipitaciones, por lo que no hay barro, no están deteriorados, y los arroyos que hay que vadear no llevan mucha agua.

Pequeña explotación donde los quesos de los Ibores maduran bajo tierra.
Antes de dejar la carretea para coger el desvío por camino para remontar el valle del Guadarranque, paré en el mirador del estrecho de la Peña Amarilla, para recordar las vistas que se tienen desde allí, aunque al igual que hace varios años cuando estuve por aquí realizando una ruta cicloturista por las Villuercas, los Ibores y la Jara, el tiempo andaba revuelto, amenazaba lluvia, y la niebla y el frío habían hecho acto de presencia después de días de temperaturas agradables, aunque para cuando comenzó a llover eran las cuatro de la tarde y ya estaba de vuelta.

 Panorámica del estrecho de la Peña Amarilla, y sus oquedades, desde el mirador junto a la carretera.

Mientras remontaba el Guadarranque, a mi mente afloraban las sensaciones y recuerdos ya casi olvidados, de cuando años atrás realizaba este mismo recorrido en bici, en lo que era el primero de los varios días que estuve recorrido esta zona.

Después de dejar el coche, comienzo el recorrido, al principio en suave subida, y más tarde por un fuerte repecho hasta llegar al collado de la Celadilla, donde ya comienzo a ver los primeros buitres, usando caminos-pistas algo que no me gusta mucho, aunque afortunadamente las vistas son extraordinarias, pudiéndose divisar a lo lejos, el estrechamiento por el que más tarde tendría que pasar, donde se encuentra el “oteadero” o mirador natural, así como el último tramo de la ruta, por un bosque que aún no se ha desprendido de su traje con los colores típicos otoñales, a pesar de estar ya en las postrimerías de esta estación, pero es este tiempo raro que estamos teniendo, caluroso y sin precipitaciones, para la época en la que estamos...

 

Arriba en el collado de la Celadilla, veo una indicación de una ruta por la Sierra Palomera, y una bifurcación. Sigo recto, en bajada pronunciada, con las vistas puestas en el colorido del pequeño bosque que tengo frente a mí y del juego de luces que producen en ocasiones, los rayos de sol al colarse por algunas de las rejandijas o grietas que dejan las nubes que cubren casi por completo el cielo, bañando las hojas de un dorado especial o de un rojo-burdeos más intenso en otros casos... puro espectáculo, así que me entretengo bastante...

 
Vistas en la bajada a la Garganta de la Trucha desde el Collado de la Celadilla

Llego a un primer arroyo, pero no es el que busco. Lo cruzo, y a los pocos metros está el que recorre la Garganta de la Trucha, así que primero, subo por él, lo remonto por una estrecha senda que hay por la derecha, en dirección de la subida; unos metros más arriba, la senda se adentra en un espeso bosque donde ya se van viendo los loros (Prunus lusitanica subsp. lusitanica), pero es justo después de pasar una pequeña cascada, en donde me entretengo un rato con el agradable ronroneo del agua y del canto de un herrerillo que quiere amenizarme el descanso, incluyendo sus cortos vuelos de una rama a otra entre dos árboles cercanos, cuando realmente comienza el bosque de loros, un bosque espeso, denso, alargado, ocupando una franja de una 10-20 metros a cada lado del arroyo y a lo largo de él. El suelo cubierto completamente de hojarasca, porque junto a los loros, también conviven otros árboles y arbustos, propios de un bosque de ribera mixto (alisos, fresnos, arces, robles melojos, madroños, durillos, acebos, quejigos, etc). En ocasiones uno tiene la impresión de estar en una selva tropical... debe ser realmente interesante y curioso encontrarse aquí en estaciones más húmedas con el efecto de la “lluvia horizontal”, viendo este bosque envuelto en la niebla, debe resultar mágico.

 

 
La senda remonta la garganta, por la derecha, adentrándose poco a poco en un espeso bosque...

 
Pequeña cascada antes de llegar al bosque de loros

Sigo subiendo y haciendo unas fotos de los troncos de los loros que crecen juntos y después se tuercen, se entrelazan, se abrazan y salen cada uno por su lado buscando la luz, llegando a alcanzar hasta los 15 metros de altura, asemejándose a los tentáculos de los cefalópodos. Cuando llego a la altura de un camino, me doy la vuelta, y al bajar, paso por el madroño de grueso tronco, de casi 10 metros de altura, casi en la unión de dos arroyos, volviendo de nuevo a la pequeña cascadita y siguiendo por la senda, aunque ahora en lugar de bajar directamente hasta el punto de inicio, me desvío unos metros a la izquierda para visitar las ruinas del antiguo Molino de la Trucha.


 

 

Bosque de loros (Prunus lusitanica subsp. lusitanica) y sus hojas laceoladas.

 Madroño

Paraje donde se encuentras las ruinas del antiguo Molino de la Trucha.

Cuando llego de nuevo al camino desde donde comencé a subir hacia el bosque de loros, continuo bajando por una senda a la izquierda del arroyo, en el sentido de la bajada, pasando junto a un recinto rectangular, completamente vallado, en cuyo interior se encuentran algunos tipos de helechos, muy secos. Supongo que el vallado es para protegerlos, por tratarse de algún tipo de helechos especial, porque más adelante volvería a ver otro recinto similar.


¿Helecho Rea (Osmunda regalis)l?

El estrecho sendero se abre paso entre la arboleda, retorciéndose para seguir el cauce del río, con un firme en donde afloran las raíces de los árboles, desnudas, superficiales, desprotegidas, junto a piedras y hojarasca, en medio de una gran umbría, de mucha humedad, y llegando a la altura donde el ruido del agua denota, antes de llegar a verlas, la cercanías de las pequeñas cascadas consecutivas.

 
Sendero que se retuerce sorteando los árboles, con sus raíces desnudas aflorando en la superficie...
 
Panorámica del inicio de la zona de las cascadas.

A pesar de llevar poco caudal, la zona de las pequeñas cascadas, abriéndose paso entre las rocas fracturadas, en una zona donde se produce un estrechamiento de la garganta al pasar entre paredes casi verticales de cuarcita, y todo ello envuelto en una arboleda vestida de un manto con distintas tonalidades, hace de este sitio un lugar idílico, y mucho más al disfrutar de unas vistas pletóricas en el oteadero, o mirador natural situado arriba, en lo alto de un crestón, por encima del “Charco de la Trucha”, donde termina la zona de las cascadas, y a donde se llega después de trepar un poco, aunque en un recorrido sin dificultad, pero como siempre, nunca es malo extremar las precauciones para evitar alguna caída de varios metros.

Desde arriba, las vistas tanto de un lado como de otro son espectaculares, y éste es quizás el punto más interesante de la ruta a nivel paisajístico, aunque era algo que no me esperaba, porque principalmente vine hasta este sitio para ver el bosque de loros y para hacer una pequeña ruta senderista, y aunque había oído hablar de la zona de las pequeñas cascadas o visto alguna foto de ellas, no me esperaba encontrarme ante esta joyita natural, y menos aún con este colorido visual otoñal, pero como ya he comentado antes, las falta de precipitaciones, incluso en esta zona, más abundante en lluvias, ya empieza a ser acuciante, y esto se nota en el caudal que lleva la garganta, por no hablar de otros arroyos que desembocan en ella y que están secos o apenas llevan agua...

 

 


Diferentes panorámicas que pueden divisarse del oteadero o mirador natural situado encima del crestón o peñón de cuarcita que se levanta vertical junto al Charco de la Trucha.

Casi una hora estuve allí arriba, no tenía prisas y las panorámicas merecían la pena, con la compañía de los buitres sobrevolando por encima de las sierras, y a los que ya llevaba viendo desde la cima del Collado de la Celadilla.

Me pongo en marcha de nuevo, más que nada porque el tiempo comenzaba a enrarecerse y no sabía muy bien como era el recorrido que me quedaba.

La parte trasera del oteadero, la falda de la sierra, está llena de vegetación de monte bajo, con muchas jaras y una maraña de sendas, unas suben, y otras bajan... Mirando el mapa, veo que tengo que bajar de nuevo hacia el arroyo, y seguir por su cauce, así que decido bajar como mejor pueda, lo más directo posible, porque hay muchas sendas, algunas acaban perdiéndose en la maleza, pero la referencia está clara, y después de algunos momentos de incertidumbre, de sube y baja y de despistes, llego hasta el cauce sin más problemas, adentrándome de nuevo en la arboleda y siguiendo por una senda que otra vez discurre entre piedras y raíces que afloran a la superficie y que intento no pisar, por lo que la marcha es tranquila, inmerso siempre en una soledad y en un silencio sobrecogedor, roto tan solo por el leve, porque no hay mucho caudal, murmullo del agua que me acompaña a mi derecha, y adentrándome en el bosque que antes veía desde el mirador.

Al llegar a una zona donde otro arroyo, completamente seco, se une por la izquierda al arroyo que voy siguiendo, giro a la izquierda por una vereda, que al cruzar el arroyo seco se convierte en un camino amplio y en buen estado que me saca de la arboleda para conducirme a una pradera donde de nuevo veo a varios ciervos que supongo irían al arroyo a beber, y digo de nuevo, porque ya antes había visto a mi derecha, a otros que en cuanto me vieron pusieron rápidamente pies en polvorosa, adentrándose en las profundidades del bosque, ladera hacia arriba...

 
Vistas al salir a la pradera, dejando el bosque y mirando hacia atrás.

Sigo unos metros más por la pradera hasta que el camino me obliga a girar hacia la izquierda, en una curva pronunciada, y al poco llego a la zona donde había dejado el coche.

A la vuelta, durante el recorrido por el valle del Guadarranque, hasta llegar a la carretera, pude encontrarme con muchos ciervos, tanto solitarios como en pequeñas manadas de 8-10 ejemplares, y tanto a un lado del camino como en otro, o en las pequeñas praderas junto al río.

Ya en la carretera, y poco antes de llegar a Guadalupe, sobe las cuatro de la tarde, comienza a llover, muy débilmente, pero por lo menos cae algo de agua, que falta va haciendo...

Os dejo un pequeño vídeo, hecho como siempre, con la cámara de fotos, de parte de este recorrido:



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