Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

jueves, 25 de junio de 2015

Subida al Mulhacén por la vertiente Norte: Vereda de la Estrella - Cueva Secreta - Laguna de la Mosca - Mulhacén (II)




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El domingo, día 21, nos levantamos son las 7 de la mañana, y tras las respectivas “abluciones” junto al río, tocó el turno al desayuno, en el mismo sitio donde habíamos estado cenando anoche, algo distendido porque cuando terminamos de recoger el campamento y nos pusimos a comenzar esta dura jornada, ya eran las 9 de la mañana.

La basura de la cena y el desayuno la dejamos allí, escondidas entre piedras para que los zorros no la desparramaran por todos los lados, como ocurrió por la noche, con la idea de no cargar con peso y recogerla al día siguiente, en la bajada, como a la postre acabamos haciendo...

Estábamos en la vertiente del río Valdeinfiernos y había que cruzar a la otra vertiente, a la del Valdecasillas, para lo cual tendríamos que subir a la loma que teníamos frente a nosotros, la Loma de las Casillas. La subida es por la parte oeste, así que a esta hora de la mañana la sombra inunda esta ladera.

A primera hora las fuerzas están intactas y hay muchas ganas, así que sin prisa pero sin pausa, llegamos a la parte alta de la loma y nos dejamos caer hasta el propio río, cuyas aguas del deshielo bajan cristalinas y con brío. Antes, justo al inicio del ligero descenso desde la loma al río, paro para hacer unas fotos de mariposas, de la “Plebejus ida nevadensis”, toda azulita ella en el reverso, y me gusta la relación que tienen algunas de esta especie con algunos tipos de hormigas, una relación simbiótica que se llama mirmecofilia, obteniendo las hormigas un líquido nutritivo de glándulas especializadas situadas en el dorso de la larva, y a cambio, la defienden del ataque de parasitoides.

Ya junto al río, un pequeño descanso para reponer líquidos, en el paraje conocido como Prado de las Víboras, una zona de mullidos borreguiles, verdes aún, donde pacen a sus anchas algunas vacas, un tramo de subida todavía suave, con la vereda paralela al río, que nos queda a la izquierda y al término de esta zona de borreguiles es cuando realmente comienza la dura subida hasta la la laguna de la mosca, que parece no tener fin, y es que se ve aparentemente cerca la repisa bajo la cara norte del Mulhacén donde se encuentra dicha laguna, pero sólo aparentemente, porque por mucho que uno cree que avanza por este valle de peñascos, no parece ver el fin.


Un pequeño refrigerio junto al río Valdecasillas, y a remontar el valle, con el Mulhacén de fondo, el que aparece en el centro de la foto (curiosamente, la perspectiva hace que parezca que la Alcazaba, a la izquierda y corta por la foto su parte alta, parezca que tiene más altura).

La referencia parece ser un gran peñasco que queda a la derecha del río, justo debajo de las chorreras de la mosca, que quedan más arriba, al llegar allí, la vereda es más visible pero el desnivel aumenta, para llegar a cruzar primero la zona de las chorreras, el desagüe natural de la laguna del mismo nombre, y después, el collado que nos lleva hasta la propia laguna, a la que aún rodean algunos neveros; nosotros aprovechamos la hierbecita de la orilla para tumbamos mientras esperábamos que fuera llegando el resto de compañeros, porque la subida cada uno la hace a su ritmo, así que el grupo se fue desperdigando, aunque siempre con referencias visibles de los que llevan por delante...


Remontado el río Valdecasillas en la subida a la Laguna de la Mosca... el grupo desperdigado ya a estas alturas como las cuentas de un rosario...



Después un rato en la laguna, finalizada la sesión de fotos del entorno y de las cabras monteses que se prestaban a la pose, sin temor alguno, muy acostumbradas al tránsito de estos bichos raros de dos patas que cargan con mochilas sobre sus chepas, tocaba abrigarse, hacía fresco allá arriba, sobre los 2.900 metros, pero además el cielo se cubrió de nubes, y es que ya desde mitad de la subida, comenzamos a ver las típicas nubes de evolución cerniéndose sobre los picos, lo que no presagiaba nada bueno, y más cuando los pronósticos daban tormenta para hoy, así que sólo nos quedaba confiar en que pudiéramos subir antes de que comenzara a descargar, o a que finalmente todo quedara en un amago, como a posteriori fue lo que ocurrió, quedando una tarde grisácea, con algunos claros, donde el sol no calentaba pero al menos nos libramos de la tormenta.




Diferentes fotos realizadas en la Laguna de la Mosca, incluidas las de las cabras.

Poco a poco fueron llegando todos los miembros del grupo, bastante enteros físicamente para como había sido la subida, y a partir de aquí el desnivel ya era menos, porque el primer objetivo era llegar al Collado del Ciervo y después el que no estuviera dispuesto a subir al Mulhacén podría bajar directamente al refugio de la Caldera, que quedaba a tiro de piedra, pero lo primero y una vez todos juntos, era comer y beber, que ya iba siendo la hora, sobre las 13:45.

 Esperando al resto del grupo en la Laguna de la Mosca.

Entre tiento y tiento un buen trago de vino, y así, matábamos dos pájaros de un tiro: recuperábamos fuerzas y vaciábamos nuestras mochilas....

No podíamos entretenernos mucho porque no estábamos seguros de si la tormenta se iba a formar o no, así que nos pusimos en marcha para afrontar la subida al Collado del Ciervo, que finalmente nos pareció menos dura de lo que parecía y lo hicimos en buen tiempo, así que cuando llegó el último del grupo al collado, eran cerca de las cuatro, muy buena hora.

 Trazado con la subida desde la Laguna de la Mosca al Collado del Ciervo.

 Subida al Collado del Ciervo, con la Alcazaba al fondo, y abajo, la Laguna de la Mosca.

 En el Collado del Ciervo, con la Alcazaba al fondo, y abajo, la Laguna de la Mosca.

Foto de grupo en el Collado del Ciervo (3.100m)

En un principio, cuando estábamos en la laguna, antes de subir el collado, nos habíamos apuntado cinco del grupo para subir al Mulhacén, mientras que el resto iban a bajar directamente hacia el refugio situado a unos minutos de allí, pero como quedaba muchísima tarde por delante, al final se animaron a subir otros cuatro, con lo que finalmente solo tres bajaron directamente al refugio, el resto, nueve, dejamos las mochilas en el collado para subir sin peso, y después las recogeríamos al bajar.

Primero subimos los cinco que teníamos claro desde el principio que queríamos subir, y después, una vez que se lo replantearon, el otro grupo.

Una vez arriba, las típicas fotos, aunque antes nos regodeamos con las extensas y magníficas vistas que se tienen desde allí, si bien la lejanía aparecía difuminada, apenas se llegaba ver el mar, pero mirando al norte, bajo nosotros estaba la Laguna de la Mosca y claramente visible la subida que habíamos realizado desde Cueva Secreta; a nuestra derecha, hacia el este, la Alcazaba, y bajo ésta y el Mulhacén, en dirección sur, la hoya con las las Siete Lagunas; hacia el oeste, arrancando junto al refugio y a la laguna de la Caldera (aún mantenía dos grandes neveros), el puntal del mismo nombre, y la cuerda que lleva por encima de los 3000 metros hasta el otro coloso, el Veleta. Claramente visible es también la pista que baja desde el Veleta hacia la Alpujarras, hacia Capileira, pasando por el Alto del Chorillo, por donde vemos pasar desde las alturas, a un nutrido grupo que van con sus bicis de montañas. Al fondo, hacia el sur, el barranco del Poqueira, y más al fondo, un poquito hacia el oeste, el pico del Caballo.


En la cima del Mulhacén, con Rafa, Antonio Marín, Fernando y Angelito, el "pequeño Sherpa"

Este es el otro grupo que finalmente acabaron por decidirse a subir también al Mulhacén. De izquierda a derecha: Javier, JuanMi, MªEugenia y Manolo

Merece la pena la subida para deleitarse con las vistas, aunque no sea precisamente la primera vez que uno está allí, y por supuesto, me acuerdo de mi amigo Nando, de nuestros pinitos montañeros por Sierra Nevada y de aquellos fatídicos momentos que vivimos hace ya catorce años, en un día del mes de Febrero, cuando apunto estuvimos de quedarnos en estos parajes para siempre, la primera y última vez hasta ahora, y espero que siga siendo así, que he visto pasar al tío de la guadaña de cerca, por suerte pasó de largo y pudimos bajar con el miedo en el cuerpo y con una sensaciones que se quedarán grabadas a fuego en la memoria, difíciles de olvidar, así que esto va por amigo Nando, ahora en Austria, separados por mucha distancia física pero unidos por los mismos valores y gustos.

Cuando nos dispusimos a bajar, asoman ya los compañeros del otro grupo que se decidieron finalmente a subir después de deshojar la margarita. Nosotros seguimos hacia bajo mientras ellos comienzan ahora a regodearse con las vistas y su particular sesión fotográfica.

Al llegar al Collado del Ciervo, de nuevo cogemos nuestras mochilas y en diez minutos estamos en el refugio, donde nuestros compañeros que habían decidido no subir al Mulhacén, nos esperaban para ofrecernos un té que allá arriba, en la montaña, sabe de forma especial...

La subida al Mulhacén desde el refugio de la Caldera.
El refugio sólo para nosotros, al menos al principio, a diferencia del viernes y el sábado donde estuvo a tope según nos han contando algunos, y donde muchos tuvieron que dormir fuera; hoy domingo en cambio, está vacío, sólo nuestro grupo de doce, y una parejita catalana que había aprovechado el puente de San Juan, para conocer esta zona, y que llegaron más tarde.

Aún quedaba tarde por delante, así que tras las “abluciones” oportunas, cambio de ropa y recogida de agua para la cena, estuvimos unos fuera y otros dentro, conversando de lo divino y lo humano, aunque fuera del refugio hacía frio, y el ligero viento que soplaba nos obligaba a ponernos la ropa de abrigo que llevábamos, incluso sacamos las botellas de vino fuera para que se enfriaran...

 Haciendo tiempo para la cena, en el refugio de la Caldera. A la izquierda, la hoya donde está la laguna del mismo nombre, aún con neveros.

Sobre las nueve la cena, distendida, con una mezcla de felicidad por un lado, por haber conseguido realizar lo previsto, y de cansancio por otro, por el esfuerzo realizado, pero este es uno de los mejores momentos del día, la cena, regada con buenos caldos y con una inmejorable compañía, en la montaña, a 3000 metros de altura, en plena naturaleza, alejados de la civilización, es de los momentos, de las sensaciones, que uno siempre intenta retener para no olvidar. Un placer compartir estos buenos ratos con este grupo de amigos.

Al día siguiente tocaba madrugar, levantarnos a las seis de la mañana para intentar ponernos en marcha a las siete, con el fin de llegar a buena hora, sobre las dos de la tarde, a los coches, lo que sería una muy buena hora para comer y tomar unas cervezas antes de regresar a casa, pero los planes siempre están para no cumplirse, el hombre propone y el “de arriba” dispone.....

El domingo nos levantamos sobre lo previsto, aunque algunos no durmieron mucho después del concierto de viento al que se vieron sometidos. En mi caso, anoche caí rendido y no tardé mucho en dormirme y no me enteré de nada, al contrario de la noche anterior donde me costó bastante conciliar el sueño...

Desayuno, rehacer mochilas, despedirnos de la pareja catalana y a las 7:15 ya estábamos camino del collado del Ciervo, desde ahí, bajada hasta la laguna de la mosca, donde un italiano con más frio que vergüenza, nos esperaba para pedirnos un mechero, había hecho vivac anoche en la laguna y estaba con una cara pálida y muerto de frío.

Como la bajada cada uno lo hace a su manera, a la salida de la zona de la laguna, antes de bajar hacia las chorreras, hacemos una parada para reagruparnos, y ahí decidimos que tres compañeros fueran hacia delante, porque uno de ellos tenía que ir a Granada para cosas personales y así ganábamos tiempo.

Hasta los primeros mil metros de desnivel de bajada, después de bajar las chorreras de la mosca, y ya a mitad del valle en dirección al prado de las víboras, más o menos bien, pero desde ahí las rodillas comenzaron a descontrolarse por completo. No me dolían, pero me bailaban, como si no aguantaran el peso del cuerpo, cuando paraba parecía que daban saltitos, como si vibraran, no se quedaban quietas, y tenía miedo que ante la falta de reflejos, en un mal paso, tuviera un esguince, y aún quedaba más de la mitad del camino, aunque lo más complicado para mi era llegar hasta Cueva Secreta, después por la Vereda de la Estrella el desnivel era más suave.

Llegar a Cueva Secreta fue un auténtico suplicio, incluso llegué a tener una caída sin más, salvo algunos arañazos en las piernas y por suerte, unos cuantos de mi grupo se quedaron conmigo, y al final acabaron por quitarme la mochila y la basura que bajaba. Un pequeño descanso junto al Valdeinfiernos para refrescarnos, y a seguir para delante, que no quería retrasar la llegada más de lo que ya estaba retrasándola. Un ibuprofeno me dieron, pero no me hizo absolutamente nada.

En la Vereda de la Estella el desnivel es más suave y la huella para caminar mejor, así que con un poquito menos de tensión en todo el cuerpo pero con los mismos problemas en las rodillas en cualquier bajadilla, aunque curiosamente, en cualquier repecho que aparecía no tenía ningún problema, solo en las bajadas.

Si bien es cierto que ya iba más tranquilo este tramo por la Vereda de la Estrella, lo cierto es que tenía que ir muy despacio, para no forzar y acabar jodidamente del todo, así que las velocidades de bajada fueron de vértigo, a tres kilómetros por hora y en algunos sitios incluso menos, a pesar de ser un tramo bueno para caminar y en descenso, y para colmo, ya en la última parte, al finalizar la bajada, el calor era más fuerte, así que acabamos llegando a las cuatro y media o algo más de la tarde, nada que ver con el horario previsto, al menos para mi y los que venían conmigo, porque los tres que bajaron por delante ya estaban aburridos de tanto esperar, y como tampoco había cobertura no sabían que es lo que había pasado.

Sobre las cinco, ya aseados y cambiados de ropa, en el Maitena, donde el sábado estuvimos también comiendo, toco recuperar fuerzas y líquidos, y por suerte, la cocina creo que no cerraban hasta algo más tarde, así que pudimos tener una comida distendida...

Lo peor, el viaje de regreso que se hizo largo, muy largo, y en mi caso particular, acabé llegando a casa a las doce de la noche, para terminar de poner el cierre a este finde semana pletórico en la montaña, y sobre todo y por encima de todo, y como viene siendo habitual en mis salidas a Gredos, lo mejor, el grupo de amigos que nos juntamos y el buen rollo que hay entre nosotros. Un abrazo desde aquí para todos ellos.

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