Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

Aquí mis batallitas sobre cicloturismo, senderismo, montaña, viajes, naturaleza, música, teatro, ...

"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

miércoles, 10 de junio de 2015

La Ruta del Danubio en Bici, desde su nacimiento hasta Viena: Diario de un cicloturista (III) y Final.

  
TERCERA PARTE:
ETAPAS DE LA 9 A LA 12
(Austria)

ETAPA  9:  Schlögen - Au (camping)
ETAPA 10: Au - Aggsbach Markt
ETAPA 11: Aggsbach-Langenschönbichl
ETAPA 12: Langenschönbichl - Viena
Logística y Turismo por Viena.









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NOVENA ETAPA (Austria): Schlögen - Au (camping)
Distancia = 87,28 km - Tiempo = 5:16:07 - Media = 16,6 km/h 
 Jueves, 21 de Agosto de 2014


Anoche, cuando me disponía a entregarme al placer del sueño reponedor, después de escribir unas notas sobre como había ido el día, comenzó a llover... ¡mucho había tardado en hacerlo!, a juzgar por como estuvo la tarde-noche, muy propicia para una lluvia que no comenzó hasta esa hora, así que habría que ver el lado positivo, mejor por la noche que no durante el día, porque es un engorro para pedalear y no se disfruta del entorno de la misma manera.

Como ayer no pude subir al mirador, mi idea era hacerlo esta mañana bien temprano, antes de que los compañeros se levantaran, pero ya sabía que iba estar complicado, porque toda la noche estuvo lloviendo, unas veces de forma intensa, otras más débil, y sólo algunos ratitos en los que paraba para después comenzar de nuevo. Cuando abrí la cremallera de mi tienda fue cuando definitivamente di por finalizada toda opción de subir al mirador para gozar de las vistas del meandro y hacer alguna foto, y no sólo porque estuviera lloviendo, sino porque las nubes se cernían con fuerza sobre las partes altas del monte, tan sólo se podía ver desde media ladera hasta el río, el resto, las partes altas, eran cubiertas por las nubes, por la niebla, con lo que desde el mirador no se podría divisar nada. Ante este panorama sólo quedaba una opción, cerrar la puerta de la tienda y meterme de nuevo en el saco y dormir una hora más hasta que sonara la alarma en los móviles de los compañeros...

A las siete suena la alarma... nada, ¡ni puñetero caso le hicimos ninguno de los tres!, media vuelta para seguir relajados bajo el confort del saco de dormir, porque seguía lloviendo y la temperatura era baja, por no hablar de la humedad reinante, que si ya cuando llegamos ayer se notaba bastante, después de estar toda la noche lloviendo no me extrañaría que cuando saliéramos de las tiendas nos encontráramos con una plantación de setas... y en España con una ola de calor...

No se que hora cuando cesó la lluvia, lo que si sé es que aprovechamos para salir rápidos de las tiendas para proceder, lo mejor posible, a su secado, utilizando trapos, y después recogerlas, y hecho esto y previo paso por la zona de aseos, disponernos a preparar el desayuno en el mismo sitio que estuvimos cenando anoche, donde el toldo nos protegería en el caso de que comenzara a llover de nuevo, como así fue, porque fue prácticamente comenzar a calentar el agua para el café y comenzar de nuevo a llover.
Inicio de la curva del meando visto desde el camping.

Desayunamos bajo el toldo que tenía enganchando la caravana a modo de porche, con los tres recostados sobre el banco pegado a un lateral de ésta, mirando el agua caer, con las vistas del río, de la gran curva que hacía éste para formar el meandro, con los barcos del puerto deportivo, el monte con su tupido bosque que teníamos frente a nosotros, en la otra margen, visible tan solo desde media ladera hacia abajo, con las nubes cubriendo el resto, bajo un cielo plúmbeo, bien abrigados, en un camping que aún permanecía en reposo, calma chicha, donde no se movía nada ni nadie, y de nuestro ensimismamiento tan solo nos sacaba un pequeño petirrojo que iba de aquí para allá, y que llegaba a situarse a penas a metro y medio de nosotros, sacándonos alguna sonrisa, suponemos que acostumbrado a que le echaran de comer ya había perdido el miedo.... por lo demás, paciencia, el día completamente invernal, de frío, agua y niebla, de esos días en los que a uno le apetece estar en casa, mirando caer la lluvia por la ventana, mientras saborea un café caliente, leyendo un libro al calor del hogar...


El tiempo pasaba, la mañana avanzaba inexorablemente, y llovía, seguía lloviendo... decidimos esperar un poco más, y de seguir así tendríamos que ponernos en marcha bajo el agua, no teníamos mucho más margen en el viaje, ya llevábamos retraso acumulado desde el principio, pero es que desde la gran mojada que tuvimos antes de llegar a Ulm y cómo acabamos, no nos apetecía nada pasar otra vez por lo mismo, pero nadie dijo que cuando se hace un viaje largo siempre se va a gozar de buen tiempo. Matamos la espera repitiendo café, no teníamos otra cosa mejor que hacer, al menos las vistas panorámicas frente a nosotros eran buenas, y nuestro amigo el petirrojo seguía haciéndonos compañía.
Aburridos, viendo el agua caer mientras repetíamos café...

A las 11:15 por fin para de llover, no sabíamos si momentáneamente, pero era la hora de recoger, montar las alforjas y ponernos en marcha.
Con todo ya recogido en el camping de Schlögen, dispuesto para comenzar un nuevo día...

Desde Schlögen a Aschach, un tramo de unos 30 km que son una auténtica gozada, sin lugar a dudas desde que empezamos la ruta, es este tramo, junto con el recorrido inicial por el P.N. de Alto Danubio, lo más interesante en cuanto a paisaje y entorno natural.

El recorrido transita por una carretera local totalmente mojada en la que el único tráfico que soporta es el de las bicis y el de los cisnes que andan cruzándola en su ir o venir del río, algunos por cierto, con bastante mala leche o con mal despertar, no se muy bien, pero hay que andar con cuidado si no se quiere que se lancen con picotazos sobre ti; el río a nuestra izquierda y a la derecha la ladera de los montes que descienden prácticamente hasta el río, con los árboles cuyas hojas siguen goteando y bien parecía que aún seguía lloviendo; no hay espacio para más, pedaleamos entre el río y el monte, y en ambas orillas, tupidos, cerrados, frondosos bosques, fastasmagóricos en ocasiones al entrever en las alturas el gran manto verde de abetos y hayas entre la niebla, con el Danubio, convertido ya desde Passau, en un río enorme, abriéndose paso entre esta zona montañosa, serpenteando, haciendo giros pronunciados, formando bonitos y sucesivos meandros, y aunque es el de Schlögen el que tiene la fama y el glamour, los demás no tienen nada que envidiarle. En las zonas en las que entre el río y la ladera de las montañas hay más espacio, aparecen pequeños núcleos urbanos tanto en una como en otra orilla, con una arquitectura que no desentona con el entorno, y al menos por las que pasamos, siempre con servicios orientados al cicloturista, algo que echamos en falta en la parte alemana, y es que aquí en cualquier sitio se puede encontrar un bar, o sitio para comer, o alojamiento tipo gasthof o gasthaus, por pequeña que se la aldea o pueblo. Y por supuesto, también vemos los típicos barco-cruceros realizando su recorrido por el Danubio, algo que no es de extrañar siendo esta zona una de las más bonitas, tanto como entorno natural como a nivel paisajístico.
Una panorámica a pie de carril-bici de uno de los meandros que forma el Danubio en esta zona...



 Un obstáculo en el camino, los famosos cisnes del Danubio...algunos de ellos con muy mala leche...

Este bonito y enriquecedor tramo, de los que realmente hace que merezca la pena hacer el viaje, e incluso soportar la lluvia, el frío y la niebla, podría decir que termina justo al llegar a la central de Aschach, antes de llegar a esta localidad, justo donde se nos ofrece la opción de cruzar la presa para seguir por la otra margen del río, como indica la guía que llevamos, pero nosotros seguimos hacia delante, hacia Aschach , una población con más enjundia, más grande, porque teníamos que comprar provisiones, así que paramos en un super, hicimos la compra, y tomamos un pequeño tentempié sentados en un banco de un parque, unas barritas energéticas y unos frutos secos, mientras comentamos que se nota el tema de los precios en Austria con respecto a Alemania, y es que al menos en relación a lo que nosotros solemos comprar, los precios son algo más altos.

Nos ponemos en marcha de nuevo y decidimos seguir por la margen en la que estábamos, porque se puede ir por los dos lados y así evitamos tener que deshacer camino y perder más tiempo.

A partir de Aschach la zona montañosa va perdiendo altura progresivamente hasta que acaba por desaparecer y vernos, en un visto y no visto, pedaleando por zonas completamente llanas, por un carril bici exclusivo, con largas y monótonas rectas, produciéndose un cambio total en el paisaje, desapareciendo los bosques y las montañas, dejando paso al llano, aunque con zonas frondosas y verdes, pero después de un rato pedaleando por este tramo, comienza el hastío con estas largas y aburridas rectas, donde a esa hora, ya avanzado el mediodía, el sol comienza a aparecer tímidamente, la niebla desaparece, en el cielo comienzan a verse algunos huecos de azul intenso, y la temperatura ha ido subiendo ligeramente... ¿día de niebla, tarde de paseo?... ¡ojalá que fuera así!, porque si la mañana no era la mejor para pedalear lo cierto es que poco a poco fue transformándose y la tarde estaba siendo la ideal para la práctica del cicloturismo, así que no era de extrañar que comenzáramos a ver mucha más gente montando en bici, tanto en parejas, como en grandes grupos, o en familia, etc...

Al llegar a la altura de Ottenshein, una pequeña localidad situada en la otra margen, paramos para hacernos una foto con el fondo de sus casitas de colores alineadas junto al Danubio, y levantándose por encima de ellas, en una elevación, un bonito castillo. Unos metros más tardes nos llevamos la sorpresa de ver que el camino se corta, y para continuar la ruta tenemos que cruzar el Danubio para llegar a Ottenshein y continuar la ruta a partir de allí, pero aquí no hay puente, así que tenemos que esperar, poco tiempo, a que venga el barco que se encarga de llevar pasajeros, bicis y coches de una orilla a otra, aunque nos cobran casi nueve euros por los tres, no es que sea mucho, pero me parece demasiado tres euros para cruzar de una orilla a otra, no se cuanto cobraran por cruzar con un coche...

Con Ottensheim de fondo, antes de cruzar en barcaza a la otra orilla...

Al desembarcar, junto a un bar de esquina, bien situado para recibir los cicloturistas que vengan por cualquiera de las dos variantes, continuamos ruta, para después de un pequeño tramo agradable desembocar en un carril bici que transita junto a una vía ferroviaria, pedaleando paralelos a una carretera con bastante tráfico a nuestra derecha que nos conducirá hasta Linz.

Este tramo resulta un poco pestoso, insulso, porque si bien es cierto que pedaleamos por carril bici, la cercanía con una carretera con tráfico incesante, y el constante ruido, hace que deseemos llegar a Linz para dejarlo atrás lo antes posible, además el recorrido no es nada del otro mundo por vamos pasando por toda la zona periférica de esta ciudad, a la que al menos llegamos cómodamente, después de alejarnos de la carretera, para seguir por una zona de parques o zonas verdes, donde hay mucha gente tomando el sol, ¡quien lo diría después de la noche y la mañana que habíamos tenido!. El personal se encuentra paseando o haciendo deporte, y es que por aquí me da a mí que en cuanto salen dos rayos de sol se echa a la calle todo el mundo para absorberlos y disfrutar de ellos como si no hubiera un mañana...

Linz se encuentra en la otra margen del río; en la que estábamos sólo había zonas verdes, parques, e instalaciones para la práctica del deporte, así que antes de cruzar el puente para disponernos a realizar la visita cultural decidimos parar en esta zona para comer, así que en unas mesas merenderos de una especie de parque-jardín nos dispusimos a reponer fuerzas. Buen sitio, tranquilo, con vistas de la ciudad en la otra margen del río, y con una fuente en la parte central que nos permitiría hacer acopio de agua, además de la utilizada para preparar el café que le sigue a la comida.

Un poco más tarde llegó la hora de visitar Linz, cruzando el puente de los Nibelungos, que nos conduce prácticamente hasta la entrada de la gran y bonita plaza (Hauptplatz ) de Linz, aunque no podemos disfrutarla en todo su esplendor porque hay grandes escenarios montados, además de pequeños puestos colocados en los márgenes de la plaza, donde hay mucha gente tanto en las terrazas como caminando por ella, al igual que paseando por el puente.

La plaza es enorme, incluso creo que es una de las más grades de Europa, y en su centro, una gran columna de unos 20 metros de altos rematada con una imagen dorada de la Santísima Trinidad, levantada en agradecimiento al hecho de que los habitantes sobrevivieron a los catástrofes y como protección contra la guerra, incendios y la peste. En tiempos pretéritos, en los alrededores de la plaza se colocaban los puestos para el mercado, que contribuyeron al ascenso económico de esta ciudad. Los edificios que la rodean son altos y de bella factura, y sólo con este aperitivo, no es de extrañar que Linz, la capital del estado de la Alta Austria, fuera la capital europea de la cultura en el 2009, porque cuenta con un rico patrimonio histórico y cultural al que nosotros intentamos visitar, dentro de nuestras posibilidades, algo a la ligera, porque Linz, al igual que Passau o Ratisbona, bien merecen una visita más sosegada y de algunos días para verlas en detalle, pero con nuestra mini-visita, lo único que pretendemos es tener una idea de la ciudad, y quién sabe si en otra ocasión, poderla visitar, al igual que otras, con más tranquilidad.

Callejeando por Linz...

Y así, unas veces andando y otras montados sobre nuestras burras para hacer las distancias más cortas, vemos el edificio del Ayuntamiento Viejo (Altes Rathaus), o la catedral antigua (estos en la misma plaza o muy cerquita de ella), varias iglesias, como la iglesia de las Ursulinas, y otras que andaban en restauración y los andamios en su fachada la deslucían, y por supuesto, la catedral nueva, considerada la iglesia más grande de Austria, y en la que los trabajos finalizaron en 1924, ofreciendo espacio para 20.000 personas, un mero dato para que nos hagamos idea de su tamaño; en este caso al ver que estaba abierta, pudimos entrar a su interior para visitarla, aunque por turnos, para tener controladas las bicis.


Interior de la catedral nueva de Linz...

Además del recorrido monumental como tal, es un placer dar un paseo por las calles de Linz, ya sea a pie o en bici, porque resulta una ciudad acogedora, bonita, coqueta, donde se mezcla historia y modernidad, lo antiguo con lo nuevo, como pudimos ver desde el pequeño jardín, en la otra margen del río, donde paramos a comer, divisando frente a nosotros, en la margen donde se asienta la ciudad, el Castillo de Linz con sus bastiones, a la derecha, y edificios totalmente modernos a la izquierda, integrados como un todo.

Aún quedaba tarde, y aunque nos hubiera gustado quedarnos allí y aprovechar el tiempo para conocer más esta ciudad, tal y como teníamos programado antes de iniciar esta ruta, teníamos que ponernos en marcha para ir avanzando y no acumular más retraso aún del que ya llevábamos, porque de lo contrarío nos “comeríamos” un día de los dos que teníamos previsto en Viena.

Cruzamos de nuevo el puente de los Nibelungos y seguimos por la margen izquierda del río, en una sucesión de zonas verdes, de ocio, de recreo, siendo una gozada ver a tanta gente practicando deporte, ya sea en bici, corriendo, montando sobre patines en línea, marcha nórdica... una alegría ver tanta gente practicando deporte, disfrutando de estas zonas verdes y de la buena tarde que se había quedado finalmente, algo que no era de presagiar después de ver la noche y la mañana que habíamos tenido.

Nuestra idea era llegar a Mauthausen , algo que podríamos hacer cómodamente, porque eran algo menos de 25 km y aún teníamos margen para algún imprevisto, como así acabó ocurriendo, porque lo que estaba claro es que ya no nos iba a dar tiempo de visitar el por desgracia y tristemente célebre, campo de concentración de Mauthausen, al que los nazis convirtieron en el pilar del genocidio:

El campo de concentración de Mauthausen fue uno de los pilares en el genocidio racial que instauró el III Reich. Destacó, que ya es decir, entre otros campos de exterminio, por la dureza de sus condiciones de vida. Fue un exponente de la máxima degradación de la raza humana, alcanzando cotas de vileza y maldad nunca vistas. En Mauthausen solo había una certeza: la muerte, y solo una duda: la forma de morir en aquel lugar. Y es que los nazis aplicaron toda su frialdad calculadora, método y eficiencia para eliminar a seres humanos inocentes de la manera más económica y efectiva posible”.

No es que tuviésemos una gran ilusión por ver esta “casa de los horrores”, pero ya que pasábamos junto a ella, bueno sería visitarlo para saber hasta que punto llega la vileza humana y esperar y confiar en que estos genocidios no vuelvan a repetirse, porque si de algo sirve que se haya hecho visitable este campo de concentración es para aprender a no olvidar lo que sucedió. Pero como he dicho, a la hora que íbamos a llegar ya no iba a estar abierto, porque sería al caer la tarde, a parte que hay que hacer un pequeño desvío de algo menos de dos kilómetros, pero en subida, con rampas de hasta el 15%, por eso, la idea era buscar alojamiento y al día siguiente, por la mañana, antes de empezar el recorrido, realizar la visita; ésta era la idea, otra cosa es lo que fuera surgiendo...

Mientras avanzamos por la margen del río volvemos de vez en cuando la mirada hacia atrás, hacia la otra margen, para seguir disfrutando de las últimas vistas de Linz, de la armonía y convivencia entre lo nuevo y lo viejo, como he comentado antes, viendo las torres-campanarios de antiguas iglesias sobresalir por detrás de modernos edificios situados más cerca del río.


Linz, desde la otra orilla del río, con las torres-campanarios de antiguas iglesias sobresaliendo por detrás de modernos edificios situados más cerca del río...

Hasta llegar junto a las indicaciones de la presa de la central hidroeléctrica de Abwinden, varios kilómetros después de dejar atrás los parques y zonas verdes de Linz, pedaleamos por una especie de talud, donde seguimos encontrándonos mucha gente practicando deporte, y en este tramo sobre todo, montando en bici o sobre patines en línea, incluso otros haciendo una mezcla entre marcha nórdica y patines en línea.

Junto a las indicaciones de la presa giramos a la izquierda, para dejar a nuestras espaldas el río e introducirnos “tierra a dentro”, al menos durante unos kilómetros, porque en Mauthausen de nuevo enlazaríamos con el Danubio, pasando por una sucesión de pequeñas localidades conectadas con el carril bici, zona de llanuras donde es fácil encontrarnos con manzanos y perales, y como la despensa en cuanto a fruta se refiere estaba vacía, ni cortos ni perezosos, nos dispusimos a rellenarla, incluso en algunos sitios no hacía falta ni parase, simplemente alargar el brazo y coger las manzanas.

Terrero llano, carril bici asfaltado, tarde agradable y por suerte, el dios Eolo sin dar señales de vida, así que nos plantamos en Mauthausen con facilidad, lo complicado era ahora buscar alojamiento, así que al entrar en la localidad íbamos pendientes de carteles tipo: zimmer, gasthof o gasthaus, porque no teníamos anotado que hubiera ningún camping por aquí, pero no veíamos nada, y tampoco se vía gente para preguntar, hasta que en una bocacalle, nos encontramos a un grupo de chavales sentados en una mesa, y Montse, nuestra particular relaciones públicas y ángel de la guarda, se fue a ellos para preguntarles por algún alojamiento económico, o la posibilidad de algún camping cercano, y ¡bingo!, a unos cinco kilómetros, en el mismo recorrido de la ruta, había un camping, en la localidad de Au, aunque esto suponía que si mañana queríamos visitar el campo de concentración, tendríamos que dar la vuelta y volver otra vez al camping para seguir desde allí, o sea, que en total, incluido el desvío y el callejeo por Mauthausen, podrían suponer unos quince kilómetros extras a añadir al recorrido del día siguiente; lo estuvimos meditando, y como ninguno tenía una especial atracción por la visita, salvo que nos cogiera de paso, tal y como teníamos previsto, y no supusiera rompernos los planes en exceso, pues nos decantamos por el alojamiento fijo y económico que podía suponer el camping, que además estaba en la misma ruta.

Otra pareja de cicloturistas andaban igual que nosotros, buscando el camping, así que pusimos el piloto automático, le dimos caña, y tras dejar atrás a esta pareja y hacer unos kilómetros vertiginosos, con algunos piques de velocidad entre “la gacela”, “la gitanilla” y “el percherón” (que es como acabamos bautizando respectivamente a las bicis de Montse, de Jesús y la de quien esto escribe), llegamos al camping de Au, eso si, ya prácticamente cayendo la tarde, con los últimos rayos de sol; fue pagar el camping, colocar la tienda mientras tomábamos unas cervezas que compramos en el bar-restaurante-recepción, y antes de ir a la ducha ya se había hecho de noche.

Junto a la zona de árboles donde habíamos colocado las tiendas, había también una mesa merendero, así que tras la ducha y abrigarnos un poco, porque ya empezaba a refrescar, nos dispusimos a hacer la cena mientras picoteábamos un poco de aquí y allá, comentando como había ido el día, mientras veíamos aún bastantes luces encendidas en el camping, que tenía muy buena pinta por lo que habíamos podido ver al llegar, y con bastante gente en él.

A las doce menos cuarto nos fuimos a la tienda, a dormir, y esperando como cada noche, que por la mañana amaneciera con buen tiempo, al menos con el mismo con el que hemos disfrutado durante esta tarde, no así en la noche anterior y en las primeras horas de la mañana...

De esta jornada me quedo sin lugar a dudas con los treinta primeros kilómetros, entre el meandro de Schlögen y Aschach, un tramo de unos 30 km que son una auténtica gozada, y que junto con el recorrido inicial de esta ruta por el P.N. de Alto Danubio, en Alemania, es sin duda, lo más interesante en cuanto a paisaje y entorno natural, lo que resalta por encima del resto, y por supuesto, me quedo también con la visita a Linz, una encantadora ciudad, y con el ambiente sano que se respira en ella, con los parques y zonas verdes repletos de gente practicando deporte, disfrutando del entorno.

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DÉCIMA ETAPA (Austria): Au (camping) -Aggsbach Markt
Distancia =  92,71 km - Tiempo = 5:39:16 - Media = 16,4 km/h 
 Viernes, 22 de Agosto de 2014


¡Noticia!, ¡amanece un día soleado!... ¡ya era hora!. El desayuno lo haríamos hoy en una de las mesas-merenderos que están al sol, que de frío y agua ya teníamos nuestra ración.


A pesar de levantarnos en torno a las siete de la mañana, no se muy bien donde se nos va el tiempo, porque hasta las diez no salimos del camping, bien es cierto que tomábamos buenos desayunos y con tranquilidad, y que esta mañana especialmente estábamos disfrutando del sol, pero casi tres horas desde que suena la alarma hasta que nos ponemos en marcha... no es normal, aunque al menos no perdemos tiempo en buscar el camino, porque el carril bici pasa justo entre el camping y la zona de bar-restaurante-recepción.


El comienzo es como los kilómetros previos a la llegada al camping ayer por la tarde, terrero totalmente llano, con el Danubio a nuestra vera, a la derecha que casi podemos tocarlo; a la izquierda, grandes claros y más alejadas, zonas boscosas, y frente a nosotros, la “tiranía de la línea recta”, largas y monótonas rectas en las que avanzar por ellas es más esfuerzo mental que físico, y eso sin contar con que al dios Eolo hoy le dió por juguetear con nosotros de inicio a fin, o sea, que con mayor o menor intensidad hemos tenido que afrontar el viento de cara. Un tramo en el que da la sensación de estar anclados siempre en el mismo sitio, de no ser por las miradas que de vez en cuando echamos al cuentakilómetros para cerciorarnos que efectivamente vamos avanzando, porque todo permanece igual, inalterable, imperturbable, mismo paisaje... menos mal que tengo por compañeros a Jesús, “el gorrión de Trujillo” que casca por los tres juntos, y a Montse, la galleguina, que con buen sentido del humor le sigue la corriente, con ellos se hace algo más de entretenido este tramo de unos 20 km que damos por concluido al llegar junto a una nueva presa de una central hidroeléctrica, porque es ahí cuando giramos a la izquierda, dejando el río a nuestras espaldas, para describir una especie de arco en cuyo otro extremo volveremos a ir a parar al río, ya en las cercanías de Grein.


Al dejar el río nos adentramos en zonas eminentemente rurales, pequeñas aldeas en medio de una llanura donde pedaleamos entre campos de cereal, viñas y maizales.


Pedaleamos unas veces por zonas abiertas, otras por auténticos pasillos flanqueados por tapias de cañas de maíz aún sin cosechar, y otras por zonas boscosas de álamos, los cuales sueltan una especie de pelusilla blanca que bailando al son del viento van cayendo con una parsimonia inigualable sobre el asfalto de estas carreteras locales, aisladas, bien parecía que nevaba, incluso el asfalto o los caminos por los pasábamos estaban blancos, cubiertos de esta pelusilla que desprendía la arboleda, una bonita imagen aderezada con los juegos de luces y sombras de los rayos de sol al colarse entre los árboles e iluminar estos “copos de nieve” tan especiales, aunque supongo que a los que son alérgicos no les parecerá tan bonito o tan poético.


Enlazamos con una carretera y con una vía férrea, y paralelo a ambas, el carril bici, aunque en este caso éste va a algo menos de altura, con lo que el efecto del tráfico, que no es mucho tampoco, es menor, y es en este tramo, ya con el río de nuevo paralelo a nosotros, a nuestra derecha, cuando vemos a otro grupo de gente haciendo la ruta del Danubio, pero en barco en lugar de en bici. Eran un grupo de unas 12 personas, remando en un bote con velas y bandera personalizada. Nos saludan, saludamos. Buen rollo, perfecta armonía, cada uno viaja como quiere, tan solo se trata de vivir, sentir, conocer, compartir experiencias... tan simple algunas veces, tan complicado otras.


En una de las curvas que hace el río, porque de nuevo el terrero se vuelve más montañoso, divisamos en la lejanía la silueta recortada sobre un fondo verde, del pequeño y coqueto pueblo medieval de Grein, con sus casitas e iglesia central, como si se tratara de un pueblo sacado de un cuento ¡buena vista panorámica!.


 Vistas de Grein en la lejanía, en unas de las curvas que hace el río por esta zona.

Antes de llegar a Grein pasamos por su camping, y a la entrada de la localidad nos para una pareja de abuelos septuagenarios, también son cicloturistas, aunque llevan bicis eléctricas, por si acaso les falla su motor particular, aunque no sabría decir, porque cuerda tenían para rato, y allí estuvieron cascando casi veinte minutos de reloj lo que en principio sólo iba a ser un saludo mutuo, aunque lo de “cascar” es un decir, porque ni nosotros hablábamos alemán ni ellos hablaban español y tampoco inglés, así que entre gestos, afán por intentar entendernos y mucha paciencia, pudimos más o menos intuir que la ruta se podía continuar por las dos márgenes del río, y por supuesto, para ir por la margen opuesta a la que nos encontrábamos tendríamos que coger un pequeño barco-transbordador, para seguir por un trazado a priori más tranquilo y relajado que por la parte donde nos encontrábamos, donde tendríamos que lidiar varios kilómetros compartiendo recorrido con los coches o por carril bici pegado a la carretera; por otro lado, en la margen opuesta el recorrido parece que va siempre por zonas de umbría, de sombra, mientras que por el lado donde estábamos lucía el sol, y claro, después del tiempo en general que hemos tenido durante la ruta, al sopesar si hacer varios kilómetros por carretera al solito o seguir por un recorrido más tranquilo, quizás más bucólico pero en la umbría, nos decantamos por seguir por la margen en donde estábamos, o sea, la izquierda.



Jesús accediendo al casco urbano de Grein.

Entramos en el pueblo, pequeño, con su bonita y acogedora plaza, donde paramos para tomar un café en una terraza, la primera vez que tomamos un café en un bar-terraza, y aunque es un pequeño pueblo, creo que al final fueron casi tres euros por un café, mas un dulce que compartimos entre los tres, algo que no nos coge de sorpresa, por eso es por lo que no frecuentamos las terrazas y los restaurantes, aunque hoy nos queríamos dar un caprichito, con el dinero que nos íbamos a ahorra al no coger el barco para seguir por la otra orilla, así que disfrutamos de nuestro café sentados en aquella terraza soleada, dentro de la alegre y bonita plaza presida por el edificio del Ayuntamiento (Rathaus), y en donde también coincidimos con la chica alemana que nos encontramos al salir de Passau y con la que Montse estuvo hablando en la parada que hicimos después en la central eléctrica de Jochenstein, y a la que volveríamos a ver de lejos, en la otra margen, kilómetros antes de llegar a Schlögen, aunque por entonces no sabíamos dónde se quedaría a dormir, y ahora, al coincidir en esta terraza con ella, aunque ya partía al llegar nosotros, nos comenta que ese día se quedó a dormir en Aschach, mientras nosotros lo hicimos en Schlögen, y anoche, mientras nosotros dormimos en el camping de Au, ella lo hizo fuera de ruta, porque quería dormir en uno de los pueblos más antiguos de Austria, ¿Enns?, no recuerdo bien.



 Vista parcial desde la pequeña plaza de Grein.

Además de la chica alemana, cuando estuvimos dando una vuelta por Grein nos encontramos con dos chicas españolas que también estaban haciendo la ruta del Danubio, aunque el siguiente tramo ellas lo harán por el otro margen, al contrario de lo que teníamos nosotros pensado.


Nos pusimos en marcha de nuevo, ganando tiempo puesto que no teníamos que estar esperando el barco ni el tiempo que éste emplearía en cruzar a la otra orilla, así que directos hacia nuestro siguiente hito, que era la localidad de Hirschenau, a unos 10 km de donde estábamos, pero es que este pequeño tramo podía ser más o menos complicado en función del tráfico que transitara por la carretera en ese momento, y la verdad es que no tuvimos mala suerte, porque tan solo fue en los últimos kilómetros donde comenzamos a ver más tráfico, sobre todo camiones, así que intentamos hacer lo más rápido posible este tramo, que si en cuanto a recorrido no está mal, lo cierto es que hay que permanecer atentos, tensos, con ojos en la nuca, pendiente de los coches en esta carretera más bien estrecha en algunas zonas.


En Hirschenau, por fin, abandonamos la carretera para coger un carril bici que se aleja de ella y que nos permite ir más tranquilos, relajados, con un recorrido entretenido, agradable, aunque sólo dura otros 10 km aproximadamente, hasta llegar a Persenbeug, después de ir pedaleando junto a la ribera y pasando por pequeños núcleos urbanos, donde a la salida de uno de ellos, en un coqueto y sombreado patio-terraza de un restaurante que dejamos a la derecha, se encontraba la chica alemana con la que nos habíamos vuelto a encontrar un poco antes, en Grein, y que ahora se encontraba comiendo, algo que no tardaríamos nosotros en imitar, aunque no precisamente en restaurantes. Ella también nos vio al pasar y nos volvimos a saludar.


En Persenbeug decidimos que era buen sitio y buena hora para comer y descansar un poco, así que buscamos un sitio agradable, junto a un pequeño parque con una fuente, y con la compra previa del pan en uno de los puestos que había junto a un super, donde además de pan artesano vendían queso y embutidos caseros. Hoy no queríamos entretenernos mucho, así que unos piscolabis de entrante, bocata, fruta y un cafelito con alguna que otra galleta de chocolate para no perder las buenas costumbres, y tras rellenar los botes de agua en la propia fuente, seguir pedaleando, aprovechando que la tarde estaba soleada y la temperatura era buena.


Podíamos haber seguido en línea recta, por esta misma margen, ahorrando unos kilómetros al no hacer el meandro que forma el río justo en las inmediaciones de esta localidad, pero al final cruzamos el puente y proseguimos por la otra margen, pasando por Ybbs, más metida en la curva del meandro, al contrario de lo que teníamos marcado en la guía, esperando que el recorrido fuera interesante, y la verdad es que no estuvo mal, nada del otro mundo, pero al menos agradable para la práctica del cicloturismo, aunque el último tramo antes de llegar a Melk, nuestro siguiente objetivo y donde teníamos previsto hacer una parada para la típica visita cultural, resultó insulso, monótono y hasta pesado. Monótono y aburrido porque era pedalear siempre por una larga recta, con el río a la izquierda, en una zona llana y sin apenas arboleda, por donde comenzamos a divisar la silueta de la abadía de Melk, sobre un montículo, recortada en un cielo, hoy, azul intenso, allá en la lejanía, pero es de esas zonas en las que por mucho que avanzas uno parece estar siempre en el mismo sitio, y la referencia de la abadía nunca parece acercarse; pero aún se nos hizo más pesado y largo este pequeño tramo por culpa del viento de cara que comenzó a soplar, y en estas zonas llanas sin protección de ningún tipo, resulta completamente desmoralizador, como así les debió pasar a Montse y a Jesús, que acabaron por meter una marcha corta y ponerse a charlar, “la hora de la tertulia”, supongo que para que se les pasara el tiempo antes, aunque lo único que les faltaba era sacar una baraja de cartas y un licorcito y echar una partidita... así que preferí ir a mi ritmo y para delante, ya los esperaría en Melk, aunque realmente fue antes, justo cuando se deja el río a la izquierda para introducirnos en una zona totalmente sombreada, en medio de un pequeño bosque, a poco más de un kilómetro de Melk, donde por fin conseguimos quitarnos de un plumazo a Eolo, que esa tarde comenzó a ponerse excesivamente pesado.



 La abadía de Melk, con sus colores cremas y amarillos sobre la pequeña elevación sobre la que se asienta.

Más relajados y con gran parte de los deberes de hoy hechos, en relación al kilometraje, entramos en Melk, cuyo entrada andaba patas arriba, en obras, aunque con las bicis no tenemos problemas para pasar y entrar en este pequeño pueblo situado a los pies del montículo donde se levanta su enorme abadía, cuyas paredes pintadas con colores cremas y amarillos, resplandecen en el horizonte, en la lejanía, al ser bañadas por los rayos de sol al caer la tarde, como si de un faro se tratase, así que no hay pérdida posible para llegar hasta aquí.


“El Monasterio de Melk era originalmente un palacio. Situado en la orilla del río Danubio, entre Salzburgo y Viena, en la Baja Austria, se encuentra coronado por torres resplandecientes en un tono dorado. Está considerado entre los monasterios cristianos más famosos del mundo, dominando el panorama del Danubio, sobre el valle de Wachau, en Austria. El impresionante conjunto barroco del Melk, fue construido entre 1702 y 1736 por el arquitecto Jakob Prandtauer. Especialmente notable es la iglesia con magníficos frescos de Johann Michael Rottmayr y la biblioteca que contiene incontables manuscritos medievales”.


Recorremos la calle principal, llena como no podía ser de otra forma, de tiendas de recuerdos, bares, restaurantes, y todo tipo de chiringuitos orientados al turismo. Hacemos una parada en uno de los bancos de esta calle, para tomar algo, y a mi en particular, hoy y por primera vez en el recorrido lo que más me apetecía era una cerveza, no sólo porque la temperatura era más elevada sino también por la paliza que me había dado el viento en el último tramo,que me había dejado con la boca más seca que un esparto.


Continuamos la visita, pero ahora había que subir montados en nuestras respectivas burras una buena pendiente, con firme de adoquines, para llegar hasta arriba, a la zona donde se encuentra la abadía y sus jardines, si bien es cierto que no íbamos a poder visitarla por la hora que era ya y porque no podíamos perder a estas alturas de la tarde un par de horas o más en su visita, sin ni siquiera tener claro dónde íbamos a dormir hoy, pero la idea era dar una vuelta por los jardines, en la parte alta, e intentar disfrutar de las panorámicas que se podrían tener desde allá arriba, pero al final sólo pudimos ver algunas vistas parciales desde algunos de los miradores, porque aquello resultó ser bastante extenso y la arboleda impedía tener una vistas desde cualquier sitio, así que al final acabamos bajando y salir del pueblo siguiendo las indicaciones de la ruta, las cuales nos llevaron a la otra margen del río, previo paso por un enorme puente al que accedimos por un carril bici rodeado de arboleda y vegetación exuberante, con un último tramo de cien metros con un repecho endiablado, de los que obligan a “agachar el lomo”, en esos que hay que echar el cuerpo hacia delante y morder casi el manillar para que la bici no se acabe encabritando, levantando la rueda delantera.


Ya en la otra margen tomamos una decisión, eran las 18:30, pedalearíamos una hora más, y a partir de ese momento, comenzaríamos a buscar algún sitio para dormir, o sea, que tendríamos una hora de margen aún para buscar algo, y aunque desde Melk a Krems, el único sitio que teníamos anotado era el camping de Emmersdorf, éste se situaba tan sólo a cinco kilómetros, demasiado pronto, pero por lo que habíamos visto, en este tramo austriaco hay muchos más servicios que en la parte alemana, como el propio camping de Au, donde dormimos anoche, y que no teníamos anotado.


Dejada atrás Melk, en la otra orilla, nos introducimos en otro de los tramos más interesantes de esta primera parte de la ruta del Danubio, el valle de Wachau. Pedaleamos por un carril bici junto a la carretera, tranquila a esta hora de la tarde, y junto al río, a nuestra derecha, y ambos lados se levantan sierras cubiertas por un tupido bosques, exceptuando las calvas en el manto verde formadas por los farallones de piedra caliza. Un valle que se va abriendo un poquito conforme avanzamos, al tiempo que sobre el cielo comenzamos a ver la evolución rápida de nubes tormentosas, y en prácticamente una hora pasamos de un cielo azul con algunas nubes a un cielo cubierto por nubes oscuras que no auguraban nada bueno, y es que está visto que no podíamos tener un día pleno de inicio a fin, ya veríamos que nos depara el final de la tarde.


El inicio del recorrido por este valle promete, así que deseoso en parte de recorrerlo mañana y comprobar si es verdad la fama que le precede. Sin embargo, los últimos 7,5 km hasta llegar a Aggsbach Markt resultan un poco “entre sol y sombra”, o sea, a veces entretenido a veces insulso por ir pedaleando paralelo a la carretera, aunque ya antes tuvimos que hacer un parada técnica, porque se acercaba “el momento mosquito”, la hora en que a estos les da por salir de su escondite y atacar a diestro y siniestro, sobre todo a los de “sangre dulce”, como a Jesús, que se llevaba siempre ración doble o triple de picotazos, así que en cuanto llegaba la hora, se embadurnaba con sprays o cremas antimosquitos.


Al mirar hacia atrás, tenemos las últimas vistas de la abadía de Melk, irguiéndose airosa sobre aquel montículo, pero si cuando nos acercábamos a ella sus paredes resplandecían al reflejar el sol, ahora en cambio, la panorámica que tenemos es de un “a contra luz”, con el sol poniéndose sobre el horizonte y su luz abriéndose paso entre las nubes que rápidamente se van formando.


Llegamos al pequeño pueblo o aldea de Aggsbach Markt, y como ya era la hora que nos habíamos fijado, comenzamos a preguntar a la primera señora que nos encontramos, aunque mucho dudábamos que un sitio tan pequeño hubiera algo, pero por suerte para nosotros estábamos equivocados, y resulta que a la salida, en la dirección de la ruta, había un pequeño camping junto a un bar, ¡no nos lo podíamos creer!.


Cruzamos el pueblo, en donde no volvimos a ver a nadie, y al dejar la estación de tren y junto al carril bici, a la derecha, el camping, que realmente era un bar o casa de madera, con una terraza cerrada, acristalada, llena de mesas y bancos corridos de madera, y una parcela entre esto y el Danubio, del tamaño de poco más o menos que la mitad de un campo de fútbol, al menos para las tiendas de campaña, porque después se extendía más allá para el tema de autocaravanas, pero en la zona de las tiendas sólo había dos, sino recuerdo mal, así que problemas para alojarnos no creíamos que fuéramos a tener.


Al bar-recepción del camping llegaríamos pasadas las 19:30, y como siempre, Montse se encarga de los trámites de recepción y papeleo, a lo que le sigue elegir una zona para situar las tiendas y comenzar a montarlas, en este caso junto a unos árboles y unos soportes donde dejaríamos amarradas las bicis, algo más alejados de la orilla del Danubio y de las luces para evitar el tema de los mosquitos.


Mientras terminábamos de montar las tiendas, sobre las ocho o algo más de la tarde, veíamos algunos barcos-cruceros navegar por el Danubio, a tiro de piedra de donde estábamos, y por las cristaleras de estos se veía también al personal que ya andaba cenando, aunque a nosotros nos quedaría un poco más para ponernos a ello, ya que es un camping austero, sólo dos duchas, unas para mujeres y otra para hombres, y hoy le tocó primero a Jesús, mientras yo iba sacando las cosas de las alforjas para ir preparando la cena, en una de las mesas merendero que disponía esta parcela, y situada junto a nuestras tiendas de campaña.


En un par de horas habíamos pasado de un cielo azul con algunas nubes altas, con sol y buena temperatura, a un cielo completamente cubierto y oscuro, con viento fresco, y con algunos truenos sonando aún en la lejanía, ya veríamos si el día bueno que habíamos tenido no se acababa torciendo, aunque al menos hoy habíamos tenido un respiro mientras estuvimos pedaleando.


Después de la ducha y mientras preparábamos la cena, pasadas las nueve, comenzaron a caer algunas gotas de agua, dispersas al principio, pero por si acaso, recogimos todo y nos fuimos a la terraza cerrada del bar, donde podíamos ver el camping bajo la luz de los focos por sus ventanas acristaladas, porque ya había anochecido, y en cuestión de minutos comenzó a diluviar, literalmente, por no hablar del fuerte viento que se levantó, acompañado de un espectáculo de rayos y truenos. Nosotros estábamos a cubierto, al refugio del viento huracanado y de la lluvia, con los canalones que no daban a basto a evacuar tanta agua, aquello parecía una mini-cascada echando agua hacia la parcela del camping, y los tres teníamos en el pensamiento las tiendas de campaña... ¿aguantarían el fuerte viento y el agua? ¿se calarían?... Fueron veinte minutos de tormenta en toda regla, y cuando amainó salí de la terraza para ver el estado en que se encontraban las tiendas, y aunque estaban en su sitio, se había formado una auténtica balsa de agua junto a ellas. Para llegar a la mía prácticamente había que usar botas de agua; acabé con las zapatillas y calcetines empapados, aunque dentro de ella parecía todo normal, así que confiaba en que el terrero drenara bien, sin embargo, los compañeros tenían una pequeña laguna-charco que les pillaba de lleno, así que ellos no se arriesgaron y estuvieron antes de irnos definitivamente a dormir, haciendo traslados de tiendas, a una zona con menos agua, mientras que yo cerré los ojos y me metí dentro de la mía, pasadas las once y media de la noche, esperando que no volviera a llover más, que fuera una tormenta pasajera y que el terrero fuera drenando poco a poco el agua, porque no tenía ni puñetera ganas de andar a esas horas de la noche, con poca luz y con todo empapado de agua, de andar cambiando la tienda, así que me metí dentro, cerré los ojos, y ¡ea, mañana será otro día!...




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UNDÉCIMA ETAPA (Austria): Aggsbach Markt - Langenschönbichl
Distancia =  63,36 km - Tiempo = 3:58:20 - Media = 16 km/h 
 Sábado, 23 de Agosto de 2014


Anoche no tenía muchas ganas de escribir unas notas en el diario sobre cómo se había desarrollado la jornada, así que aprovecho la mañana para ponerme a ello, sobre todo después de abrir la puerta de la tienda y ver que el cielo estaba cubierto y caían algunas gotas, pero por suerte, el césped había cumplido su función, la balsa de agua que había anoche delante de la tienda había desaparecido, la había drenado por completo, si bien es cierto que la humedad que existía por todos lados era más que notoria; por otro lado, como ya iba conociendo a mis compañeros de ruta, imaginaba que en cuanto sonara la alarma y escucharan caer cuatro gotas sobre la tienda de campaña, lo primero que harían sería media vuelta y seguir durmiendo, como a la postre sucedió, por lo que como he comentado, aproveché ese momento de espera para ponerme a redactar unas notas en el diario.



Me había despertado a las siete de la mañana, y a las nueve, cuando ya desde hacía un rato habían dejado de caer las últimas gotas de agua, comencé a recoger todo, proceder con el secado de la tienda, nada fácil en el día de hoy, y a preparar las cosas para el desayuno... pero nada, mis compañeros siguen sin dar señales de vida...



Las nueve y media de la mañana, el día seguía igual de nublado, gris y húmedo, la temperatura fresca y una débil niebla iba y venía al son del ligero viento que soplaba, cubriendo las partes altas de las sierras a ambos lados del río, encajonando el valle, ¡pero no llovía!, así que esperaba que se cumpliera el refrán de “mañanitas de nieblas, tardes de paseo”... aunque al final, esa tarde debió ser la excepción que cumplía la regla, a juzgar por lo que pasaría conforme avanzaba el día.



Alredores del camping de Aggsbach al comenzar a levartese la niebla...

Por el carril bici que teníamos a nuestra vera no dejaban de pasar grupos de cicloturistas, muchos de ellos muy numerosos, de entre 20 y 30 personas, y es que esta zona del valle de Wachau es muy turística, y si a eso le unimos que es fin de semana pues tenemos como conclusión un poco de masificación, como iríamos viendo, sobre todo porque estos son grupos organizados, de excursiones de dos o tres días, en plan 'tour', todos llevan el mismo tipo de bicicletas y el mismo tipo de alforjas superbásicas, a penas para llevar el 'pack' del día: un bocata, algo de fruta, una libreta, una muda y poco más...



Comenzaba a desesperarme, me veía allí de brazos cruzados, sentado junto a la mesa merendero como un pasmarote, viendo el tiempo pasar mientras un goteo incesante de cicloturistas pasaba pedaleando delante de mis narices... ¡y mis compañeros seguían durmiendo!, así que a este paso, y sin saber lo que nos podía seguir deparando el día, veía complicado que hoy pudiéramos llegar a Viena, o a algún pueblo de su extrarradio, porque para ello necesitaríamos hacer unos 110 o 115 km, y viendo el plan que había ya lo estaba dejando por imposible, lo que significaría que nos “comeríamos” parte de los dos días completos que teníamos pensado dedicar a la visita turística a Viena.



Mi intranquilidad y desesperación va en aumento; tengo que darles un toque para que se fueran levantando, y cuando lo hacen, es ¡a cámara leeennntaaaaaaa!, sin prisas, y mientras, yo comiéndome las uñas, viendo gente pasar haciendo la ruta: en parejas, a nivel individual, en familia, y hasta un grupo de 50 personas, que hasta para eso me daba tiempo, para contar los componentes de cada grupo, para no pensar en las casi dos horas que íbamos a desaprovechar, sobre todo porque no había excusas, no estaba lloviendo... Hoy se nos estaba yendo de madre aquello...



Por fin, a las once y cuarto de la mañana nos pusimos en marcha para adentrarnos de lleno en el célebre valle del Wachau, y la verdad es que estos 25 o 30 km entre la zona donde acampamos y Krems no desmerecen en nada su fama, con un recorrido muy entretenido, agradable, bonito, por un valle que se abre un poco para dar pasos a colinas suaves completamente cubiertas de viñedos, mientras pasamos por pequeños y encantadores pueblos, donde perduran aún muchas construcciones de piedra, al margen de sus pequeñas y coquetas iglesias de piedra ennegrecida y tejados puntiagudos tan característicos, así que no es de extrañar que sigamos viendo tanta gente en bici, unos haciendo la ruta del Danubio y otros simplemente de fin de semana recorriendo este valle, así que tal y como se preveía, es en el tramo Passau-Viena donde más bicis nos encontramos, y hoy sábado concretamente, muchísimas más.



Pedaleamos por este valle por la margen izquierda, dentro de en un recorrido cicloturista en toda regla, para disfrutarlo. A nuestra derecha, en la otra margen, persiste el terrero más abrupto, con sierras más altas, vírgenes, de espesos bosques y calvas en las alturas. propias de las zonas rocosas y casi verticales, mientras a nuestra izquierda, por el margen por la que íbamos, teníamos las panorámicas de cerros suaves, redondeados, de poca altura, bañados de viñedos preparados con mucho mimo y cariño, perfectamente cultivados en bancales, dispuestos en simétrica armonía, sin dejar espacio al caos ni al desorden, en una zona salpicada de pequeños pueblos, en cuyas proximidades el cultivo de la vid deja paso al de árboles frutales y huertos, aprovechando la benevolencia del río que transita junto a ellos, y en donde no nos resistimos a coger nuestra ración de fruta, peras y ciruelas principalmente, aunque en ciertos sitios no resulta tan fácil, pues los lugareños, recelosos ya de tanto tránsito turístico a los que en ocasiones simplemente les bastaría con alargar la mano para coger la fruta, han colocado alambradas con cuadrícula pequeña con el fin de imposibilitar la recogida de ésta desde el propio carril bici.



 Acceso a uno de los pequeños pueblos del valle de Wachau.

 Pedaleando entre viñedos...

Con forme va avanzando el mediodía la temperatura sube un poco; una ligera sensación de bochorno invade el valle debido en parte a la gran humedad que hay.



 Otra panorámica del valle y de sus viñedos...

Pero este recorrido bucólico por el valle del Wachau aún nos deparaba una sorpresa más, o no tanta, porque ya teníamos algunas referencias en nuestra guía particular que habíamos elaborado, y no es otra que el bonito, a la par que turístico pueblo de Dürnstein, la perla del valle, y es que ya en la lejanía, en una de las curvas o meandros que hacía el río, desde alguno de sus miradores, se podía observar al fondo, en el extremo opuesto del meandro, su silueta sobre el inmenso y manso Danubio, recortada sobre el fondo verde de los montes y sierras que lo rodean, como el monte donde se asientan las vetustas y ennegrecidas ruinas del castillo donde otrora estuvo preso el mismísimo rey Ricardo “Corazón de León”, durante el transcurso de su tercera cruzada, contrastando el verde con el blanco y azul añil de la torre campanario de la iglesia y con el rojo de los tejados, todo reflejado sobre el espejo en que se convierten las tranquilas aguas del río. Unas vistas gratificantes sin lugar a dudas, pero es que una vez dentro de pueblo, hay que decir también que es un gustazo pasear por él, aunque lo que no me gustó tanto es el excesivo turismo que hay, sobre todo en su calle principal, repleta de tiendas de recuerdos, pequeños comercios, bares-restaurantes, y gente, mucha gente, etc...



En uno de los miradores a los que podemos asomarnos en esta margen izquierda del río por la que pedaleamos, y desde los que se tienen las vistas panorámicas de Dürnstein, se encuentra al otro lado del carril bici, una estatua en piedra que hace alusión al rey Ricardo “Corazón de León, hecho prisionero aquí en 1.192, y puesto en libertad después de arduas y largas negociaciones, y por supuesto, después de pagar un gran suma de dinero por su rescate, y quizás todo esto sea lo que me haga pensar que la diversidad de cruzeiros que hemos vistos por los caminos, o a la entrada o salida de pueblos durante nuestro transitar por esta ruta, desde su inicio, donde nace el Danubio y hasta llegar aquí, tenga que ver con las cruzadas, con el recorrido que pudieran seguir los ejércitos cristianos camino de Tierra Santa, o con el recorrido de este rey inglés.



 Vistas de Dürnstein y de su castillo, desde uno de los miradores del río.


Estatua en granito haciendo alusión a Ricardo, "Corazón de León".

En Dürnstein, después de atravesar su larga y transitada calle, arteria principal de pueblo, la Haupstrasse, con casas del siglo XVI y XVII, todo perfectamente conservado, hacemos una parada antes de proseguir la ruta. Giramos a la izquierda en una calle menos transitada, con fuerte pendiente, donde dejamos amarradas nuestras 'burras' con el fin de curiosear más pausadamente por este pueblo que a los tres nos había gustado bastante. Seguimos hacia arriba, ahora andando, por esa misma calle, la cual conducía hacia el camino que subía al monte en cuya cima se alzan las ruinas del castillo, mientras íbamos encontrándonos muchos dibujos y paneles informativos sobre la vida y obra de reyes como Henry II Plantagenet, Ricardo “corazón de León o el propio Saladino, y en una pequeña terraza natural, al dejar atrás y abajo las últimas casas del pueblo, en una zona donde paneles informativos y dibujos recrean lo que pudiera ser una escena cotidiana en otros tiempos, decidimos que llegar al castillo nos iba a llevar entre subir y bajar más tiempo del que teníamos previsto, y si queríamos llegar hasta allá arriba no era solo por ver estas ruinas en si mismas, sino por las excelentes vistas que se pueden contemplar desde allá en las alturas, de todo el valle, ¡una lástima!, pero todo no puede ser, así que decidimos emplear el tiempo que teníamos en callejear por las calles de este pueblo, sobre todo por las que quedan por encima de la calle principal, quizás con menos glamour, pero también más tranquilas, menos transitadas, con menos turismo, calles estrechas, retorcidas, empedradas, en umbría, y en las partes más altas, recubriendo todo, una espesa vegetación. Desde algunas de las terrazas, o desde alguna callejuela donde las paredes de las casas dejan un claro, se tienen unas bonitas vistas, de los tejados rojos y puntiagudos de las casas sobre los que sobresale el campanario azul y blanco de la iglesia, con el fondo de las aguas del Danubio y el manto verde extendido sobre la otra orilla, en la que se encuentran desparramadas casitas y pequeñas aldeas, en pleno valle del Wachau.



Vistas desde una de las callejuelas de la parte alta de Dürnstein.


Nos pusimos en marcha de nuevo, con Krems como siguiente objetivo, aunque es poca la distancia y el recorrido sigue la misma tónica, agradable y entretenido, entre viñedos, suaves colinas y el Danubio siempre presente, a nuestra derecha.



Krems es ya un núcleo más grande, comparado con los pequeños pueblos y aldeas del valle de Wachau, además de ser un importante foco cultural, en parte debido a su universidad, pero es también antigua y con una larga historia escrita en su arquitectura, en sus murallas, en sus monumentos y en sus calles, no en vano, y según lo que teníamos anotado en la guía: “en 1975 la UNESCO propuso a Krems como -Ciudad modelo de conservación histórica- y en el 2000 fue añadida a la lista UNESCO del Patrimonio Mundial. Este pasado omnipresente se complementa con una moderna y brillante vida cultural”.



Es en esta ciudad donde según la planificación inicial del viaje, teníamos previsto terminar el penúltimo día de nuestro recorrido en bici, para disfrutar por la tarde de un paseo por su centro histórico, y dejar el último día para realizar un recorrido tranquilo hasta Viena, pero los ¡planes están para no cumplirse!, así que hicimos una visita más bien corta por sus calles y la verdad es que me esperaba otra cosa, una ciudad más medieval, pero durante parte del recorrido que hicimos en bici, vimos calles amplias, con grandes y bonitos edificios neoclásicos o renacentistas, en fin, que supongo sólo será una percepción parcial, igual nos tendríamos que haber quedado mucho más tiempo y visitarla más tranquilamente, pero me gustó más Dürnstein, tanto como pueblo en sí, como por su emplazamiento, pero para gustos los colores...



El recorrido bucólico y entretenido por el valle del Wachau acaba en Krems, porque los kilómetros que siguen tras dejarla atrás son francamente insulsos y hasta feos, y con algo de viento en contra, hasta llegar a un pequeño tramo de bosque denso que mitigaba el mal sabor de boca que nos había dejado la salida de esa localidad. Un par de kilómetros de pedaleo por un bosque de cuento y de nuevo nos topamos con el Danubio en uno de los claros, momento en el que aprovechamos para hacer la parada reglamentaria para comer, que ya iba siendo hora, en un buen sitio, sentadso en unos de los bancos que hay junto al Danubio, para poder contemplarlo tranquilamente mientras preparamos la comida, nuestro momento 'relax'. A esa hora de la tarde, el cielo ya estaba completamente cubierto, nubes oscuras y con mala pinta que anunciaban el desenlace de alguna tormenta, como la que cayó anoche cuando estábamos cenando en el camping, pero hoy la evolución de las nubes había sido mucho más rápida, así que ya veríamos si las tormentas nos dejaban terminar como ayer o si nos cogerían de camino, aunque en ese momento no teníamos ni puñetera idea de donde podríamos terminar la jornada, ya lo iríamos viendo con forme fuera avanzando la tarde, aunque la idea era quedarnos lo más cerca posible de Viena, para no perder mucho tiempo al día siguiente y poder tener casi dos días para disfrutar de esta ciudad.



Nos ponemos en marcha y de nuevo nos introducimos en el bosque, aunque el recorrido va alternando espacios abiertos con otros tramos cortitos de pedaleo por bosques tupidos y frondosos, algunos especialmente bonitos, húmedos, fríos, oscuros, pura vida, pero todo resulta un espejismo, porque tras esta alternancia de tramos, comenzamos nuestro peregrinar por espacios abiertos, totalmente llanos, junto a la ribera del río, casi tocándolo, donde la nota predominante es la tiranía de la línea ecta, con largos tramos, aburridos, insulsos, monótonos, donde lo mejor es devorar los kilómetros y confiar en que ese tramo pase cuanto antes, mientras intentamos charlar de cualquier cosa para evitar caer en la desidia.



En una de las zonas donde el río gana en anchura, en las inmediaciones de una presa, comienza a llover tímidamente, obligándonos a parar y a ponernos los chubasqueros. Cuando llegamos a la presa, que teníamos que cruzar para seguir por la otra margen, comienza a llover con fuerza, así que paramos y nos refugiamos bajo el techo de un pequeño parking.



Se desata la tormenta. Se ilumina el cielo oscuro con ráfagas de relámpagos seguidos de un estruendosa traca de truenos, antesala de la lluvia que comienza a caer con fuerza, dejando un espeso velo, una cortina en el horizonte, difuminándolo. El parking se convierte en improvisado refugio para otros cicloturistas que vienen detrás de nosotros; algunos paran un rato y cuando la lluvia pierde fuerza siguen camino, otros como un italiano que trabajaba en Linz y que no estaba haciendo la ruta sino que simplemente había salido a dar una vuelta con su bici de carretera, acaba haciéndonos compañía, pero también están los más osados, que ni si quiera pararon en el momento en el que con más fuerza caía el agua, pasando de largo con la cabeza mirando hacia bajo, envueltos en sus llamativos chubasqueros.



La tormenta parecía que iba para largo, así que nos preparamos un café para matar el tiempo, pero después de tomarlo todo seguía igual, incluso pasó la tormenta pero la lluvia seguía arreciando con fuerza. Intentamos matar el tiempo jugando al típico juego de encadenar palabras para no ser presa del aburrimiento, y así, dos horas después, la tormenta primero, y la lluvia después, nos dieron un respiro, saliendo como almas que lleva el diablo de aquel parking, donde dejamos sólo al italiano que ya había pedido por teléfono un taxi, que no acaba de llegar, para que viniera a recogerlo, a él y a su bicicleta.



Durante la espera tuvimos tiempo de hablar y ver donde podríamos finalizar la jornada, porque lo que estaba claro es que después de la espera de dos horas por la tormenta, y casi otras dos horas que hubiéramos podido aprovechar esta mañana si en lugar de salir pasadas las once lo hubiéramos hecho a las nueve, era misión imposible que llegáramos hasta las inmediaciones de Viena, así que la idea era llegar a Tulln, una localidad con más enjundia que el resto de pueblecitos por los que tendríamos que pasar, donde tendríamos más oferta de alojamiento, además del camping y albergue, y donde podríamos llegar cómodamente en lo que nos quedaba de tarde siempre que no tuviéramos más imprevistos, quedándonos para el día siguiente, unos 26 km para llegar al extrarradio de Viena, a lo que habría que añadir también la distancia para adentrarnos en la ciudad y callejear después por ella para buscar alojamiento en algún hostel o albergue juvenil.


Al salir del parking lo primero que hacemos es cruzar la presa de la central eléctrica de Altenwörth, para seguir pedaleando por la otra margen del río, por la derecha, en un recorrido que es más entretenido y agradable que el último tramo realizado hasta llegar a dicha presa.



Pedaleamos relajados, sin prisas, con un firme completamente mojado o encharcado en algún tramo de tierra y con una temperatura que se había desplomado después de la tormenta y la lluvia, pero el cielo continuaba oscuro, así que seguíamos con los chubasqueros puestos, no había que fiarse en demasía...



Poco antes de llegar a Langenschönbichl, a unos cuatro kilómetros de Tulln (donde habíamos decidido terminar la jornada) comienza de nuevo la lluvia, que se hace más intensa cuando atravesamos el pueblo, así que al ver una especie de soportal de una casa particular nos metemos en él al refugio de la lluvia, aprovechando para tomar un pequeño piscolabis y hacer tiempo para ver si el agua cesaba.



Pasados unos cuarenta minutos, y como todo seguía igual tuvimos que tomar una decisión, y ésta fue la de quedarnos allí, en ese pueblo, porque la tarde ya estaba cayendo, había poca luz y seguía lloviendo.



A la entrada del pueblo, bajo la lluvia, habíamos visto a la derecha una pensión, así que retrocedimos bajo la lluvia para preguntar si había algo libre y a qué precio, pero no hubo suerte, estaba al completo. La siguiente opción era una especie de chiringuito-merendero que habíamos visto un kilómetro antes de llegar al pueblo, a la derecha de la carretera local que servía de carril bici, frente a una zona frondosa y arbolada; este chiringuito disponía de un pequeño recinto techado, todo construido por completo en madera, pero el problema es que teníamos que sacar todos los bancos y mesas corridos de la zona bajo techo hacia fuera y poder nosotros alojarnos dentro, algo que podría suponer un esfuerzo al margen de que cualquiera que pasara por allí, al estar muy a la vista, podría llamarnos la atención por sacar todo fuera y que se mojara, aunque no creo que de noche y con la lluvia hubiera mucho movimiento. Como esta opción no nos acababa de convencer, sobre todo por el tema de la proximidad de la carretera, aunque a mi no hubiera importado quedarme allí, buscamos otra alternativa, y es que en una de las bocacalles que quedaba a la izquierda, al entrar en el pueblo, Montse creía haber visto un sitio para poder pasar la noche, una especie de porche previo a la puerta de una cochera, alejado de la calle principal, pero a mi gustaba esta opción menos que la anterior, porque primero, el sitio era muy ajustado, segundo porque era colocarnos justo delante de la puerta de la cochera, a cubierto, eso si, pero si a alguien le diera por entrar o salir ya hubiéramos tenido que andar desalojando el “campamento”, y tercero porque si bien es cierto que estábamos algo alejado de la calle principal también es cierto que cualquiera podía vernos desde la parte trasera de las casas que teníamos frente a nosotros, y no sabíamos si le iba a gustar que nos quedáramos allí....



Al final, después de barajar las opciones más económicas que teníamos para pasar la noche que se presentaba de agua, decidimos seguir hacia delante, y en el primer alojamiento tipo gasthof, gasthaus o pensión que encontráramos probar suerte, siempre y cuando el precio fuera más o menos asequible, aunque a esas alturas no íbamos a andar mirándolo mucho, después de la tarde de tormenta y la tarde-noche de agua que llevábamos.



Tuvimos suerte, antes de salir del pueblo, un poquito más hacia delante del soportal donde nos refugiamos, encontramos una gasthaus, se trataba creo de una especie de casa-granja rehabilitada con un gran portal de madera desde el que se accede al patio, alrededor del cual hay diversas estancias. Eran cerca de las nueve y media de la noche, y aunque en España, en agosto, esta hora se podría decir que es casi media tarde, aquí ya es de noche, y para colmo el cielo está completamente cubierto y llueve, y el personal aquí tiene otros horarios, otro ritmo de vida, así que al poco escuchamos que se abre una ventana en la parte superior; una mujer saca la cabeza por una ventana, con el pijama ya puesto, y suponemos al calor del hogar, mientras nosotros tenemos encima una manta de agua para dar y regalar... Montse le pregunta si tiene alguna habitación libre para quedarnos esta noche y que precio tienen, y ¡bingo!, ¡hay suerte!, tienen una habitación para tres, con ducha y servicio interior, por 72 euros, con el desayuno incluido, o sea, 24 euros por cabeza, no está mal, sobre todo viendo que en algunos albergues juveniles nos pedían 30 euros y en algunos sin desayuno, algo que me parece una pasada de caro para ser un albergue.



La mujer baja con su marido para abrirnos la puerta y ayudarnos con el equipaje, dejando las bicis en el patio pero a cubierto, para después enseñarnos donde estaba el comedor para el desayuno de mañana, la pequeña cocina por si queríamos preparar la cena y la habitación, aunque realmente eran dos habitaciones pegadas, separadas por una puerta, una habitación doble y otra individual, en ésta última es donde estaba el cuarto de baño, y la tele.



A nosotros, después de la tarde que llevábamos, con tantos parones, tormentas y lluvia, y a esta hora de la noche, aquello nos vino de lujo, así que comenzamos rápidamente el turno de duchas mientras íbamos haciendo la cena, en la misma habitación, con el hornillo, para no perder tiempo bajando a la cocina; después, los tres juntos, alrededor de la televisión, la primera vez que podíamos verla desde que comenzamos la ruta, nos dispusimos a cenar mientras veíamos la película de “Avatar”, aunque claro, en perfecto alemán... y por fin, a la cama...



De esta jornada me quedo con el primer tramo, los treinta kilómetros iniciales por el valle del Wachau, entre la zona donde acampamos la noche anterior y Krems, con un recorrido bonito y entretenido, además de los pequeños y coquetos pueblos por los que se pasa, entre los que sobresale Dürnstein y Krems, pero a partir de ésta última ciudad, y exceptuando algunos tramos cortos, de pocos kilómetros, intermitentes, de bosques frondosos, de cuento de hadas, el resto del recorrido es aburrido y monótono, sobre todo hasta llegar a la presa la central eléctrica de Altenwörth, con largas rectas junto a la ribera del río por espacios abiertos.



Para mañana el plan sería levantarnos pronto, recoger todo, bajar a desayunar, conectarnos a internet desde la habitación (había wifi) para ver posibles opciones de alojamiento en Viena, y salir zumbando lo antes posible, llueva, truene o relampaguee, pero si puede ser, mejor que haga buen tiempo... que ya estamos cansados de este tiempo más propio de otoño-invierno que no de pleno mes de agosto, y esperar que para medio día o poco más ya estemos en la ciudad con el tema del alojamiento resuelto, para disfrutar toda la tarde y tarde-noche de esta ciudad.




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DUODÉCIMA ETAPA (Austria): L - Viena
Distancia =  54,81 km - Tiempo = 3:20:39 - Media = 16,4 km/h 
 Domingo, 24 de Agosto de 2014



A las siete de la mañana nos levantamos, hacemos algo de tiempo preparando las alforjas y a las ocho directos al pequeño comedor para desayunar.



Por la mañana se ven las cosas de otra manera, y después de como terminó la jornada de ayer, hoy, habiendo descansado a pierna suelta, secos, y viendo el sol por la ventana, aunque también con algunas nubes, la moral estaba alta, sabedores también que nuestro destino final en esta ruta lo teníamos bien cerca.



Desayuno de campeones, ¡barra libre!, así que tocaba repetir de esto, y de aquello y de lo otro de más allá, acumulando energía para no tener que parar y perder más tiempo hasta que diésemos con el alojamiento definitivo en Viena.



Al subir de nuevo a la habitación, como había wifi, desde el móvil de Montse estuvimos viendo posibles hostel para quedarnos, y anotamos varios, algunos con muy buena pinta y bien de precios, aunque no incluía el desayuno, pero eso ya nos daba igual.




Imágenes de la puerta de entrada y del patio de la gasthaus donde nos alojamos en  Langenschönbichl.

Nos ponemos en marcha, con buena temperatura y buena luz, atravesando algún que otro campo de maíz, y llegando pronto a Tulln, a unos 3,5 km de donde nos quedamos anoche y nuestro teórico destino en el día de ayer. Aunque no había necesidad de entrar en su centro, como nos encontrábamos sobrados y acabábamos de empezar, nos desviamos del carril bici y nos fuimos a dar un paseo por el centro de esta localidad, que al ser domingo y a una hora más bien temprana, estaba desierto, a excepción de la iglesia, donde a juzgar por las bicicletas que había en el parking exclusivo para ellas junto a la fachada principal, debería haber un buen grupo de parroquianos, y es que lo que más me gusta de este ruta es la cultura de la bicicleta, como en este caso, sin ir más lejos, donde un domingo cualquiera la gente va a misa a las nueve de la mañana con su bicicleta, como si fuera lo más normal del mundo... en mi pueblo hay gente que coge el coche hasta para ir a comprar el periódico al kiosko que tiene a cinco minutos andando... sin comentarios....



Antes de partir, los dueños de la gasthaus donde nos alojamos nos invitan a poner una chincheta en el mapa para marcar el lugar de procedencia. Como podéis ver, habái un mapa grande sólo de Alemania y otro con el resto de Europa, y ya había además de nosotros, otro españolito que se había quedado también en este lugar...

Terminada la visita turística sobre dos ruedas a Tulln, regresamos al carril bici junto al río, aunque situado a algo más altura que éste, en una especie de talud, supongo para evitar que las crecidas del río inunden los pueblos.



Pronto aparecen las largas rectas paralelas al río, y el recorrido se vuelve monótono e insulso, ideal para dar un paseito en bici pero no para alguien que tiene afán de conocer y descubrir sitios nuevos, bonitos, que le llenen, aunque eso sí, todo muy verde, y algo es algo, sobre todo para los que somos de secano y el color predominante en nuestra tierra durante gran parte del año es el amarillo pajizo...



De camino a Viena, en una zona de canales, aparecen algunos veleros que intentan competir con nuestras burras en rapidez...

Como no hay ningún impedimento extra, y estamos exultantes, no tardamos mucho en llegar al extrarradio de Viena, y por el camino mucha gente practicando deporte: correr, patinar, bici de carretera, bici de montaña, y por supuesto, los cicloviajeros como nosotros que hoy llegan a Viena.



Jesús saca su GPS y le introduce la dirección del hostel que habíamos decidido fuera la primera opción, así que doce kilómetros después, pedaleando por el extrarradio, por zonas de parques y jardines, y por el centro de Viena, llegamos al hostel en cuestión, con muy buena pinta, pero con un pequeño problema, sólo tienen una habitación para tres personas, lo ideal para nosotros, para esta noche, mañana no están seguros si será ocupada porque tienen una reserva, y tampoco tienen más plazas de otro tipo.



Pedaleando por las calles de Viena, buscando nuestro hostel,,,

Salimos a la puerta, lo hablamos, y decidimos probar suerte en el otro hostel, la segunda opción, que estaba muy cerca, a la vuelta de la esquina, en plena arteria principal, la “Mariahilfter straße”. En éste la recepción estaba a tope, pero sin embargo, no había problemas de alojamiento ni para hoy ni para mañana, pero como para nuestros gustos el otro nos convencía más, decidimos arriesgarnos, todo lo más que podía pasar es que al día siguiente tuviéramos que andar cambiándonos de sitio, pero estaban muy cerca y no íbamos a perder mucho tiempo y con un poco de suerte, igual hasta podíamos quedarnos allí las dos noches.



Formalizamos la recepción, en un principio sólo para la noche del domingo, entramos nuestras “burras” por una puerta por debajo de la entrada normal, y las dejamos en una especie de cochera donde se encontraban otras muchas bicicletas, además de las taquillas. Esta cochera daba a un patio pequeño pero bonito, agradable, muy bien preparado, con mesas y sillas, ideal para cuando hiciera buen tiempo, y a dicho patio se podía acceder también desde la zona de recepción, desde el bar-comedor del propio hostel, o desde una cocina pequeña compartida que estaba a la disposición de todos los que quisiera hacer uso de ella.



Junto a recepción, un espacio común para descansar, una estantería con folletos e información diversa, una pequeña biblioteca, y una zona donde cada uno deja y coge lo que puede necesitar o lo que ya no va a usar, una especie de zona de intercambio, libre, donde por ejemplo y sin ir más lejos, nuestra amiga Montse se encaprichó de un bolso azul que habían dejado allí, así que lo cogió para ella y a cambio dejamos la bombona de camping gas con lo que nos había sobrado (no íbamos a poder llevarla en el avión) y el desastre de tienda de campaña que llevaba Jesús, que igual si alguien si es un poco manitas le podría servir para un apaño....



Revisada la parte baja del hostel, la parte común, y viendo el buen rollo y ambiente que se respiraba, con una mezcla de personas de distintas culturas, viajeras y de las que siempre en estos sitios se puede aprender tanto, subimos hacia la planta donde teníamos nuestras habitaciones, y junto a la zona donde arrancan las escaleras, una pequeña sala con tres o cuatro ordenadores con acceso a internet, algo que nos venía muy bien para poder realizar al día siguiente el tema del “chek-in” de nuestro vuelo.



El hostel era el Ruthensteiner, y el precio, 19 euros por día, y el desayuno que podíamos tomar allí mismo, era aparte, fuera del precio.



Ya en la habitación de tres, nos repartimos las camas, duchita, cambio de ropa y a la calle, donde lo primero que hicimos, ya pasadas las dos de la tarde, fue comer, antes de comenzar con nuestro recorrido-pateo turístico.



Desde el hostel, andando hacia el centro, llevándonos por delante todo lo que estuviera a nuestro alcance: la Karlsplatz, con la Karlskirche, considerada la mejor iglesia barroca de Viena; el Opernring y el teatro de la ópera, donde había mucho alboroto en sus alrededores, y la razón no era otra que el rodaje de algunas escenas de la última película de Tom Cruise, la nueva entrega de “Misión Imposible”; desde aquí nos adentramos en la antigua Viena, en la zona centro donde la ciudad conserva su trazado medieval, avanzando por una gran y amplia calle peatonal repleta de gente, hasta que conseguimos llegar a la catedral de San Esteban, la Stephansdom, que tardó varios siglos en levantarse, contando con importantes obras medievales y renacentistas; desde fuera, entre otras cosas, destaca el inmenso tapiz que forman los miles y miles de azulejos colocados sobre su tejado, además de su fachada principal (con la puerta de los gigantes y las torres de los paganos) y la gigantesca torre-aguja gótica de 137 metros de altura.



 La Karlsplatz considerada la mejor iglesia barroca de Viena.

 Fachada del Teatro de la Ópera.

Plaza de la catedral de San Esteban, la Stephansdom, con vista parcial de la falchada principal de ésta.

Visitado el interior de la catedral, lo siguiente, introduciéndonos entre callejones, era llegar a la Viena imperial a través de la Michaelerplatz, guiándonos por la torre afilada de la Michaelerkirche. Desde esta plaza nos adentramos en el grandioso conjunto del Hofburg, donde se encuentran los antiguos aposentos imperiales, varios museos, una capilla, una iglesia, la Biblioteca Nacional Austriaca, la Escuela de Invierno de Equitación y el despacho del presidente de Austria.... ¡ahí es ná!... y es que esta es la zona donde radica todo el poder austriaco desde hace más de seis siglos, y en sus correspondientes edificios se pueden contemplar siete siglos de desarrollo arquitectónico. Nosotros no disponemos de tiempo como para visitar muchos de estos edificios por dentro, así que nos limitamos a dar un paseo por el Hofburg, por sus jardines, contemplando la bella factura de algunos de estos edificios.



Paseando por el Hofburg.

Después llegamos a la zona donde se encuentran el museo Kunsthistorisches (museo de historia del Arte) y su réplica frente a él (museo de historia natural).



Tras el descanso nos ponemos en marcha, pasamos junto al Burgtheater, uno de los escenarios más prestigiosos de los países de lengua alemana, de estilo renacentista italiano, aunque durante la segunda guerra mundial una bomba lo destruyó y lo que podemos ver hoy en día es una excelente restauración de una calidad exquisita.



Seguimos nuestro paseo hasta dar con el el bonito edificio del ayuntamiento, donde en su plaza había por una lado un festival de cine donde todas las noches se representaba una grabación de un concierto de artistas diferentes, y al lado, otro festival o mejor dicho, una feria de gastronomía y cerveza, así que allí nos dirigimos para reponer fuerzas, aunque la comida era muy exótica, y para informarnos un poco de la gastronomía que se veía, nada mejor que nuestra compañera Montse, que en su periplo de nueve meses por Asia ya le dio tiempo de ver, y probar muchas cosas “raras”... Cada uno pedimos un plato diferente con el fin de poder probar todos de todo, aunque había un nexo común en los tres platos, el picante, no sé si chile, pero las bocas acabaron ardiendo y no había cerveza suficiente para apagar ese fuego...



El Ayuntamiento de Viena.

Como aún era temprano para la representación del festival de cine, con entrada gratuita, seguimos dando un paseo por los alrededores, después de tomar un café y helado en el mismo recinto ferial.



Al caer la noche, regresamos a la plaza. Frente a la fachada del ayuntamiento se disponían las gradas formando un semicírculo, así que tomamos asiento y esperamos el comienzo. Esta noche tocaba el turno a la grabación en directo de un concierto de Goran Bregović, y claro, igual a mis compañeros no les sonaba de nada, pero a mi memoria rápidamente saltaron los recuerdos de dos años atrás, y del festival de música de Guča, en Serbia, al que asistí con Iñaqui, mi compañero de ruta ese año, cuando nos desplazamos en bus desde Belgrado hasta la aldea de Guča, para asistir al último fin de semana de este festival, donde Goran Bregović, entre otros, es un mito viviente, aunque a nivel occidental es más conocido por poner música a algunas de las bandas sonoras de las películas de Emir Kusturica, mezclando en sus composiciones el folclore tradicional, el rock, la música búlgara y otros estilos musicales.



Al terminar el espectáculo, regresamos andando al hostel, y con una temperatura más bien fresca, donde se agradecía muy y mucho llevar manga larga.



Caímos completamente rendidos en la cama, después de los cincuenta kilómetros en bici y de llevar desde las dos de la tarde paseando por Viena...

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 Lunes, 25 de Agosto de 2014
Logística y turismo por Viena.


La primera de las cosas a hacer esta mañana era buscar una caja de cartón para poder embalar la bici y transportarla en el avión, así que preguntamos por tiendas de bici en la recepción del hostel, y nos recomendaron una que estaba a prácticamente 500 metros de allí, en plena calle “Mariahilfter straße”, aunque era más bien una gran tienda de deportes (“Sport Direct”, creo que se llamaba) donde entre otras muchas cosas, también se vendían bicis, así que allí nos dirigimos tras desayunar en el patio del hostel, y ¡bingo!, nos dieron cajas de cartón de bicis para los tres, así que otra vez de vuelta para doblarlas, con del fin de que ocuparan menos espacio, y colocarlas junto a nuestras burras, en la cochera destinada a parking de bicicletas.



Lo siguiente era buscar la estación de tren o metro desde donde salía el que debería llevarnos al día siguiente al aeropuerto, y la verdad es que para llegar a ella tuvimos que dar un buen paseo, no recuerdo bien, pero igual dos horas, pero preferíamos ir a pie, viendo lo que pudiéramos de paso, y sobre todo, memorizando el recorrido para mañana ir montados con nuestras bicis del tirón, evitando así tener que buscar taxi o cualquier otro tipo de medio para llevar las burras, con las alforjas y la caja de cartón plegada. Durante este recorrido, también aprovechamos para entrar en alguna que otra tienda de material deportivo, para echar un vistazo.



En la estación, Montse se encarga de recopilar la información, y así, el primer tren salía a las 6:45, y llegaba al aeropuerto a las 7:30, con lo que teóricamente tendríamos bastante margen para proceder allí a embalar la bici, y facturarla, si es que era necesario (en esta ocasión sí que nos toco pagar por ella, no funcionó el truco de intentar levantarla como en el viaje de ida, y por tanto, 50 euros más por exceso de equipaje, da igual que te hubieras pasado en un kilo o en quince), pero esto significaba que tendríamos que madrugar, levantarnos sobre las cinco de la mañana, para montar las alforjas y sobre todo colocar la caja de cartón plegada lo mejor posible para que no se moviera y ocupara poco a lo ancho, porque el problema no era el peso sino el volumen que tenía, incluso plegada la caja, para después movernos en bici hasta la estación.



En el caso de no llegar a tiempo para coger este primer tren, tendríamos una segunda oportunidad con otro que salía más tarde, pero íbamos a andar mucho más cortos de tiempo para proceder con el embalaje y la facturación.



Solucionado el tema de las cajas y de los horarios de trenes hacia el aeropuerto, sabiendo además que se podía llevar la bici tal cual en el tren, sin necesidad de embalarla, ya solo nos quedaba realizar el “chek-in” del viaje de regreso por internet, algo que teníamos pensado realizar en el hostel, desde los ordenadores que tenían allí, pero antes, tocaba reponer fuerzas, así que compramos unas cervezas y unas pisas y nos fuimos a tumbarnos al césped de un parque allí cercano, al sol, y la verdad es que se estaba de lujo.



Queríamos dedicar la tarde para ver el palacio Schönbrunn y sus jardines, pero para llegar a ellos teníamos que pasar cerca del hostel donde nos alojábamos, así que aprovecharíamos para realizar primero el tema del “chek-in”, desde los ordenadores con acceso a internet que tenían allí, sin problemas de ningún tipo, es más, desde recepción muy amablemente nos imprimieron la tarjeta de embarque, pero antes de esto, y de camino, pasamos, paramos y descansamos en el Barrio de los museos (MuseumsQuartier), un enorme espacio en lo que otrora fueran las antiguas caballerizas del palacio imperial (en pleno centro), con más de 60.000 metros cuadrados dedicados al arte y a la cultura, una zona con mucho ambiente, mucha animación, muy ecléctico, y con tiendas, bares y cafés de diseño. Un espacio que acoge cualquier manifestaciń artística y donde se mezclan los edificios barrocos con otros edificios-museos más modernos.



Desde el hostel, y ya con todos los deberes hechos para mañana, nos toca dar otro paseo, éste mucho más corto, para llegar a Schönbrunn, dar un paseo por sus jardines y subir a la colina sonde se encuentra la “Glorieta”, y allí sentados, ver las magníficas panorámicas de Viena y por supuesto, ver caer la tarde sobre esta ciudad, justo cuando comienzan a encenderse las luces de las calles y de los coches...



Vistas de la parte trasera del palacio de Schönbrunn, desde la colina, con una vista parcial en la foto, de Viena al fondo.

Al regresar, paramos a cenar en un supuesto “italiano”, aunque de italiano sólo tenía el nombre en el cartel de la entrada, porque era un local supercutre y en cuanto a la calidad de la comida, decir simplemente que muy ramplona y mediocre... mala elección hicimos, y la verdad es que es lo único negativo de nuestra estancia en Viena, así que la despedida no fue precisamente por todo lo alto...



A la cama nos iríamos sobre las 23:30, después de recoger y preparar las alforjas, que al día siguiente había que madrugar, porque habíamos quedado en levantarnos a las cinco para tener margen ante cualquier imprevisto.



En el viaje de regreso, el avión hacía escala en Zurich, y allí tendríamos que coger otro avión, aunque en esta ocasión y debido a la diferencia de tiempo con que compramos los billetes de ida y vuelta, Jesús y Montse saldrían primero en uno y después yo iría en otro por separado, con casi tres horas de diferencia, aunque Jesús me tendría que esperar en el aeropuerto de Madrid, ya que habíamos ido juntos en su coche, el cual habíamos dejado en el parking, mientras que a Montse vendría su hermana a recogerla.



En el viaje de regreso, a diferencia del del ida, hubo algunos problemas con el transporte de las bicis. En mi caso, al abrir la caja con un cutter para inspeccionarla, hicieron una raja de centímetro y medio en el sillín, y en el caso de Jesús y Montse, no recuerdo si sufrieron algún desperfecto o si les desaparecieron cosas que llevaban dentro de la caja donde iba la bici, lo que si se es que una vez que llegaron al aeropuerto no tuvieron mucho margen para el aburrimiento, porque estuvieron de papeleos tramitando las reclamaciones oportunas...



Una vez recogida la caja que transportaba la bici de la cinta, la abrí, la monté, le puse las alforjas, y me fui buscando la salida, donde ya me estaba esperando Jesús, y una vez montadas las dos 'burras' en el coche, de vuelta a casa, para terminar estas dos semanitas de vacaciones, y a saber cuando podré volver a disfrutar de otro período de tiempo similar...

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