Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

martes, 21 de abril de 2015

Travesía por las Villuercas. Etapa 1: Fresnedoso de Ibor - Castañar de Ibor (Sábado 28 de Marzo).


El último fin de semana de Marzo, 27 y 28 (domingo de Ramos) estuve junto a unos amigos de Astoll haciendo una travesía que ya teníamos en cabeza desde hacía tiempo y que en estos días se dieron las circunstancias ideales para poder realizarla. La idea principal sobre la que se vertebraba el recorrido previsto era la de recorrer todo el valle del río Viejas, que se puede divisar desde parte del trazado de la ruta de Alfonso Onceno, y cuya última parte coincide con lo que teníamos previsto. Lo que nos faltaba por decidir era qué recorrido haríamos antes de adentrarnos en el valle del río Viejas, y estuvimos barajando varias opciones, como la de hacer parte del recorrido circular de la ruta del “Acueducto de las Herrerías” por la Garganta de Descuernacabras, haciendo un recorrido entre Campillo de Deleitosa y Robledollano, pero el amigo Boceta, el encargado de la logística, nos dijo que no podía ser porque allí no había alojamiento para el grupo de diez personas que teníamos previsto realizar dicha ruta, así que después de ver otras alternativas, optamos por hacer el tramo entre Frenedosa de Ibor y Castañar de Ibor, donde no teníamos problemas de alojamiento, siguiendo el curso del río Ibor, y al siguiente día, hacer el tramo entre Castañar de Ibor y Guadalupe, donde podríamos seguir hasta Navalvillar de Ibor y después girar en bajada hasta el valle del Viejas, pero esta opción la acabamos descartando porque queríamos recorrer el valle entero, de principio a fin, comenzando en la antigua piscifactoría de Castañar de Ibor, que es lo que finalmente acabamos realizando.

[Una selección de fotos de esta ruta, con más resolución, pueden verse AQUÍ]

Nos dividimos en dos grupos, con lo que con dos coches nos apañaríamos sin problemas. En uno de ellos fue un grupo directo desde Llerena a Castañar de Ibor, donde teníamos el alojamiento para el sábado, y en otro grupo, el que partía de Azuaga, pasaba por Zalamea, donde me recogerían, y después directos a Guadalupe, donde estaría esperándonos María Eugenia, de forma que ella dejaría el coche allí, y el último día, cuando llegáramos a Guadalupe, ella acercaría a Castañar de Ibor a otro dos para recoger los coches y recogernos al resto del grupo en Guadalupe... esos eran los planes... otra cosa es que se torcieran ligeramente.

A pesar del rodeo, y de las paradas, primero en Zalamea, después a desayunar y por último en Guadalupe, llegamos antes que el otro coche que supuestamente iba por autovía y no tenía que realizar ninguna parada, es más, incluso nos tocó esperar media hora en Castañar de Ibor, a la entrada del pueblo, en zona de aparcamientos del hostal donde nos quedábamos.

Cuando llegaron, dejamos el macuto con la ropa en el hostal, en las habitaciones dobles que ya teníamos asignadas, y de nuevo con los coches hasta el punto de inicio de la travesía, hasta Fresnedoso de Ibor, donde después de repartir la comida que Ángel ya había comprado y calculado con su habilidad habitual para estos temas logísticos, comenzamos la ruta, junto a la iglesia del pueblo, tarde, muy tarde, serían más de las 12 de la mañana.

Preparándonos para comenzar la ruta, en Fresnedosa de Ibor...
Antigua casa de piedra en Fresnedosa de Ibor.


Salimos del pueblo por camino estrecho, siempre flanqueado por vetustas paredes de piedra que un principio delimitan zonas de olivares, pero conforme vamos dejando cada vez más atrás las últimas casas del pueblo, comienzan a aparecer grandes alcornoques con gruesos troncos, rodeados de una vegetación típica de bosque mediterráneo, al tiempo que vamos caminando en ligero descenso, casi siempre a la sombra de encinas y alcornoques, buscando el río Ibor, y teniendo frente a nosotros, más allá del río, la sierra que se eleva sobre éste.

Llegamos al río Ibor después de un recorrido bonito, agradable, de forma muy distendida, tranquila, no había prisas, teníamos todo el día y el recorrido no era muy largo, unos 16 o 17 km en total, puesto que sabíamos que en este primer día íbamos a comenzar más tarde de lo normal, como así fue.

 En la foto de arriba, cruzando el río Ibor, y en la de abajo, el grupo calzándose las botas de nuevo.

Si el recorrido hasta el Ibor fue tranquilo y agradable, el paso del río fue todo una algarabía, y es que el cauce llevaba bastante agua y no era posible cruzarlo sin mojarse, así que a quitarse botas y calcetines, remangarse pantalones, y que cada cual lo pase de la mejor manera posible, no sin estar pendiente de si alguno pegaba el típico resbalón y acababa empapado convirtiéndose en el centro de risas, pero a pesar del agua fría y de piedras resbaladizas, todos lo pasamos sin imprevistos, aunque eso sí, unos con más clase que otros...

Cruzado el río, toca de nuevo ponerse los calcetines y calzarse las botas, eso si, ahora con los pies fresquitos y relajados, antes de proseguir camino.

A partir de aquí, en lugar de seguir el cauce del río, tenemos que realizar un recorrido que forma una especie de arco, o de media circunferencia, en cuyos dos extremos se toca al río, uno era éste punto, por donde habíamos cruzado, y el otro era nuestro siguiente objetivo, porque a partir de ahí ya seguiríamos a la vera del río, teniéndolo a nuestra derecha, siguiendo el valle.

El recorrido seguía siendo entretenido, zonas frondosas y grandes alcornocales cuyo tronco ni siquiera podía ser abarcado por dos de nosotros. Hay otras zonas más abiertas, con amplias vistas donde se puede distinguir el las sierras que delimitas el valle del río Viejas que tendremos que remontar mañana, incluso en algunos tramos se puede divisar el pico Villuercas, allá al fondo, en la lejanía, y sin embargo, mañana pasaríamos junto a él.

María Eugenia y Boceta intentando abarcar el grueso tronco de un alcornoque.

En el recorrido, también podemos divisar amplias panorámicas, como ésta, donde la flecha amarilla indica el punto de inicio por el que al día siguiente remontaríamos el valle del río Viejas, mientras la flecha roja, indica la cima desdibujada y en segundo plano, del pico Villuercas, por detrás del mazacote rocoso que aparece en primer término.

Este entretenido camino desemboca en una amplia e insulsa pista, en perfecto estado, que tomamos a la derecha, para después de poco menos de dos kilómetros llegar a la antigua y despoblada aldea de Avellaneda, perteneciente a Castañar de Ibor, donde se mezclan algunas casas rehabilitadas con antiguas construcciones de piedra hoy semiderruidas, y otras que aguantan aunque con puertas de hierro o chapa que afean el conjunto. Se trata de una aldea despoblada en el siglo XVII, aunque en ella se sigue realizando en el mes de mayo la romería en honor al Cristo de Avellaneda, una talla del siglo XVI.





Fotografías de la aldea de Avellaneda, despoblada en el siglo XVII.

Granada y yo nos quedamos los últimos haciendo algunas fotos, así que cuando salimos de la aldea el resto del grupo ya nos saca ventaja. El camino que parte de la aldea en bajada hasta el río Ibor, está con firme de hormigón durante un tramo, al final del cual, nos equivocamos de camino, y para cuando nos dimos cuenta los compañeros ya nos habían tomando mucha más ventaja. Retrocedimos, cogimos un atajo y bajamos hasta la ribera del río, por el que seguiríamos durante gran parte de esta ruta, pasando por algunos tramos bucólicos, en un recorrido bastante llano, siempre con el Ibor a nuestra derecha, como he comentado antes.

Vistas del valle del río Ibor, bajando hacía el río desde la aldea de Avellaneda.

Pasamos por el “chorrito”, un pequeño caño de agua a modo de fuente, bajo un enjambre de raíces y troncos, momento en el que nos llaman los compañeros al móvil para saber por dónde íbamos, y como ya estábamos cerca nos comentan que pararían en cuanto vieran un buen sitio para comer.

"El chorrito".

El lugar donde coincidimos, donde paramos a comer, fue inmejorable, junto al porche de una pequeña casa de campo, a la sombra de una gran encina y con una mesa camilla de madera decorada con un tapete verde, decoración o estilo “vintage”, vamos, el último grito en decoración, pero que a nosotros nos supo a gloria.



La pausa para el almuerzo, con nuesta camillita de madera con tapete de ule verde... buscando una decoración "vintage" que se ajustara al entorno....

Después del ejercicio, en pleno campo, con el río al lado, a la hora justa, y en un decorado sin igual, comenzamos a comer como si no hubiera un mañana, y así, al jamón le sucedía el lomo, las variantes de queso, la caballa y todo regado con más vino que caudal llevaba el río, además del chocolate, la fruta y los frutos secos como postre, así que pasadas las cuatro de la tarde, cuando de nuevo nos pusimos en marcha, no apetecía mucho caminar, más bien nos hubiéramos quedado echándonos la siesta a la sombra de la encina, pero no, nos pusimos en marcha, y a esa hora la temperatura era alta, y aunque durante varios kilómetros continuamos por el trazado llano junto a la ribera del río, en el tramo final, una cuesta pronunciada, que iba de menos a más, al tiempo que nos alejábamos del río, dejando éste a la derecha, hizo que más de uno lo pasara mal al empezar el cuerpo a “carburar”, y es que la ingesta de comida regada con distintos caldos, unida al esfuerzo al subir la cuesta y las altas temperaturas... hicieron estragos en más de uno...


Entramos en Castañar de Ibor dejando el cementerio a la izquierda, y cogiendo la carretera que atraviesa el pueblo para llegar hasta donde estaba el hostal donde nos alojábamos. Unas cervezas, ducha, y a salir a dar una vuelta por el pueblo, haciendo algo de turismo mientras los compañeros Ángel y Antonio van a Fresnedoso a por los coches, aprovechando que alguien en el hostal va hacia allá, con el fin de dejarlos en Castañar y mañana ganar algo de tiempo a la hora del regreso a casa.

 Detalles del atrio de la iglesia de Castañar de Ibor.

Ya por la noche, todo el grupo junto, nos fuimos a cenar, algo ligerito, que alguno que otro aún tenía atragantada la comida y después, regreso al hostal dando un paseo, para terminar algunos con una copa en el propio bar del hostal antes de subir a dormir, mientras “arreglaban los problemas de este país”, aunque yo estaba muerto de sueño, apenas había dormido al noche anterior y esta noche era el cambio al horario de verano, con lo que al final perderíamos una hora de sueño, y mañana iba a ser un día largo, porque teníamos previsto algo más de 30 kilómetros.

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