Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

Aquí mis batallitas sobre cicloturismo, senderismo, montaña, viajes, naturaleza, música, teatro, ...

"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

martes, 23 de abril de 2013

DÍA DEL LIBRO (2013) Y CICLOTURISMO.


  Aprovecho el día de libro para comentar un libro relacionado con el cicloturismo, con los viajes en bicicleta, y no es nada más y nada menos, que el libro de Salva Rodriguez: "África, un viaje de cuento [La vuelta al mundo en bicicleta]". Un libro que no puede faltar en la biblioteca de cualquier amante del cicloturismo, un indispensable que he vuelto a releer para evadirme, aunque sólo sea mientras leía, de los momentos duros que he pasado a nivel familiar, en los primeros meses de este año. Un libro que para aquellos que les guste esta forma de viajar y vivir, recomiendo encarecidamente.

  África, un viaje de cuento.... o un libro de cuentos... porque Salva relata su viaje en bicicleta por África de una forma tan agradable, amena, sencilla, incluso a veces poética y hasta sensual, que hace que parezca, y sólo parezca, fácil lo más complicado, hace que a uno le dan ganas de coger la bici, las alforjas, la tienda de campaña y lanzarse a la aventura, pero también hay que ser consecuente y leer el trasfondo, porque viajar en África como un africano más, lejos de cualquier comodidad, es algo muy duro y muy serio, palabras mayores: “¿quién dijo que cruzar África en bicicleta era sencillo?”; sin embargo, él consigue hacernos llegar ese sentimiento, esa emoción que le embarga en todo el viaje y que sólo puede transmitir alguien al que realmente le gusta y está enamorado de esa forma de vivir, sentir y viajar; alguien que logra fundirse con todo el entorno que le rodea, como si fuera un africano más, como si fuera un objeto más; da igual el país por el que vaya pedaleado, o la aldea por la que pase o donde se quede a dormir, porque él siempre intenta mezclarse con la población local, relacionarse con ellos, algo muy distinto, como él comenta en su libro, a los coches-caravana de europeos: ricos, autosuficientes, veloces, que creen no necesitar ayuda de los lugareños y que por tanto, su contacto con ellos es mínimo, por lo que desconocen los secretos que pueda ocultar una zona; por contra, Salva nos dice: “yo me bajo de la bici, saludo, doy la mano, me presento, les digo que estoy cansado y me tomo un té tranquilamente. Los ciclistas caemos simpáticos y es fácil encontrar ayuda […] Algo muy diferente es preguntar desde la ventanilla sin siquiera salir del coche..., “el desierto no muestra sus pozos a quien viaja con prisa”.

  Esta fusión con el pueblo, el entorno, el ecosistema y los elementos africanos, se produce lentamente, poco a poco, a fuego lento, y se va palpando, acentuando, conforme pasan los días y los kilómetros, conforme va avanzando hacia el sur, cuando deja a sus espaldas Marruecos, y se introduce sin hacer ruido, de puntillas, en el África negra, en el África profunda (a partir de Senegal), y es que como él bien dice en la introducción: “En este libro he tratado de reflejar, no solo el viaje a ras de tierra y mi relación con los africanos, sino también la transformación del viajero, lenta, a veces imperceptible, a veces con zarpazos”. Lenta e imperceptible porque día a día se va produciendo la transformación del viajero, día a día va prescindiendo de la mentalidad occidental que tenía, y preocupándose tan sólo por las necesidades básicas: qué comer, qué beber, dónde bañarse si es que puede o donde dormir; adaptándose a lo que hay, a la miseria y las necesidades, dónde comer únicamente consiste en saciar el hambre, nada de menús donde poder elegir entre media docena de primeros platos y otros tantos de segundo, por no hablar del postre y la bebida, porque en la mayoría de los países por los que pasa “la gastronomía nacional se reduce a uno o dos platos nacionales; no hay más menús que leer, ni tiempo que pasar eligiendo qué comer […] No se picotea, no hay dinero para alimentos caprichosos”. Por otro lado, como bien dice, la transformación es también a base de zarpazos, por la cruda realidad de miseria que ve y a la que se enfrenta, o por temas que para una mentalidad occidental pueden resultar incomprensibles, como el tema de la circuncisión, la magia (como el 'kánkora', el espíritu del bosque), etc., o por las enfermedades y las adversidades con las que convive, pero de las que en mayor o menor grado sale indemne, aunque como bien dice en las reflexiones al llegar a Sudáfrica: “otros no tuvieron la misma suerte”; pero también son zarpazos, en este caso positivos o constructivos, las bofetadas de humanidad que se pueden recibir sobre cualquier rostro orgulloso y prepotente de un occidental, porque en el pueblo africano hay tanta miseria como humanidad, dan lo que no tienen, y son felices a pesar de la extrema pobreza, o quizás sea eso, que hay tanta pobreza que ni siquiera hay espacio para los problemas, como dice en uno de los párrafos escritos a su paso por Guinea Conakry:

  “Las aldeas son de diez casas, mientras que los pueblos tienen escuela y a veces un centro de salud, pero en general la vida posee un nivel material mínimo y no parece importar demasiado a los guineanos. Sonríen mucho '¿qué haces tú aquí?', y se mueren de la risa. Son felices pese a la escasez de todo, quizás porque siendo tan pobres, ni siquiera tienen problemas.
  Al final del día, me quito la ropa sudada y llena de polvo, pido prestado un cubo, voy a la bomba de agua para llenarlo y me lavo. Hace calor, pero para poner la tarea más difícil a los mosquitos, me pongo ropas largas, que si no están limpias, al menos están secas. Ceno medio kilo de arroz..., con salsa de cacahuete, y yo también soy feliz, en mis alforjas tampoco hay espacio para problemas. Y estar lejos del confort, enfrentando un reto, me llena de alegría. Los hombres no hemos nacido para estar siempre sentados en un sofá.
  [...] Para la gente que he conocido en estos días, no hay nunca un hotel donde descansar de la miseria. Ellos seguirán día tras día con su arroz y salsa de cacahuete, sus casas precarias, su agua de pozo, su lavado de cubo, sus mosquitos y la maldita tse-tsé. ¡¡¡Y sus sonrisas!!!”.

  En otro de los párrafos extraídos de este libro, también a su paso por Guinea Conakry, comenta:

   “La comida, el agua y el refugio, estas tres básicas necesidades son sagradas en África, ajenas al comercio. “¿Quieres agua? Paga por ella”, podrían decir. Pero no, jamás en África. […] El Sahel es duro, pero sus gentes me dan una lección de humanidad cada día”.

  Siguiendo con la relación de 'zarpazos' que dejan huella, producto de la miseria, las enfermedades, la baja autoestima o la humanidad que pueda haber a pesar de todo esto, comenta en otro pasaje de este libro, cuando pedalea por Momzabique, antes de llegar a Nampula:

  “Por el camino : arena, piedras, yaos, macúas, pão con mainteiga sin sal y problemas con la bici y el agua. Dos semanas de viaje por uno de los rincones más olvidados del planeta que dejarían huella en cualquiera.
  Falta de todo y, a veces, hasta lo básico; es una zona que me hace recordar el peor Sahel o al Congo. Gente llagada, herniada, con enfermedades espantosas como el 'pie de elefante', un lugar donde por toda cocina utilizan la llanta usada de un coche. Al parar en las aldeas, las muchedumbres me rodean con expresión boquiabierta, con una autoestima por los suelos, incluso algunas mujeres mayores se paran a saludarme arrodillándose por los suelos, lo cual no me hace ninguna gracia. O niños que salen huyendo si me los encuentro en un tramo solitario, temerosos del “Coco”, “el blanco que vendrá a chuparte la sangre si no eres bueno”.
  En los mercados no hay nada que no sean tubérculos locales o conservas caducadas, escasas y caras para ellos. Carreteras llenas de arena, sin tráfico alguno, donde me encuentro con gente esperando desesperada un transporte para ir al hospital de la misión con una terrible herida sin que pase nadie en horas, solo moscas, el silencio, la calor...
  Si detengo mi bici, lo que escucho es el sonido de una tierra abandonada a su suerte. Son días de momentos duros. La suciedad constante en la que estoy hasta el baño de la tarde -un barreño con quince litros de agua- empeora las heridas que la bici crea; si las tapo, no se curan; si las dejo abiertas, se infectan. La falta de fuerzas por la mala nutrición, la pista arenosa, la bici y sus fracturas en las parrillas, los parches de mala calidad que se despegan y me hacen arreglar el mismo pinchazo cinco veces al día, todo ello con las malditas moscas en los ojos y a cuarenta y cinco grados... En fin, a veces me pueden, me tumban un rato. Entonces, surge del mato un niño que va con un enorme ramo de troncos en la cabeza que pesan más que él, y verle, tan canijo, mal vestido, descalzo, me hace hervir la sangre. Me levanto y sigo camino, apretando los dientes de rabia.
  Sobrevivo, yo puedo comprar las conservas caducadas, pero siento mis niveles de vitaminas y de salud bajar día a día. También tiene su lado de maravilla, algo sonríe en un rincón del alma pasando noches y noches sin más luz que la claridad de la luna. El trato tradicional y exquisito de los jefes cuando paro a dormir en las aldeas. Una fiesta con xilófonos de madera, danzas y whisky Mac, que me lleva a algún lugar atávico, muy lejos de lo que soy. Y gente que aparece de la nada para intentar ayudarme con mis problemas mecánicos. Dos semanas en las que África me tinta la piel con su roja mano, con su lenguaje duro y sin palabras, directo al corazón. Días más tarde, descansando en Ihla junto al Índico, mi piel todavía anaranjada me recordará la tierra de los olvidados

  En el libro también nos muestra su experiencia con las distintas tribus con las que contacta a su paso por este enorme continente, intentando entender sus costumbres y modo de vida, aunque no es siempre fácil, como le dice John, un director de escuela cuando hablan del tema de la circuncisión: “Salva, somos africanos, es nuestra cultura, tú no puedes entendernos”; y como el mismo Salva dice reflexionando sobre ésta y otras cuestiones: “Yo vengo de una sociedad donde la comida, el agua, la ropa, la salud, la educación, están garantizados y no son una preocupación diaria. Trato de desprenderme de mi cultura para tratar de entender la suya, pero sé que jamás lo lograré. Yo no he crecido con la incertidumbre de si mañana seguiré vivo o moriré de una diarrea”.

  En su pedalear por África, se encuentran con muchas tribus, algunas aún perdidas y ancladas en el pasado, por las que el tiempo parece no pasar, ajeno a este mundo donde la palabra de moda es “globalización”, pero de la que no creo que hallan oído hablar, ni falta que les hace... Entre algunas de las tribus con las que toma contacto, con unas con más suertes que con otras, están:

  - Los 'mossi', en Burkina Faso, quienes le impresionan por sus escarificaciones faciales, con la cara completamente cruzada de marcas, haciendo círculos, líneas...

  - La tribu 'tamberma', que viven entre el norte de Togo y Benin, y que según él, “tienen las casas-castillo más bonitas de África Occidental. Pequeños castillos de adobe, torres incluidas, que son los dormitorios para la mujer y los niños. El hombre debe dormir abajo para garantizar la seguridad. La imagen de una aldea tamberma, con decenas de castillitos de adobe entre el fantástico verdor y los enormes árboles, es una de las estampas más bonitas de África. La desnudez está aun muy presente en su vida cotidiana, niños y mujeres, pese a la presión de las misiones cristianas. Y también mantienen muchas costumbres animistas”.

  - Los 'dogón' en la falla de Bandíagara, en Mali, donde comenta:

  “Durante ocho días camino de pueblo en pueblo, por sendas o simplemente siguiendo la indicación del dedo de alguien que me señala por dónde ir. La falla es espectacular, un roquedal elevado sobre el infinito Sahel, con vistas hasta donde los ojos alcancen.
  Otras veces camino por la arena del Sahel, contemplando la falla y las increíbles cuevas que abandonaron los tellum. [...] la falla está horadada con las cuevas de esta tribu, posiblemente pigmea, y los dogón aprovecharon la inaccesibilidad para usarlas como tumbas sagradas.
  A la noche, en las aldeas de la arena hay un mercado nocturno donde la gente, además de vender mercancías, pasa la noche bebiendo cerveza de mijo y comiendo cordero asado. Ni la cerveza es mala, ni el cordero carece de sabor, aunque la presentación... Lo pones al fuego sobre una plancha oxidada, lo cortan con machete sin orden ni sentido en diminutos trozos, y finalmente, por todo plato lo sirven en un trozo de saco de cemento..., hum, ¡delicioso!.
  Cuando entro en pueblos animistas, me miran con desconfianza por ir sin guía y a veces no me dejan caminar sin la compañía de un niño, no vaya a estropearles algún lugar de sacrificio. Es el lugar más impactante de estos primeros meses de viaje.
  Mi buena estrella aparece al llegar a Tereli, donde tras una mala recepción -por no tener el dichoso guía- acabo congraciándome con Mousa y me invita a quedarme a un funeral por un viejo que acaba de morir. A los turistas en grupos organizados les preparan simulacros de funeral, un show con bailes, pero esta es una oportunidad para ver un funeral de verdad y decido quedarme.
  Paso cuatro días en su pueblo para observar una fiesta de máscaras africanas que me transporta a otra era, a otro universo. Las mujeres cantando, el pueblo alrededor de la plaza, los hombres portando unas terribles máscaras y representando con danzas, la muerte, la vida. Todos reunidos para garantizar el buen paso del difunto a la otra vida. La magia, el misterio, íntimamente mezclados con la vida. Me parece increíble que estas tradiciones pervivan aun en el planeta de la globalización”.

  - Las mujeres 'fulani', junto al río Niger, a su paso por Mali: “hermosas, adornadas con collares y pulsares, se rodean la boca con una fuerte pintura azul. Muy simpáticas, jamás consienten verme lavando ropa”.

  - Los 'himbas', en Namibia: “Encontrárselos es un salto en el corazón, especialmente a ellas, con una faldita de cuero, brazaletes y nada más. Tienen toda la piel y el pelo cubiertos con una pasta anaranjada de olor fortísimo. Mujeres hermosas, pero con esa tintura paren espectros cuando están bajo un árbol. Beben sangre de sus vacas, el agua marrón de los charcos, viven en unos rudimentarios tipis hechos con ramas de arbusto que protegen de los animales con un cercado. Y son mucho más simpáticas que las mumuila de Angola. Yo me paro, las miro, ellas me miran, y todos nos reímos los unos de los otros. No es para menos, menudo rincón del planeta, completamente detenido. Estoy empujando, fatigado, con problemas de agua y de comida, pero estoy en un lugar que dentro de unos años tal vez piense que fue un sueño”.

   Los 'maasai', en Tanzania, “de lanza en mano, pues hay mucho 'simba'.[...] La tradición de esta tribu exige enfrentarse con un león al menos una vez en la vida. Gente brava estos maasais, tipos duros”.

  - Las tribus nilóticas como 'pokots', 'marakwets', 'turkanas' y otras: “viven como hace cientos de años y pocos de ellos se interesan por lo que sucede allende sus lanzas. Las tribus nilóticas de esta zona semidesértica, que se extiende al norte de Uganda y sur de Etiopía, son ganaderas y el estado de guerra por los mejores pastos o el robo de ganado es constante”[...] “La mayoría de los pokots visten un taparrabos únicamente, adornados con collares y plumas en la cabeza y escarificaciones en diferentes partes del cuerpo. El pelo se lo untan con una pasta de barro y forma un extraño casco color marrón. No me parece la gente más amistosa del mundo y en varios sitios recibo piedras a mi paso”...

  En cuanto a las peores zonas o países para pedalear, por su experiencia, comenta que una de ellos es el sur de Nigeria: “ Si los controles de policía real y policía falsa serán un continuo incordio, no es nada comparado al tráfico infernal de Lagos, cuya área metropolitana tiene la friolera de diez mil habitantes por kilómetro cuadrado y este problema no está resuelto con eficacia japonesa. Es un infierno. Miles de minibuses, ruido, suciedad y peligro constante. Pedaleo sin cesar para cruzar lo antes posible, me siento atenazado en cada rincón. Y por fin, al final del día consigo alejarme veinte kilómetros sin que nada me haya ocurrido. No es que el ruido y el tráfico desaparezcan, el sur de Nigeria es uno de los peores lugares del mundo para viajar en bicicleta, pero al menos consigo dejar atrás la preocupación continua de un asalto o un tiro. Duermo en una estación de policía...” y al hilo de estos problemas de seguridad, comenta que quizás “los mejores lugares para dormir en Nigeria, en las ciudades, siempre peligrosas, sean las iglesias y los hoteles de lujo”.

  Por contra, entre los mejores países, zonas, ecosistemas o entornos naturales, que más le gustaron, o donde más cómodo se encontró o qué más le impactaron, están:

  - El río Niger: “uno de los ríos más estéticos por los que he viajado, agua y arena se funden formando curvas y dunas irreales”. En concreto, a su paso por Mali, comenta “Tras el congestionado Bamako, las pistas de arena junto a la orilla norte del río Níger son un paraíso, no tienen tráfico, solo aldeas de pescadores que me reciben con los brazos abiertos, deseosos de ayudarme a cualquier cosa, a poner la tienda, a lavar una camisa, lo que necesite. Me he enamorado de este río, de la gente que lava, bebe, navega, y en suma, vive en sus orillas. Es un placer detenerse al mediodía y nadar, o simplemente estar en remojo contemplando las orillas, que a veces son frondosas, y otras veces, bancos de arena anaranjada”.

  - Las selvas y el paisaje en Gabón y el Congo. Sobre ellos comenta:

  “Pero estoy en la selva, un ecosistema que impresiona, casi intimida por la vida que exuda. No hay tráfico, apenas hay gente siquiera, aunque doquiera que la hay, recibo una acogida maravillosa. Descubro el relajado carácter de las tribus del África Central, donde nada es complicado, y sus increíbles ríos. Los baños en los ríos profundos de la selva son una experiencia fantástica, pura jungla llena de vida y un agua tan clara que se pueden ver los gusanos de la bilharzia..., maravillosos días [...] Las selvas de Gabón están llenas de gorilas y elefantes, ambos más pequeños que la media africana... ”.
  […] “Pensaba atravesar África Central lo más rápido posible, por las lluvias que vienen, y me quedo prendado del paisaje selvático, de la naturalidad de la gente, de un entorno salvaje donde disfrutar lo esencial de la vida: el agua, la comida sencilla, la luz de la luna donde no hay electricidad.
  Mi vida en estos meses se ha tornado de una simplicidad abrumadora y esa ausencia de lo prescindible me hace feliz. No necesito lujos. Solo agua, un poco de comida y un lugar para poner mi tienda a la noche. Vivir en lo esencial elimina las complicaciones absurdas y regala una buena lección: aprendo a diferenciar lo que es verdaderamente importante y lo que no lo es, cada cosa en su sitio. Viniendo de un continente en el que lo accesorio se ha convertido en algo irrenunciable, África no es mala profesora”.

  Pedaleando camino hacia Pointe Noire, nos relata: “La pista no es mala, sino espantosa, a nivel físico no he sufrido jamás tanto con una bici: son los mejores días del viaje. El reto no es el barro o las piedras, sino que eso no parece ni por asomo una carretera. Veinte kilómetros después del cruce de Mila-mila, el camino entra en la selva y aparecen unas colinas insalvables, donde resbalo una y ora vez en el barro empujando la bicicleta o remontando un río.
  Cada día es una suma de momentos esquivando piedras, caídas en la pista, poniendo una abrazadera más en las parrillas rotas, compensando con los radios un llantazo tras otro, quitando el barro que me bloquea las ruedas.... Me miro en el retrovisor y veo mi rostro salpicado de rojas picaduras del furrú y lleno de barro, mezclado con suciedad y sudor. Cientos de moscas me sobrevuelan cuando estoy detenido tomando un respiro, cuando empujo lentamente la bici; en las aldeas no hay absolutamente nada que comer... Pero todo eso, toda esa situación extrema es en medio de una auténtica selva que atravieso en soledad.
  Kilómetro tras kilómetro, hasta llegar a una aldea, estoy completamente solo con los pájaros incesantes. No me causa sensación de temor alguno, todo lo contrario, un extraño sentimiento de paz. Parado en medio de árboles cubiertos de plantas trepadoras y lianas, o bajo la lluvia que tamborilea con suavidad en las gigantes hojas verdes, con los pies dentro del barro, que es el barro de la misma Madre Tierra, siento entonces que algo atávico se despierta en mí, me activa los genes del mono que fuimos. Y me siento feliz.
  A la noche, llego muerto de cansancio a una aldea, a penas con fuerzas para bañarme en el río, poner la tienda, cocinar y hablar un poco con la gente. Gente realmente aislada, gente que come los tubérculos crudos, donde los niños salen corriendo si me ven llegar y no paran hasta alcanzar a un adulto. ¡¡En África, el coco que te llevará consigo si eres malo es el hombre blanco!!...

  - Según Salva, uno de los países más hermosos de África es Namibia, donde entre otras cosas, visita las cataratas de Epupa... “No importa si las había visto en fotos, es imposible captar con una cámara ese espectáculo. Son decenas y decenas de cascadas cayendo por las grietas de la falla, donde insólitos baobabs surgen de las rocas entre la violencia del agua. La imagen me deja sin palabras, una de las cataratas más hermosas del mundo. Me recreo unos días mientras espero transporte”, o acampa en medio del desierto del Namib... “La noche que paso acampado en medio del Namib [-un desierto protegido donde ya no hay ni siquiera granjas, solo una tierra bella y desolada; son días que me muestran un África diferente, de espacios abiertos y animales salvajes-] se queda en mis recuerdos para siempre. No sabría explicar qué fue exactamente, pero me pareció uno de los lugares mágicos que te curan de cualquier mal. Contemplando las estrellas, quedé dormido fuera de la tienda, con la tierra por almohada, y no fue hasta entrada la noche, que el frío del desierto me despertó. Me incorporé para contemplar unos de los cielos más estrellados de mi vida y una sensación indescriptible me embargó por unos momentos. Sentí que mi cuerpo estaba limpio. Y entré en la tienda a dormir caliente, me sentía muy feliz”.

  Pero donde realmente nos trasmite la esencia de este país es cuando dice: “Durante cinco días cruzo uno de los paisajes más hermosos de África, absolutamente deshabitado, solo hay animales, y un silencio tan puro que ni siquiera resuena en los oídos. Sin el más leve signo de presencia humana, todo es pura naturaleza de rocas, semidesierto y por toda carretera, sigo los valles; lo más parecido a la nada, o al todo. Días de asombro en los que llego a creer que la humanidad está en otro planeta”. Leyendo estas líneas, no hace falta escribir ningún comentario...

  - Zimbabwe, “un país verde, fértil, bendecido con mucha diversidad, desde tierras bajas llenas de cultivo, a montañas y bosques llenos de hermosas cascadas y lagunas. Y una gente, los zimbabweanos, muy abiertos, fáciles para entablar una conversación amena”. Allí, entre otras cosas, se va a caminar por el “hermoso Parque Nacional de Chimanimani, con unas montañas maravillosas y una flora que volvería loco a un biólogo: cientos de orquídeas, flores exóticas y helechos arborescentes”, pero además visita “las ruinas del “Gran Zimbabwe”, que son las piedras más grandes al sur de las Pirámides”.

  - El desierto del Kalahari y el río Okavango en Bostwana.

  “En el cruce de una pista de arena que se adentra en el Kalahari me encuentro con un safari que me invita a almorzar con ellos.
  -Viajar por aquí en bici no es la mejor idea del mundo, chico. Ayer, cuando entramos por esta pista, había un león bajo esta misma acacia donde estamos comiendo- me dice el guía.
  Mucha gente me advierte de los leones, y seguramente están en l cierto, pero la realidad es que ni de lejos veo uno. Tal vez, mejor.
  -¿Tú crees que para un león soy una presa?. ¿con la bici y el ruido que hago?- le pregunto.
  -Depende del hambre que tenga, del calor que haga. Olerte, te huele. Si lo ves mover la cola horizontalmente, es que te ha visto; si la mueve verticalmente, piensa que eres una presa. Reza lo que sepas.
  Pero llego sano y salvo, lo único que veo de interés son los bonitos Makadigadi, unos espectaculares lagos salinos llenos de flamencos y otros pájaros acuáticos. En Maun cumplo un sueño de largo tiempo y me voy con dos mochileros en una canoa por los canales del Okavango. Es un paraíso. El agua es pura y cristalina, tan clara que vemos cruzar una mamba negra delante de la canoa, justo en donde habíamos estado nadando un rato antes...
  […] Yo he decidido que aprovecharé la luna llena para cruzar el Kalahari durante las noches, rumbo a Sudáfrica, y evitar los previsibles cincuenta grados del desierto en pleno día. Insisto en mi pregunta sobre los leones.
  -En la bici no eres una presa para el león; te huele, pero haces demasiado ruido y eres demasiado grande- me tranquiliza Jack-; ahora, en cuanto pongas el pie en el suelo, te conviertes en una presa, y fácil. Trata de poner la tienda rápidamente y no cocines para evitar el olor a comida. Tampoco lleves fruta ni mermeladas, que huelen mucho. Los leones no atacan la tienda, son estúpidos: creen que es una piedra y se limitan a dar vueltas alrededor olisqueándote.
  […] Unos días después llego a una zona donde la Trans-Kalahari tiene grandes distancias, los pueblos están separados por más de doscientos kilómetros y es el corredor que los animales usan para cruzar del Kalahari al Kalagadi. Yo sigo pedaleando de noche, hasta las dos o tres d ella mañana. Duermo un rato y me levanto con el alba, para seguir hasta que el calor es insoportable y doy con una sombra donde quedarme; aveces es una gasolinera o un campamento de peones camineros o una acacia. Un día especialmente caluroso en el que no puedo dormir siesta pese a lo cansado que estoy, miro el termómetro y marca cuarenta y dos grados en la sombra. Lo pongo al sol y cuando alcanza cincuenta y siete lo recojo pensando que se va a romper. Al atardecer, me monto en la bici otra vez y disfruto la noche. La carretera es plana, asfaltada, no hay tráfico y es todo un lujo pedalear en el silencio de la noche, tiene un olor especial. […] Un olor a miedo también”.

  - Zamzíbar y sus playas; una ciudad interesante de la que cuenta: “Y por fin llego a Zanzíbar. Me detengo en la Ciudad de Piedra, un mosaico de culturas. En una calle aparece un caravanserai con una hermosa puerta labrada; dentro, el clásico patio, las habitaciones de comerciante que ahora están ocupadas por familias. Podría estar en Aleppo. Saliendo hacia el mar, los palacios de los sultanes omaníes de altas plantas, balcones y columnas dan a la bahía Índica, pero podrían dar a la plaza del Imán Khomeini en Isfahán. Por un dédalo de estrechas callejuelas aparecen celosías, ventanas geminadas, balcones que tocan al balcón vecino y protegen la calle del sol, y la madera huele a barrio otomano del viejo Estambul. En el interior de la ciudad de Piedra una habitación ofrece vistas en la última planta de algunas casas convertidas en hoteles, como mafrat yemeníes donde mascar khat al caer la tarde. Árabes, hindúes, africanos y su inevitable mezcla viviendo en esta abigarrada arquitectura del Medio Oriente me transportan lejos de África; es un salto a otra civilización en un ferry de tres horas […] Un lugar mágico, y antes de irme a descansar hacia alguna playa de anuncio, todavía me quedo unos días en este rincón del mundo donde cada calle atraviesa una frontera”.

  Después de todo lo que ha ido pasando durante su periplo por África, se adivina que tenía ganas de llegar a las playas de Zamzíbar y relajarse, sentirse cómodo durante unos días, porque sólo fueron unos días, ya que como se suele decir, “la cabra tira al monte”, y así, después de varios días de ociosidad, acaba aburriéndose a pesar del encanto de estas playas y esta zona: “Arena fina y blanca como polvo de talco, mar turquesa bellísimo, peces de colores en los arrecifes de coral y... eso es todo. Tras cuatro días tumbado al sol y bañándome en ese paraíso tan anhelado, de repente me descubro aburrido y deseando coger la bici para cruzar el Parque Milkumi...

  - Tanzania, es uno de sus países favoritos, y más cuando “logra salir de allí sin haber sufrido sus famosas amebas ni su malaria cerebral”. Sobre este país comenta: “Tanzania es un país muy estético, con hermosas zonas para acampar. Mucho paisaje de infinito horizonte atenuado por la difusa luz africana que hace imposibles las fotos, pero que enamora al ojo. Paisajes inmenso de acacias salpicadas de baobabs, tierra roja deshabitada y esa calima flotando que parece el aura de la Tierra. Tal vez sea eso lo que se agarra en el corazón de quien visita este continente. Los ojos miran una tierra sin hormigón ni asfalto, pura naturaleza donde las casas se hacen de barro, madera y con las manos. Parece como si toda la energía del planeta hubiera huido de Occidente para estar aquí en paz, para respirar libre de calles asfaltadas. Cuando llega la noche, pese a la dureza y las malditas moscas, estoy contento de haber pasado un día más aquí”.

  Cuando se dirige hacia el centro de Tanzania, a Dodoma, la nueva capital, después de visitar el Parque Milkumi, pasa por una sucesión de ecosistemas que pueden hacer la delicia de cualquier cicloturista: “...conforme me alejo de la costa, cruzo una sucesión de diferentes ecosistemas en pocos días: de los cocoteros, a la sabana de miombo, después a los bosques de baobabs, y finalmente a la sabana árida de acacias parasol. Es un lujo viajar en bicicleta y cruzar el mundo a un ritmo que el ojo pueda asimilar, sin prisas, viéndolo todo”.

  En Moshi, a la falda del Kilimanjaro, un fotógrafo le recomienda ir por las pistas al sur del Parque Amboseli, y por lo que cuenta debió ser todo un acierto, una eclosión de naturaleza pura y dura, y una prueba más de como conecta con la gente, pues al llegar a una aldea, en un visto y no visto se va con un grupo de maasais a ver elefantes... “En plena -safarilandia- con una bicicleta. Qué espectáculo. No solo es el número incontable de jirafas, cebras, antílopes, ñúes, sino el paisaje y los auténticos maasai de lanza en mano, pues hay mucho simba. […] Pese a ver mucha caca de elefante, no doy con ninguno y al llegar a Tinga Tinga, una aldea maasai en medio de mi papel-mapa, me dicen: -Ahora deben de estar allí, en aquella colina-. Y allá me voy con cinco de ellos, como unos amigos que se van de paseo al campo”.


  A parte de pistas de piedra, arena, barrizales, etc, los sitios más duros para pedalear, por sus temperaturas extremas, por el viento ardiente y por el tema del agua, son el Sahara y el Sahel. A su paso por Burkina Faso, comenta: “Viajo estos días más lento; los vientos del sur me frenan y también traen un aire casi fresco en las mañanas, traen la promesa de la vida, que está cerca, unos kilómetros más al sur. Aquí es donde el Sahel pierde la batalla contra el Sahara, donde la vida ralea y la quemazón de un aire asesino acaba arrasando la frágil tierra. Los enormes baobabs y sus infinitos brazos aparecen en las arenas sahelianas como los últimos guerreros que defienden la vida frente a las huestes de la arena. A veces, su quietud y la potencia del calor les dan la imagen de un Cid muerto que ya nada puede hacer ante el avance del enemigo, sino imponer su presencia formidable. Enemigo que es fuerte. Puede ser un viento que quema todo lo que roza, puede ser una tormenta de arena, y aunque a mí el viento me quema los ojos y me revuelve el estómago, creo que el peor es la tormenta”.

  Las altas temperaturas y el largo tiempo pedaleando empezaron a hacer mella en él, y así comenzaron las fiebres diarias, de las que se recuperó tras llegar a la ciudad y meterse en una habitación de hotel con aire acondicionado, porque lo que había padecido era “sobreagotamiento por insolación sostenida”, como el bien comenta hablando del Sahel y de las altas temperaturas: “Tras dos días en esa nevera [se refiere al hotel con aire acondicionado], mis músculos recuperan cierta energía y cesa la fiebre. Me siento bastante más fuerte, y meses después un médico me explicará que sufrí -sobreagotamiento por insolación sostenida-. Y eso que aquí el Sahel es menos agresivo que en Mali y el paisaje se ha convertido en una mezcla de tierra dura, arena, y árboles. Pero el calor sigue siendo terrible. A las dos horas de amanecer, la temperatura ya está por encima de los cuarenta y no es hasta una hora antes de la puesta de sol, que baja a treinta y nueve. Entre medias, varias horas pasan de los cincuenta grados. Eso es para mí un día habitual desde que dejé la costa de Gambia. Cuando pasado un tiempo, en Asia Central, recuerdo este tramo sahelinao tan duro, me revuelve el estómago y paso rápidamente a pensar en otra cosa. Lo cual es, por cierto, una sensación muy descriptiva. Cuando viene una racha de aire de frente, a cincuenta grados, ese aire no solo te quema los ojos, sino que al respirarlo te revuelve el estómago y te entran ganas de vomitar. Muy desagradable. A veces, he querido tumbarme bajo una sombra y soñar que todo ha terminado, que estoy en un país frío, que llueve, o soñar que alguien me recoge y me lleva a una habitación fresca. Pero es un sueño absurdo y abro los ojos para ver la misma arena quemante, para sentir mi sudo por todo el cuerpo, para beber un trago más de agua ardiendo.

  En otras ocasiones la dureza no la imponen las altas temperaturas o un viento en contra que arde, o el pedalear, o mejor, arrastrar la bici por lodazales o bancos de arenas, sino que viene impuesta por las moscas tse-tsé: “Son días duros. Los pocos camiones que pasan me llenan de polvo completamente desde bien temprano y muchos kilómetros están infestados de moscas tse-tsé, cuya mordedura es dolorosa, a menudo hace sangre. Cada día me muerden veinte o treinta, y al asomar una molesta fiebre, empiezo a tomar antihistamínicos pero el dolor del mordisco no se alivia”.

  Hay unos párrafos en el libro, cuando termina la primera parte de su viaje por África, que comienza en el norte en Marruecos y termina al sur, en Sudáfrica, que refleja la síntesis de este viaje, cuando cierra los ojos y se le saltan las lágrimas recordando por todo lo que ha pasado, todo lo que ha sufrido, la gente que ha conocido y le ha ayudado, y la suerte o la buena estrella, o como se le quiera llamar, que le ha acompañado:

  “Impactado por la ciudad [Cape Town], cansado, renovado, satisfecho, orgulloso, en el albergue me acurruco en un rincón, se cierran mis ojos y por mi mente navegan decenas, cientos de encuentros de esta travesía. Aparece un maestro entrañable de Gambia, la mezquita de Djenné, alguien que paró su coche en el Sahara y me dio agua fresca y naranjas, saharauis y té, arroz 'jolof' en Ghana, la entrega de la hermana Amparo en Togo, una serpiente antes de ser guisada, la extenuación bajo el sol saheliano, el sonido de los pasos en el barro empujando la bici en el Congo, José y Paulina curando mi anemia, las puertas abiertas de los Salesianos, la primera mujer himba bajo la sombra de un arbusto, las risas, las buenas historias de Livingstone, de Maun, el viento, el desmoralizante viento de Sudáfrica..., las lágrimas se me agolpan en los ojos, los mismos que son rasgados por una incontenible sonrisa que me cincela la cara; me paraliza. No puedo abrir los ojos, no puedo abrir los labios, estoy en un lugar del que no quiero salir, estoy en ese lugar, el lugar; ahí donde la dicha se abraza con el orgullo, ahí donde no hay dudas, no hay preguntas, donde solamente, desnudo, está el ego.
  Un pequeño lugar sin paredes ni horizontes, un lugar donde los ojos no sirven, el tiempo no existe y el mundo no importa; un lugar al que se llega por el camino que transitan los sueños.
  Esta aventura me enseña que todo es posible, pero también que el camino es frágil. Detrás de ella hay demasiados momentos en los que la fortuna pudo ser adversa. Emprender el camino de los sueños significa ponerse en manos de la suerte y marchar con una fe ingenua en que todo saldrá bien. Fe en los hombres, en uno mismo, en hallar soluciones para las dificultades, y fe en algo que los hombres de Dios llaman destino o desde mi incomprensión simplemente, buena estrella. Fe en algo inexplicable que entrelaza el dejarse llevar por lo que acontece con la perseverancia en seguir adelante; algo intangible, indefinible, para lo que usamos palabras ambiguas como Fortuna, Camino o Dios. Algo que me empuja y que no atino a ver cuando soy yo el que decide y cuando obedezco. A veces es fácil creer que ese impulso tiene una intención.
  Ahora, desde este lugar me siento un privilegiado, recuerdo a gente que tropezó con al fatalidad. A mí no me han pegado un tiro en Camerún como al australiano Dean, ni me he tenido una malaria espantosa como los holandeses y pude conseguir la visa angoleña que le negaron al bueno de Josep. ¿Por qué?.
  No hay respuesta, se quiebra la sonrisa, abro los ojos. La pregunta me ha expulsado del lugar, pero me palpo el pecho y me calmo, alguien ha dejado la llave de la puerta, el lugar ya me pertenece.

  La segunda parte del viaje, la emprende en Sudáfrica, recorriendo este país y subiendo de nuevo hacia el norte, aunque en este caso por la zona oriental africana, hasta llegar a El Cairo, pero no tiene una fecha fija de partida, ni siquiera aproximada, él simplemente llega al sur, a Sudáfrica, y aquí se relaja, vive la vida, disfruta con el encuentro y la conversación con otros viajeros, otros nómadas de esta era, que viajan por el mundo, cruzando ahora África, indistintamente de los medios que utilicen: en bici, a pie, en burro, en moto,.. porque hay gente muy curiosa, rara, dirían algunos, haciendo cosas impensables para cualquier mentalidad 'ociosa', pero lo cierto es que todos ellos acaban convergiendo aquí, así que no es de extrañar el crisol de aventureros de todo tipo que se acaban encontrando por este lugar, y con las que intercambia anécdotas, aventuras, situaciones, y también información. Pero como he dicho antes, no hay una fecha marcada para reemprender el viaje de nuevo, simplemente tiene que esperar una acumulación de circunstancias, hechos... y entonces es cuando sale del letargo para comenzar de nuevo a pedalear: “Los largos viajes necesitan, como el deseo, amontonar ganas y sueños que empujen a dar el salto. La partida no es un acto lógico ni racional, es la imposibilidad de permanecer más, es perder la batalla con la prudencia y huir en un barco desconocido en el que hay que confiar. Poco a poco, ríos, montañas, ciudades que son un nombre en los mapas, van filtrándose en el deseo. La curiosidad por conocer la realidad de la mala reputación etíope o la dureza del desierto en el norte de Kenia o el color de las aguas del Zanzíbar va posándose y colapsando el dique. Solo resta esperar la maravillosa gota que colma el vaso y nos empuja actuar irracionalmente, esperar el viento que nos empuja”.

  Da igual cuales sean las situaciones extremas y los difíciles entornos naturales por los que pedalee: selvas, desiertos, sabana, pedregales, lodazales, ríos o montañas, porque a pesar del sufrimiento siempre logra ver el aspecto positivo de todo, darse cuenta en esas duras situaciones, que está ahí porque él lo ha querido (“Garbancito -así es como se llama a él mismo-, este no es un viaje de vacaciones, sino un salir a ver cómo es el mundo, con sus amores y sus dolores”), porque quería ver el mundo tal y como era, porque quería 'cruzar África a lo africano', y porque realmente eso es lo que le gusta, vivir el momento con todas sus incertidumbres, con todas su consecuencias. Unas líneas del libro que me gustan particularmente mucho, unas reflexiones simples pero a la vez deliciosamente escritas, a su paso por Sudráfrica, nos dan una idea, un fiel reflejo, de la forma de ser, pensar, viajar y de vivir de este cicloviajero, estas líneas son las siguientes:

  “Prosigo mi camino. Nada que se repita será único, nada que pueda pagar será auténtico, nada que retenga será fugaz, nada que no sepa ver dejará su huella en mí. Momentos.
  Un paseo por el bosque de Hogsback, árboles de cuarenta metros, monos, pájaros y cascadas de nieve que el sol africano derrite con mirada de extrañeza.
  Una granjera pintora, tras la cena, me mira en silencio y me dice sin esperar respuesta: “¡¡Tanto paisaje, tanto contacto con la naturaleza, debe de darte una paz tremenda!!”.
  En las montañas, un reguero de cristales rotos muestra la inquietante Vía Láctea, quebrando el firmamento a casi dos mil quinientos metros de altura.
  Una ducha helada a la luz de una vela tiritando como un epiléptico en una escuela de Leshoto, casi un orfanato de Dickens, y seis mantas después que me devuelven el dulce calor y el descanso.
  […] Los momentos apareen, entran, pasan, llenan y se van. Yo continúo mi camino libre de ataduras y ligero de equipaje, un poco más feliz con la curiosidad de ver qué ocurrirá detrás de esa colina. Dejo de lado la senda de un mundo confortable que busca retener el agua en las manos, que insiste en sufrir y en romper la ley más simple de la vida: todo pasa, nada permanece. Momentos.”.

  Aún en situaciones penosas y lamentables y después de reflexionar porqué está allí, acaba viendo las cosas de forma positiva, y se alegra de llevar la vida que lleva, sin necesitar nada más, ningún tipo de lujo o de comodidades (“...estoy en África para comer, dormir, lavarme y vivir como un africano...”), lo cual no quita para que en algunas situaciones extremas, donde incluso llega a oler a la muerte, se plantee su viaje, se plantee coger algún medio de transporte y trasladarse a sitios menos hostiles, porque la tentación está ahí, en cualquier sitio, y es que una de sus frases escritas en este libro se resume todo: “la vida, decididamente, es un deporte de riesgo aquí”. Algunos de estos momentos difíciles, por ejemplo, los pasa pedaleando por Kenia, cuando escribe:

  “Unas horas después me quedo sin agua a unos cincuenta kilómetros de Karpedo y ya sé que no tengo opción de volver atrás. Solo hacia adelante y ojalá el pozo aun tenga agua. Hay muchas huellas de animales en la arena y siento miedo. Miedo de verdad. Es la primera vez que me encuentro a mí mismo suplicando a mi buena estrella por una ayuda.
  El cuerpo humano es un misterio. Agotado y deshidratado, llego al pozo, que está a sesenta y ocho kilómetros de Karpedo. El agua sabe a rayos, sulfurosa, pero me sacio y lleno mis botellas. Como alma que lleva el diablo, dejo el pozo atrás antes de que lleguen los gatos grandes. No sé de dónde salen mis fuerzas, pero me alejo de allí unos veinte kilómetros. Estoy exhausto y cada minúscula colina he de pasarla andando. Finalmente, mi cuerpo se derrumba. Alcanzo a poner la tienda sobre un arenal lleno de huellas de hienas y a tumbarme dentro. Me duele todo el cuerpo de sobreagotamiento. Y me quedo dormido.
  A la mañana siguiente abro la tienda con expectación, pero nada que temer, no hay nadie, ni huellas nuevas. Y decido cocinar mi últimos copos de avena. Otra vez me quedo sin agua y tengo los labios rotos de la deshidratación de ayer, pero me encuentro fuerte y con ánimos. Hoy sí puedo pedalear por las pequeños colinas. Cruzo un puente sobre un río seco y tengo el presentimiento de que Lokori está ahí al lado. Efectivamente, pronto llego a las primeras casas, donde me indican que hay una misión católica al final de la aldea. Allí me dirijo y los padres Carlos y John, sudamericanos, me dan una bienvenida inolvidable con el rostro desencajado:
  -Pero... ¿de dónde vienes?, ¿cómo se te ocurre? Esto está infestado de leones, ¿dónde has dormido?, ¿en el camino de Karpedo?, pero... pero... mira, si eres cristiano, ve a darle las gracias a Dios esta tarde, que te ha salvado la vida.
  Me doy una ducha y Carlos me ofrece su comida. Bebo agua sin cesar y me acuesto; estoy sin aliento. Horas más tarde, me levanto y he de volver a preguntarles sus nombres; no me acordaba...
  Esa noche me prometo no olvidar que el miedo a morir no compensa nunca, ese miedo te deja algo dentro del cuerpo, tal vez un poco del sabor de la muerte. Quería vivir esa intensidad, tener esa experiencia y ahora no quiero volver a vivirla.”

  Además de relatarnos en primera persona la dureza de lo que es en sí un viaje por África, en solitario y en bici, nos realiza un retrato, una fotografía de África, de sus diferentes ecosistemas y entornos naturales, del modo en que viven sus gentes y se enfrentan al día a día, de las rencillas y guerras entre tribus (por el tema del ganado por ejemplo), de los altercados, revueltas, violencia y masacre que se viven en un país después de unos resultados electorales (como en Kenia), pero en definitiva, retrata en la mayor parte de los casos un mundo de penurias, un mundo donde ni siquiera se tiene ningún tipo de necesidad básica cubierta (mientras que como él dice: “Yo vengo de una sociedad donde la comida, el agua, la ropa, la salud, la educación, están garantizados y no son una preocupación diaria”), en un contraste brutal con el mundo occidental, como recuerda en una conversación que tuvo con el padre Miguel Ángel en el Congo, cuando dice que “le hervía la sangre cuando de visita por España escuchaba a alguien decir “No tengo qué ponerme” mirando un armario rebosante de ropa” […] “Descansando en el restaurante sudanés -cañizo, adobe y arena-, viendo pasar las ráfagas de arena por todo entretenimiento, me viene a la cabeza esa frase tan hogareña: -¿Qué comemos mañana?-. Y mi pensamiento no es rechazar el lujo de la abundancia occidental, sino desear que en el resto del planeta el problema de la gente sea elegir. Que comer signifique algo más que saciar el hambre y encima dando gracias por tener. Yo he aprendido en África a dar gracias por lo básico de la vida, las necesidades primarias: la sombra, el agua, la comida, la seguridad, el refugio. A darlas con el corazón, porque vivo expuesto a su ausencia y porque he conocido su ausencia. Creo que es el mejor aprendizaje de estos años”. Pero a pesar de la pobreza, miseria y necesidades, la gente de este continente, como ya he dicho antes, siempre acaban regalándole alguna lección de humanidad.

  En definitiva, un libro de cuento sobre un viaje de cuento, un viaje por África en bicicleta, donde rezuma por toda sus hojas, la forma de ser, sentir y vivir la vida viajando a lomos de una bici. Una forma de viajar y vivir que él no cambiaría por nada del mundo, o al menos hasta ahora, o hasta que encuentre en el otro lado de la balanza algo por lo que merezca la pena dejar esta forma de vivir, y eso que para cuando escribo estos comentarios, Salva ya ha estado recorriendo Asia y América, a pesar de que éste sea su primer libro sobre su vuelta al mundo particular, así que espero con ansia y deseo sus próximos libros sobre el resto de continentes.

  “En días como estos, me siento el hombre más rico del mundo. Todo el planeta es mi jardín y mi casa es tan poca carga que puedo llevarla en una bicicleta, mis ataduras son tan suaves que puedo dejar un lugar hermoso porque viajo hacia otro. Y el camino es generoso en encuentros, aventuras y aventurillas. O al menos, es lo que me suelo decir cuando me cuesta abandonar un lugar...”.

  Gracias Salva por regalarnos este libro, por contarnos estas historias, por ser como eres, por hacernos viajar, aunque sea con la imaginación, y trasladarnos a esos lugares tan alejados. Para todos aquellos que atraviesen situaciones personales difíciles, o para aquellos que estén o estemos atrapados en la red de esta sociedad, es un placer viajar contigo, disfrutando y compartiendo tus propias experiencias.

  Termino esta larga entrada dedicada a este maravilloso libro, con algunos párrafos del comienzo, dedicados al inicio del viaje, a “La Partida”:

  “Cinco días trabajando, dos de descanso. Diez meses en la prisión, dos de libertad. No me salen las cuentas, demasiado desequilibrio.
  Regreso a casa un septiembre más y me encuentro con todas las comodidades de las que he prescindido durante el verano: la ducha caliente, la cafetera, el equipo de música, la cama cómoda, el ordenador, la cocina con mil utensilios y especias, los libros, el coche, un ropero lleno... No he necesitado nada de eso durante el verano, en una bicicleta no hay espacio para ello [...] Y lo veo con claridad, estoy apegado a mi cómoda vida burguesa de profesor, me han domado con azucarillos de confort, y no es lo que quiero para mí”.

  […] “Me voy. En las alforjas de mi bici llevo todo lo necesario para ser independiente, viajar y dormir donde me plazca: una tienda de campaña, una cocina, un saco de dormir, comida, ropa, una cámara de fotos, repuestos... Me voy. Por delante tengo el mundo: desiertos, selvas, ciudades, montañas, playas, razas, culturas diferentes, fronteras... ¡El mundo! Voy a vivir en una bicicleta, expuesto a la sin clemencias del tiempo, a los contratiempos, los problemas, mi hogar es una tienda de campaña y el mundo entero será mi jardín. Me voy”.

  Os dejo aquí un pase de fotos y frases sacadas de este libro de viajes por África en bicicleta, de Salva Rodriguez. ¡Que lo disfrutéis! y recordad que siempre podéis saber más de él en su propia web.

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