Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

Aquí mis batallitas sobre cicloturismo, senderismo, montaña, viajes, naturaleza, música, teatro, ...

"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Diario de un viaje cicloturista por la Costa Atlántica Francesa - Tercera Parte



TERCERA PARTE: ETAPAS DE LA 11 A LA 15.

ETAPA 11. Vanes - Saint Brevin.
ETAPA 12. Saint Brevin - Nantes.
ETAPA 13. Nantes - Nesmy.
ETAPA 14. Nesmy - La Rochelle.
ETAPA 15. La Rochelle - Royan.



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UNDÉCIMA ETAPA: Vannes – Saint Brevin les Pins.
Distancia: 108,29 km - Tiempo en bici: 5:54:17 - Media: 18,35 km/h.
Martes, 9 de Agosto del 2011.

  La tarde anterior habíamos hecho propósito de enmienda, teníamos que intentar salir a pedalear por las mañanas más temprano, pero no hubo manera. Es cierto que nos lo tomamos en serio, y a las nueve de la mañana ya teníamos el campamento levantado con las burras preparadas, pero la noche anterior nos fundimos todas las provisiones que nos quedaban, así que esta mañana tocaba desayunar en el bar del camping, donde por primera vez desde que salimos de casa, ojeamos un periódico, aunque sea en francés, y es cuando nos enteramos de que Estados Unidos estaba al borde de la banca rota y que las bolsas caen en picado.

  A pesar de las buenas intenciones, acabamos saliendo del camping a la hora de todos los días, sobre las diez de la mañana. Antes habíamos estado mirando en el mapa de Vannes que Tomás pidió por internet a la oficina de turismo, uno de los puntos de salida que teníamos marcado en nuestro rutómetro, así como el trazado que teníamos que realizar por las calles para llegar allí y salir de esta ciudad, en dirección a Treffléan y Sulniac.


  Recorrimos casi nueve kilómetros para buscar la salida, y eso que no nos confundimos, aunque hubo alguna que otra parada para preguntar o confirmar que estábamos en la dirección correcta. Estos kilómetros extras habría que sumárselos al recorrido de la etapa, además de los kilómetros que haríamos al final de ésta, puesto que ayer decidimos que en lugar de quedarnos en Saint Nazaire, podríamos cruzar el puente sobre el río Loira y quedarnos en el albergue que hay en la otra orilla, con el fin de enlazar directamente en la etapa siguiente, con la véloroute del Loira, que nos llevaría hasta nuestro siguiente objetivo, a Nantes, en un tramo que yo no había hecho pero Rafa sí, y lo tenía reciente. Estábamos de acuerdo que si había que ir a Nantes, mejor usar la archiconocida ruta del Valle del Loira para bicicletas, en lugar de ir por carreteras, aunque fueran secundarias, así que hoy nos iban a caer un buen puñado de kilómetros, pero en esta etapa no teníamos programada ninguna parada cultural, ninguna visita, con lo que podríamos disponer de más tiempo para pedalear.

  Desde la salida de Vannes a Questembert, son 30 km por carreteras secundarias y locales, con bonitos paisajes, zonas tranquilas, verdes, agradables para montar en bici y lejos del tráfico agobiante que tuvimos en el último tramo de salida de Vannes. La verdad es que fue un paseo, recorrido llano y con el aire ligeramente a favor, sin apenas problemas de orientación, así que nos plantamos en Questembert a buena hora, y aprovechamos para entrar en un supermercado y hacer la compra para los próximos dos días.

  Los encargados de la compra siempre éramos Rafa y yo, mientras Tomás y Gorka se quedaban fuera controlando las burras y el equipaje. La compra de hoy nos salió a once euros por cabeza, bastante económica, teniendo en cuenta que es para dos días y que incluye: desayuno, comida, cena y piscolabis, además de unas cervezas para la hora de la comida, y es que acabamos imponiéndonos la costumbre de comprar latas de cerveza, de las de medio litro, cada vez que hiciéramos la compra, porque en los bares meten una buena clavada por la cerveza y más en los sitios turísticos, es más, yo creo que la mitad o casi la mitad del dinero que hemos gastado en todo el viaje se ha ido en cerveza, y no es que bebamos como cosacos, es que los precios son bastante caros.

  Finalizada la compra y repartida en las alforjas, tomamos una pieza de fruta y una barrita energética, y de nuevo en marcha, hasta nuestro siguiente objetivo, La Roche Bernard, donde teníamos fijada la parada para comer.

  En este tramo avanzamos rápidamente, porque la carretera es muy buena, amplia, con buen firme, largas rectas y en ligero descenso, pero lo principal es que apenas hay tráfico, debe ser porque es la hora de la comida para los franceses, o por las vacaciones, porque esta carretera tiene pinta de soportar mucho más tráfico del que lleva ahora, que es prácticamente nulo. El paisaje es menos entretenido, menos vistoso que el de los primeros 30 kilómetros.

  Entramos en La Roche Bernard después de cruzar un puente situado a una altura de vértigo, para después seguir los carteles de “Centre Ville”, hasta que vimos otros indicando la dirección hacia un mirador, así que nos encaminamos hacia él, y allí aparcamos las burras. Merodeamos por los alrededores, al igual que el personal que había por allí y hacemos algunas fotos. Buenas vistas del río, del puente de acceso a esta localidad, por donde nosotros hemos entrado, aunque también se ve parte de otro antiguo puente, ahora derruido. Desde este mirador se tiene aún más conciencia de la altura a a la que se encuentra el puente. Pero si hay buenas vistas, sobre todo son del puerto, que queda un poco por debajo de nosotros, plagado de embarcaciones de recreo.


  En esta zona del mirador, en uno de los bancos y bajo un agradable sol que intentamos absorber cual lagartos, después de los días de lluvias o los días grises que habíamos tenido, nos dispusimos a comer, hoy y como sería habitual los días de compra, teníamos ensalada de pasta, aunque antes, para ir abriendo boca, tomamos unos piscolabis acompañados de la cerveza de medio litro, después fruta y las galletas de chocolate de postre que nunca faltan.

  Un pequeño reposo y de nuevo había que ponerse en marcha, aunque malditas las ganas, se estaba muy a gusto allí, y es que con 55 km ya en las piernas, la barriga llena y el sol pegando, aunque con una buena temperatura, hacía acrecentar la modorra que teníamos, y en esos momentos lo que más apetecía, al menos a mí, era una buena siesta.

  Salimos de La Roche Bernard y desde aquí a Saint Nazarie, la verdad es que poco que contar, nos limitamos simplemente a ir hacia delante, a hacer kilómetros por hacerlos, sin nada que destacar, un tramo donde sólo hacemos deporte, nada de turismo, nada de regodearse con buenas vistas o de pasar por sitios atractivos, y para colmo, conforme vamos llegando a nuestro objetivo, el tráfico se intensifica y la carretera es más estrecha, con lo que aumenta el peligro y la tensión, adiós al relax ya la tranquilidad. Acabamos asqueados del puñetero tráfico, sobre todo en la parte final, llegando a Saint Nazaire, y suponíamos que aquello se debía a que era hora punta, que habíamos coincidido con la hora de salida del trabajo.

  Por fin llegamos a Saint Nazaire, pero desde la entrada hasta el centro de esta ciudad, se nos hizo un recorrido bastante largo. Ya en el centro, en una de sus calles peatonales, llenas de tiendas, hacemos una parada para telefonear al albergue que estaba en el pueblo que se encontraba en la otra orilla del río, y en caso de que hubiera plazas, preguntar también si ellos sabían si se podía cruzar el puente de Saint Nazaire en bici. La respuesta fue afirmativa en los dos casos.

  Como era muy buena hora, aún quedaba mucha tarde, y ya estábamos más relajados, hacemos un breve descaso, tras el cual continuamos de nuevo la marcha, hacia la parte más cercana al río, donde están unos enormes mazacotes de hormigón, que al verlos da la impresión de estar viendo el graderío de un estadio de fútbol por fuera; estas estructuras de hormigón se utilizaron durante la segunda guerra mundial para alojar una flota de U-boot (abreviatura del alemán Unterseeboot, «nave submarina», que es la denominación dada a los sumergibles y submarinos alemanes), una de las armas más poderosas con las que contaba un tal A.Hitler. Lo único interesante es el hecho histórico, y para lo que sirvió, porque francamente, ver enormes bloques de hormigón, de bonito o agradable no tiene nada.

  En este punto giramos a nuestra izquierda, o lo que es lo mismo, hacia el sureste, paralelos al río, buscando el puerto y el desvío hacia el famoso puente, por donde este año ha pasado el Tour de Francia.

  Pero el puerto no estaba a la vuelta de la esquina precisamente, sino a cuatro o cinco kilómetros, así que todo lo que estamos realizando ahora ya son kilómetros extras que hay que ir añadiendo a la hucha.

  Desde la zona del puerto ya empezamos a divisar el punte, enorme, que se levanta hacia arriba formando un arco, supongo que con la finalidad de dejar pasar por debajo de él a los barcos, pero lo curioso es que no es un puente en línea recta, es una especie de arco curvado, lo que le da cierto encanto, al menos dependiendo de la perspectiva desde donde se mire.

  Pasamos el puerto, con sus zonas de astilleros, y giramos a la derecha buscando la carretera principal, de varios carriles, que pasa por el puente.


  Saint Nazaire es una localidad de unos 68.000 habitantes, pero es el primer centro de construcción naval en Francia, y el segundo en construcción aeronáutica, donde se hacen las piezas para los aviones Airbus, por lo que no creo que aquí haya mucho paro, y encima tiene la zona del Loira como recreo, así que es buen sitio para echar currículum, ¡lástima que lo de los idiomas no sea mi fuerte!.

  Llegamos al acceso al puente, lo tenemos enfilado frente a nosotros, y hay que hacer una subida corta, de un kilómetro o kilómetro y medio, pero intensa, aunque es en la parte final, en el punto medio del río, cuando más se eleva, supongo que para poder dejar paso a los barcos, como ya he comentado.

  Al principio de la subida me paro, al igual que Tomás, para hacer unas fotos, y después nos cuesta trabajo enlazar con Rafa y Gorka que han puesto un ritmo endiablado ¿estarán oliendo ya la cerveza del fin de etapa?. El puente lo cruzamos por un carril bici, y menos mal, porque es mucho el tráfico que hay, y al ser en plan autovía, con dos carriles a cada lado, hacen que los coches vayan muy rápidos, así que mucho tráfico y a gran velocidad, lo que se traduce en peligro y tensión.

  La bajada, quizás más larga que la subida, tuvo su puntito de riesgo, ya que al coger bastante velocidad y venir el aire de costado, del mar, costaba mantener a raya las burras para que no se salieran del carril bici, porque a la izquierda estaban los dos carriles con los coches a toda leche. Pero es más, en algunas de las rachas de aire incluso llegué a pensar que me tumbaba, así que empecé a tirar de frenos e ir más tranquilo, al tiempo que mirando hacia mi derecha, podía ver la zona del puerto de Saint Nazaire, donde entre otras cosas, estaban construyendo un barco, de los que se utilizan para hacer los cruceros, enorme de largo y de varios pisos de alto, ¡joder, ahí cabe mi pueblo entero y todavía sobra barco!.

  Una vez cruzado el puente, giramos a la derecha y ya estamos en Saint Brevin les Pins. Paramos en una rotonda a la entrada, y Gorka aprovecha para preguntar por el albergue, pero ninguna de las dos personas a las que preguntó, primero a una señora y después a unas chavalas, sabían donde se encontraba, así que decidimos seguir dirección centro, pero avanzábamos y avanzábamos y no veíamos nada y todo nos parecía igual, es un pueblo alargado, paralelo a la costa, de calles de casas bajas tipo chalet, parece una especie de zona residencial, porque está muerto, a penas se ve nadie por las calles, y eso que está junto a a la playa. Al fin vemos a un abuelo que va montando en bici. Gorka le pregunta por el albergue, y ¡ea!, ¡otra vez igual que ayer!, el abuelo nos dice que le sigamos, así que los cuatro vamos detrás del abuelo que pedalea como alma que lleva el diablo, parece que le va la vida en ello, no sé si es que tiene prisa o se está quedando con nosotros, pero lo cierto es que nos pone en fila india.

  Después de callejear durante un rato, nos saca a la zona de playa, y allí el abuelo, entre resuello y resuello, nos intenta explicar el camino que tenemos que seguir, aunque no se le entendía nada, parecía que le iba a pegar un infarto allí mismo. Básicamente lo que nos dijo fue que teníamos que seguir todo el recorrido por la playa, por una especie de paseo marítimo, hasta llegar al fondo, donde había unos árboles, y allí, a la izquierda, estaba la entrada al albergue. Nos despedimos del abuelo dándole las gracias y rezando para que no se nos muriera allí mismo, y ahora más relajados, toca seguir en plan “verano azul”, un recorrido de dos o tres kilómetros con la playa a nuestra derecha, pero antes, pasamos por un bar, y como ya teníamos los deberes hechos, era muy buena hora, la temperatura era agradable, hacia solecito y ya teníamos reservada plaza en el albergue, pues decidimos hacer una parada para tomar unas cervezas con unos frutos secos, que la verdad es que entraron de escándalo...

  Después de 108 kilómetros recorridos en el día de hoy, llegamos al albergue, y supongo que éste habrá tenido su momento de esplendor y gloria en otros tiempos, a juzgar por las pegatinas de recomendaciones de guías viajeras a la entrada, porque lo que es ahora está de capa caída, aunque a nosotros nos da igual, teniendo cama y ducha el resto tampoco nos importa mucho. No había servicio de desayunos porque las máquinas las tenían estropeadas y el tío que regentaba aquello, que hablaba por los cuatro costados, nos las estuvo enseñando cuando fuimos a pedirle las sábanas, lo que no sé es desde cuánto tiempo llevarían estropeadas... Esto nos daba igual, nosotros hoy habíamos hecho la compra y teníamos para el desayuno y de esta forma la estancia nos salia más económica (14 euros por persona) , y como al menos tenía cocina y podíamos utilizarla, pues allí que hicimos la cena y el desayuno.

  Nos tocó una habitación de ocho personas, con ducha y lavabo interior, pero al final sólo estuvimos en ella nosotros cuatro, y como digo, por el aspecto de la habitación, no creo que estuviera pasando el albergue por su mejor momento.

  Tras la ducha y la colada, el paseo de rigor, en esta ocasión por la playa, viendo el atardecer, con la silueta de los edificios y el puerto de Saint Nazaire, con el fondo de colores rojos y anarajandos del atardecer, bonita estampa, con el puente por el hemos venido algo más a la derecha, viéndolo desde otra perspectiva diferente a la que teníamos cuando empezamos a subir por él. Seguimos el paseo por el pueblo, haciendo un círculo cuyo punto de origen y final estaría en el albergue, y al igual que cuando entramos en el pueblo con las bicis, vemos muy poca gente por las calles, prácticamente vacías. El único movimiento y algarabía está en una camping allí cerca, uno de 3 o 4 estrellas, con servicio de restaurantes y zona de recreo para los críos, que estaban como locos dando saltos en las colchonetas o castillos hinchables.


  De regreso al albergue charlamos un rato con un matrimonio español que también se alojaban allí, estaban sentados en la parte de la entrada, y nos habían escuchado hablar, así que un rato de tertulia antes de empezar a hacer la cena, y esta noche le tocaba el turno a la pasta.

  Después de la cena viene el café, y cuando los compañeros se fueron a la habitación, yo aproveché para escribir una notas donde habíamos estado cenando, con mi café al lado, como en mis tiempos de lobo estepario, mientras hago un poco de reflexión de la jornada; por suerte, la rodilla ha ido bien, y tras las molestias de los primeros kilómetros, nada comparable con lo de ayer a última hora, no he vuelto a notar nada, ni incluso después de la ducha y el paseo, por lo que espero que esté bien, así que hoy más animado, aunque no habrá que lanzar las campanas al vuelo, habrá que ver si mañana sigo sin molestias, pero de todas formas, seguiré dándome con el gel antiinflamatorio que llevo, que nunca está de más.

  Y así termina otro día de ruta, mañana una etapa corta sobre el papel, y además promete ser relajada, porque será toda por la “véloroute del Loira”, hasta llegar a Nantes.


DUODÉCIMA ETAPA: Saint Brevin les Pins - Nantes.
Distancia: 70,26 km - Tiempo en bici: 4:26:00 - Media: 15,85 km/h.
Miércoles, 10 de Agosto del 2011.

  Esta mañana hemos desayunado por nuestra cuenta en el albergue, porque como ya comenté, no disponían de servicios de desayuno por diversos problemas. Cuando terminamos, sobre las 9:45, bajamos el equipaje de la segunda planta donde nos alojábamos, montamos las burras y nos ponemos en marcha, atravesando este laaaargoooo pueblo, empalmando a continuación con la “véloroute del Loira” (formada por carriles bici y carreteras locales bien acondicionadas y sin tráfico) que nos llevaría hasta el fin de etapa previsto para hoy, Nantes, en un recorrido que ya había hecho Rafa, que además lleva el chuletario sobre el itinerario de la ruta, los pueblos de paso y los kilómetros entre estos, sacado del libro sobre esta véloroute. Fue él quien nos comentó que en medio del recorrido tendríamos que coger un barco para pasar a la otra orilla, aunque yo pensaba que se podía ir del tirón hasta Nantes, pero no es así, llega un momento, al llegar a un pueblo, en el que no se puede continuar hacia delante, y coches, motos, bicis o peatones, tienen que utilizar el barco para pasar a la otra orilla.

  Tenemos que hacer un pequeño desvío, señalizado por carteles con fondo amarillo, como los de las obras, de hecho, justo cuando se coge el carril bici, hay un cartel indicativo de las obras de acondicionamiento que se han realizado en este tramo de la véloroute y que había finalizado hacía un mes, en Junio.


  Al tomar el carril bici, vemos de nuevo el puente de Saint Nazaire, frente a nosotros, aunque un poco antes lo habíamos visto también desde otra perspectiva en la que se ve casi al completo, resultando realmente largo, y con los efectos de la marea baja en sus extremos, en las orillas del río, con las barcas de pesca en el lodazal, dando un aspecto algo fantasmagórico.

  En los primeros metros, el carril bici transcurre entre las traseras de las casa bajas del pueblo, a la derecha, y el río a nuestra izquierda, con el puente de Saint Nazaire que ya vamos dejando a nuestra espalda, y desde la altura a la que estamos, salen cada pocos metros, una serie de hileros, caminitos o puentes de madera, que se adentran hacia el río y que terminan en una casuchas de madera, pequeñitas, vetustas, maltrechas, que parecen sostenidas en el aire a juzgar por la distancia a la que se encuentran del lecho del río, y unido a la marea baja, ofrecen un aspecto desalentador, de deteriodo, de abandono.

  Seguimos camino, hoy totalmente relajados, dispuestos a disfrutar del recorrido y de la bici, vamos durante todo el recorrido en plan “Verano Azul”; pedaleamos en pareja, turnándonos, hablando distendídamente entre nosotros. Un día ideal, con buena temperatura, sol, véloroute durante todo el camino, sin problemas de tráfico o de equívocos, porque está todo señalizado y con un perfil totalmente llano como la palma de la mano, siguiendo el trazado del río.

  Hacemos un par de paradas breves, una para que Rafa cogiera una bolsa de moras, además tenía para elegir, así que por supuesto va cogiendo las mejores; y otra cuando yo paré para coger una cuantas manzanas de un árbol junto a la carretera, de las que daría buena cuenta un poco más adelante, cuando paramos a la sombra, con el río a nuestra vera, para comer algo y descansar un rato, después de los primeros 32 km, o lo que es lo mismo, la mitad del recorrido, aunque la verdad es que hoy no hemos quemado nada, venimos muy relajados y el perfil no requiere esfuerzo alguno, por eso esta ruta es bastante transitada por familias enteras, los padres con sus hijos o incluso, como en el día de hoy, donde vemos muchas bicis con carritos detrás donde van los críos pequeños, porque la ruta permite utilizarlos, ya que está toda asfaltada y en buen estado, pero por otro lado, para ser tan conocida esta ruta, no veo ningún tipo de masificación, hay gente pero tampoco nada fuera de lo normal o algo que te sorprenda, es más, creo que vimos más gente haciendo deporte por las vías verdes y pistas ciclables de la zona de Aquitania que en esta parte, pero como siempre digo, igual esto son sólo apreciaciones mías.


  Avanzamos un poco más, y en una especie de explanada a la izquierda, donde hay merenderos y gente comiendo, con un pequeño lago a la derecha, hacemos otra parada, en esta ocasión porque vimos un bar, junto al merendero, una especie de chiringuito de diseño, con la terraza pequeña pero llena de gente que a esta hora está comiendo. Nosotros aprovechamos para tomar una cerveza, sobre la una del mediodía, en una mañana estupenda, donde luce un sol radiante, pero sin abrasar, nada de las temperaturas estratosféricas que están teniendo en el sur de España y de las que por suerte nos estamos librando. No creo que la temperatura supere los 27 o 28 grados.

  Allí sentados con una cerveza fresquita y con las vistas de los alrededores, se estaba de lujo, pero tampoco era cuestión de quedarnos allí indefinidamente, así que de nuevo, a montar sobre nuestras burras.

  Unos kilómetros más adelante, cuando apenas quedan ya 20 para llegar a Nantes, es cuando la carretera y el carril bici se acaban, a la entrada de un pueblo, y allí es donde hay que coger el barco que nos llevará a la otra orilla. Cuando llegamos estaba a punto de salir, pero como Rafa fue a una tienda para comprar el pan, tuvimos que dejarlo y esperar al siguiente. No había ningún problema, porque salía cada 20 mínutos más o menos, así que cuando Rafa llegó y viendo la distancia que quedaba a Nantes, decidimos comer allí mismo, además había un pequeño parque al lado, desde donde controlábamos las idas y venidas del barco, y un aseo público, donde podíamos coger el agua que necesitáramos.

  Manos a la obra, empezamos con el picoteo mientras cada cual se prepara su bocata correspondiente, después algo de fruta, café y galletas de chocolate de postre...

  Mientas comíamos, vimos ir y venir el barco creo que un par de ocasiones, y en la tercera ya lo cogimos definitivamente, era gratis, y fue otra experiencia, aunque bastante corta. Al llegar a la otra orilla, colocan la parrilla junto a la orilla y cual si fuera el desembarco de Normandía, coches y bicis salimos zumbando del barco.



  A penas desembarcar, y a un kilómetro prácticamente, hay un pueblo en el que nos hacemos un pequeño lío, creo que teníamos que haber girado a la derecha, sin necesidad de entrar en esta localidad y continuar el trazado del río, aunque ahora por la otra orilla, pero seguimos a un matrimonio y a su hijo, que igual iban para otro sitio, y acabamos entrando en el pueblo. No hicimos mucho recorrido extra, un par de kilómetros a lo sumo, hasta que bajamos de nuevo al río y retomamos el carril bici.


  Seguimos por este carril, con el río ahora a nuestra derecha, y no tardamos mucho en llegar a lo que son las afueras de Nantes, una ciudad en toda regla, de las que acojonan cuando uno comienza a ver el enorme enjambre de bloques de edificios, los scalextric, las carreteras de circunvalación, el tráfico, etc... pero por suerte, el mismo carril bici que llevábamos, en cuestión de 6 o 7 kilómetros, nos lleva al corazón de Nantes, al centro, donde rápidamente encontramos la oficina de turismo.

  Rafa y Tomás se quedan fuera, entramos Gorka y yo, y como casi siempre, con un doble objetivo, primero que nos informaran del lugar o la zona en la que se encontraba el albergue, sobre uno de los típicos mapas que te dan, así como un trazado para llegar a él en bici; y segundo, que intentaran también dibujarnos en el mapa, el trazado a seguir para salir de Nantes en la dirección que teníamos previsto para mañana, donde se intercalarían los tramos donde hay carril bici o véloroute, con los que no hay. Todo fue rápido y efectivo, salimos con el mapa y nos dirigimos hacia la zona donde se encontraba el albergue, a un buen tirón desde la oficina de turismo que habíamos visitado, y pasando antes de llegar a él, por el castillo de los duques de Bretaña. No paramos en ese momento porque lo primero era el alojamiento, la ducha, la colada y después el paseo cultural, así que seguimos rectos.

  Llegamos al albergue, un antiguo y enorme edificio, no se si era una especie de fábrica de tabacos o algo parecido, y parte de este edifico es el que está siendo reutilizado como albergue. Allí llegamos sobre las 16:30, muy buena hora, y no tuvimos ningún tipo de problemas con el alojamiento.

  Nos dieron una habitación en la tercera planta, aunque hay ascensor, y las bicis las dejamos amarradas bajo el hueco de unas escaleras, junto a recepción. La habitación era de cuatro personas, y era tipo ático o buhardilla, a juzgar por la estructura de la ventana, la cual nos servía de mirador, porque teníamos buenas vistas de Nantes, incluso llegamos a ver la puesta de sol, con los característicos colores anaranjados sobre el horizonte. En el precio (20,8 euros por persona) estaba incluido la habitación y el desayuno.

  Después de la ducha y las rutinas diarias, toca la vuelta turística, pero antes, en el primer bar de paso que vimos, junto a una estación de tren, paramos para tomarnos la cerveza correspondiente.

  Un buen día en todos los sentidos, con un sol radiante, buena temperatura, recorrido agradable con perfil llano, pedaleando por véloroutes y despreocupados en todo momento del enemigo, del maligno, del lado oscuro de la fuerza, o sea, del puñetero y odioso tráfico.

  Después las típicas visitas, empezando por el castillo de los duques de Bretaña, tanto por el exterior donde estuvimos haciéndonos unas fotos, como por el interior, además de subir a sus murallas, desde donde se tienen también muy buenas vistas. Lo siguiente es irnos al caso histórico de Nantes, aunque realmente tampoco es que tenga mucho casco histórico, digamos que es una ciudad muy nueva, donde predominan los bloques de hormigón. Llegamos a la plaza donde se asienta la catedral, que en ese momento está cerrada, aunque en esta plaza no sólo destaca la catedral, sino todos los edificios que la rodean y forman esta plaza, con arquitectura del XVIII. Seguimos a otra plaza detrás de la catedral, pasamos por alguna que otra iglesia, y devuelta a la avenida principal, Gorka y Rafa dicen que se van al albergue, que están un poco cansados y que les apetece irse a la habitación, mientras Tomás y yo seguimos dando un paseo durante una hora o poco más antes de regresar al albergue, porque cuando se fueron los otros compañeros me parecía aún muy temprano.



  Cuando estuvimos todos en la habitación nos pusimos a hacer la cena, y después del típico café nocturno, toca escribir unas notas sobre como ha transcurrido este día, sin ningún tipo de sobresaltos ni de contratiempos.


DÉCIMA TERCERA ETAPA: Nantes – Nesmy.
Distancia: 89,05 km - Tiempo en bici: 5:09:20 - Media: 17,29 km/h.
Jueves, 11 de Agosto del 2011.

  Nos levantamos a las 8, recogemos todo en las alforjas y bajamos a desayunar, aunque hoy había problemas con la máquina que dispensaba el café y la leche, sobre todo con ésta última, porque cuando fui a añadir la leche al café, lo único que salía era un chorro de agua turbia, supongo que la leche en polvo se acabó y no acababan de reponerla, así que para el bol del cereales que llevaba, utilicé la leche del tetrabrick que tenían en la nevera. Un buen desayuno, como de costumbre en los albergues, aunque el café fue lo peor.

  Terminado el desayuno, volvemos de nuevo a la habitación, cogemos el equipaje y bajamos, sacamos las burras a la calle y allí las preparamos, aunque dentro había espacio más que de sobra.

  Las primeras pedaladas son para intentar salir de Nantes siguiendo el trazado que habíamos pintando sobre el mapa que nos dieron en la oficina de turismo, siempre en la dirección del primer hito por el que teníamos que pasar, que en este caso era Rezé, aunque antes tuvimos que hacer una parada en una rotonda para preguntar si íbamos en la dirección correcta.

  El siguiente punto por el que teníamos que pasar era Soriniéres, y de camino a él, nos encontramos con una tienda de bicis abierta, así que paramos porque Rafa quería comprar una zapatas para los frenos y Gorka un recubre sillín de gel, porque tenía el trasero muy delicaito después del paso de los días y de las horas sobre el sillín.

  Seguimos nuestro rumbo, y llegamos a Soriniéres. Aquí había dudas, no vemos ningún indicador hacía nuestro próximo destino, Benetiérs, así que seguimos hacia delante. Llegamos a una rotonda, hay varios carteles pero ninguno hacia Benetiérs o a hacia alguno de los próximos hitos que tenemos en nuestro rutómetro, sin embargo sí que hay un cartel indicando la carretera D178, aunque también hay otros que tienen el mimo nombre de carretera pero con una letra después, no sé si son algún tipo de variante (D178a). Como no vemos aquí a nadie a quien preguntar, decidimos seguir rectos, buscando la carretera D178 que sí aparecía en nuestra hoja de ruta.

  Llegamos a otro pueblo Viais, que no lo teníamos anotado como sitio de paso, y hasta aquí y desde aquí hasta Rocheserviére, no pasamos por ninguno de los pueblos por los que teníamos previsto pasar.

  Tenemos que cruzar Viais para poder coger el desvío que nos lleva directamente a la carretera D178, y ésta nos conducirá rectos hasta Rocheserviére, sin pasar por ningún otro pueblo, como he dicho, por una carretera muy buena, cómoda, con algo de tráfico en algunos tramos, perfil bastante llano aunque con algunos cambios de rasante y paisaje totalmente verde, frondoso, con algunos campos de maíz aquí y allá.

  Supongo que el rutómetro que teníamos anotado pasaría por la variante, que pasa por más pueblos y aldeas, y por carreteras con menos tráfico, pero ya estábamos en la D178, y la dirección a seguir también era buena, y al final, como pudimos ver, el recorrido por uno u otro lado, apenas variaba en cuanto a los kilómetros a recorrer.

  Con buena carretera, y el aire soplando ligeramente a favor, vamos haciendo los kilómetros rápidamente, y así llegamos pronto a Rocheserviére, donde hicimos una parada, buscando su centro, para acabar junto a las escaleras de la iglesia. Después de los primeros 35 km recorridos, prácticamente la mitad de lo previsto, siempre según el papel, o sea, lo planificado, porque otra cosa bien distinta son los kilómetros que se acaben haciendo al final, aprovechamos para comer fruta, una barrita energética y unos frutos secos.


  Mientras estábamos allí, pasa delante de nosotros un tío en bici y con alforjas, va en solitario, y como Gorka no se está callado ni debajo del agua, pues rápidamente empezó a decirle que si se quería unir a nosotros y de paso hacerle las típicas preguntas, pero el tío decía, según nos comentó Gorka después, que hoy tenía que hacer una burrada de kilómetros, y que llevaba desde las 7 de la mañana pedaleando, aunque no sé muy bien que ruta es la que estaba haciendo.

  Damos por terminado este pequeño y habitual descanso matutino, y seguimos nuestro rumbo marcado, en dirección a nuestro destino, La Roche sur Yon, aunque aquí en principio, no había camping ni albergue, así que posiblemente tuviéramos que hacer algunos kilómetros extras, en la dirección que llevábamos, dirección sur, para buscar un camping.

  Seguimos pedaleando por la carretera D178, sin mucho que destacar, hay un momento en que llega a hacerse algo monótona, y es justo en uno de estos tramos, cuando cada uno va inmerso en sus propios pensamientos, totalmente absortos, relajados, tranquilos, debido en gran parte a que el tráfico había disminuido bastante, cuando de buenas a primeras, de forma brusca, súbitamente, a unos metros delante de nosotros, salta de la cuneta un corzo pequeño, al que cogeríamos comiendo o buscando algo por allí, y de un rápido brinco, salta la carretera y desaparece de nuestra vista. Fueron unos segundos, lo suficientes como para sacarnos del aletargamiento y monotonía en la que habíamos caído.

  Al llegar a Les Lucs sur Boulagne, giramos a la derecha, dejando la carretera D178. Podíamos haber seguido por ella, pero el recorrido lo teníamos marcado para ir buscando otras carreteras locales o secundarias, que nos alejen del posible tráfico y de las velocidades a las que van los coches cuando la carretera es buena.

  Por este tipo de carreteras, ahora más estrechas y menos transitadas, llegamos a nuestro objetivo, La Roche sur Yon, sobre las 14:45, pero antes de dirigirnos al centro, tenemos que dar un buen rodeo para buscar un supermercado, un 'intermarché' en este caso. Damos prácticamente una vuelta en círculo para posteriormente darnos cuenta que lo teníamos bastante cerca de uno de los puntos por los que llegamos a esta ciudad.

  Como siempre, Rafa y yo entramos a hacer la compra, mientras Gorka y Tomás se quedan fuera, a la sombra de unos árboles y en una pequeña zona de césped, donde comeríamos después.

  Cuando terminamos de hacer la comprar, nos repartimos la comida entre las alforjas, y nos dispusimos a comer, y al igual que iba a ser costumbre siempre que comprábamos, hoy tocaba una ensalada fría, aunque íbamos variando, acompañada de la típica lata de medio litro de cerveza.

  Temperatura agradable, sobre 23 grados, con sol, aunque a la sombra sopla un poco de aire fresco, y al estar parados, incluso apetecía ponerse unos manguitos o algo de manga larga.

  Terminada la comida, el café y un pequeño descanso en el césped, sobre las cuatro de la tarde, toca de nuevo ponerse en marcha, aunque malditas las ganas que hay a esta hora, pero el lado positivo es que ya estábamos en el sitio de destino, y como mucho unos kilómetros más para buscar el camping.

  Nos dirigimos al centro de la localidad para buscar una oficina de información y turismo, que acabamos encontrando cerca de su plaza central, en una de las calles más transitadas. Allí nos confirman que no hay ningún tipo de alojamiento del tipo camping o albergue; preguntamos si en Nesmy lo hay y nos confirman que sí, así que le pedimos un mapa o plano de la ciudad para que nos marcaran el camino a seguir hasta allí.

No nos perdemos absolutamente nada no quedándonos a dormir en La Roche sur Yon. Es una ciudad relativamente nueva, sin encanto, al menos aparentemente. Se construyó sobre una roca granítica que domina el valle del Yon y el valor que tenía era desde el punto de vista estratégico, situada en el centro del departamento de la Vendée (una zona claramente partidaria de la monarquía y donde se fraguó un movimiento antirepublicano que posteriormente fue aplastado, masacrado totalmente), lo que suponía una gran ventaja a la hora de pacificar estar zona tras la Guerra de la Vendée, y fue éste el motivo por el que Napoleón Bonaparte la eligió como sede de la prefectura.

  Hay dos carreteras de salida de La Roche sur Yon, en dirección sur, las dos bastantes transitadas, con mucho tráfico en los primeros kilómetros, paralelas y sin estar a excesiva distancia una de otra, unos 12 km aproximadamente, y en medio de estas dos carreteras, es donde se encontraba Nesmy, así que podíamos haber elegido cualquiera de ellas y después girar hacia nuestro destino, pero en la oficina de turismo nos marcaron justo la contraria la que deberíamos haber cogido mañana, siempre y cuando nos hubiéramos quedado en La Roche sur Yon, no sé si es porque por ésta había algún kilómetro de menos o porque daba igual, lo cierto es que ya se encargaron de alertarnos que desde la salida hasta que llegáramos al desvío para Nesmy, la carretera era de doble vía, que había mucho tráfico y era peligrosa, así que teníamos que tener cuidado y extremar las precauciones.

  En definitiva, teníamos que salir en dirección a la La Tranche sur Mer, por la carretera D747, dejarla a la altura de Aubigny y desde aquí coger el desvío a la izquierda para Nesmy, cruzando por debajo, la carretera D747 que habíamos traído.

  El tramo de unos 3 kilómetros hasta coger el desvío de Aubigny fueron realmente peligrosos, con carretera de doble carril, mucho tráfico y a gran velocidad. Estaba deseando salir de aquel infierno, menos mal que duró poco.

  Desde el centro de Aubigny apenas quedan cuatro kilómetros, aunque nosotros hicimos tres más por equivocación, al coger un desvío señalizado por obras, pero finalmente dimos la vuelta y seguimos rectos, haciendo caso omiso al desvío y pedaleando ahora por carretera local sin tráfico.

  Un par de kilómetros después de cruzar por debajo la carretera D747, y antes de entrar en el pueblo de Nesmy, vemos a la derecha de la carretera un camping y allí finalmente nos acabamos quedando.

  Montamos la tienda y al menos yo, me voy directo a la ducha, aunque Rafa y Gorka se van a la piscina a darse un baño, porque la verdad es que hasta ahora no ha habido ocasión de estrenar el bañador, y el tiempo que nos depararían los siguientes días tampoco sería el más propicio para pegarse un baño en el mar, e incluso esta tarde, que hace sol, a mi por lo menos no me apetece bañarme, porque la temperatura es fresca, y en cuanto se va el sol ésta cae bastante.

  Aprovechamos que el camping tiene lavadora para poner una con la ropa de todos, otra cosa bien distinta es que por muy seca que salga, a la hora que terminó ya no quedaba sol en los alrededores de nuestra parcela, e iba a ser prácticamente imposible que se secara, así que mañana habrá que tirar de la segunda muda, y poner la de hoy sobre las alforjas para que se vaya secando durante el recorrido, en caso de que hiciera buen tiempo.

  Mientras terminaba la lavadora, aprovechamos para tomar unas cervezas y unos frutos secos en el chiringuito del camping, y revisando los kilómetros de hoy veo que hasta La Roche sur Yon, habíamos realizado unos 72 kilómetros, o sea, prácticamente lo previsto, y es raro, porque normalmente hay un extra. La diferencia de kilómetros de hoy, entre lo previsto y que hemos hecho realmente, ha sido porque hemos avanzado un poco de la etapa siguiente para buscar el camping, aunque al estar éste en medio de las dos carreteras paralelas, mañana tendríamos que hacer unos cuantos kilómetros extras para llegar a la otra, la paralela a la D747, con el fin de seguir con el itinerario marcado en nuestra hoja de ruta.

  Cuando volvemos a las tiendas para cenar, ya cae el relente, y la ropa que habíamos colgado en las cuerdas tenemos que quitarla y meterla dentro de las tiendas, porque de lo contrario, mañana podemos encontrarla mucho peor de como salió de la lavadora, como ya le ha pasado a alguno de nosotros más de un día. Al menos, dentro de las tiendas puede secarse algo.

  Poco antes de las diez de la noche nos ponemos a cenar, queda poca luz, y no habíamos terminado todavía cuando uno de los vecinos sale de su tienda y se dirige hacia nosotros para pedirnos por favor que habláramos más bajo, que su mujer e hijo estaban dormidos y que mañana se iban a levantar temprano para ir de pesca, si no recuerdo mal... No es que estuviéramos formando ningún tipo de escándalo, tan sólo hablando entre nosotros, fuera de las tiendas, mientras cenábamos, pero es que aquí, a las diez o diez y media, ya no hay ningún tipo de movimiento en el camping, todo el mundo está en sus tiendas, durmiendo unos, viendo la tele otros, o como mucho algún rezagado que pueda estar cenando, cosa rara, porque ellos a partir de las 8 de la tarde ya están comiendo.

  Esto nos cortó un poco el rollo, así que terminamos de cenar, y cada uno a su tienda, donde yo, como suele ser habitual, aprovecho para escribir unas notas antes de irme al saco.

  La etapa de hoy ha sido tranquila, rápida y también bastante insulsa, con muy poco que comentar, una etapa de transición, dónde lo único fuera de lo normal han sido los tres kilómetros peligrosos de carretera de doble carril con bastante tráfico, al menos en la hora en pasamos nosotros por ella. En fin, esperemos que la etapa de mañana sea más entretenida, o al menos, que permanezca el buen tiempo, que siga prevaleciendo el sol, como en el día de hoy.


DÉCIMA CUARTA ETAPA: Nesmy – La Rochelle.
Distancia: 90,62 km - Tiempo en bici: 4:59:00 - Media: 18,25 km/h.
Viernes, 12 de Agosto del 2011.

  A las 7 suena la alarma del móvil, y sorpresa, me da la impresión de que está lloviendo. Abro la cremallera de la tienda y se confirman mis sensaciones, el cielo está completamente cubierto y la niebla junto con la fina lluvia que cae, invaden todo el camping que permanece en calma chicha a esa hora, aletargado, como lo estábamos nosotros.

  Nos hacemos los remolones durante un rato en las tiendas, no dábamos crédito, después del pedazo de día que tuvimos ayer, incluso la buena tarde de la que disfrutamos, con sol hasta el final, aunque con algo de fresco al caer éste, y ahora de nuevo, y sin esperarla, ¡vuelve la lluvia!.

  Hay que seguir con la rutina, aseo, desayuno, desmontar las tiendas en la primera ocasión en la que el agua nos de un respiro y ponernos en marcha, hoy con los chubasqueros y chalecos reflectantes desde el principio.

  Comenzamos a pedalear bajo la fina lluvia sobre las 10 de la mañana, de nuevo las 10, continuando la misma carretera que traíamos ayer, dirección oeste, hasta llegar al cruce con la D746 (la paralela a la D747, la peligrosa carretera de doble carril que cogimos ayer), lo que supone hacer unos ocho o nueve kilómetros por carreteras secundarias o locales, con zonas de arboleda, todo frondoso, verde, húmedo (no me extraña si aquí está cada dos por tres lloviendo, incluso en verano), sin apenas tráfico, pedaleando tranquilos aunque incómodos por el agua, pasando primero por Nesmy, que es el pueblo donde estaba el camping, después por Chaillé-sous-les-Oremaux y finalmente llegamos a Saint Florent del Bois, que es la localidad que atraviesa la D746. Nosotros giraremos hacia la derecha, rumbo sur y a partir de aquí ya intentaremos guiarnos por el rutómetro que llevábamos.

  En este cruce, que pasa por Saint Florent del Bois, donde era día de mercadillo y había cierta actividad a pesar del agua (supongo que por aquí estarán acostumbrados) hacemos una parada antes de seguir por la D746. Ahora tendremos que ir con más cuidado, hay un poco de tráfico, aunque nada que ver con la carretera de ayer, la de doble carril, y aprovecho para limpiarme las gafas, porque eso de no llevar limpiaparabrisas es un engorro: si me las quito no veo nítido a más de dos metros a la redonda, y se me las dejo no veo nada porque están llenas de agua, en fin, un engorro.

  La idea era clara, hacer lo más rápido posible el siguiente tramo hasta Luçon, donde abandonaríamos esta carretera D746 con algo más de tráfico y quizás más insulsa, y empezaríamos a coger de nuevo carreteras secundarias, más tranquilas y apropiadas para el cicloturismo, sin sentir en cada momento la presión y el aliento del maligno en la nuca.

  Desde Saint Florent del Bois hasta Luçon son unos 30 km, bajo el agua, que no es que fuera el diluvio ni mucho menos, pero si una especie de sirimiri constante, que hace que tanto la carretera, como los alrededores, estén empapados de agua, al igual que nuestras zapatillas. Los chubasqueros evitan la mojada exterior, pero la interior no nos la quita nadie porque estos no transpiran, y después de 30 km seguidos pedaleando el maillot está empapado.

  Poco antes de llegar a Luçon para la lluvia, al menos por el momento, porque el cielo permanece igual de gris y cubierto y la sensación de humedad es mucha.

  Entramos en el centro de esta localidad, donde teníamos prevista una primera parada para comer algo, ahora que ya nos habíamos quitado el tramo más complicado e insulso. Paramos en una pequeña plaza, a continuación de unas de sus calles céntricas y peatonales, llena de tiendas. En la misma plaza, a nuestra espalda, se alza la catedral de esta localidad, aunque la entrada la tiene por el otro extremo, y mientras los compañeros están comiendo, aprovecho para dar la vuelta y entrar en ella al ver que la puerta estaba abierta.

  De regreso a donde teníamos las bicis, veo que Gorka está con una napolitana de chocolate, ¡uf!, ¡no lo resisto!, rápidamente me voy yo también a buscar otra, y seguidamente Tomás hizo lo mismo. Hoy no teníamos barritas energéticas, se nos habían acabado, así que la napolitana iba a entrar bien, y si además la hubiéramos acompañado de un café caliente, nos hubiera ayudado de paso a calentarnos el cuerpo, porque con la parada, el cuerpo se enfría, y como la temperatura es fresca, las zapatillas están mojadas, y con la lluvia y humedad que hemos tenido, la verdad es que la mañana está “pa'sopitas calientes y buen vino”. Mientras estamos comiendo en la pequeña plaza, donde también había una placa haciendo mención al paso del Tour de Francia por allí, no me acuerdo en qué año, comienza de nueva la lluvia, así que retrasamos la salida mientras esperamos bajos los árboles, y yo al menos, con el cuerpo cortado, frío, estaba deseando ponerme en marcha de nuevo para ver si así entraba en calor.

  Los carteles indicativos que se veían a un lado de la plaza no indicaban a ninguno de los puntos que teníamos marcado en nuestro rutómetro, así que Gorka estuvo preguntado a varias personas pero ninguna de ellas sabía darle explicación, unas porque no sabían y otras porque no eran de allí. Finalmente, detrás de nosotros aparcó una furgoneta, y Gorka se fue a preguntar. Era un gitano, que había venido con la mujer para tema de papeleos y como además se dedicaba a la venta ambulante, decía que conocía bien la zona, y nos propuso un itinerario alternativo, más apropiado para ir con bici, sin tráfico y más bonito, para llegar a Champagné les Marais. El recorrido que nos propuso era el siguiente: Luçon – Chasnais – Triazís – Champagné les Marais y como los pueblos intermedios no aparecían en nuestro rutómetro ni en nuestro mapa a gran escala, le pedimos que nos lo anotara en un papel, así como la distancia aproximada entre ellos.

  Gorka decía que tenía un acento algo peculiar, como los gitanos en España, que le costaba trabajo entenderlo. Le hicimos caso a este personaje y salimos de aquella plaza en una de las paradas de la lluvia, por una larga calle, en línea recta, aunque antes paramos a comprar pan.

  El recorrido fue agradable, tranquilo, entretenido, sin ningún problema de tráfico, es más, en muchas ocasiones vamos en grupo, ocupando toda la carretera, otras veces vamos de dos en dos, por zonas llanas llenas de canales y con bastantes vacas, incluso el amigo Rafa llegó a decir que aquello le parecía Holanda, ya que el año pasado estuvo por allí haciendo una ruta en bici durante una semana, y es que estamos en la zona de marismas, las conocidas como “Marais Poitevin”, las marismas de Poitou, que han sido drenadas mediante canales, diques y esclusas a lo largo de mil años; cubren unas 90.000 hectáreas entre Niort y el mar. La zona es ahora un parque nacional, dividido en dos partes: al norte y al sur del estuario del Sévre, queda el fértil Marais Désseché (pantano desecado), donde crecen cultivos de cereales, y es la zona que nosotros estamos cruzando; y por otro lado, está la franja del Marais Mouillé (pantano húmedo), río arriba, hacia Niort, y es la parte más impactante (por lo que he escuchado y visto en fotos), donde muchas zonas sólo pueden ser recorridas en barca.

  Llegamos a Champagné les Marais, y desde aquí a Puyravault, damos un buen rodeo para evitar seguir por la carretera nacional, con bastante tráfico. El recorrido sigue siendo por zonas totalmente llanas, llenas de canales y campos de cereales, pero en este tramo aparece un temible enemigo, el viento en contra, que durante un buen tramo nos estuvo azotando sin piedad, incluso dando relevos entre nosotros cuatro, el desgaste fue bastante importante.

  Acabamos de nuevo desembocando en un cruce con la carretera nacional, giramos a la izquierda y seguimos por un carril bici paralelo a la carretera, que en cuestión de unos cuatro kilómetros nos lleva hasta la entrada de Charron, justo cuando cruzamos la carretera nacional por debajo, para posteriormente incorporarnos a ella y entrar en esta localidad. A esta hora el tráfico es de consideración, aunque como estamos entrando en esta población los coches no van muy rápidos, pero el tramo de 1,5 km que acabados haciendo desde que dejamos el carril bici hasta que nos desviamos, me resultó bastante peligroso, con mucha tensión.

  En Charron, giramos a la derecha, en dirección Esnandes, dejando a nuestras espaldas la puñetera carretera nacional, aunque hoy podemos darnos por contentos, porque la hemos ido evitando dando algún que otro rodeo por la zona de los canales, que además es más curiosa y entretenida.

  En este tramo estuvimos comentando que en la siguiente localidad, Esnandes, deberíamos hacer la parada para comer, que ya iba siendo hora, así que justo a la entrada, giramos a la izquierda, buscando un sitio propicio para descansar y comer. Casi a la salida del pueblo del pueblo, a la derecha, se encuentra una iglesia-fortaleza, y además está rodeada de una zona de césped, un sitio ideal, así que junto a las paredes de un lateral de esta iglesia, sentados al césped, estuvimos comiendo, aunque antes estuve merodeando un rato por los alrededores, haciendo unas fotos y curioseando por dentro de la iglesia, puesto que la puerta estaba abierta.



  Mientras comíamos aparecieron por detrás de la iglesia un grupo de personas haciendo turismo, iban con una chavala que hacía de guía, y pararon prácticamente a nuestra altura, así que la situación era algo curiosa, por decirlos de alguna manera. Nosotros allí tirados en el césped, con ropa de ciclista y de picnic, y ellos a nuestro lado atendiendo a la explicaciones de la guía, mirando a la iglesia, y de vez en cuando que se escapa alguna que otra mirada hacia nosotros.

  Hoy de postre tenía melocotones, porque en el tramo entre Charron y Esnandes, junto a la carretera vi un melocotonero, así que paré y rellené los tres bolsillos de la parte trasera del maillot, así como el bolso delantero, un par de kilos en total. Son pequeños y están maduros, pero a mi gusta ese sabor agridulce de estos melocotones, más bien verdes, así que como tengo de sobra, me pego un buen homenaje, y aún me quedarán para la cena y para el día siguiente.

  Desde que salimos de Luçon y hasta Esnandes, no ha vuelto a llover, pero el día sigue igual de gris y triste, con el cielo totalmente cubierto y temperatura fresca. La carretera, al igual que nuestras zapatillas, se han ido secando por el efecto del aire.

  A las cuatro de la tarde nos ponemos en marcha de nuevo, y cuesta arrancar en frío, después del parón y después de la comida, así que deshacemos el camino andado hasta llegar a la carretera que traíamos.

  Hasta el final de etapa, aún quedan unos 15 kilómetros, de los cuales, los últimos 10 fueron por carretera con mucho tráfico, un tramo pestoso del que acabamos bastante asqueados.

  Desde que llegamos a la entrada de La Rochelle y hasta que llegamos al centro, junto al famoso y turístico Puerto Viejo, haríamos unos cuatro kilómetros siguiendo los carteles de “Centre Ville”, un recorrido que se nos hizo muy largo, parecía que nunca íbamos a llegar al centro, tardando más de la cuenta en hacerlo debido a las paradas por los semáforos.

  Ya en el centro, tenemos allí mismo la oficina de turismo, bastante grande, junto al puerto, y no hacía falta ser un lince para saber por qué es grande, y es que al entrar dentro junto con Gorka, vemos que está abarrotada, con cuatro colas para solicitar información turística de cualquier tipo, así que tuvimos que esperar un buen rato hasta que nos atendieron. Como siempre, solicitamos un plano de la ciudad, y que nos pintaran en él la dirección a seguir para dar con el albergue juvenil, aunque también nos indicaron un par de camping que se encontraban de camino, por si la opción del albergue fallaba por no disponer de plazas libres. También nos dan un mapa con las pistas ciclabes o véloroutes, sobre todo la que nos interesaba a nosotros para mañana.

  Salimos de la oficina, los alrededores están llenos de gente, mucho turismo, y es que éste es el mayor centro de vela de la costa atlántica francesa.

  Unos metros más adelante, tenemos que girar a la izquierda, para pasar por un puente levadizo, aunque en ese momento tenemos que esperar, al igual que la fila de coches, bicis y motos que había allí, puesto que el puente estaba levantado para dar paso a un barco. Es un puente similar al de Le Havre, donde también tuvimos que esperar a que pasara un barco, en la zona donde nos confundimos de carretera intentando buscar el acceso al puente de Normandía.

  De camino al albergue, pasamos por el camping, que está a la izquierda de la carretera. Paramos a preguntar pero estaba al completo, por lo visto una empresa lo tenía casi reservado por completo, así que seguimos adelante con bastantes dudas, ya veremos donde acabamos durmiendo hoy...

  Llegamos al albergue, y hay suerte, podemos quedarnos esta noche, aunque tendríamos que dormir en habitaciones separadas, dos en una y otros dos en otra, y las bicis las podíamos entrar por la parte trasera, dejándolas en un patio interior.

  Yo me quedo con Gorka, aunque en la habitación hay otros dos chavales más, uno de ellos es francés y habla algo de español, y es un fanático seguidor del fútbol español, no sólo del Madrid o del Barcelona, sino de la liga en general, como pude comprobar al decirle que era del Betis y empezar a darme noticias que ni yo sabía después de dos semanas fuera de casa. El otro chaval no me acuerdo de que nacionalidad era, creo que era alemán, y estuvo hablando con Gorka en inglés mientras yo estaba en la ducha, creo que hablaron sobre lo que estaba haciendo cada uno y sobre el albergue de Burdeos, en el que él acabada de estar, sobre que era un poco cutre pero que estaba en el centro, o algo así, en fin, ya lo veríamos próximamente.

  Como curiosidad, comentar que éste ya debe ser el tercer o cuarto albergue donde coinciden el edificio reservado al albergue juvenil con otro edificio reservado para personas con deficiencias mentales o con síndrome de Down, juntos pero no revueltos. No sé, igual lo hacen como una forma de integración, porque hay zonas compartidas, comunes, como recepción, el patio o la sala donde se sirven los desayunos.

  Ducha y paseito, aunque antes tenemos que coger el chubasquero y hacer uso del pantalón largo, porque después de haber estado varias horas sin llover, de nuevo aparece un espeso sirimiri, aunque por suerte dura poco y nos deja disfrutar tranquilamente del resto de la tarde-noche, y por tanto, de nuestro paseo turístico.

  Nos hacemos las típicas fotos, de fondo las torres que defendían el antiguo puerto. Paseamos por el puerto viejo rodeado de augustos y sobrios edificios, cuyas partes bajas se utilizan en la mayoría de los casos como restaurantes, bares o negocios orientados completamente al turismo.


  Nos sentamos en una terraza de una de las cafeterías para tomar una cerveza acompañada de los típicos frutos secos que solemos llevar. Después damos un paseo por el centro histórico de esta ciudad, con calles llenas de tiendas, pero vacías a esta hora, porque todo el ambiente se concentra en la zona del puerto.


  Terminado nuestro paseo, buscamos un sitio para cenar, porque hoy toca cena especial, es el cumpleaños de Gorka y estamos invitados, le toca tirar la casa por la ventana. Es curioso, pero los tres que empezamos esta ruta, sin conocernos de nada, cumplimos los años en agosto, y los tres lo hacíamos dentro de los días en los que hacíamos la ruta; después llegaría Tomás para romper las estadísticas.

  Terminada de la cena, toca el regreso al albergue, y durante todo el trayecto del puerto viejo, nos vamos parando en cada uno de los espectáculos callejeros que nos vamos encontrando: monociclos, equilibristas, música inca, artistas que pintan cuadros con botes de spray, las típicas estatuas humanas, etc, y es que a diferencia del resto de localidades donde nos hemos alojado hasta ahora, en las que a partir de las diez y media de la noche ya son prácticamente ciudades fantasmas, aquí hay mucho ambiente nocturno, es una ciudad más mediterránea, más viva.


  En definitiva que este paseo, recorrido, cena y ambiente nocturno de La Rochelle, junto con el paso por la zona de marismas, de canales, las Marais Poitevin, de esta mañana, ha sido lo mejor de la etapa, y lo peor, han sido los últimos diez kilómetros previos a La Rochelle, con mucho tráfico, al igual que el kilómetros y medio hasta la entrada en Charron.


DÉCIMA QUINTA ETAPA: La Rochelle – Royan.
Distancia: 91,76 km - Tiempo en bici: 5:31:48 - Media: 16,63 km/h.
Sábado, 13 de Agosto del 2011.

  Empezamos el día con buen pie, al abrir la ventana de la habitación vemos que no llueve y que luce el sol, aunque con algunas nubes blancas.

  Nos vamos a desayunar Gorka y yo, y allí coincidimos después con Rafa y Tomás, sobre las 8:15 de la mañana, después volvemos a las habitaciones a por el equipaje y derechos al patio, donde habíamos dejado amarradas las burras, para montar el equipaje y empezar la rutina diaria.

  La etapa de hoy, según la referencia del rutómetro que habíamos preparado, era de 92 kilómetros, pero utilizando carreteras, y nuestra idea era intentar aprovechar al máximo cualquier oportunidad de coger una vía verde, pista ciclabe o véloroute. Ayer por la tarde, cuando fuimos a la oficina de información y turismo, nos comentaron que hasta Rochefort podíamos ir por véloroute, la cual se iniciaba cerca del albergue juvenil en el que nos alojábamos, e iba bordeando la costa. Por tanto, iríamos por ésta hasta nuestro primer objetivo, Rochefort, y aquí tendríamos que preguntar de nuevo.


  Salimos del albergue y no tardamos mucho en dar con la véloroute, pedaleando unas veces por camino de tierra y otras por carriles bici, siempre paralelos a la costa, al mar, que tenemos a nuestra derecha, a tiro de piedra, y con numerosas embarcaciones de vela que ya se han echado a la mar, para disfrutar, al igual que nosotros, de esta bonita mañana, al menos por el momento.


  Los primeros 20 km transcurren así, agradables, tranquilos, junto al mar, y a pesar de que aún es temprano, lo cierto es que hay muchísima gente haciendo deporte, sobre todo footing, así que es me acuerdo en ese momento del amigo Balbuena, un apasionado del atletismo, al que seguro le hubiera gustado estar por aquí corriendo, porque el recorrido es agradable y porque da gusto ver tanta gente haciendo deporte a esta hora de la mañana.


  Vamos muy pero que muy tranquilos, diría que excesivamente relajados, quizás nos dejamos llevar por no estar pendiente del tráfico, por el recorrido con el mar a nuestra vera, por la temperatura agradable, y en definitiva, disfrutando de una bonita mañana, pero lo cierto es que vamos en plan “verano azul”, no sé, parece que estamos totalmente aletargados, inmunes al paso del tiempo.

  En los siguientes 20 km, el recorrido a seguir se desplaza algo más hacia el interior, sigue paralelo a la costa pero ya no tenemos a ésta como referencia, no la vemos, y el carril bici y los tramos de camino de tierra dejan paso a carreteras locales que unen un auténtico rosario de pueblos. Estas carreteras locales por donde transcurre la veĺoroute apenas tienen tráfico, y hay ocasiones en las que pasan por zonas arboladas y frondosas.

  En este segundo tramo, por detrás de nosotros aparecen dos chicas, son de Londres, también vienen haciendo cicloturismo y al igual que nosotros, se dirigen a Rochefort, aunque mientras para ellas podría ser el final de etapa, para nosotros sólo es un punto intermedio, puesto que nuestra meta para hoy la teníamos fijada en Royan, algo que según ellas, suponía hacer muchos kilómetros. También estaban haciendo la Costa Atlántica Francesa, o parte de ella, porque no me acuerdo bien donde empezaron, lo que si recuerdo, como se encargaría después Gorka de traducirnos, es que ellas también quieren llegar a San Sebastián.

  Mientras Gorka y Tomás se quedan con ellas, Rafa y yo intentamos salir del aturdimiento, de la relajación, del estado de aletargamiento en el que nos encontramos, empezamos a ser conscientes de que el tiempo va pasando y parece que siempre estamos en el mismo sitio, y aún nos queda muchísimo recorrido por realizar de esta etapa, así que ponemos un ritmo más adecuado, a 20 km/h, por estas carreteras llanas y sin tráfico; se trataba de poner una velocidad algo mayor pero que a la vez nos permitiera ir disfrutando del recorrido y sin realizar demasiado esfuerzo, y con la música del móvil de Rafa como hilo musical de fondo.

  Rafa y yo vamos avanzando y poco a poco vamos perdiendo de vista a los otros dos y a las londinesas, creo que no han captado le indirecta, o sea, o ponemos un poco más de ritmo o nos vemos durmiendo hoy en Rocherfot, al igual que estas chicas. Por cierto, que una de estas chicas preguntó que si la bandera que llevaba era la de Portugal, o lo que es lo mismo, nos estaban confundiendo con portugueses, que no tiene nada de malo, pero es que la bandera del país vecino se parece a la nuestra como un huevo a una castaña, vamos ¡que estaban más 'pegás' que un sello de correo!...

  A la salida de uno de los pueblos por los que pasamos, junto a un banco en una especie de descampado, Rafa y yo hacemos la parada matutina habitual para comer un poco: fruta y frutos secos, no había barritas energéticas hasta que no hiciéramos hoy la compra. Un cuarto de hora después llegan Gorka y Tomás, que por fin parece que se han dado cuenta de que había que ir avanzando, y dejaron a las inglesas, que no tardaron en pasar, aunque ahora no pararon, siguieron adelante.

  Mientras hacíamos este breve descanso, a unos 12 kilómetros de Rochefort, aparece un grupo de gente mayor montando en bici, son de los alrededores y están haciendo una rutita circular, pero se paran a preguntarnos qué es lo que estábamos haciendo, desde donde veníamos, etc. Uno de ellos va sobre una bicicleta invertida, es decir, esas bicicletas en las que poco más o menos que se va a ras de suelo, tumbado, en horizontal, dice que es bastante cómoda, pero lo será para ir llaneando porque subiendo no creo que sea muy efectiva.

  Terminado este pequeño descanso, nos ponemos en marcha de nuevo, y unos kilómetros después, nos encontramos de nuevo a las inglesas, aunque ahora eran ellas las que habían parado, estaban sentadas junto a la carretera, sobre la hierba y untándose de crema, al por mayor, en cantidades industriales, sus blancas pieles; las saludamos de nuevo y ya no las volveríamos a ver más.

  A la entrada de Rochefort, siguiendo los indicativos de la véloroute, vemos un “intermarché” a nuestra izquierda, y como hoy era día de compras, nos dirigimos a él y como de costumbre, Rafa y yo entramos a hacer la compra para dos días, mientras Tomás y Gorka se quedaban fuera.

  Retomamos el carril bici que traíamos antes del desvío, pero la verdad es que cuesta arrancar la burra con las alforjas repletas, se nota el peso extra.

  Entramos hasta el centro de Rochefort, la rival histórica de La Rochelle, aunque con menos glamour, construida enteramente por Colbert en el siglo XVII, llegó a ser el mayor astillero de Francia, con la construcción de 300 navíos al año.

  Nos cruzamos con un hombre de unos 50 años que también iba montando en bici y Gorka le pregunta por algún tipo de véloroute o vía verde que nos pueda llevar hasta Royan, pero nos comenta que si seguimos el trazado por véloroute o vía verde, vamos a hacer muchos kilómetros extras, puesto que ésta se dirige desde aquí hacia el este, hacia la costa, y una vez allí es cuando gira hacia el sur (efectivamente, esto es lo que aparecía en el mapa que nos dieron la tarde anterior en La Rochelle, de ahí que lo paráramos para preguntarle), pero nos da una posible alternativa que consiste en seguir dirección sur por la carretea vieja, paralela a la actual, aunque dando un poco más de rodeo; esta carreta está más hacia el interior, hacia el este de la carretera nueva, de doble carril, con mucho tráfico y muy peligrosa, de ahí que quisiéramos evitarla a toda costa.

  La alternativa que nos propuso este hombre, es la que teníamos nosotros marcada en nuestro itinerario por carretera, en el rutómetro que habíamos elaborado, y como ya teníamos claro que esta iba a ser la elección, sólo nos faltaba saber como salir de Rochefort, para empezar a coger este itinerario, por la carretera D117, y a partir de ahí ya podríamos orientarnos con las anotaciones de nuestro rutómetro particular.

  En el centro de esta ciudad buscamos la oficina de información y turismo, y en esta ocasión entra sólo Gorka a preguntar, aunque para nuestra sorpresa le dicen que no saben nada de ninguna carretera vieja, pero como Gorka les comenta a donde queremos dirigirnos, le dan un mapa de la ciudad, y le dicen como salir de ella, utilizando carril bici, para llegar a la zona que queremos, a partir de la cual podríamos orientarnos.

  La verdad es que esto nos quedó un poco en fuera de juego, no sabíamos si es que los que estaban en la oficina de turismo era gente nueva o no conocía especialmente bien la zona, porque la carretera aparecía en el mapa, y nosotros la teníamos marcada como referencia para nuestra ruta. Lo único positivo es que nos ayudaron a salir de Rochefort por carril bici, aunque tampoco había mucho problema de tráfico y eso que estábamos en el centro; también nos aconsejaron cruzar el río por el antiguo puente-transbordador, en lugar de por el puente actual, de doble carril en los dos sentidos y con mucho tráfico, al fin y al cabo, la carretera de D733, que es la que queremos evitar, pasa por él.

  El carril bici nos lleva hasta un parque, lo atravesamos y ya estamos fuera de la ciudad. A partir de aquí unos kilómetros más y ya empezamos a divisar la parte superior del puente, donde están las poleas y el mecanismo que lo hace llevar de una orilla a otra. Cuando tenemos este puente-transbordador frente a nosotros, nos paramos y hacemos fotos.



  Va a ser otra pequeña y agradable experiencia. Realmente es como si fuera una barcaza rectangular, unida por unos cables de acero a una estructura superior donde estarán los motores y poleas que hacen que este habitáculo rectangular vaya de orilla a orilla. Es otra forma de cruzar el río, mucho más bonita, pausada y romántica que hacerlo por el puente que se ve al fondo, supongo que hecho de hierro y hormigón, soportando bastante tráfico, pero hasta la construcción de ese puente, éste que vamos a utilizar nosotros ahora, es el que servía para pasar de un sitio a otro. El precio por utilizar este puente es de 1,3 euros por persona.

  Llegamos a la otra orilla, salimos del puente y entramos en otro pequeño pueblo, donde nos desorientamos un poco. Nuestra idea era coger la D117, pero no sabíamos donde, ni tampoco encontrábamos indicadores hacia a alguno de los pueblos de paso que teníamos anotados.

  Decidimos seguir rectos, desembocando en una especie de camino o pista asfaltada, paralelo a la carretera principal, la que queríamos evitar. La pregunta era, ¿a dónde nos conduciría esta pista asfaltada o vía de servicio?.

  Por fin vemos la luz, llegamos a un pueblo y a partir de aquí nos orientamos. Sólo había dos soluciones, o coger la carretera principal, de doble carril durante unos 20 km, con mucho tráfico, o hacer unos kilómetros extras, dirigiéndonos hacia el oeste, hasta el cruce con la D117, y a partir de ahí, seguirla rumbo sur, que es finalmente por la que nos decidimos.

  Hasta llegar a este cruce con la D117 teníamos que pasar por dos pueblos: Champagne y Pont l'abbé d'arnoult, éste último ya lo teníamos anotado en nuestro hoja de ruta. Entre los dos pueblos apenas 3 kilómetros de distancias, pero en el primero por el que pasamos, Champagne, decidimos parar a comer, junto a la iglesia, sobre el césped que la rodeaba, en una especie de pequeño jardín o parque, al solecito.

  Comenzamos a sacar las provisiones, y como suele ser habitual, empezamos abriendo boca con un pequeño piscolabis, o sea, cerveza, un poco de chorizo, queso, algunos frutos secos, etc., para seguir con el plato fuerte y finalizar con el café y postre, o sea, galletas de chocolate o fruta.

  Tumbados al césped, entre sol y sombra, con una temperatura agradable y después de este banquete, lo que menos apetece es volver a montar en bici, la misma situación de todos los días, aunque hoy nos estamos un ratito más.

  Toca de nuevo ponerse en marcha, y desde donde estábamos, aún nos quedaban 37 kilómetros para llegar al final de la etapa de hoy.

  Llegamos al cruce con la D117, giramos a la derecha y a partir de aquí rumbo sur totalmente, por zonas que al igual que durante todo el día de hoy se caracterizan por un perfil completamente plano, con buena temperatura y con un aliado extra durante la tarde de hoy, ya que el aire comienza a entrar ligeramente de cola, con lo que vamos haciendo los kilómetros prácticamente sin darnos cuenta, muy tranquilos, cicloturismo total, disfrutando de todo este tramo, con las vistas puestas en los campos de girasoles, en definitiva, una tarde y recorrido ideal para la práctica del cilcoturismo, o al menos, hasta que llegamos a Saujón, porque en un rotonda previa a su entrada nos encontramos con dos posibles soluciones: o girar a la derecha y meternos en la carretera principal, aunque ya a esta altura no tiene doble carril y el tráfico es menor, o seguir hacia delante, introduciéndonos en el pueblo y buscar alguna alternativa para llegar a Royan, porque de los sitios que tenía marcado de paso no aparece ningún cartel indicativo.

  Llegamos al centro de esta localidad, y en una de sus plazas se encuentra la oficina de información y turismo. Paramos y Gorka es el encargado, una vez más, de preguntar por alguna alternativa para llegar a Royan que no sea la carretera nacional. Nos dicen que sí, que desde la misma plaza sigamos la dirección Royan, calle abajo, y que después tenemos que pasar a la derecha de la SNFC (la estación de tren), y así lo hacemos, pero antes de llegar a la SNFC vemos una placa que indica la dirección a Royán. No estamos seguro que sea esto lo que nos han dicho, porque no habíamos pasado aún por la SNFC, pero probamos suerte, giramos a la derecha y seguimos hacia delante por una larga calle, hasta que al final de ésta nos damos cuenta que ésta nos va a llevar directos a la carretera nacional, así que vuelta hacia atrás, hasta el punto donde hicimos el giro, para ahora seguir rectos.

  Poco después vemos la estación de la SNFC, ya a la salida de esta localidad, y un cartel indicando la dirección a Médis, que era nuestro siguiente punto de paso. Ahora sí parece que vamos bien, todo según las indicaciones que nos han dado, pasando por la derecha de esta estación e introduciéndonos en una carretera local, con los alrededores muy frondosos, con mucha arboleda, hasta el punto de no tener ninguna referencia de la carretera nacional, aunque sabemos que está a nuestra derecha, y a poca distancia.

  El trazado de esta estrecha, aunque con buen firme, carretera local, va haciendo una curva hacia la derecha, y después de unos kilómetros vemos ante nuestra decepción, que conduce a una rotonda que da acceso a la carretera nacional.

  Paramos en la rotonda, pero no vemos ninguna alternativa, ningún cartel que indique la dirección a algunos de los siguientes puntos de paso: Médis o Les Brandes, y que no sea pedalear por la carretera nacional.

  Por mucho que miramos no vemos nada, y la verdad es que ya estamos un poco hartos y cansados de dar vueltas y preguntar, hemos perdido más tiempo en esta zona para buscar una alternativa que no fuera la carretera nacional, que en el trayecto entre Champagne (donde hicimos la parada para comer) y Saujón, así que decidimos que había que seguir hacia delante, aunque fuera por la carretera nacional.

  Es curioso, pero hay veces que nos metemos en una carretera nacional sin pestañear y otras veces las vueltas que le damos para intentar evitarla, como estaba ocurriendo en el día de hoy. En el peor de los casos, tendríamos que hacer los cerca de 10 km que suponíamos eran los que nos quedaban para llegar a Royan por esta carretera, pero si en Médis, nos encontrábamos algún desvío para Les Brandes, abandonando la nacional, pues lo cogeríamos.

  Por fin nos metemos en la boca del lobo, en la carretera nacional, con mucho tráfico, aunque con buen arcén, lo que nos permite ir con menos tensión, con algo más de seguridad, y al cabo de 3 kilómetros o menos, ya estamos en Médis, pueblo que es atravesado por la carretera, pero en ningún momento, ni mis compañeros ni yo, vimos durante la travesía ningún cartel o indicación hacia Les Brandes, así que había que seguir por la nacional lo que quedaba de etapa.

  La sorpresa agradable fue que quedaba menos de lo que esperábamos, puesto que nosotros estábamos haciendo cuentas según el itinerario que llevábamos, que daría más rodeo para poder salvar la nacional, mientras que al ir por ésta, lo estábamos haciendo más directos, aunque eso sí, en este corto tramo hay muchísimo tráfico, llega a ser agobiante, y eso que tenemos nuestra 'parcela', o sea, un buen arcén. Finalmente sólo tuvimos que hacer unos cuatro kilómetros más, y además en descenso, hasta llegar a la altura de un polígono, donde por fin pudimos escapar de las garras del enemigo, del maligno...

  Desde esta zona del polígono, vamos callejeando, siguiendo las indicaciones de “Centre Ville”, hasta que por fin llegamos a su zona centro, donde hay mucho movimiento, algo que me sorprende para esta localidad de unos 18.000 habitantes. No tenemos muchos problemas para dar con la oficina de información y turismo, y por suerte está abierta, aunque no creo que tarde mucho en cerrar. Entramos en ella Gorka y yo, y nos sorprende encontrar tanta gente, al igual en por toda la zona centro, porque no es éste un pueblo que sea especialmente bonito, o espectacular, o cargado de historia, etc., pero en lo que no habíamos caído ninguno de nosotros es en que tiene playa, y al mirar en la pequeña guía de viajes que habíamos hecho para esta ruta cicloturista, leemos que tiene cinco playas de arena fina, muy cotizadas, a la que por aquí llaman 'conches', y que convierten a esta población en un destino turístico durante los meses de veranos, hasta el punto de estar superpoblada durante esta época, así que en nuestras cabezas aparecen las peores pesadillas.... con tanta masificación ¿podríamos encontrar alojamiento en algún camping?.

  Esperamos pacientemente nuestro turno, y cuando nos llega y preguntamos por algún camping cercano para alojarnos, porque albergue no había, nos dicen que no hay nada, que está todo completo, que probemos en el camping de Médis, que es el último pueblo por el que habíamos pasado, pero no estábamos dispuestos a hacer varios kilómetros hacia atrás para volver a tener que deshacerlos mañana otra vez, pero sobre todo y ante todo, por no tener que aguantar de nuevo el maldito tráfico. Le enseño la lista de camping que tengo anotados, hasta cinco, ¡no puede ser que no haya ni siquiera una mísera parcela libre en alguno de ellos para pasar esta noche!. Al menos las personas que están allí son amables, debieron ver nuestras caras de cansancio, de que no dábamos crédito a que estuviera todo absolutamente completo, así que empezaron una ronda de llamadas; en los dos primeros campings a los que llamaron no hubo suerte, pero en el tercero, que no estaba dentro de la lista que yo llevaba, le comentaron que si sólo era para una noche no había problemas.

  ¡Uf, menos mal!, ¡salvados por la campana!, pero por si acaso, y para evitar malos entendidos, la directora del centro nos da una especie de carta de recomendación. De su puño y letra escribe una palabras en una tarjeta que nos entrega en un sobre, como acreditando que somos nosotros a los que se referían en la conversación telefónica que habían mantenido entre ella y el gerente del camping. Lo siguiente era que nos dieran el típico plano de la ciudad y nos indicaran el recorrido a realizar para llegar a él, además, nos comentaron que estaba a unos 300 metros de la playa, muy cerquita...

  Aprovechamos también para que nos dijeran dónde teníamos que coger el ferry mañana para llegar a la otra orilla, con qué frecuencia salía, etc.

  Algo más relajados, después del apuro por el que habíamos pasado, montamos de nuevo sobre nuestras burras dirección al camping, sin apenas problemas de orientación, aunque estaba a dos o tres kilómetros de la oficina de turismo.


  A las 19:15 llegamos al camping y no tuvimos ningún problema para alojarnos al menos esta noche, tampoco necesitábamos otra cosa. Montamos el campamento, ducha, colada, y a dar el paseo de rigor, por la playa, aunque no se cómo miden aquí las distancias, porque de 300 metros nada de nada, más bien cerca del kilómetro, en cualquier caso poca cosa, sobre todo porque después nos dimos un buen paseo, ya cayendo la tarde, con la silueta de la iglesia-faro de Royan, vista desde la playa, recortada sobre el fondo del atardecer.


  Hay una zona que parece una feria permanente, con chiringuitos, tómbolas, etc. Paramos en una terraza a tomar unas cervezas, con la música de fondo de un grupo que tocaba temas de Pretenders en la terraza de un bar de al lado, y lo hacían muy bien, al menos para mi gusto.

  Otro paseo de vuelta al camping, al que llegamos sobre las 22:30, dispuestos para una buena cena. Esta noche utilizamos unas mesas y unas sillas que había por allí, pero al poco nos cortan el rollo, porque apagan la luz del camping, así que tenemos que cenar con los frontales puestos.

  A las 12 de la noche nos vamos directos a la tienda, el camping permanece en completo silencio, y yo aprovecho, como de costumbre, para escribir unas notas sobre la etapa de hoy, antes de meterme en el saco.

  Y mañana más, con el extra de la motivación del paseo en ferry que tendremos que realizar nada más empezar la jornada.

2 comentarios:

  1. Hola.
    El año que viene parte de la ruta que tengo pensado hacer es desde Royan-Lacanau-Burdeos. He estado leyendo desde el principio, me he metido en vuestro relato y hay momentos que me peto de la risa con mi imaginación. Buena crónica, muy buena.
    Mi pregunta es, en el ferry dejáis las bicis a la buena de Dios, hay vigilancia, hay peligro de robo ??
    Muchas gracias y enhorabuea

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  2. Muy buenas Xabier, y perdona la tardanza en contestar...
    En principio no hay ningún tipo de problema con las bicis, incluso puedes quedarte junto a ellas sin quieres, aunque en nuestro caso las amarramos con candados, no tanto por el tema de robos sino porque no se cayeran, y de paso estar más libre para subirnos a la parte de arriba del ferry y disfrutar de las vistas y de este miniviaje en barco. Un saludo.

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