Las andanzas de un lobo estepario extremeño.

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"Viajar en bici es hacer más grande el Mundo. Es aprender lo esencial de la vida. Es vivir el presente sobre todas las cosas. El placer del cicloturismo está mucho más en el camino que en el destino, son los medios los que justifican el fin. Durante días, semanas o meses, no necesitas más que lo que llevas a cuestas
" (del artículo: "Con la casa a cuestas", revista: Bike Rutas, Nº 4, 1999)

lunes, 25 de abril de 2011

Travesía LEPYNEY-TOUBKAL (IV) - DIA 21: REFUGIO DEL TOUBKAL - ASCENSIÓN AL TOUBKAL - IMLIL Y TRASLADO A MARRAKECH

DATOS: REFUGIO (3.040 m.) CIMA DEL TOUBKAL (4.165 m.) – IMLIL (1.740 m.)

[Para ver todas las fotos de esta ruta, pincha Aquí]

  Otra noche sin pegar ojo, aunque según Fernando y Ana estuve roncando, algo que dudo bastante, porque estuve prácticamente la noche en un duermevela y de hecho, antes de que tocara el despertador, a las 5 de la mañana, cuando escuché a Pilar removerse en la parte baja, yo también me incorporé, así que cuando se asomó ella con el frontal a las literas de arriba, para darnos un toque, yo ya estaba recogiendo mis cosas, y el resto del grupo que estaba arriba: Fernando, Ana y Paco, empezaban a removerse...

  Antes de que bajáramos a desayunar, ya estaba prácticamente toda la habitación incorporándose, vamos, que no éramos los únicos que iban a madrugar para la ascensión.

  Dejamos los trastos a la entrada del refugio, en una especie de hall, y no dispusimos a desayunar. El desayuno también estaba concertado con el refugio, y para el día que teníamos por delante, la verdad es que no fue gran cosa; nos esperaba una etapa larga en tiempo, con un desnivel de subida de más de 1000 metros y un desnivel de bajada de más de 2.400 m.

  Terminado el desayuno, nos dirigimos de nuevo al hall, donde nos estuvimos colocando los crampones y los frontales, y sobre las 6:30 de la mañana por fin salimos, una media hora más tarde de lo previsto.

  Dejamos atrás el refugio de Les Mouflons, pasamos por el refugio de más arriba, el del Toubkal, que dejamos a la izquierda, y un poco más arriba, giramos hacia la izquierda, para realizar la subida por la vía normal, cruzando un pequeño arroyo, mientras a nuestra derecha, al lado, vemos una pequeña cascada, y al fondo, sobre las montañas, la luna casi llena brilla aún cual lucero del alba.
  Es en este punto donde realmente empieza la subida y en donde las rampas son más duras, o al menos, este primer tramo es el que a mí me costó más trabajo, no sé si porque nos cogió en frío, o porque subimos muy en vertical, pero lo cierto es que el resto de la subida, siguiendo al guía marroquí, junto a Paco, Mar y Emilio, fue relativamente fácil, nos llevó en zig-zag sin realizar mucho esfuerzo. Un poco más atrás, venía nuestra guía Pilar, con el resto del grupo: Fernando, Ana y Juana, entre otras cosas porque tuvieron que parar a ponerle una rodillero o tobillera o venda, creo que a Ana, que notaba algunas molestias en la pierna, si mal no recuerdo.

  A mitad de la subida del primer tramo, ya habíamos apagado los frontales, todavía no había hecho acto de presencia el sol, pero había suficiente claridad.

  La parte intermedia es la más cómoda, pero después sigue otra fuerte pendiente hasta alcanzar el collado que divide las dos cimas, y en donde nosotros deberemos girar a la izquierda para subir a la cima más alta.

  En este tramo de fuerte pendiente, hasta llegar al collado, cuando realizamos alguna parada y miramos atrás, tenemos una bonitas vistas, frente a nosotros, de la bajada final que realizamos ayer, hasta llegar al refugio, así como del desnivel que estamos superando.
  En el collado como suele ser habitual, sopla el viento, fuerte y frío, muy frío, de hecho, al sacarme las manos de los guantes para hacer fotos de la otra vertiente a la de la subida, con vistas espectaculares, con las cimas nevadas de las montañas sobresaliendo entre el típico mar de nubes, se me quedaron heladas, y ¡joder!, que no empecé a estar a gusto y a que entraran en calor hasta que ya estábamos casi en la cima, en fin, esto es el precio que había que pagar por estar haciendo fotos en estas circunstancias.
  Seguimos con el último tramo de subida, bordeando la cima hasta la parte final, y en algún descanso, al mirar hacia atrás, vemos en la parte previa a la zona del collado, como pequeñas hormiguitas, como puntitos, la cantidad de gente que va subiendo.

  Esta última parte de la subida tiene menos desnivel, pero el viento en contra dificulta la marcha. Por fin enfilamos la última parte, un giro a la derecha y ya sólo quedan los últimos metros, por una arista fácil. Vemos la estructura piramidal de hierro que hay en la cima, pero cuanto más cerca está más trabajo cuesta llegar a ella, y es que el fuerte viento se hace notar.

  Por fin, después de tres horas de subida, aunque en principio se tenían previstas cuatro, llegamos a la cima. Las vistas en 360º son embriagadoras. Estamos a 4.165 metros, en el pico más alto del norte de África y al igual que en el collado, las vistas de las cimas nevadas de las montañas, sobresaliendo entre las nubes, son espectaculares, incluso llegan a divisarse las montañas del AntiAtlas, y más allá de éstas, estará el desierto.
  Le pido a Paco que me haga alguna foto, pero me dice que me espere un rato, mientras no deja de frotarse las manos con los guantes, porque tiene las manos heladas...
  Después de fotos varias, nos refugiamos del viento, poniéndonos a resguardo de éste unos metros por debajo, aprovechando para disfrutar de las vistas, y de paso ponerme algo más de ropa de abrigo, porque con el viento frío que sopla a esta altura, me estaba quedando completamente frío, incluso estaba pegando algún que otro tiritón, es más, algunos de los que llevaban agua extra en botellas de plástico, fuera de las mochilas, se encontraron con que el agua estaba helada.
  Esperamos 15 o 20 minutos hasta que llegó el resto del grupo, que al igual que nosotros, después de las fotos, pronto buscaron estar al refugio del viento.

  Con las vistas de las montañas del Atlas frente a nosotros, hacemos una parada para descansar, comer y beber. Ya hemos subido todo lo que había que subir hoy, ahora toca bajar, aunque por otro sitio distinto, hasta llegar a la vereda-senda que sube desde Imlil hasta la zona de los refugios.

  Aquí arriba uno puede estar horas y horas absorto, contemplando el paisaje, pero hay que ponerse en marcha de nuevo, aún nos queda mucho que recorrer.

  En el primer tramo de bajada hay cierta intranquilidad, no por la dificultad en sí, sino por el viento que nos azota sin contemplaciones, pero una vez que pasamos este primer tramo, y entramos en una zona más plana, se acaba la intranquilidad, y ahora es cuando ya realmente comenzamos a disfrutar del descenso y de una temperatura que se hace más agradable.

  A mitad de la bajada, hacemos una parada junto a un trozo de hierro que sobresale de la nieve, y según nos cuenta Pilar, se trata de un trozo del fuselaje de un avión o de un helicóptero que se estrelló en esta zona.

  Mientras bajamos, frente a nosotros, vemos claramente la canal por la que bajamos ayer, y viéndola desde aquí, parece mentira que bajáramos por allí sin despeñarnos o salir rodando hacia bajo.

  Acaba esta bajada, junto a un arroyo a unos pocos metros de la vereda-senda por la que vemos mulas cargadas subir hasta la zona de los refugios. Junto al arroyo, aprovechamos para quitarnos los crampones, para después cruzarlo y llegar a la senda, por la que ahora toca bajar mientras grupos de montañeros y mulas suben.

  Conforme vamos bajando, el tiempo comienza a estropearse, la niebla sube por el valle hacia arriba, y la temperatura vuelve a bajar, así que los que se quitaron ropa cuando llegamos a la vereda, tienen otra vez que ponérsela.

  Durante la bajada, un par de chiringuitos donde venden refrescos y zumos de naranjas que te exprimen allí mismo, aunque también venden cualquier tipo de recuerdo, abalorios, collares, imitaciones de fósiles, etc...

  Después de hora y media de bajada desde que cogimos la vereda, llegamos a Peña Blanca, un santuario alrededor del cual se ha creado un pequeño poblado, orientado al turismo, en donde nuestros cocineros y muleros nos han preparado una comida ligera, aunque previamente toca tomar un té, y apetecía, porque como he dicho la temperatura, a pesar de que estamos bajando bastante, ha descendido como consecuencia de la niebla, y este té caliente, al que creo que voy a echar de menos cuando regrese a mi casa, me sabe a gloria, y como tenemos la tetera para nosotros, repetimos hasta acabar con él, y por supuesto, después de esta comida, toca tomarlo otra vez.
  Terminada esta parada para reponer fuerzas, sobre las 15:30 toca de nuevo seguir hacia delante, saliendo de este poblado por un pequeño puente que salva el cauce de un arroyo que desemboca en el río que corre valle abajo, con las aguas procedentes del deshielo.

  Seguimos el descenso, ahora por el lado derecho del valle, que se encajona un poco más, y donde el color verde surge alrededor del cauce del río. Desde Peña Blanca, aún nos queda hora y media aproximadamente hasta Imlil.

  Termina el descenso, aunque no la ruta, y tenemos que cruzar ahora el río saltando de piedra en piedra, para seguir caminando por una zona llana, adentrándonos en zonas de huertos, con manzanos y nogales, y al poco, estamos en otro valle, salpicados de pueblecitos a ambos lados, uno de estos pueblos es el del guía que nosotros llevábamos.
  Continuamos la última parte del descenso, ya llegando a Imlil, en pleno valle, en una zona más frondosa, con más vegetación, más sombra, una zona más arbolada y con el agua como elemento de vida de esta zona.

  Por fin llegamos a Imlil, sobre las cinco de la tarde, objetivo conseguido, después de esta larga etapa. Allí teníamos las mulas con el equipaje, más la otra parte de éste que nos dejamos en este pueblo antes de iniciar la travesía, así que nos quitamos las botas, y nos vamos a tomar un café en la terraza de unas de las cafeterías, para poco después, despedirnos de esta gente que nos ha acompañado en la travesía, del guía, del cocinero, de los muleros, que ya se encargaron de echar todo nuestro equipaje a la furgoneta que nos llevaría Marrakech, donde dormiríamos las dos próximas noches, y donde en esta primera noche, teníamos concertada una cena, que entraba también dentro del precio de este viaje, en un Riad, un pequeño palacete en plena medina, como broche final a esta travesía por el Alto Atlas.

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